J.D. Salinger, 1919-2010
Enero 29, 2010

Entre las leyendas que corren sobre Salinger, esa celebridad de lo fantasmagórico que acaba de morir, me gusta esta: después de su retiro del mundo, se dedicó a escribir libros y libros sobre la familia Glass. El rumor lo tiró Joyce Maynard, una pareja que tuvo J.D. a fines de los 70. No es tan increíble. A parte de Holden Caulfield, prácticamente todos los personajes de Salinger son de la familia Glass. Seymour, Buddy, Franny, Zoey, etc. Obviamente era una obsesión. John Updike, después de leer Franny y Zoey, no sólo le criticó a Salinger su excesivo amor a los incomprendidos hermanos, le echó la culpa a los Glass de la misteriosa reclusión del autor. “Their invention has become a hermitage for him”, dijo en 1961.
Imagino a Salinger encerrado en su casa de Cornish trabajando por décadas en la crónica ambiciosa, insoportable y desmedida de los Glass. Ahí, sin embargo, no hay una solución al misterio del místico suicida Seymour, sino decenas de ramificación que potencian el enigma, incluyen a Buddy en el hoyo negro y extienden el luminoso desajuste social de los geniales Franny y Zoey. O lo reinventan todo.
O quién sabe: Salinger, el escritor inédito, era otro. Nunca más volvió a los Glass. Olvidó a Seymour Por supuesto, tampoco regresó a El Guardián entre el Centeno; lo detestaba. O peor, nunca volvió a escribir.
Supongo que en los próximos días vamos a poder responder varias preguntas. Muerto Salinger, la leyenda crecerá (¿más aún?), pero también se disiparán algunos misterios. Saldrán libros inéditos, quizás un diario, fotos desconocidas, mil artículos, varias biografías. Ya veremos. Lo maravilloso es que en realidad jamás podremos llenar los vacíos que dejó en sus 47 años de silencio.
Dejo un par de link:
J. D. Salinger Speaks About His Silence, la última entrevista.
What I heard at J.D. Salinger’s doorstep, una crónica sobre su vida en Cornish
Ligera Rebelión en Madison, su último cuento oficial traducido por los chicos de La Periódica Revisión Dominicial.
El Tercer Reich (Bolaño, 1989)
Enero 23, 2010
Leí El Tercer Reich, la novela inédita de Roberto Bolaño que el 4 de febrero publica Anagrama. Lo supe a las pocas páginas: no la sacaron de la basura. Yo pensaba eso, como todos. Imaginaba a Carolina López, la viuda, y Andrew Wylie, el agente maquiavélico, armando una novela con los papeles descartados de Bolaño. Imaginaba un borrador insulso. No es así. Además de haber sido íntegramente terminada y corregida por el autor, El Tercer Reich es una buena novela. Sobre todo, inquietante. Para mi, mejor que Amberes, e incluso que La Pista de Hielo (que nunca me gustó). No es una apostilla como Amuleto, ni un encargo como Una Novelita Lumpen. No está, por supuesto, a la altura de Estrella Distante.
Supongo que tiene fallas. Quién sabe si Bolaño las hubiera corregido. Se alarga más de la cuenta y, en algún momento, uno intuye que el final será ligeramente decepcionante. Ligeramente. Tiene otras cosas irresistibles: el descenso al infierno de Udo Berger en la Costa Brava, Frau Else, el magnetismo del misterioso Quemado, el retrato del comidillo en torno al gremio de los juegos de guerra y el inesperado encuentro con lo absurdo. En la suma, El Tercer Reich gana. No descolla, pero gana. Por lo demás, tiene algo que todo fans de Bolaño quiere, venera y atesora: es una novela nueva de Bolaño.
Escribí una nota para La Tercera que aparece hoy 23 de enero. Aquí está:
Bolaño sigue en batalla
A veces pasaba 10 ó 12 horas frente a un tablero. Jugaba a la guerra. Tiraba los dados, movía las piezas y ensayaba estrategias para reescribir la historia. Comandaba pequeños batallones de papel que echaba a pelear, por ejemplo, por la Europa de los 40, en mapas de cartón. Se ponía en el papel de los Aliados, otras se vestía del Eje, y desplegaba nuevos escenarios bélicos para la II Guerra Mundial. O para la Guerra Civil Española. O para la Guerra de Secesión de EEUU. Roberto Bolaño jugaba solo, con algunos amigos en Blanes o por correspondencia. Dicen que estuvo obsesionado. “Si no hubiera sido escritor, habría sido general”, bromeó alguna vez. Dicen que a mediados de los 80, enviciado con los wargames que coleccionaba, pasó varios meses sin escribir ni una palabra. Difícil creerlo.
Cuesta imaginar a un Bolaño capaz de detener el caudal literario en que vivía. Al menos, apuraría un poema mientras esperaba su turno en el juego o planeaba un contraataque. Hizo otra cosa: escribió una novela sobre su obsesión. Corre la segunda mitad de los 80, es un anónimo escritor escondido en Blanes, un pueblo frente al Mediterráneo, que apuesta por concursos literarios y en verano lleva la tienda de bisutería de su madre. Lo mantiene su mujer, Carolina López. Como siempre, su vida se abre paso en su literatura. Los juegos de guerra pasan a ser la ocupación profesional de Udo Berger, el protagonista de El Tercer Reich, novela que terminó en 1989 y guardó en un cajón, mecanografiada. Antes de morir, alcanzó a pasar al computador 60 páginas. Pocos sabían que existía.
Se supo en la Feria del Libro de Francfurt 2008: había otro libro de Bolaño. El secreto del mal, la colección de relatos ensamblada por Ignacio Echevarría, y el volumen de poesía La universidad desconocida, esos dos libros publicados póstumamente (ambos en 2007), en realidad no habían agotado la cantera del autor de Los detectives salvajes, como alguna vez se dijo. La sorpresa, no tan inesperada en verdad, fue la carta con la que debutó el poderoso agente Andrew Wylie en la representación de la obra de Bolaño, marcando definitivamente el estallido planetario del escritor. El libro que se transó en la feria alemana era El Tercer Reich.
