Fabián Casas / JL Martínez
Noviembre 11, 2009

“La primera vez que vine tenía como 22, 23 años. Vine a un encuentro de poetas jóvenes chilenos argentinos. Ahí nosotros casi te diría que empezamos a leer más poesía chilena que argentina. Vinimos acá y arrasamos con la calle San Diego, nos llevamos todo Lihn, Maquieira, Zurita, antología de poesía lárica. De hecho, yo en un momento fui a ver a Juan Luis Martínez a Villa Alemana, me quedé como dos o tres días con él. Sí, hace montón. Fue genial. Creo que fue en el 88 o el 90, en el cambio de década. Yo no tenía La Nueva Novela, me habían contado sobre La Nueva Novela. Entonces fui a la galería en Viña del Mar donde tenía la librería. Después nos fuimos a Villa Alemana, que es donde él vivía. Me fui a comer con él, me pasé como dos o tres días ahí. Sí, en su casa. Ibamos al mercado, él usaba unos guantes por si se golpeaba. Me súper impactó. Fue impresionante porque fue una persona terriblemente generosa. Yo le empecé a leer mi primer libro de poemas y él me decía meté esto, sacá esto, cambiálo. A él le gustaba Beckett y a mi también. El me empezó a hablar de toda la Escena de Avanzada y me pasó libros de Zurita, los de Maquieira, los libros de Enrique Lihn. Entonces yo empecé a leerme toda la poesía chilena”.
Fabián Casas (1965), escritor argentino. Poeta, narrador, ensayista. Periodista. Entre sus libros: El Salmón (poemas, 1996), Ocio (novela, 2000), Los Lemmings (relatos, 2005), Ensayos Bonsái (ensayos, 2007). Participó en la Feria Internacional de Libro de Santiago 2009. En su paso por Chile, me contó su historia con Martínez. Acá se pueden leer algunas cosas de él. Acá otras. Y acá más.
Buscando a Carlos Fuguet
Noviembre 10, 2009

Missing es el mejor libro de Alberto Fuguet. Sospecho que se volverá un lugar común decirlo. O ya lo es. Maduró, escuché en una librería; se va a ganar un premio, dijo un escritor; encontró su voz, leí. He sabido de muy pocos comentarios negativos. Huele un poco a revancha: el frívolo paria de la literatura chilena que era Fuguet en los 90, ahora, parece, firma el que quizás sea el mejor libro local del año. Supongo que pasa porque todo ha cambiado, Fuguet y la literatura chilena, pero por sobre todo, porque Missing es un buen libro.
Para mí, un libro sorprendente: inteligente, especialmente en su estructura, pero más que eso, sincero. Sí, honesto. Es decir, sin poses. Porque a los libros de Fuguet muchas veces le sobró onda. Pretensión de onda. La fascinación por el looser cool a veces se le fue de las manos. Aquí, ya se sabe, cuenta una historia real: desentierra fracasos familiares, saca esqueletos del clóset y baja a las cloacas, para contar quién es su tío Carlos Fuguet: un chileno que, arrastrado por su padre (un hombre bastante destetable), llegó a los 19 años a EEUU y 20 años después desapareció. De un día para otro, cortó todos los lazos que lo unían con su familia (se cambió de casa y trabajo, no le dijo a nadie dónde iba, nunca más se contactó) y se esfumó. Se sumó al circuito de vagabundos medianamente ilustrados que deambulan solitarios por el paisaje americano.
Otros 15 años después, en 2003, Fuguet decide hacer lo que nadie nunca había hecho en su familia y lo busca. En el libro, cuenta la trastienda de esa búsqueda. Puros hechos reales. Contar la verdad, en todo caso, no basta para escribir un libro sincero y sin poses: se necesita arrojo, poca vergüenza, cálculo y una buena dosis de sangre fría. Para escribir un libro bueno se necesita algo más, no sé exactamente qué, pero Fuguet da con ello.
