Velvet, según Beck
Julio 7, 2009

No soy un incondicional de Beck, pero si tuviera que elegir mis 10 o 20 canciones favoritas de solistas de los 90 en adelante, ahí estarían Paper Tiger y Lost Cause. A veces quisiera que me gustará más, pero algo pasa: me encantó Modern Guilt, pero sospecho que olvidé seguir escuchándolo. De pronto, esas canciones perfectamente vintage a las que Danger Mouse les dió una inapelable dosis de onda, me dieron lo mismo. Incluso Orphans, a duo con la irresistible Feist.
Como sea, no podría perder la fe en Beck. En parte porque al tipo se le ocurren ideas tan admirables como estas: hacer versiones de todas las canciones del debut de The Velvet Underground. La idea es parte de un proyecto mayor llamado Record Club en que Beck y su banda interpretarán discos enteros sin demasiado ensayo previo. Cada semana hay una canción nueva en el sitio de Beck. Ya van tres: Sunday Morning, Waiting for My Man y Femme Fatale. Suenan bien.
¿Qué otros discos debería cubrir Beck? Si de mi depende, que no haga nada de Dylan ni de los Beatles. Ni de Neil Young ni de Tim Buckley. Muy obvio. Quizás London Calling de los Clash. O The Piper at the Gates of Dawn de Pink Floyd. O Ziggy Stardust de David Bowie. Pero mucho mejor sería que Beck se arriesgara con discos contemporáneos como el Yoshimi de Flaming Lips. Y por qué no Subliminal Kill, de Pánico. O más, que Beck reinterprete discos del 2009. Propongo dos sorprendentes y candidatos obvios a lo mejor del año: Veckatimest, de Grizzly Bear, y Bitte Orca, de Dirty Projectors. (Qué discos: se bajan desde aquí y aquí)
Zambra, Pron, Wood, etc
Junio 23, 2009

1. Un “caso de lesa copia a Roberto Bolaño”. Así diagnosticó Sergio Gómez a Bonsái, la primera novela de Alejandro Zambra. Su furiosa crítica contra la novela apareció el 5 de febrero de 2006 en el ya desaparecido Diario Siete. Gómez exageraba. O simplificaba. O se equivocaba. Pero de ahí a decir que Zambra ha leído muy poco a Bolaño, tengo mis dudas: lo dice Marcela Valdés en la revista gringa The Nation, en una suerte de perfil de Zambra en que se pregunta si sus novelas marcan el fin de una era en la literatura chilena (con suerte, si). Valdés comete un error más evidente: identifica al personaje de Gazmuri en Bonsái con el historiador Cristián Gazmuri. Pésimo, basta leer que el hombre escribe a mano y tiene una voz carraspeada para enterarse que ese viejo viene de Germán Marín. No estoy totalmente seguro que el error dé exactamente lo mismo (en parte porque demuestra que Valdés sabe poco de lo que pasa en Chile), pero sí, da lo mismo. Más importante es constatar que el boom de Bolaño en EEUU abrió una puerta.
2. ¿Quién es Patricio Pron? Llego tarde a su teleserie. De hecho, parece que ya terminó. Escribió un artículo pelando a la Nueva Narrativa Argentina, pero cuando lanzó su libro en Buenos Aires los mismos que aparecían como unos mercenarios lo saludaron y se rieron con él. Una gira supuestamente divertida con escritores argentinos que nunca volveré a hacer, como tituló su texto para Etiqueta Negra, está notable. Quiero leer a todos los acusados: Juan Terranova, Diego Grillo, Maximiliano Tomas y, claro, a la elogiada Samanta Schweblin. Y también a Pron, que acaba de lanzar en Argentina El comienzo de la primavera (sin fecha aún en Chile según Mondadori). Otra pregunta que no tiene respuesta por ahora: ¿vendrán estos escritores a la Feria del Libro de Santiago, dedicada este año a Argentina?
3. Algo está pasando con los fantasmas de la literatura gringa. Salinger, que mandó a sus esbirros a cazar a sus plagiadores, a los 90 años está ya definitivamente cerca de la muerte. Hace poco se fracturó una cadera y “está totalmente sordo”, según una de sus abogadas. En parte por eso, Ron Rosenbaum -el hombre que luchó para que se publicara el inédito de Nabokov- pide en Slate que alguien conserve los archivos de Salinger: “He escuchado reportes extraoficiales de que ha escrito varias novelas, las que están guardadas en un banco”, anota. Vaya, vaya. Al contrario de la insistencia por desaparecer de Salinger, Thomas Pynchon sigue volviendo. A sólo tres años de publicar Against The Day, el agosto lanzará Inherent Vice, una nueva novela de apenas 384 páginas. Estoy seguro que Pynchon se muere por mostrar la cara. Para los ansiosos: en octubre Tusquets lanzará en español Against The Day.