La novela se publica en España el 4 de febrero. En marzo estará en Chile. En poco más de 350 páginas recoge el diario del joven alemán de 25 años, Udo Berger, durante sus vacaciones en la Costa Brava española junto a su novia, Ingeborg. “Sin pecar de exagerado creo que estoy en el mejor momento de mi vida”, anota a poco andar Udo, que pretende aprovechar el viento del Mediterráneo para terminar un ensayo en que expondrá una “variante inimaginable” para ganar el juego Tercer Reich, sobre la II Guerra Mundial. Aún no sabe que ahí, en el Hotel Del Mar, ingresará a una pesadilla. Absolutamente lineal, como pocas novelas de Bolaño, El Tercer Reich narra la inquietante difuminación de los límites entre un juego de guerra y la vida real.
Jugar a la guerra
A inicios de los 80 se veían prácticamente todos los días. Daban vueltas por Barcelona, tomaban café con leche, leían los inéditos del otro, fracasaron al intentar escribir un guión juntos, pero lo consiguieron con una novela, Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce. Cuando Bolaño se mudó a Blanes dejó de ver tan seguido a Antoni García Porta, pero mantuvieron cierto contacto. Entre cartas y llamadas telefónicas, Bolaño empezó a insistir en algo: pedía juegos de guerra. Entonces, García Porta seguía instrucciones y entraba a tiendas, preguntando por wargames como Auge y Caída del Tercer Reich o World in Flames, ambos sobre la II Guerra Mundial.En 2000, consultado por cuál era su mayor extravagancia, Bolaño confesó: “Mi gran colección de wargames de mesa y mi pequeña colección de wargames de computador”.
En el peak de su obsesión, Bolaño llegaba a la casa de García Porta, aunque no siempre iba a verlo a él. “En realidad, se quedaba horas y horas jugando con mi hijo”, recuerda el español. El hijo, Joel, hoy de 33 años, lo confirma: “Cuando pasaba por casa nos íbamos al computador”, cuenta. “El siempre quería ganar, daba igual que yo fuera un niño o un adolescente. Ganar era importantísimo para él. Los juegos eran una pequeña obsesión”, añade.
Antes que los juegos, su obsesión era la II Guerra Mundial. Bruno Montané, que aparece como Felipe Müller en Los detectives salvajes, cuenta que a él no le pedía tableros sino libros: novelas de guerra y biografías de generales, como el mariscal soviético Georgi Zhúkov, clave en la contención del avance Nazi. “A Roberto le interesaban los juegos de estrategia como un reflejo de la historia. O de la posibilidad de la historia. Y por su interés en la II Guerra, que la veía como una historia humana del horror. El entendió esos juegos como estructuras narrativas”, dice Montané.
Venganza
Para Udo, en El Tercer Reich, los juegos de guerra son una forma de vida. O podrían serlo. Campeón de Alemania, en las vacaciones practica para enfrentarse al norteamericano Rex Douglas en Francia y escribe su variación sobre El Tercer Reich. Si todo va bien, podrá dejar su trabajo en Stuttgart y ganarse la vida escribiendo para revistas especializadas en wargames. No todo irá bien.En el hotel Del Mar, donde pasó varios veranos junto a su familia en la niñez, Udo se reencontrará con Frau Else, dueña del lugar. Y se enamora de ella. Paralelamente, Udo e Ingeborg conocen a otra pareja alemana, Hanna y Charly. A través de ellos, llegarán a el Lobo y el Cordero, dos buscavidas españoles, oscuros, que los conducirán por la noche salvaje de la Costa Brava. Y les presentarán a el Quemado.
En adelante, el perfume fresco de las primeras páginas de El Tercer Reich lentamente se transformará en un olor nauseabundo, denso y perturbador. Udo va y viene entre Ingeborg, los nuevos amigos, los juegos de guerra. El Quemado terminará por robarle su atención. Fisicoculturista aficionado, se gana la vida arrendando pequeños botecitos de paseo en la playa. Todas las noches los ordena para construir un refugio, donde duerme. Su nombre se debe a que “gran parte de su cuerpo está horriblemente quemado”.
Latinoamericano y lector de poesía, el Quemado podría ser un exiliado torturado. “Los verdaderos soldados nazis que andan sueltos por el mundo”, habrían sido quienes lo quemaron. El, un neófito de los juegos de guerra, será el contrincante perfecto para Udo en una partida del Tercer Reich. El Quemado mueve a los Aliados, el alemán al Eje. Entonces, la vida de Udo entra en jaque. El Quemado quiere venganza.
Un pantano
Como la mejor novela policial, pero sin asesino, El Tercer Reich encierra un misterio que obliga a pasar las páginas tan rápido como en Estrella distante. Aunque a ratos el tono parece el de La pista de hielo. Todas las manías de Bolaño están ahí: secretos, la posibilidad del horror, la aventura, el eco del fracaso político latinoamericano, la II Guerra Mundial y, a cambio de los escritores, hay una mirada por dentro al gremio de los jugadores de wargames. Sin embargo, Bolaño tuvo sus dudas.“No te metas en los juegos, es un rollo pantanoso. Te metes y no sabes como salir”, le advirtió a García Porta. En una carta de 1986 le cuenta a Montané que está escriendo una novela llamada Estrategia mediterránea (la estrategia en que trabaja Udo) y “le da muchos dolores de cabeza”. De hecho, la consideró muy larga para presentarla a concursos literarios. La guardó. En ese sentido, prefería La pista de hielo, de 1986.