Me gusta pensar que Missing se trata de un vuelta de tuerca a (casi) todo lo que alguna vez fueron los libros de Fuguet. Voy a exagerar: antes -sin contar a a Las Películas de mi Vida- la familia era un pozo sin fondo lleno de misterios, silencios y preguntas sin respuestas; era un zona de traumas de la que había que arrancar. Aunque en Missing sigue siendo foco infeccioso, ya no hay que darle la espalda: al contrario, hay que enfrentarlo. Alberto Fuguet -no Beltrán Soler- se pone el impermeable y decide descifrar el misterio -el hoyo negro- que marca a su familia. Es literal. Ir a buscar a Carlos Fuguet y saber por qué se fue, obliga a Alberto a reconstruir la inmigración de los Fuguet a EEUU a fines de los 60 y el dramático impacto que tuvo el viaje en todo el clan (incluído él mismo).
El más damnificado fue Carlos, que en realidad nunca pudo armar una vida. Según se lee en Missing, a Carlos le costó muy poco entrar en la lógica gringa del rolling stone. A los pocos meses en California, ya recorría las carreteras americanas en un auto viejo. Solo. Era el comienzo: en Waco, Texas, se alcoholizó y drogó en uniforme militar de EEUU y se internó en el white trash. Fue un poco hippie, manejó un Mustang, tocó los bongós, olía a marihuana. Se casó dos veces. Vistió trajes de terciopelo de colores y botas de terraplen en los 70. Apostó más de la cuenta en Las Vegas. Estafó a un seminario en South Pasadena y fue a la cárcel. Dijo que trabajaba para Paul Anka y se robó un Cadillac Fleetwood azul de 1977 de 17 mil dólares. De nuevo fue a la cárcel. En 1986 desapareció. Cortó con su familia, pero también se lo tragó América. Y ahí está: pocas veces Alberto Fuguet había hablando tan mal de EEUU.
Aunque a veces lo parece, este libro no es una exaltación estética de la figura del perdedor vagabundo que busca su identidad. Missing es la crónica de un fracaso. Carlos Fuguet da tumbo tras tumbo. Y seguirá dándolos. Esta historia es el reverso oscuro y miserable de la idea del sueño americano. Si antes, en los 90, Fuguet, llegó a parecer una suerte de publicista de EEUU (en Chile, fue el máximo difusor de la generación X de Seattle), en Missing es más ambiguo y sobre todo más cínico: EEUU puede ser una mierda. Para Carlos lo fue. Le entregó muy poco más que la oportunidad del anonimato, la posibilidad de desaparecer. Sí, también un par de aventuras.
Fuguet le entrega algo más a su tío en Missing: una narrativa. Le ordena la vida, le da algo parecido a una épica. Por lo demás, rearma los lazos rotos en su familia. Eso, según el mismo Alberto, es suficiente. Quizás. Pero creo que el libro es más que eso. Pese a sus defectos -le sobran páginas, en las primeras 100 es reiterativo, las conversaciones de Fuguet y su amiga aportan poco-, Missing es una narración emocionante. Intensa. Muy rara en la narrativa chilena. No sé si el mejor libro de Fuguet, pero probablemente sea un movimiento hacia otra etapa, a una zona menos titubeante y menos impostada. Quizás no. Da lo mismo. Por lo pronto, es un libro sorprendente y triste: el intento de Fuguet por limpiar una herida.
Escribí una nota sobre el libro hace un mes en La Tercera. Aquí se puede leer.