4. No estoy seguro si James Wood sea un gran crítico literario, pero no está mal. Al menos parece tener una idea clara de la literatura: no le gusta Foster Wallace, Don DeLillo ni Pychon, pero si Naipaul, Sebald y Bellow. Le gustó Los Detectives Salvajes y lleva años en guerra con Zadie Smith a causa del realismo. Pero el hombre tiene más enemigos y en un artículo de L.A. Weekly aparece una lista. Luego Wood se defiende en una larga entrevista. Además de lo obvio dice que Edmund Wilson “es notablemente débil cuando escribe sobre Chejov y Nabokov”. Algo más: “Creo que estamos en una edad dorada para la crítica”. Sus favoritos actuales son George Scialabba y Michael Hofmann.
5. A Juan Manuel Vial no le gustó Gente que Baila Sola, de Marcelo Lillo. Cuando los escritores se pusieron a patalear contra la crítica, estuve con Vial. Ahora no. “El cuento es un género literario que por fuerza debe sorprender”, escribe. ¿Si? Lo dudo. Lo del knockout es muy viejo. En el 50 por ciento de sus mejores cuentos, Carver no sorprende. En absoluto. Vial también le reprocha a Lillo los “conflictos intrascendentes” y los “deselaces anodinos”; pero a mi justamente lo que me atrajo fue eso: la absoluta falta de épica, la vocación por la medianía. Ahí Lillo rara vez falla. En un momento de entusiasmo (cuando leía Las ballenas, Cazadores o Gente que baila sola) creí que Marcelo Lillo era un postulante a ser un “narrador clave de la literatura chilena”. Mucho entusiasmo. Tiene una muletilla: en cualquier momento, sin aviso, las pareja se separan.
(La ilustración es de Kyle T. Webster. La saqué de L.A. Weekly)
New kids on the block
Junio 18, 2009

Ví por primera vez a Maori Pérez (1986) en la librería Metales Pesados. Hace dos o tres meses. Quedamos de juntarnos ahí para que me pasara un ejemplar de Mutación y Registro, su volumen de cuentos hoy inencontrable. Llegó atrasado. Estaba listo para fumar: llevaba en una mano un cigarrillo y un encededor. No estoy seguro, pero creo que en su polera blanca había una mancha. Me pasó el libro y dio media vuelta. Mi intención era conversar algo, saber quién era, pero apenas duró otro minuto frente a mi. Parecía un adolescente tímido y ligeramente salvaje. Fue una impresión pasajera. Hoy tengo otra. Pero me gustó esa primera imagen. Especialmente porque me habían dicho que era un escritor increíble. Prácticamente un genio. Y un genio salvaje viene mejor. Algo parecido me pasó con Felipe Becerra (1985). Antes de leer su novela, Bagual (Ed. Zignos, 2008), al menos cuatro personas a quienes respeto me dijeron que era algo especial. Superior. Cuando me encontré con él, pese a que ya lo había leído y ya tenía mi opinión, no pude dejar de pensar que ese flaco esquivo fuera el autor de una de las novelas chilenas que me han recomendado con mayor intensidad en los últimos meses. Por lo demás, Maori y Felipe son muy jóvenes. Era mejor: unos cabros chicos desconocidos eran las promesas de la literatura chilena. Los salvadores eran un secreto.
No es tan así, por supuesto. No sólo porque la literatura chilena sea insalvable, también porque todavía está por verse qué pasará con Maori y Felipe. Aún no estoy seguro si alguno de ellos es brillante. Es así: Diagonales (Ed. Cuarto Propio, 2009), la primera novela de Maori Pérez, tiene un par de momentos insufribles. Para entenderlos o aceptarlos, es necesario leer todo el libro. A la larga, vale la pena terminarlo. En parte porque en las últimas páginas hay una tristeza misteriosa, un crepúsculo trágico y raramente esperanzador, pero también porque Diagonales es la puesta en escena de un mundo sobre estimulado, fracturado, herido y radicalmente actual. Pérez demora y demora el arribo de la trama hasta su centro, tanto que nunca llega. Olvídense de protagonistas. ¿De qué se trata Diagonales? De un viaje en metro, de un suicida, de una película, de un artículo en una revista, de un taxista, del fin del mundo, de la literatura… O no, no se trata de nada de eso, aunque todo eso está en el libro. Hay cosas que se me escapan de Diagonales, pero estoy seguro que Maori contaba con ello.