Montané agrega algo más: “Roberto comentó a gente amiga que era un proyecto fallido”. Acaso por eso Bolaño prefirió desempolvar Amberes, escrita en 1980, en lugar del El Tercer Reich. García Porta duda: “Desde el año 99 pensamos en reeditar Consejos... (2006) y lo fuimos dilatando porque él quería guardarla: ‘El día que yo no pueda escribir por mi enfermedad, entonces iré sacando todo este material que tengo’. El preveía que pasaría alguna temporada sin escribir, aun en el caso de que el trasplante de hígado fuera muy bien. Al menos, le pagaría lo mínimo para ir subsistiendo. Quizás pensaba igual con esta novela”.
Puede ser. Alcanzó a pasar 60 páginas en el computador que compró en 1996. Tenía otra urgencia. Con la muerte pisándole los talones durante los 90, Bolaño se dedicó a escribir todos los libros que tenía en la cabeza. Los detectives salvajes, 2666, etc. Los juegos de guerra encontrarían un lugar en noches de insomnio frente al computador. El tablero, los dados, las fichas y los mapas están en El Tercer Reich como las pruebas del Bolaño que jugó en el pasado ensayando la literatura del futuro.
En la web de Anagrama se pueden leer las primeras páginas de la novela. Aquí.
Otros 28 libros (2009)
Diciembre 23, 2009
Salió el sábado pasado en La Tercera. El título fue 10 libros notables, de la ficción a la realidad y fue nuestra elección de lo mejor del año. Participaron Alvaro Matus, Andrés Gómez, Juan Manuel Vial, Matías Rivas y yo. Cada uno eligió dos títulos. Yo opté por Netherland y los Cuentos Completos de Fogwill. Como todas las listas, es mezquina. No he leído todos los libros escogidos, pero los apoyo.
La Elegancia del Erizo, de Muriel Barbery (Seix Barral)
Missing, de Alberto Fuguet (Alfaguara)
El Fondo del Cielo, de Rodrigo Fresán (Mondadori)
Netherland, de Joseph O’Neill (Siglo XX)
Correr el Tupido Velo, de Pilar Donoso (Alfaguara)
La Gran Trilogía, de Gregor von Rezzori (Anagrama)
En Tierras Bajas, de Herta Müller (Siruela)
Breakdowns, de Art Spiegelman (Mondadori)
Cuentos Completos, de Fogwill (Alfaguara)
Mecanismos Internos, de JM Coetzee (Mondadori)
En la nota pueden leer descripciones de los libros y ver quién los escogió. Un par de apostillas:
- Sobre todo, lamentamos que un libro quedara afuera de la listita: Canciones Oficiales, de José Angel Cuevas. Supongo que se trata del mejor libro de poesía del año. En su calidad de antología, prueba que los merodeos del ex poeta Cuevas en la resaca de la UP no son puro llanto lastimero, sino la narración de la otra historia de Chile. Hablando desde la calle, Cuevas narra una derrota general del país y el avance lumpen. Obviamente político, amargo, nostálgico y de un humor negrísimo, Canciones Oficiales es el argumento para instalar definitivamete a Cuevas en las grande ligas. (Aunque parece que ya estaba)
- Otros libros que se mencionaron: Las Hermanas Grimes, de Richard Yates; Aquí Empieza Nuestra Historia, de Tobías Wolff, y Los Hermosos Años del Castigo, de Fleur Jaeggy. El primero es imprescindible (hay quienes dicen que es mejor que La Vía Revolucionaria), el segundo no lo he leído pero debe ser bueno, y el tercero es sorprendente: la suiza Jaeggy, esposa de Roberto Calasso, escribe la historia de un colegio con un laconismo delicioso. No pude terminarlo -no era mío el libro-, pero es muy recomendable.
- Apareció al comienzo del año y pasó muy inadvertido. Demasiado. Enrique Lihn: Vistas Parciales, de Adriana Valdés, es de esos libros que deberían imitarse. Tiene algo de ensayo, pero es un testimonio: Valdés relata cómo fue su vida con Lihn. No entra en infidencias, pero su relato de los últimos días del autor de A Partir de Manhattan es invaluable. Sirve para esperar la biografía de Lihn en que trabaja Roberto Merino.
- Otros libros en los que yo pensé: La Segunda Mano, de Germán Marín; Anatomía de un Instante, de Javier Cercas; Pistas de un Naufragio, de Chiara Bolognese; El Placer de los Demás, de Pablo Azocar; Retratos de Will, de Ann Beattie; Gente que Baila Sola, de Marcelo Lillo; Cuadernos de Guerra, de Raúl Zurita; Milagros de Vida, de JG Ballard. Eso más o menos, nada muy inolvidable. Sumo lo último: Armas Arrojadizas, antología y selección de cuentos de Marcelo Mellado recién lanzada por Metales Pesados.
- Los chiquillos. Creo que están entre lo destacable. Maori Pérez publicó Diagonales, una novela histérica que en algún momento se desintegra, y Diego Zúñiga publicó Camanchaca, el debut del año que a todos les gustó. A mi también. Ya voy a escribir de ella. Lo obvio: la literatura chilena puede ser otra. Puede ser mejor. (Ya está mayorcito, pero Pablo Torche también anuncia -a través de Acqua Alta- que viene algo diferente. Puede que Bisama, Labbé y Zambra ya estén en el futuro).
- Si hubiera un premio a la editorial independiente del año, debería ir para Lanzallamas. Su colección de (fan)zines es potencialmente subversiva. Libros tan baratos que ponen en jaque al sistema de librerías y tienen mejor diseño que cualquier libro de las librerías. Son precarios, de acuerdo, pero ese el juego. La reedición de Beso Eterno, lo primero que publicó Mario Santiago Papasquiero, encabeza la colección. Si no lo compraron en la Furia del Libro, pídanlo en la web. Ahora.