Feria 2009 (1)
Noviembre 1, 2009
Look afiladísimo: rasgos orientales, cabello radicalmente alisado en blanco y negro, mirada intrigante y voz suave, casi dulce. María Kodama, la viuda, lee a buen ritmo la historia de los intentos autobiográficos de su esposo, Jorge Luis Borges. Recuerda las Autobiographical Notes, texto que dictó para The New Yorker en 1970, un par de poemas y cuentos oblicuos, entrevistas fallidas. Kodama es una estratega: lo que importa es lo que dijo Borges de sí mismo, todas las biografías de Borges son falsas (“No me referiré a ellas”). Son las 19:30, es sábado 31 de octubre, y para ser su día de arranque, la Feria del Libro de Santiago está floja. O está cómoda: los pasillos están transitables. Las editoriales quieren aglomeraciones. Pero ni siquiera Gonzalo Rojas llena la Sala de las Artes. Pedro Lastra y Mauricio Electorat lo alaban en lo que viene a ser el segundo homenaje que le rinden en una semana. Si no es demasiado, es repetitivo. También pasó antes: en 1997 (?) Ray Lóriga vino a Chile y se hizo amigo de Alberto Fuguet. Ahora de nuevo están juntos en la misma mesa: hablan de Tokio Ya No Nos Quiere, de la carta que le escribió a Rodrigo Fresán, de Héroes; es la forma de presentar Ya Solo Habla de Amor, la última novela de Lóriga, lo más cercano a un rock star que veremos en Mapocho. En la sala, llena, están Alvaro Bisama, Francisco Ortega, Mike Wilson, Patricio Jara, Felipe Avello, Diego Zuñiga, Daniel Hidalgo y varios más. Muchos vienen del lanzamiento de Kalfukura, la novela en que Jorge Baradit inventa una historia mágica de Latinoamerica. Darío Osses, Doctor Zombie, Ortega y Baradit lo presentan en desorden: es radio online, un capítulo de Desde el Fin del Mundo. Mientras tanto, en la escalera de la Estación Mapocho Augusto Góngora conversa con Héctor Veliz Meza ante una cámara (¿para Hora 25?), Jovana Skármeta cruza veloz con un walkie talkie en la mano, el aprendiz de adivino Alejandro Ayún se toma un café, Carlos Labbé se va de la feria, Pablo Torche camina a paso lento, en el stand del Fondo de Cultura Económica venden tazones que dicen I Love Foucault (¿o yo amo a Foucault?) y Hernán Rivera Letelier firma libros. También firma Carlos Tromben, José Luis Rosasco, Poli Délano, Gonzalo León, Elizabeth Soubercaseux, Pablo Simonetti, Baradit, Fuguet, Lóriga, Doña Tina.
Fogwill, lectura obligatoria
Octubre 21, 2009

Quisiera haber leído antes Fogwill. Diez años atrás. Pero supe de él tan tarde que me da vergüenza. Leer Muchacha Punk debería ser una lectura obligatoria. Si tienes 23 años y no lo leíste ya, cierra todos los libros y lee el cuento: ahora. Tiene una fuerza avasalladora, es un golpe eléctrico. Después vendrán Los Pichiciegos, Help a El, Un Guión para Artkino, Los Pasajeros del Tren de la Noche o esa violenta colección de artículos Los Libros de la Guerra. Como cualquier snob, ya tengo en mi poder los Cuentos Completos (Alfaguara) de Fogwill. Y estoy anotado para el lanzamiento que hará del libro en la Feria del Libro de Santiago. Ya se sabe, Fogwill viene a la feria junto a César Aira, Damian Tabarosvky, Fabian Casas, Rubem Fonseca y Ray Lóriga. Nada mal, nada mal.
Como adelanto dejo una entrevista que le hice a Fogwill hace un año (parte se publicó en La Tercera), en la que habla bastante de literatura chilena.
Cada vez se reeditan más tus libros.
Es que no produzco…. Se venden, no sé.
¿Te están redescubriendo?
Cada generación que llega me redescubre. Es España cada vez que me editan, me descubren. Es un argumento publicitario.
¿Qué tan importante ha sido la ciudad en tus obras?
Nula. Nunca tuve una conciencia urbanística o arquitectónica. Yo era marxista, o lo soy…. En ese época también quería actuar como marxista y este tipo de cosas -la ciudad- parecían secundarias en las doctrinas políticas. Demasiado burguesas y, además, había que renegar de todo lo que era real.
¿Te gusta Santiago?