Sospecho que a Felipe Becerra también le interesaba confundir. O al menos no le interesa del todo la claridad. Parte de Bagual,suprimer libro, no puede explicarse: desde algún lugar, acaso antes de nacer, un niño habla de su madre. La narra, la llama. Paralelamente, el horror de la dictadura (¿sí? quizás no) toma la forma de una nube oscura en Huara. Es la historia del carabinero Carlos Molina y su mujer, Rocío. Van a desesperarse en el desierto. A bordear la locura. Hacia el final, todo se convierte en una pesadilla. Ya lo han dicho otros, pero lo digo de nuevo: Bagual es poderosa, intensa. Y como cualquier pesadilla, confusa y misteriosa. A ratos Becerra falla (demasiado de eso de prosa poética) y quizás por su libro sobrevuela más teoría literatosa de la necesaria. Nada eso lo hace naufragar.
Maori y Felipe son amigos hace años. Cuando se conocieron ya estaba en sus planes convertirse en escritores. Llegué a ellos tarde. Hace menos de un año. Fue Claudia Apablaza quien me los presentó oficialmente. Y le doy gracias. Pero antes de eso, llegó a mis manos una copia de Malasia, novela aparentemente inédita para siempre de Diego Zúñiga (1987). Estuve en el jurado del Premio de Creación Literaria Joven Roberto Bolaño que en 2008 premió Malasia. No fui el primero que se dio cuenta de que era una buena novela, pero la apoyé. Todavía lo haría si es necesario, pese a su deuda con el propio Bolaño. A parte de esa influencia, había algo en ese libro que permitía sospechar que Zúñiga tenía talento literario. ¿Talento literario? Sostenía una historia por más de 200 páginas mejor que muchos. Con un editor estricto -que no le dejara pasar los sentimentalismos ni los ataques de onda-, ese libro podría estar en librerías. Sería bueno que estuviera. Había algo más: Malasia se leía fácil. A Zúñiga no le interesa desorientar. (No tengo idea que hará en Camanchaca, su novela en desarrollo).
Pasaron unos meses y supe que Diego era un lector entusiasta: conduce el programa Snob, de la radio UC, y dirige el sitio 60 Watts. Supe también que conocía a Felipe Becerra y a Maori Pérez. No eran un grupo ni nada parecido, pero algo había. Pregunté y hubo coincidencias: esos tres valían algo. Yo también lo creo. Es evidente y confesada la deuda con Bolaño, pero no me atrevo a decir mucho más. Dudo que compartan una estética. Incluso, sospecho que es un error ponerlos juntos. O azar: los menores de 25. O poca rigurosidad: Zúñiga aún no publica. ¿Por qué no dedicó más líneas a Daniel Hidalgo (autor de la increíble Barrio Miseria 221)? Esto es arbitrario. Pero la verdad es que no creo que sean estos tres solamente. Deben ser más. Hay otros veinteañeros inéditos con buenas novelas. Hay otros veinteañeros salvajes y esquivos, bolañistas y onderos, que se acercan desde bordes impensables al centro de la literatura chilena. O algo así.
PD1: Este texto viene de otro: Debutantes: Los más jóvenes novelistas de Chile. Apareció en La Tercera hace casi un mes. Ahí hablan los aludidos.
PD2: Gracias por lo datos a Patricia Espinosa, Claudia Apablaza, Alvaro Bisama, Carlos Labbé y Alejandra Costamagna.
(la foto viene de lacallepasy061, donde Víctor Quezada dice que el periodismo cultural, como el que hago, cumple una “función” en el “mercado editorial”. qué halago. ahora, la imagen primero salió en la tercera. de izquierda derecha: Becerra, Pérez y Zúñiga)
Alejandro Rossi 1932-2009
Junio 8, 2009

Fue hace seis o siete años atrás en Buenos Aires. Estaba en una de esas librerías enormes de Corrientes que lo tienen todo. Ya no recuerdo si fue en la sección de ensayos o ficción, pero lo encontré: Manuel del Distraído, del mexicano Alejandro Rossi. Lo había buscado muchas veces en Santiago. Aquí no estaba, quizás jamás estuvo. Nada mejor para un libro. Apenas sabía su título y su autor y ya estaba seguro que sería uno de mis favoritos. Lo mitifiqué. Creo que llegué a pensar que jamás lo leería, ni siquiera lo buscaba esa vez en Buenos Aires.