(imagen: All the Books in my Library, de Buzz Spector)
2009, The XX y los demás (discos)
Diciembre 11, 2009
1. Tienen poco más de veinte años, son británicos, se visten de negro y, me gusta pensarlo, prefieren andar de anónimos. The XX. Unos debutantes que este año lanzaron un disco homónimo -el primero- oscuro, esquivo y ligeramente desganado. No me sé bien su historia (¿son amigos desde los 15 años? ¿eran cuatro y ahora son tres? ¿los vocalistas, ella y él, se aman en secreto desde que eran niños?), pero sí que en torno a la banda se generó otro de esos hypes inesperados que se esparció por la web. Ahora que se acaba el año, todos (supongo) quieren meter a su disco entre los mejores del 2009. Yo también. Yo quiero exagerar: The XX es lo mejor que ha dado Inglaterra en esta década.
Es un disco mezquino, apenas 11 canciones entre las que se incluyen un par de track etereos que olvidaremos. El resto es un puñado de temas de pop sombrío que no soy capaz de comparar con nada. Quizás son una síntesis del revival post punk, del lado menos electrónico de Massive Attack, de la aparente apatia de José González y de lo más oscuro del R&B… No sé. Me imaginó a The XX sonando sobre imágenes de un grupo de adolescentes británicos medios punk que deambulan por los márgenes abandonados de Londres. Hace frío. No van a ninguna parte. Están solos. Son pobres. Van a terminar todos juntos en un departamento vacío y sucio. Un refugio. Algunos van a querer enamorarse. Tendrán sexo. Están en el futuro: el mundo que conocemos se está acabando.
2. Pero The XX no suena como debería sonar el futuro. No son vanguardia. Suenan limpios, simples y sin pretenciones (quizás saben algo que nosotros no). Por decir algo, no tienen nada que ver los autores del otro disco indie del año: Merriweather Post Pavilion, de Animal Collective. Ellos sí que vienen del futuro. Lanzado a inicios de 2009, es de una electrónica (¿electrónica?) tan orgánica que en cualquier momento se descontrola hasta convertirse en un carnaval. Al contrario del apocalipsis de The XX, AC muestra una visión de un futuro luminoso y brillante. Ya se sabe: Panda Bear, Avey Tare y Geologist llevan el faro en el descubrimiento de nuevos terrenos para la música popular. Lo llevan hace años. Y cada vez van más lejos: Merriweather Post Pavilion es gigantesco. Un hito para una banda con 10 años de carrera.
Experimentales, a Animal Collective se les trata también de psicodelia del siglo XXI y, por eso, uno siempre cree que estos cabros fueron fanáticos de los ya veteranos Flaming Lips. Y si no lo fueron, al menos deberían pasarlo bien escuchando Embryonic, el flamante nuevo disco de los autores de The Soft Bulletin. Album complejo, denso y con mínimas conceciones pop, Embryonic le devuelve el sitial a la banda de Wayne Coyne como la más sorprendente de la alternativa gringa. El segundo single del disco es Watching the Planets, una canción que le pelea el primer lugar de la mejor del año a la inquietante While You Wait for the Others, de Veckatimest de Grizzly Bear.
3. Por lejos, While You Wait for the Others es la canción más amable -¿o debería decir inolvidable?- de Veckatimest. Lo último de Grizzly Bear, el disco que terminó de consagrarlos, es complejo, sofisticado y laberíntico. Sospecho que no toda la gente que dice que lo ha escuchado, efectivamente lo ha hecho. A ratos es difícil, pide atención. Lo imagino como el soundtrack descartado de una gravísima versión cinematográfica de Alicia en el País de la Maravillas. Como si hubiese sido armado por piezas y luego ensamblado, Veckatimest cruza armonías, enfrenta tiempos y exhibe todas las gamas cálidas del colorido psicodélico.
A los Grizzly no le gustan las cosas fáciles. Tampoco a Dirty Projectors, pero Bitte Orca, su sorprendente disco 2009, es muy fácil de escuchar: Stillness Is the Move es la prueba. Irresistible. Solo que la banda de Dave Longstreth tiene una idea especialmente inesperada de las canciones pop: cantan dos chicas de voces dulces sobre melodías que se quiebran y punteos que inexplicablemente suenan indies. Supongo que como en Veckatimest, también se puede sospechar que en Bitte Orca hay pretenciones de algo más que juntar un puñado de canciones: Longstreth quería una obra general que recorriera todos los tonos de lo luminoso. Un discazo que exalta la vida.
4. Para la muerte está The Antlers. No he querido saber toda la historia de Peter Silberman, pero él escribió en solitario las canciones del primer disco del grupo, Hospice: la historia de una mujer que muere de cáncer a los huesos en una clínica. El narrador es su pareja que la cuida hasta el final. Como es obvio, es un disco tristísimo de tonos bajos, susurros, guitarras cálidas, oscuridades saturadas y discreta luz. Lento, pausado y con varios momentos epifánicos, es un disco bien genial. Entre las canciones inolvidable están Bear, Two, Shiva y Wake, pero todo el disco es notable. Con ecos sonoros del It’s a Wonderful Life, de Sparklehorse, y a la canción Radio Cure, de Wilco, Hospice más que la crónica de una agonia parece retratar el paso siguiente: es fantasmal.
Radicalmente más folk que The Antlers (Peter Silberman no es nada folk en realidad), pero también en tonos bajos, un disco bien inadvertido: You Can Have What You Want, de Papercuts. El album tiene momentos menores, pero también dos canciones imprescindibles: la adictiva Future Primitive y la intensa y desgarradora The Wolf, track que podría instalarse fácilmente como la segunda mejor canción del 2009 para terminar un disco (Brother Sport, de Merriweather Post Pavilion).