Me encanta Santiago. Voy a Chile desde 1967, de modo que vi todos los cambios de la ciudad. Me parece siniestra la evolución que va teniendo Santiago. Pero estéticamente es cada vez más bella. Si hubiera transparencia en el aire…
¿Has leído bien la literatura chilena?
No. Los libros chilenos los abro y si no me gustan, no les concedo el derecho a que terminen gustándome. En general, no me interesan. Alejandro Zambra me gusta tanto humanamente y como escritor, que casi lo olvidé como narrador chileno. Si Carlos Fuentes dice que Aira va ser Premio Nobel, yo puedo decir que Germán Marín es el heredero de Balzac. O de Proust. O Thomas Mann. Edwards sería Proust.
¿Qué escritor chileno te ha interesado últimamente?
Para mí Bolaño es literatura argentina. Escribe a nuestra manera. O como mexicano.
No nos puedes robar a Bolaño, es de lo poco que tenemos.
Qué robo. Cómo si me robara a una mujer… El se fue con otro. En vez de Luis Sepúlveda, Bolaño prefirió Piglia. Y antes a Borges. Se autosecuestró.
¿No hay más chilenos entre tus gustos?
Me gusta mucho Nicanor Parra, pero también Gonzalo Rojas. Diego Maquieira. Una parte de Raúl Zurita, la obvia. Por supuesto, Bruno Vidal. Aunque ese es el lugar común de todo latinoamericano. Me gustó Bosque Quemado, de Brodsky, pero hubiese sido mejor que fuese su primera novela: un ajuste de cuentas con el pasado. La novela Navidad y Matanza, de Carlos Labbé, me parece de lo mejor de los últimos 20 años de Chile.
En 1982 dijiste que al pensar en literatura argentina pensabas en ti, César Aira, Copi, Belgrano Rawson y Alberto Laiseca. ¿Quiénes se te vienen a la mente hoy?
Agregaría a, por lo menos, Sergio Bizzio y Sergio Chejfec. En internet alguien dice que al nombrar a Copi, Layseca y Aira fabriqué un canon que está vigente. Pero debe haber mejor literatura, lo que pasa es que yo estoy viejo, tengo 67 años, ya no tengo esa flexibilidad como para plegarme a un nuevo entusiasmo.
¿Fabricaste el canon?
Es posible. O no, no lo fabriqué… Detecté lo mejor. Lo mejor y lo reprimido. Yo peleé para que publicaran a Aira porque lo habían consagrado como traductor.
Loco, provocador, insoportable. ¿Te crees el personaje Fogwill?
Es que me sale. Soy muy viejo, no me sale otra representación. No tengo tiempo de estudiarme Hamlet a estas alturas para ver si hago un personaje nuevo. Para decírtelo en chileno, soy el Coco Legrand. Todos somos personajes, por qué no voy a hacerlo yo. Lo que pasa es que yo al ser un personaje muy explícitamente, puedo preservar una identidad. La gente dice: a pesar del personaje, Fogwill es un tipo querible. El que no lo quiere a Piglia, no lo quiere y ya.
Marín, el medium
Octubre 19, 2009

“Le agradecería en suma, durante nuestras conversaciones vespertinas, que siempre tuviera encima de la mesita de caoba, junto a las siete velas encendidas, la pistola Colt 7.65 mm que me une a la vida, pero acerca de esto, si le parece, hablaremos del rezo que abre la sesión y, tras el final, agradecer de mi parte la ofrenda con el platillo de alimentos que usted, madre medium, tiene siempre frente a mi puesto”.