Sabía algo más. A Vila-Matas le encantaba. Por eso supe de Rossi. En el libro de crónicas Desde la Ciudad Nerviosa le dedica un texto al mexicano. Dice que lo envidia por haber escrito Manual del Distraído. Anota 10 razones:
“1) Es antisolemne. 2) Ha sido definido -con acierto- como un libro que es un baúl de viajes, recuerdos, ensayos en invenciones. 3) Es un libro portátil. 4) Es un libro inclasificable, a diferencia de la vulgaridad de la narrativa española actual, donde son pocos los que arriesgan; todo son novelas, que para eso está el mercado que las compra. 5) Es un libro que desbloquea las convencionales barreras y abre la zona de la sorpresa. 6) Es un libro que vive en la sorpresa y que es como una caja. Nos recuerda Manual que, al igual que en una caja, en un libro podemos depositar ensayos, relatos, disgresiones, sátiras, reflexiones, recuerdos, homenajes a maestros y hasta aforismos de Lichtenberg. 7) Se exalta, en la mejor línea de Walter Benjamin, lo infinitamente pequeño. El libro está lleno de minucias, de enormes minucias, que diría Chesterton. 8 ) En el libro la unidad es estilística más que temática. 9) El estilo organiza el punto de vista y hay en él -como ha dicho Octavio Paz- ligereza y elegancia (”Pienso en la elegancia desesperada de una flor en un ojal”). 10) Junto a El Arte de la Fuga de Sergio Pitol es el mejor libro que he leído en los últimos años”.
Impulsado por Vila-Matas, por esos días mi faro, no sólo compré el libro de inmediato, también quise leerlo ahí mismo. Quisé comprobar que yo también caería rendido ante Rossi. Quise formar parte de una cofradía secreta -seguramente inexistente y mitificada por Vila-Matas- de lectores de Manual del Distraído. No puedo decir que entré a ese grupo ni que me volví un fanático de Rossi, pero sí que fui sorprendido. En La Página Perfecta, la tercera crónica del libro, Rossi habla de Borges. Empieza por una obviedad de la que por entonces yo no me enteraba:
“Escribir sobre la obra de Jorge Luis Borges es resignarse a ser el eco de algún comentarista escandinavo o el de un profesor norteamericano, tesonero, erudito, entusiasta; es resignarse, quizás, a redactar nuevamente la página cientonoventaicuatro de una tesis doctoral cuyo autor a lo mejor la está defendiendo en este preciso momento”.
Rossi es inteligente, ligero, iluminador y sorprendente. Demoré varios meses en leer Manual del Distraído (mi copia fue publicada por Anagrama en septiembre de 1980, dos años después que en México por Joaquín Mortiz, bajo la ya inexistente colección Serie Informal) y después nunca más leí otro libro de Rossi. Quizá me decida ahora que Alejandro Rossi murió. Fue el viernes pasado, a los 77 años, a raiz de un paro respiratorio. Me dicen que por años fumó varias cajetillas al día. Nació en Italia, pero salió de Europa junto a su adinerada familia durante la II Guerra Mudial y vivió en Argentina y Venezuela antes de instalarse en México. Tiene varios libros de filosofía. Estuvo en las revistas de Octavio Paz Plural y Vuelta. Fue uno de los maestros de Juan Villoro. Algunos de sus libros, incluído el Manual, están en Chile en edición del Fondo de Cultura Económica.
PD: En la categoría de libros cajón de sastre también cabe uno relativamente reciente: En Busca del Loro Atrofiado (2005), de Roberto Merino. Quizás no se parece en nada a Rossi, pero en las crónicas de ese libro Merino también es ligero pese a recorrer dramáticos abismos. Y, no puedo evitar decirlo, es el mejor libro que se ha publicado en Chile en muchos años. Algunos creen que Merino es el mejor escritor chileno actual. Puede que sea cierto.
35 mm para la Next Generation
Junio 4, 2009

Seguro, las adaptaciones de libros suelen ser malas películas. La Vía Revolucionaria de Sam Mendes está bien, pero es una tontera al lado de la novela de Richard Yates. O, mejor, es otra cosa. Como sea, yo le tengo fe al paso al cine de los chicos de la Next Generation (los nombres que inventan los diarios). En mayor o menor grado, todos los amigos de Dave Eggers tiene una sensibilidad cinematográfica al escribir. Ya hay un par de pruebas, otras están en camino. Veamos.
Michael Chabon. El más hollywoodense de todos -estuvo en el guión de Spiderman II- ya fue adaptado por Curtis Hanson en Wonder Boys, que a mi igual me gustó. Ahora hay otra: The Mysteries of Pittsburg, a cargo de Rawson Marshall Thurber (???). Pocos críticos gringos la salvaron. Por eso hay que esperar -con mucha paciencia- qué hacen los hermanos Coen con El Sindicato de Policía Yiddish y Stephen Daldry (El Lector) con Las Asombrosas Aventuras de Kavalier y Clay. ¿Harán algo?