5. ¿Qué pasó en la música chilena? Muchas cosas, por supuesto, pero me quedo con dos (o me olvido de la mayoría). Se separó Teleradio Donoso, obviamente de lo mejor que ha salido por acá en esta escuálida década. Lo otro es Que Salgan los Dragones, el primer disco de Chinoy. Aparte de tener una carátula criminal -o simplemente no la entendí-, le pasa lo que ya todos intunían: no tiene la rabia del vivo. Pese a que le falta la pólvora que lo hizo famoso, para mi sigue siendo muy superior a todos los Nano Stern, Manuel García, etc, etc.
6. Entre los otros discos buenos del año, me acuerdo de estos: jj nº2, de jj; Dragonslayer, de Sunset Rubdown; la compilación Dark Was the Night; Manners, de Passion Pit; el homónimo de Fever Ray, y Unmap, de Volcano Choir. De los que saldrán oficialmente el 2010 y ya se filtraron a internet tres más o menos notables: Teen Dream, de Beach House; Astrocoast, de Surfer Blood, y Odd Blood, de Yeasayer, donde está un single épico: Ambling Alp.
Fabián Casas / JL Martínez
Noviembre 11, 2009

“La primera vez que vine tenía como 22, 23 años. Vine a un encuentro de poetas jóvenes chilenos argentinos. Ahí nosotros casi te diría que empezamos a leer más poesía chilena que argentina. Vinimos acá y arrasamos con la calle San Diego, nos llevamos todo Lihn, Maquieira, Zurita, antología de poesía lárica. De hecho, yo en un momento fui a ver a Juan Luis Martínez a Villa Alemana, me quedé como dos o tres días con él. Sí, hace montón. Fue genial. Creo que fue en el 88 o el 90, en el cambio de década. Yo no tenía La Nueva Novela, me habían contado sobre La Nueva Novela. Entonces fui a la galería en Viña del Mar donde tenía la librería. Después nos fuimos a Villa Alemana, que es donde él vivía. Me fui a comer con él, me pasé como dos o tres días ahí. Sí, en su casa. Ibamos al mercado, él usaba unos guantes por si se golpeaba. Me súper impactó. Fue impresionante porque fue una persona terriblemente generosa. Yo le empecé a leer mi primer libro de poemas y él me decía meté esto, sacá esto, cambiálo. A él le gustaba Beckett y a mi también. El me empezó a hablar de toda la Escena de Avanzada y me pasó libros de Zurita, los de Maquieira, los libros de Enrique Lihn. Entonces yo empecé a leerme toda la poesía chilena”.
Fabián Casas (1965), escritor argentino. Poeta, narrador, ensayista. Periodista. Entre sus libros: El Salmón (poemas, 1996), Ocio (novela, 2000), Los Lemmings (relatos, 2005), Ensayos Bonsái (ensayos, 2007). Participó en la Feria Internacional de Libro de Santiago 2009. En su paso por Chile, me contó su historia con Martínez. Acá se pueden leer algunas cosas de él. Acá otras. Y acá más.
Buscando a Carlos Fuguet
Noviembre 10, 2009

Missing es el mejor libro de Alberto Fuguet. Sospecho que se volverá un lugar común decirlo. O ya lo es. Maduró, escuché en una librería; se va a ganar un premio, dijo un escritor; encontró su voz, leí. He sabido de muy pocos comentarios negativos. Huele un poco a revancha: el frívolo paria de la literatura chilena que era Fuguet en los 90, ahora, parece, firma el que quizás sea el mejor libro local del año. Supongo que pasa porque todo ha cambiado, Fuguet y la literatura chilena, pero por sobre todo, porque Missing es un buen libro.
Para mí, un libro sorprendente: inteligente, especialmente en su estructura, pero más que eso, sincero. Sí, honesto. Es decir, sin poses. Porque a los libros de Fuguet muchas veces le sobró onda. Pretensión de onda. La fascinación por el looser cool a veces se le fue de las manos. Aquí, ya se sabe, cuenta una historia real: desentierra fracasos familiares, saca esqueletos del clóset y baja a las cloacas, para contar quién es su tío Carlos Fuguet: un chileno que, arrastrado por su padre (un hombre bastante destetable), llegó a los 19 años a EEUU y 20 años después desapareció. De un día para otro, cortó todos los lazos que lo unían con su familia (se cambió de casa y trabajo, no le dijo a nadie dónde iba, nunca más se contactó) y se esfumó. Se sumó al circuito de vagabundos medianamente ilustrados que deambulan solitarios por el paisaje americano.
Otros 15 años después, en 2003, Fuguet decide hacer lo que nadie nunca había hecho en su familia y lo busca. En el libro, cuenta la trastienda de esa búsqueda. Puros hechos reales. Contar la verdad, en todo caso, no basta para escribir un libro sincero y sin poses: se necesita arrojo, poca vergüenza, cálculo y una buena dosis de sangre fría. Para escribir un libro bueno se necesita algo más, no sé exactamente qué, pero Fuguet da con ello.
Me gusta pensar que Missing se trata de un vuelta de tuerca a (casi) todo lo que alguna vez fueron los libros de Fuguet. Voy a exagerar: antes -sin contar a a Las Películas de mi Vida- la familia era un pozo sin fondo lleno de misterios, silencios y preguntas sin respuestas; era un zona de traumas de la que había que arrancar. Aunque en Missing sigue siendo foco infeccioso, ya no hay que darle la espalda: al contrario, hay que enfrentarlo. Alberto Fuguet -no Beltrán Soler- se pone el impermeable y decide descifrar el misterio -el hoyo negro- que marca a su familia. Es literal. Ir a buscar a Carlos Fuguet y saber por qué se fue, obliga a Alberto a reconstruir la inmigración de los Fuguet a EEUU a fines de los 60 y el dramático impacto que tuvo el viaje en todo el clan (incluído él mismo).