Desde ultratumba, convertido en un atado de huesos amarillos, habla Miguel Sessa. Le dicta su vida a su madre, una medium capaz de comunicarse con su hijo muerto. Según Germán Marín algo de eso sucedió (o sucede aún): su tía, la madre de su primo Miguel, encerrada en su casa recibe el dictado de su hijo desde el más allá. Quizás es un síntoma de locura, pero a Marín le sirvió para montar su última novela, La Segunda Mano: la historia de su primo, un niño cruel y joven playboy que seducido por el fascismo y temeroso del avance popular del socialismo, se suma al movimiento de extrema derecha Patria y Libertad para desestabilizar el gobierno de Salvador Allende. Eso sí es cierto: Miguel Sessa fue el brazo de derecho de Roberto Thieme y jefe de operaciones de Patria y Libertad. Estuvo involucrado en la muerte de un trabajador del Canal 5 de Concepción, preparó el secuestro de un avión comercial para generar caos y murió en una clínica clandestina de PL desangrado tras un accidente carretero a pocos días del Golpe de 1973. En la vereda del frente, Marín era un maoista conocido por su apoyo a la Unidad Popular. A veces se reunía con Miguel para caminar por Vitacura (leer el invernal cuento Mi Primo Miguel) y conversar sobre el destino del país. Se habían críado juntos. Fueron, alguna vez, levemente amigos. Eran familia.
Morosa, espesa, ácida y de un intenso humor negro, La Segunda Mano es la clásica novela de Marín: un merodeo nauseabundo por los escombros en torno al 11 de septiembre. Aquí no llega a narrar el golpe, pero sigue pulso a pulso el giro que llevó a Miguel a tomar un arma y a comprometerse en la caída de la UP para torcer la historia. Sigue la ruta negra que desencadenará el bombardeo. Lo mueve su familia, el dinero, la seguridad de la superioridad. Inevitablemente cariñoso con su madre, Marín dota a su primo de un tono solemne y grave, elegante e hipnótico. Pero es obvio: es un hijo de puta. Es también un eco del pasado. Un fantasma desdichado. Un alma en pena. Un zombie imposible de matar que sigue viniendo directamente desde la pólvora encendida de agosto de 1973. Imagino a Marín, auto inducido con algo de maldad, dejarse llevar en la mezcla de realidad y ficción mientras escribía, como siempre a lapiz, La Segunda Mano. Lo imagino poseído por la incorrección de dotar a un pequeño demonio (“asesino sádico”) de temores rastreros y alma ambigua. Imagino a Marín escribiendo a lo medium sobre las sombras que lo marcaron para siempre a él y, por buenas décadas, a todo Chile.
Algunos creen que con Mi Primo Miguel bastaba, el cuento de Conversación para Solitarios donde por primera vez aparece retratrado Miguel Sessa. En realidad es un preámbulo: ahí Sessa y su familia están perfilados, ya se siente la tensión desesperante que se apoderaba de Santiago las semanas previas al golpe, pero no está el alma en pena. Y la novela es eso: una insoportable resaca que trae de vuelta una noche de terror. Nada la espanta. Menos la muerte.
Dicen que en la aplastante trilogía Historia de una Absolución Familiar Marín llegó a su tope (¿o fue en la trilogía de Un Animal Mudo Levanta la Vista?) . Puede ser. Puede ser que La Segunda Mano sea una nota al pie, un apostilla, pero quizás justamente por eso -por que Marín acota el plano y no se desvía del dictado desde el más allá-, esta es una novela más accesible, más inolvidable y terrorífica. Y, sí, es una novela increíble. Lo raro es que fuera de Chile Marín sea prácticamente un desconocido. Alguien debería echar a correr sus libros por las universidades neoyorquinas.