Jonathan Lethem. Michael Almereyda (???) tiene prácticamente lista una versión la película Tonight at Noon, basada en el cuento Five Fucks (en el libro The Wall of the Sky, The Wall of the Eye). La protagoniza el siempre indie Ethan Hawke. En camino: Edward Norton dirigirá una versión de Huérfanos en Brooklyn; Lethem ayudará en el guión. Dicen que Joshua Marston (María Llena Eres de Gracia) trabaja en la versión de La Fortaleza de la Soledad.
David Foster Wallace. John Krasinski (Jim Halpert en The Office) hizo algo -aparentemente bien raro- con Entrevistas Breves con Hombres Repulsivos, que estrenó en el Festival Sundance pasado. Hasta el momento nadie se atreve con La Broma Infinita. ¿Alguna vez alguien se atreverá?
Dave Eggers. El hombre tras la revista McSweeney’s escribió junto a su esposa, Vendela Vida (¿sus libros están en español?), el guión de la flamante película de Sam Mendes, Away We Go. De ahí la foto de este post. Protagoniza Krasinski (un verdadero fan de estos cabros) y Maya Rudolph. Dicen que Mendes hace exactamente lo opuesto a Via Revolucionaria: con poquísima producción, narra la historia de una pareja que se ama sin tener un peso. Otra de Eggers: está en el guión de Where the Wild Things Are, la nueva película de Spike Jonze. Más: alguien llamado Miguel Arteta supuestamente está trabajando en You Shall Know Our Velocity! y Tom Tykwer (Corre Lola Corre) querría llevar a la pantalla grande la estupenda Qué es el Qué.
Salvo Away We Go, y con suerte, difícilmente veremos algunas de estas películas en las salas locales. Habrá que bajarlas.
El caleidoscopio de Torche
Mayo 28, 2009

Hablaba hace pocos días con Felipe Becerra, Maori Pérez y Diego Zuñiga. Ellos, narradores muy muy jóvenes y amenazantes, le pedían sangre a la literatura chilena. Lo exigían. ¿Sangre? Algo así como dejar la impostura y escribir honestamente. Por supuesto, arrojos así tienen su riesgo: que nadie le guste lo que escribes o que, por muy sincero que sea, termine siendo algo mediocre. Creo que Pablo Torche, 35 años, se arriesga en su primera novela, Acqua Alta. Y no entrega algo mediocre. Pero, seguro, no a todos les va a gustar el libro. Algunos lo encontrarán exhibicionista: Torche usa al menos una decena de estilos narrativos para contar una historia que se inicia con una anécdota muy básica: Pablo, un turista joven chileno, está a punto de tener un romance con una italiana en Venecia. De ahí a una oscura intriga bizantina y coqueteos con el porno en viejas bodegas venecianas, hay apenas un par de capítulos. En algún momento, se pone difícil seguir a Torche. Es intencional: Acqua Alta es inestable. Por vocación. De una página a otra, se lee algo parecido al Fuguet de Mala Onda y a la otra, aparece Homero. Si se parece a algo chileno, pienso en el Cristián Huneeus de El Rincón de los Niños y en el Carlos Labbé de Navidad y Matanza. Hablo estríctamente en términos formales pues, en buena parte, Acqua Alta juega sus fichas en lo estríctamente formal. En esa línea, Borges y Perec sobrevuelan también esta novela.
Por supuesto, puede que yo esté totalmente equivocado. En parte, el mismo Torche parece decírmelo oblícuamente al responder unas pocas preguntas sobre Acqua Alta. Sospecho que indirectamente se ríe un poco del entrevistador. No está mal.
-Después de dos libros de cuentos (Superhéroes, En Compañía de Actores), ¿cómo fue escribir esta novela? ¿Te costó? -Sí. Un cuento se puede escribir en par de días o en un par de semanas. Si no funciona, se desecha y se escribe otro. Una novela en cambio se acumula por meses, quizás años, hasta que se transforma en una especie de proyecto vital. La presión entonces es enorme. Escribir una novela, creo, es ir descubriendo siempre nuevas capas de sensibilidad. Entonces, el desarrollo y cierre no es algo lógico o puramente argumental, es descubrir una nueva experiencia, y una nueva forma de decir.