El más damnificado fue Carlos, que en realidad nunca pudo armar una vida. Según se lee en Missing, a Carlos le costó muy poco entrar en la lógica gringa del rolling stone. A los pocos meses en California, ya recorría las carreteras americanas en un auto viejo. Solo. Era el comienzo: en Waco, Texas, se alcoholizó y drogó en uniforme militar de EEUU y se internó en el white trash. Fue un poco hippie, manejó un Mustang, tocó los bongós, olía a marihuana. Se casó dos veces. Vistió trajes de terciopelo de colores y botas de terraplen en los 70. Apostó más de la cuenta en Las Vegas. Estafó a un seminario en South Pasadena y fue a la cárcel. Dijo que trabajaba para Paul Anka y se robó un Cadillac Fleetwood azul de 1977 de 17 mil dólares. De nuevo fue a la cárcel. En 1986 desapareció. Cortó con su familia, pero también se lo tragó América. Y ahí está: pocas veces Alberto Fuguet había hablando tan mal de EEUU.
Aunque a veces lo parece, este libro no es una exaltación estética de la figura del perdedor vagabundo que busca su identidad. Missing es la crónica de un fracaso. Carlos Fuguet da tumbo tras tumbo. Y seguirá dándolos. Esta historia es el reverso oscuro y miserable de la idea del sueño americano. Si antes, en los 90, Fuguet, llegó a parecer una suerte de publicista de EEUU (en Chile, fue el máximo difusor de la generación X de Seattle), en Missing es más ambiguo y sobre todo más cínico: EEUU puede ser una mierda. Para Carlos lo fue. Le entregó muy poco más que la oportunidad del anonimato, la posibilidad de desaparecer. Sí, también un par de aventuras.
Fuguet le entrega algo más a su tío en Missing: una narrativa. Le ordena la vida, le da algo parecido a una épica. Por lo demás, rearma los lazos rotos en su familia. Eso, según el mismo Alberto, es suficiente. Quizás. Pero creo que el libro es más que eso. Pese a sus defectos -le sobran páginas, en las primeras 100 es reiterativo, las conversaciones de Fuguet y su amiga aportan poco-, Missing es una narración emocionante. Intensa. Muy rara en la narrativa chilena. No sé si el mejor libro de Fuguet, pero probablemente sea un movimiento hacia otra etapa, a una zona menos titubeante y menos impostada. Quizás no. Da lo mismo. Por lo pronto, es un libro sorprendente y triste: el intento de Fuguet por limpiar una herida.
Escribí una nota sobre el libro hace un mes en La Tercera. Aquí se puede leer.
Feria 2009 (1)
Noviembre 1, 2009
Look afiladísimo: rasgos orientales, cabello radicalmente alisado en blanco y negro, mirada intrigante y voz suave, casi dulce. María Kodama, la viuda, lee a buen ritmo la historia de los intentos autobiográficos de su esposo, Jorge Luis Borges. Recuerda las Autobiographical Notes, texto que dictó para The New Yorker en 1970, un par de poemas y cuentos oblicuos, entrevistas fallidas. Kodama es una estratega: lo que importa es lo que dijo Borges de sí mismo, todas las biografías de Borges son falsas (“No me referiré a ellas”). Son las 19:30, es sábado 31 de octubre, y para ser su día de arranque, la Feria del Libro de Santiago está floja. O está cómoda: los pasillos están transitables. Las editoriales quieren aglomeraciones. Pero ni siquiera Gonzalo Rojas llena la Sala de las Artes. Pedro Lastra y Mauricio Electorat lo alaban en lo que viene a ser el segundo homenaje que le rinden en una semana. Si no es demasiado, es repetitivo. También pasó antes: en 1997 (?) Ray Lóriga vino a Chile y se hizo amigo de Alberto Fuguet. Ahora de nuevo están juntos en la misma mesa: hablan de Tokio Ya No Nos Quiere, de la carta que le escribió a Rodrigo Fresán, de Héroes; es la forma de presentar Ya Solo Habla de Amor, la última novela de Lóriga, lo más cercano a un rock star que veremos en Mapocho. En la sala, llena, están Alvaro Bisama, Francisco Ortega, Mike Wilson, Patricio Jara, Felipe Avello, Diego Zuñiga, Daniel Hidalgo y varios más. Muchos vienen del lanzamiento de Kalfukura, la novela en que Jorge Baradit inventa una historia mágica de Latinoamerica. Darío Osses, Doctor Zombie, Ortega y Baradit lo presentan en desorden: es radio online, un capítulo de Desde el Fin del Mundo. Mientras tanto, en la escalera de la Estación Mapocho Augusto Góngora conversa con Héctor Veliz Meza ante una cámara (¿para Hora 25?), Jovana Skármeta cruza veloz con un walkie talkie en la mano, el aprendiz de adivino Alejandro Ayún se toma un café, Carlos Labbé se va de la feria, Pablo Torche camina a paso lento, en el stand del Fondo de Cultura Económica venden tazones que dicen I Love Foucault (¿o yo amo a Foucault?) y Hernán Rivera Letelier firma libros. También firma Carlos Tromben, José Luis Rosasco, Poli Délano, Gonzalo León, Elizabeth Soubercaseux, Pablo Simonetti, Baradit, Fuguet, Lóriga, Doña Tina.