Los libros del milenio, dicen
Septiembre 26, 2009

En The Millions creyeron que ya era hora de empezar: ¿Cuáles son las mejores novelas del milenio, hasta ahora? le preguntaron a colaboradores, críticos, editores escritores, amigos, etc. Contaron los votos y armaron esta lista:
- Las Correcciones, de Jonathan Franzen. (Seix Barral)
- El Mundo Conocido, de Edward P. Jones. (Tropismos)
- El Atlas de las Nubes, de David Mitchell. (Tropismos)
- 2666, de Roberto Bolaño. (Anagrama)
- Pastoralia, de George Saunders. (Mondadori)
- La Carretera, de Cormac McCarthy. (Mondadori)
- Austerlitz, de WG Sebald. (Anagrama)
- Salir a Robar Caballos, de Per Petterson. (Bruguera)
- Odio, Amistad, Noviazgo, Amor, Matrimonio, de Alice Munro. (RBA)
- Nunca me Abandones, de Kazuo Ishiguro. (Anagrama)
- La Maravillosa Vida Breve de Oscar Wao, de Junot Díaz. (Mondadori)
- El Ocaso de los Superhéroes, de Deborah Eisenberg. (El Lector Universal)
- Mortals, Norman Rush. (Si traducción)
- Expiación, de Ian McEwan. (Anagrama)
- Varieties of Disturbance, de Lydia Davis. (Sin traducción)
- La Fortaleza de la Soledad, Jonathan Lethem. (Mondadori)
- Middlesex, Jeffrey Eugenides. (Anagrama)
- Stranger Things Happen, de Kelly Link. (Sin traducción)
- American Genius, A Comedy, de Lynne Tillman. (Sin traducción)
- Gilead, Marilynne Robinson. (Sin traducción)
¿Era hora de empezar? No estoy seguro, pero es divertido. Dejando a un lado el hecho de que se trataba solo de libros en inglés y traducidos, me impacta lo autorreferentes que son los gringos. A estas alturas no me sorprende que Bolaño llegue tan arriba, pero sí que sean tan fanáticos de Junot Díaz. Preguntas: ¿De dónde salió la editorial Tropismos? ¿Alguien la trae a Chile? (Alguien debería moverse). Otra en serio: ¿Por qué las mujeres son menos traducidas? ¿Puro machismo? Me encantaría leer a Kelly Link y Lydia Davis. Estoy seguro que las omisiones dan para una lista paralela, pero siguiendo la lógica de The Millions echo de menos a Michael Chabon, AM Homes (La Hija del Amante, imprescindible), algún Philip Roth, Zadie Smith. Lo que no se me ocurre es cuál o cuáles son los libros en español escritos en este milenio que The Millions está ignorando groseramente: ¿acaso no se ha escrito nada bueno en español después de Bolaño? La pregunta está abierta, siéntanse libres a contestar. Lo último: realmente los gringos quedaron locos con Franzen. Yo compré Las Correcciones en saldos y ahí está acumulando polvo, aún no puedo leerlo. Asumo que lo leeré antes de que Franzen venga a Chile, en enero del 2010.
La fe de McEwan
Septiembre 9, 2009

Maldito McEwan. Estaba feliz leyendo Un Paseo Solitario, la demente primera novela del inglés Gul Y. Davis (1973), pero llegó Ian McEwan a Chile. Y me hizo dudar si el libro de verdad era bueno. Mi plan era escribir aquí que Davis estaba en camino a convertirse en un ineludible. Estaba entusiasmado. Iba a aplaudir al J.B. Priestley Award for Young Writer por premiarlo; iba a agradecerle a editorial Periférica por publicarlo y a Daniel Gascon por traducirlo (y a Hueders por hacer llegar el libro a La Tercera). Diría que Un Paseo Solitario es un crudo, tierno, triste y desesperanzador viaje al corazón del sistema de atención psiquiátrica británica. O un viaje al desamparo. Lo sigue siendo: relata el paseo de Wil, una adolescente que ha pasado casi toda su vida encerrado en sanatorios. En una alta momentanea, se escapa para encontrar a la sirena que lo salvará.
Will no tiene a nadie en el mundo. No le bastan las sonrisas de las enfermeras dulces ni las palabras de ánimo de un ocasional enfermero comprensivo. Tampoco los coqueteos con alguna loca anoréxica compañera de psiquiátrico. Sus padres son un desperdicio. No sabemos exactamente qué padece Will, pero sí que se ha intentado suicidar, tiene algún trastorno con la comida, le dan pánico los medicamentos y no puede parar de llorar. “Atrapado en este mundo humano… ¿formaré parte de él alguna vez?”, piensa atontado por los llamados de su sirena. Aunque parezca, es más que un adolescente tipo Holden Caulfield. Pero algo hay de El Guardían entre el Centeno en Un Paseo Solitario. La desorientación y el hastío del mundo, aunque aquí llevada a niveles psiquiátricos.