- ¿Qué gatilla Acqua Alta? ¿La historia entre Pablo y Chiara? O ¿el hecho de armar una novela con diferentes estilos narrativos? -Siempre había querido abordar una novela así caleidoscópica, como esta. De pronto me arrojé con una historia común y corriente, una pareja, una cita, un amor. Y la refracción de estilos empezó a resultar. Yo mismo me sorprendí de ello, pero decidí seguir adelante. Y me sorprendí aún más de lo que empecé a descubrir ahí.
- ¿Por qué Venecia? -Como decía Borges, no sabemos por qué nos gusta el te en vez que el café, o por qué nos gusta la noche. (Beckett, que era un poco más malas pulgas, decía “Cómo diablos voy a saber”). Yo, con menos luces, tampoco sé. Supongo que me gusta, me resulta inspiradora.
- Entre las páginas 205 y 208 se puede leer un índice de autores y textos. ¿Puede entenderse como una guía para seguir los estilos narrativos que usas en Acqua Alta? -Sí, no, ¿guía? Esa palabra como que me pone en guardia. Es un capítulo que está hecho sólo con versos, trozos, fragmentos, que me daban vueltas. Cada quien tiene los suyos, que se cuelan siempre en los textos. Yo sólo decidí dar testimonio de las fuentes, una por una, desde Homero hasta poesía chilena contemporánea. Obviamente hay preferencias, pero no lo tomaría como carta de navegación.
- ¿O esa lista puede entenderse como una guía de tus lecturas? En ese caso, no veo ahí a George Perec, a quien creo que podría rastrearse en Acqua Alta. (O a Borges). – Sí, bueno, a Perec le gustaban los puzzles y los crucigramas. Es decir, el significante por sobre el significado… Yo no sé si suscribo eso. Es decir, para no usar eufemismos, no lo suscribo. Luego Borges decía “la literatura ha perdido mucho tiempo con el amor, no sé por qué” Eso creo que de algún modo lo cito, todo el libro rodea esa cita. (Nota para el entrevistador: no sé si estoy respondiendo esta pregunta…). Perec era un grande, cualquier editor se sentiría orgulloso de publicarlo, ¿Quién es uno para rasurarle su barba de chivo?
- En la seguda parte, el narrador -un narrador- insiste en que debe dejar de mentir y decir la verdad. ¿La literatura corre el riesgo de
mentir inevitablemente? -O sea, sin literatura no hay verdad. Por eso las sociedades sin literatura se empobrecen ineluctablemente. Escribir es buscar las palabras que capturen una experiencia, una experiencia huidiza, móvil. Desde luego no es una búsqueda lógica o completamente racional. Pero reducir la experiencia humana a lo puramente racional es siempre un reduccionismo. Este es el problema de la sociedad chilena ahora: valoramos sólo lo racional, lo concreto, en el fondo lo literal. Por quedarnos con estas pequeñas verdades literales, perdemos el sentido más profundo. Por eso a Chile le cuesta ahora reconocerse a sí mismo, se siente extraviado, enrabiado, herido. (Nota: ¿estoy sonando muy conservador con esto? Siempre me cuelgan estas acusaciones de conservadurismo casi reaccionario por decir cosas como esta, que yo considero de lo más normales).
- En la lista de textos nombras a Alberto Fuguet, Germán Carrasco, Guillermo Blanco, Roberto Bolaño, Pablo Neruda. ¿Por qué esos escritores chilenos? ¿Qué tienen ellos que quisiste emularlos? (¿Quisiste emularlos?) – Bueno, ya llegamos a Chile. A Guillermo Blanco lo leí en el colegio, lectura obligatoria, siempre recordé esa novela de amor, de iniciación, y en mi recuerdo estaba llena de líbido, de sensualidad. Pero es una novela que, como se dice ahora, “envejece mal”, cuando uno la relee es muy débil, casi infantil. A Neruda no me atrevería siquiera a tratar de emularlo. Yo soy nerudiano acérrimo, pero jamás osaría ver los senderos de Machu-Pichu como serpientes despeñadas, o el tiempo como manantiales rotos, simplemente no doy el ancho. En general, creo que uno debe buscar maestros, pero el trato con ellos debe ser insumiso, como dicen por ahí. En Chile hay mucho magisterio y subordinación, yo lo veo como un rasgo de colonialismo cultural.