Fogwill, lectura obligatoria
Octubre 21, 2009

Quisiera haber leído antes Fogwill. Diez años atrás. Pero supe de él tan tarde que me da vergüenza. Leer Muchacha Punk debería ser una lectura obligatoria. Si tienes 23 años y no lo leíste ya, cierra todos los libros y lee el cuento: ahora. Tiene una fuerza avasalladora, es un golpe eléctrico. Después vendrán Los Pichiciegos, Help a El, Un Guión para Artkino, Los Pasajeros del Tren de la Noche o esa violenta colección de artículos Los Libros de la Guerra. Como cualquier snob, ya tengo en mi poder los Cuentos Completos (Alfaguara) de Fogwill. Y estoy anotado para el lanzamiento que hará del libro en la Feria del Libro de Santiago. Ya se sabe, Fogwill viene a la feria junto a César Aira, Damian Tabarosvky, Fabian Casas, Rubem Fonseca y Ray Lóriga. Nada mal, nada mal.
Como adelanto dejo una entrevista que le hice a Fogwill hace un año (parte se publicó en La Tercera), en la que habla bastante de literatura chilena.
Cada vez se reeditan más tus libros.
Es que no produzco…. Se venden, no sé.
¿Te están redescubriendo?
Cada generación que llega me redescubre. Es España cada vez que me editan, me descubren. Es un argumento publicitario.
¿Qué tan importante ha sido la ciudad en tus obras?
Nula. Nunca tuve una conciencia urbanística o arquitectónica. Yo era marxista, o lo soy…. En ese época también quería actuar como marxista y este tipo de cosas -la ciudad- parecían secundarias en las doctrinas políticas. Demasiado burguesas y, además, había que renegar de todo lo que era real.
¿Te gusta Santiago?
Me encanta Santiago. Voy a Chile desde 1967, de modo que vi todos los cambios de la ciudad. Me parece siniestra la evolución que va teniendo Santiago. Pero estéticamente es cada vez más bella. Si hubiera transparencia en el aire…
¿Has leído bien la literatura chilena?
No. Los libros chilenos los abro y si no me gustan, no les concedo el derecho a que terminen gustándome. En general, no me interesan. Alejandro Zambra me gusta tanto humanamente y como escritor, que casi lo olvidé como narrador chileno. Si Carlos Fuentes dice que Aira va ser Premio Nobel, yo puedo decir que Germán Marín es el heredero de Balzac. O de Proust. O Thomas Mann. Edwards sería Proust.
¿Qué escritor chileno te ha interesado últimamente?
Para mí Bolaño es literatura argentina. Escribe a nuestra manera. O como mexicano.
No nos puedes robar a Bolaño, es de lo poco que tenemos.
Qué robo. Cómo si me robara a una mujer… El se fue con otro. En vez de Luis Sepúlveda, Bolaño prefirió Piglia. Y antes a Borges. Se autosecuestró.
¿No hay más chilenos entre tus gustos?
Me gusta mucho Nicanor Parra, pero también Gonzalo Rojas. Diego Maquieira. Una parte de Raúl Zurita, la obvia. Por supuesto, Bruno Vidal. Aunque ese es el lugar común de todo latinoamericano. Me gustó Bosque Quemado, de Brodsky, pero hubiese sido mejor que fuese su primera novela: un ajuste de cuentas con el pasado. La novela Navidad y Matanza, de Carlos Labbé, me parece de lo mejor de los últimos 20 años de Chile.
En 1982 dijiste que al pensar en literatura argentina pensabas en ti, César Aira, Copi, Belgrano Rawson y Alberto Laiseca. ¿Quiénes se te vienen a la mente hoy?
Agregaría a, por lo menos, Sergio Bizzio y Sergio Chejfec. En internet alguien dice que al nombrar a Copi, Layseca y Aira fabriqué un canon que está vigente. Pero debe haber mejor literatura, lo que pasa es que yo estoy viejo, tengo 67 años, ya no tengo esa flexibilidad como para plegarme a un nuevo entusiasmo.
¿Fabricaste el canon?
Es posible. O no, no lo fabriqué… Detecté lo mejor. Lo mejor y lo reprimido. Yo peleé para que publicaran a Aira porque lo habían consagrado como traductor.
Loco, provocador, insoportable. ¿Te crees el personaje Fogwill?
Es que me sale. Soy muy viejo, no me sale otra representación. No tengo tiempo de estudiarme Hamlet a estas alturas para ver si hago un personaje nuevo. Para decírtelo en chileno, soy el Coco Legrand. Todos somos personajes, por qué no voy a hacerlo yo. Lo que pasa es que yo al ser un personaje muy explícitamente, puedo preservar una identidad. La gente dice: a pesar del personaje, Fogwill es un tipo querible. El que no lo quiere a Piglia, no lo quiere y ya.
Marín, el medium
Octubre 19, 2009

“Le agradecería en suma, durante nuestras conversaciones vespertinas, que siempre tuviera encima de la mesita de caoba, junto a las siete velas encendidas, la pistola Colt 7.65 mm que me une a la vida, pero acerca de esto, si le parece, hablaremos del rezo que abre la sesión y, tras el final, agradecer de mi parte la ofrenda con el platillo de alimentos que usted, madre medium, tiene siempre frente a mi puesto”.
Desde ultratumba, convertido en un atado de huesos amarillos, habla Miguel Sessa. Le dicta su vida a su madre, una medium capaz de comunicarse con su hijo muerto. Según Germán Marín algo de eso sucedió (o sucede aún): su tía, la madre de su primo Miguel, encerrada en su casa recibe el dictado de su hijo desde el más allá. Quizás es un síntoma de locura, pero a Marín le sirvió para montar su última novela, La Segunda Mano: la historia de su primo, un niño cruel y joven playboy que seducido por el fascismo y temeroso del avance popular del socialismo, se suma al movimiento de extrema derecha Patria y Libertad para desestabilizar el gobierno de Salvador Allende. Eso sí es cierto: Miguel Sessa fue el brazo de derecho de Roberto Thieme y jefe de operaciones de Patria y Libertad. Estuvo involucrado en la muerte de un trabajador del Canal 5 de Concepción, preparó el secuestro de un avión comercial para generar caos y murió en una clínica clandestina de PL desangrado tras un accidente carretero a pocos días del Golpe de 1973. En la vereda del frente, Marín era un maoista conocido por su apoyo a la Unidad Popular. A veces se reunía con Miguel para caminar por Vitacura (leer el invernal cuento Mi Primo Miguel) y conversar sobre el destino del país. Se habían críado juntos. Fueron, alguna vez, levemente amigos. Eran familia.