Aunque no sabemos qué enfermedad sufre Will, sí sabemos cuál sufre Gul Y.
Davis: Trastorno Obsesivo Compulsivo. Según un perfil de The Guardian, el escritor ha pasado 21 años encerrado en psiquiátricos. Recién en los últimos años lo diagnosticaron correctamente y un tratamiento lo ayuda. Antes sufrió: cualquier cosa a su lado le daba terror, pensaba que inevitablemente terminaría usándolas para suicidarse. Antes, más joven, se obligaba a vomitar dosis exactas de comida en lugares especiales. Davis cuenta su historia en un artículo reproducido por el diario Público. Dice que Un Paseo Solitario está basado en sus recuerdos. Termina esperanzadoramente: “Hubo final feliz”.
Entonces McEwan llegó a Chile. Ayer en la mañana, en el seminario Revolución Darwin, el autor de Amsterdam leyó un sorprendente ensayo sobre la originalidad en la ciencia y el arte. Lo mejor fueron las reconstrucciones de los dramáticos momentos en que Darwin y Einstein terminaron de dar forma a sus famosas teorías. Notable. Más tarde, McEwan llegó al CEP. Estaban ahí: Gonzalo Contreras, Carla Guelfenbein, Pablo Simonetti, Ernesto Ayala, Oscar Bustamante, José Miguel Varas, Marta Blanco, Carlos Iturra, Oscar Contardo, Andrea Palet y un par más que se me van. De nuevo, notable: sorteó las balbuceantes preguntas de David Gallagher y respondió las bastante más respetables de Arturo Fontaine con claridad e inteligencia. “I don’t’ know what the hell I’m doing”, dijo intentado resumir su método de trabajo.
La frase no lo resume a él. McEwan es aplicado, profesional y mateo. Y tiene una fe enorme en la novela. Me dijo esto el domingo pasado en el lobby del Ritz: “La novela es una gran herramienta para investigar cambios históricos y sociales, las relaciones entre individuos… No hay otra forma de arte que pueda igualarla. El cine no puede darte esa mirada al interior, tampoco el teatro. La novela es la herramienta suprema para investigar estados de conciencia, ya sean privados o sociales”.
Y ayer en el CEP me hizo dudar de Gul Y. Davis y El Paseo Solitario. Carlos Iturra la preguntó si hoy servían de algo las novelas. Dijo esto:
“Los autores del siglo XIX parecían ser capaces de sostener a toda la sociedad. No creo que hoy ningún escritor británico pueda hacer lo que Dickens hacía. No le damos la suficiente importancia a las novelas. Temo que la novela se está desintregrando en una interminable subjetividad. Toda una generación de escritores ingleses sólo escribe en primera persona, sólo escribe sobre estados emocionales, sólo escribe desde un punto de vista subjetivo sobre su mundo inmediato. En Inglaterra tenemos toda una generación de personas que no puede decir una frase sin que suene como una pregunta. Existe la posibilidad de que la novela se convierta en interminables pequeñeces. Es realmente peligroso. Es un problema, pareciera que los escritores hoy se avergüenzan de las ideas. Solo quieren escribir sobre emociones. Y no parece ser suficiente. Por supuesto, la novela es un género muy emocional, pero también es una gran herramienta para jugar con ideas”.