- ¿Te sientes cercano a la litertura que se escribe actualmente en Chile? O bien, ¿qué escritores chilenos te interesan? -Así, de guata, no, no me siento cercano, pero ¿cercano de qué? A veces me identifico más con los poetas que con los narradores. Chile es muy grande, y hay mucha gente tratando de llenarlo. En términos literarios, la idea es que lo vayamos construyendo entre todos. Pero para mi gusto todavía falta mucho, sobre todo insumisión, (lo que decía antes), hay mucha reverencia, mucha conformidad, mucha transliteración banal de ciertos temas o problemas sociales de moda, que da por resultado una literatura facilista, trivial, aburrida en suma. Los narradores actuales que más me gustan son Missana, Zambra y Bisama.
Damo Suzuki en Chile
Mayo 16, 2009

¿Qué pasaría si Damo Suzuki estuviera al frente de Congelador? Lo sabremos el 5 de junio cuando la reunión suceda en el Cine Arte Normandie. Alucinante, es poco. No tanto por los chicos de Congelador- que siempre están bien-, sino por tener en Chile al más legendario vocalista de Can, la banda más increíble del Krautrock alemán. Supongo que Suzuki trae un show lleno de gritos raros e incomprensibles y no va a cantar nada parecido a canciones como Bel Air, Halleluhwa o I’m So Green, pero siempre es bueno ver a un mito viviente como él en el escenario. Un lujo. Suzuki -un loco de atar que pasó varios años deambulando como algo cercano a un Testigo de Jeová- puso las voces para los mejores discos del grupo: Tago Mago (1971), Ege Bambyasi (1972) y Future Days (1973), la serie con que Can que se convertiría en una banda ineludible: rock de vanguardia, nada de lata progresiva, con mucho groove, a veces experimental, precursores de la electrónica y de ese raro momento en que los 90 apareció el post-rock.
La ambición de Gumucio
Mayo 11, 2009

“¿Te gustó?”, me pregunta de entrada Rafael Gumucio. Pasó hace dos semanas. Llegué al mediodía a su oficina en la Universidad Diego Portales a entrevistarlo por La Deuda, su última novela. “¿Te gustó?”, me insiste. No contesto, doy indirectas. Pasamos a lo que piensan los otros: Patricia Espinosa barrió el piso con el libro. A Juan Manuel Vial y a Pedro Gandolfo tampoco les gustó. Rodrigo Pinto diría, pocos días después, que Gumucio perdió su ironía y desparpajo. ¿Qué habría escrito Camilo Marks? No entramos en conjeturas. Hablamos de la ética de la novela del siglo XIX, del ensayista que lleva adentro, de Chile, de Flaubert, de la literatura posmoderna, de la responsabilidad de la crítica… Es primera vez que hablo con Gumucio. He conversado por teléfono con él, pero no lo conozco. Tenía 16 años cuando lo vi por primera vez en Gato por Liebre. Era raro verlo en la tele. Era raro que alguien con esa pésima dicción estuviera en la tele. Le creí. Estaba de su parte. Apoyaba su incorrección noventera. Prefería sus opiniones literarias a la de Faridé Zerán en el Show de los Libros. Seguí Plan Z desde el primer capítulo.
En vivo, me pasa lo más imbécil: confundo al Gumucio real con el personaje. En su oficina, en medio de la entrevista, lo veo mirando la pantalla del computador, esperando que caiga un mail en la bandeja de entrada -¿qué espera?- y me lo imagino una escena de Aplaplac. Cuando apago la grabadora, tengo que decir algo. No miento y le digo que creo que le costó escribir más de un capítulo de la novela. No digo que me aburrió. No sólo porque no quiero que se sienta mal -por lo demás, qué vale mi opinión-, también porque no quisiera haberme aburrido: quisiera que Gumucio hubiese exhibido su más ácido sentido de la observación y que La Deuda fuese retrato de la miserias de la socidad chilena de los 90 sin concesiones. Quisiera que La Deuda mostrara pliegues desconocidos de la clasea media y especialmente de la generación que después de pelear contra Pinochet se achanchó en productoras, consultoras y la administración del Estado. Quisiera que La Deuda fuera la prueba de que Gumucio está cada vez más cerca de ser un novelista clave de la literatura chilena. Nada. Mis deseos no se cumplen.