Morosa, espesa, ácida y de un intenso humor negro, La Segunda Mano es la clásica novela de Marín: un merodeo nauseabundo por los escombros en torno al 11 de septiembre. Aquí no llega a narrar el golpe, pero sigue pulso a pulso el giro que llevó a Miguel a tomar un arma y a comprometerse en la caída de la UP para torcer la historia. Sigue la ruta negra que desencadenará el bombardeo. Lo mueve su familia, el dinero, la seguridad de la superioridad. Inevitablemente cariñoso con su madre, Marín dota a su primo de un tono solemne y grave, elegante e hipnótico. Pero es obvio: es un hijo de puta. Es también un eco del pasado. Un fantasma desdichado. Un alma en pena. Un zombie imposible de matar que sigue viniendo directamente desde la pólvora encendida de agosto de 1973. Imagino a Marín, auto inducido con algo de maldad, dejarse llevar en la mezcla de realidad y ficción mientras escribía, como siempre a lapiz, La Segunda Mano. Lo imagino poseído por la incorrección de dotar a un pequeño demonio (“asesino sádico”) de temores rastreros y alma ambigua. Imagino a Marín escribiendo a lo medium sobre las sombras que lo marcaron para siempre a él y, por buenas décadas, a todo Chile.
Algunos creen que con Mi Primo Miguel bastaba, el cuento de Conversación para Solitarios donde por primera vez aparece retratrado Miguel Sessa. En realidad es un preámbulo: ahí Sessa y su familia están perfilados, ya se siente la tensión desesperante que se apoderaba de Santiago las semanas previas al golpe, pero no está el alma en pena. Y la novela es eso: una insoportable resaca que trae de vuelta una noche de terror. Nada la espanta. Menos la muerte.
Dicen que en la aplastante trilogía Historia de una Absolución Familiar Marín llegó a su tope (¿o fue en la trilogía de Un Animal Mudo Levanta la Vista?) . Puede ser. Puede ser que La Segunda Mano sea una nota al pie, un apostilla, pero quizás justamente por eso -por que Marín acota el plano y no se desvía del dictado desde el más allá-, esta es una novela más accesible, más inolvidable y terrorífica. Y, sí, es una novela increíble. Lo raro es que fuera de Chile Marín sea prácticamente un desconocido. Alguien debería echar a correr sus libros por las universidades neoyorquinas.
Los libros del milenio, dicen
Septiembre 26, 2009

En The Millions creyeron que ya era hora de empezar: ¿Cuáles son las mejores novelas del milenio, hasta ahora? le preguntaron a colaboradores, críticos, editores escritores, amigos, etc. Contaron los votos y armaron esta lista:
- Las Correcciones, de Jonathan Franzen. (Seix Barral)
- El Mundo Conocido, de Edward P. Jones. (Tropismos)
- El Atlas de las Nubes, de David Mitchell. (Tropismos)
- 2666, de Roberto Bolaño. (Anagrama)
- Pastoralia, de George Saunders. (Mondadori)
- La Carretera, de Cormac McCarthy. (Mondadori)
- Austerlitz, de WG Sebald. (Anagrama)
- Salir a Robar Caballos, de Per Petterson. (Bruguera)
- Odio, Amistad, Noviazgo, Amor, Matrimonio, de Alice Munro. (RBA)
- Nunca me Abandones, de Kazuo Ishiguro. (Anagrama)
- La Maravillosa Vida Breve de Oscar Wao, de Junot Díaz. (Mondadori)
- El Ocaso de los Superhéroes, de Deborah Eisenberg. (El Lector Universal)
- Mortals, Norman Rush. (Si traducción)
- Expiación, de Ian McEwan. (Anagrama)
- Varieties of Disturbance, de Lydia Davis. (Sin traducción)
- La Fortaleza de la Soledad, Jonathan Lethem. (Mondadori)
- Middlesex, Jeffrey Eugenides. (Anagrama)
- Stranger Things Happen, de Kelly Link. (Sin traducción)
- American Genius, A Comedy, de Lynne Tillman. (Sin traducción)
- Gilead, Marilynne Robinson. (Sin traducción)
¿Era hora de empezar? No estoy seguro, pero es divertido. Dejando a un lado el hecho de que se trataba solo de libros en inglés y traducidos, me impacta lo autorreferentes que son los gringos. A estas alturas no me sorprende que Bolaño llegue tan arriba, pero sí que sean tan fanáticos de Junot Díaz. Preguntas: ¿De dónde salió la editorial Tropismos? ¿Alguien la trae a Chile? (Alguien debería moverse). Otra en serio: ¿Por qué las mujeres son menos traducidas? ¿Puro machismo? Me encantaría leer a Kelly Link y Lydia Davis. Estoy seguro que las omisiones dan para una lista paralela, pero siguiendo la lógica de The Millions echo de menos a Michael Chabon, AM Homes (La Hija del Amante, imprescindible), algún Philip Roth, Zadie Smith. Lo que no se me ocurre es cuál o cuáles son los libros en español escritos en este milenio que The Millions está ignorando groseramente: ¿acaso no se ha escrito nada bueno en español después de Bolaño? La pregunta está abierta, siéntanse libres a contestar. Lo último: realmente los gringos quedaron locos con Franzen. Yo compré Las Correcciones en saldos y ahí está acumulando polvo, aún no puedo leerlo. Asumo que lo leeré antes de que Franzen venga a Chile, en enero del 2010.