La entrevista finalmente apareció con este título: Rafael Gumucio: “Mi novela es valiente” (el 26 de abril en La Tercera; no sé cómo llevarlos hasta allá). Puede ser cierto. Es ambiciosa, tiene una estructura clásica cada vez más en desuso y se impone la meta de decir ideas cuerdas sobre la culpa y la sociedad chilena. Pero falla varias veces: anudar la trama -del contador de las estrellas hasta el Mop-Gate- le obliga dar vueltas inverosímiles. Sorprende menos que una buena columna de Gumucio en The Clinic. Y explica demasiado cosas que ya sabemos. A La Deuda le faltan las preguntas sin responder que abundan en El Fotógrafo de Dios, la nueva novela de Marcelo Simonetti, y algo, que sea un poco, de la obsesión por lo excéntrico de Alvaro Bisama en Música Marciana. Acaso Simonetti y Bisama son esos escritores que están cada vez más cerca de acompañar a Alejandro Zambra entre los postulantes a ser un “novelista clave de la literatura chilena”. Seguiré leyendo. Acqua Alta, de Pablo Torche, estará en pocos días en las librerías. Ya tengo mi ejemplar y he demorado en empezar. Pero lo que me tiene más intrigado es Diagonales, la primera novela del sorprendente y jovencísimo Maorí Pérez. Cuarto Propio la pondrá en librerías a fines de mayo.
Leyendo Netherland
Abril 28, 2009

Metió ruido Netherland. De pronto, Joseph O’Neill había reunido lo mejor de Naipul y Fitzgerald en una novela ambientada en el Nueva York post 9-11 y protagonizada por imigrantes que jugaban críquet. Mezclaba lo imposible: Netherland era, al mismo tiempo, una novela post colonial y la gran novela americana del momento. James Wood, la vaca sagrada de la crítica gringa, se emocionó y dijo que era una obra maestra. Que O’Neill -un irlandés criado en Holanda que vive en el hotel Chelsea- había redescubierto Nueva York. “Stunning”, dijo la Kakutami en The New York Times. Rodrigo Fresán -entrenado profesionalmente para leer literatura estadounidense- dijo que O’Neill estaba a la altura de sus héroes: Fitzgerald, Salinger y Yates.
En marzo, El Aleph Editores publicó la novela en español. No cambió el título, pero le puso un subtítulo explicativo: El Club de Críquet de Nueva York. Dudo que llegue pronto a las librerías locales, pero gracias a una amiga que estuvo en España, yo ya tengo mi copia de Netherland. Voy apenas en la página 95, pero ya me siento amigo de Hans, el choqueado narrador holandés que se deslumbra por la energía con que el trinitense Chuck Ramkisson intenta fundar el primer club de críquet en Estados Unidos. Ya quiero jugar críquet, ser un inmigrante en Nueva York y pasar una temporada en el hotel Chelsea. No quiero que termine el libro. Tengo la esperanza que al terminarlo pueda decir con calma y seguridad que me he encontrado con la mejor novela gringa -escrita por un irlandés que creció en Holanda y vive NY- en lo que va siglo del XXI. No quiero estar de acuerdo con Zadie Smith, que la encontró convencional y cliché.
Lo único que me inquieta es caer nuevamente rendido ante una novela estadounidense. No puede ser que yo, un chileno cualquiera, esté tan de acuerdo con The New Yorker. No puede ser que en los últimos años casi todos los autores que leo y me gustan sean gringos (Soy cada vez más ignorante). Ni siquiera conozco EEUU. Ya sé, O’Neill es irlandés y se crió en Holanda, pero nada de eso cambia que Netherland provenga de una matriz literaria y cultural profundamente norteamericana. O ¿sí? ¿Cambia? ¿Acaso O’Neill encontró el ángulo perfecto para entrar en la tradición estadounidense y poder retrarla por dentro? ¿Acaso O’Neill, al situarse en los bordes de la sociedad neoyorquina, al mirar Nueva York a través de los imigrantes jugadores de críquet, muestra las grietas del imperio? ¿Acaso importa?
Ya veré. Sé que seguiré pasándolo bien leyendo las 200 páginas que me quedan de Netherland. Muy bien.
J. G. Ballard, 1930-2009
Abril 19, 2009

Apuesto que J.G. Ballard murió tranquilo. El tono de sus memorias, Milagros de Vida, lo anuncia. Nada de perversiones, catástrofes, accidentes, experimentos, desiertos, ni piscinas vacías. Pura luminosidad. Ballard narra ahí una historia cálida, casi tierna. Un niño crece en la surrealista Shanghai de los 30, pasa dos años de aventuras en una cárcel japonesa con su familia durante la II Guerra Mundial; en Inglaterra intenta ser médico, aviador; tras casarse, muere su esposa y él cuida a sus tres hijos en el bucólico Shepperton, bebe whisky desde la mañana; conoce Steven Spielberg, se hace famoso, etc. Parelalamente, escribe. Mira a “Inglaterra como si fuera una extraña ficción”. Y en 2006 un cáncer a la próstata se le expande por todo el cuerpo. Vive sus últimos años cenando con amigos y familiares. Escribiendo. Hoy, domingo 19 de abril, muere.