He escuchado casi esas mismas palabras de Rafael Gumucio y de Andrés Neuman. Ambos me sonaron razonables. Pero es distinto escucharlas de alguien que ha escrito novelas como Sábado, Chesil Beach o Expiación. No creo que sea precisamente “peligroso” tanta primera persona, tampoco podría decir que dejó de gustarme Un Paseo Solitario -novela que recomiendo-, pero algo de razón tiene el hombre. No se trata tirar a la basura los balbuceos personales -algunos llegan a ser maravillosos-, prefiero entender las palabras de McEwan como un desafío. Una propuesta. O, quién sabe, quizás la literatura de verdad no sirve para nada y McEwan es un ingenuo.
Les dejo la nota que escribí sobre McEwan para La Tercera. Donde dice que Sam Mendes va a dirigir Chesil Beach.
Tricky superstar
Agosto 24, 2009

Pasados los 45 minutos de show, Tricky le pide al público que suba al escenario. El ya ha estado entre el público: a la tercera canción bajó a la cancha del Caupolicán para perderse entre la masa. A veces el rock es actitud: la noche del sábado lo fue: Tricky ya no hace los discos de antes y en realidad no canta tan bien, pero la intensidad y el descontrol de su show en vivo justifican sus caídas. Hay pocos rastros del pasado trip hop de Adrian Thaws en el escenario; apenas un tecladista que echa andar las sencuencias; nada de DJ’s. Pero sí hay un power trío (bajo-guitarra-batería) que explota en cada canción. La Martina de hoy, Francesca Belmont, es efectiva: canta la mitad de las canciones, durante las cuales Tricky se dedica a fumar marihuana y moverse como un poseído. Cuando agarra el micrófono, despierta las energías tribales del rock. Volado, borracho, como sea, le basta un gesto de la mano para que la guitarra mantenga el riff por dos minutos más. El se mueve a lo gangsta arrastrando dos micrófonos, se enfrenta a los amplificadores como si fueran espejos, se deja llevar entre la marea del público, a veces se pierde en una fumada, enciende cigarros, toma piscola y, claro, los llama a todos al escenario. Desde abajo, la cosa se ve peligrosa, exitante, tensa. Puede pasar cualquier cosa. Pasa que uno entiende eso del “I drink till Im drunk, and I smoke till Im senseless”; uno entiende que Tricky durara un par de minutos entre los geek de Massive Attack; que PJ Harvey y Bjork aparecieran en sus discos; que odie el trip hop; que se perdiera por años; hiciera discos malos y su sonido terminara tan sucio. Pasa también que Knowle West Boy, el último disco de Tricky, es mucho mejor después de haberlo visto en vivo. Es cierto, no fue un gran show musicalmente; ninguna canción sonó parecida a los discos, fue repetitivo y el sonido estuvo lejos de ser impecable. Pero de eso no se trataba: el juego de Tricky siempre fue bordear el precipicio. El exceso, la confusión. Y en la noche del sábado Tricky dirigió un par de horas sorprendentes, difusas y en las que algo intanginble parecía estar en riesgo. Rock en estado salvaje.
Marisol García, por supuesto, lo dice mejor que yo en su blog. Y ya lo dijo ayer.
Sci Fi: Argentina en la Filsa
Agosto 22, 2009

Matías Rivas fantaseaba ayer en La Tercera sobre un par de invitados a la Feria del Libro de Santiago, que este año está dedicada a Argentina. Imagina en la Estación Mapocho a Fogwill, César Aira, Ricardo Piglia y Beatriz Sarlo. Remata con una secreta esperanza: la visita de Fabián Casas, María Moreno y Sergio Bizzio. Aunque espero que los sueños de Rivas se cumplan, yo tengo más. Varios más.
33 actividades tentativas para una Filsa al nivel de las expectativas:
1. Lectura pública ininterrumpida de libro Borges, de Adolfo Bioy Casares. Inscripciones abiertas.
2. César Aira reconstruye cómo fue elaborar su Diccionario de Autores Latinomaericanos. El autor lo actualizará en vivo.
3. Editorial Interzona anuncia su regreso y aprovecha de lanzar una sucursal en Chile.
4. Las librerías hablan: Eterna Cadencia, Prometeo Libros y Boutique del Libro dan consejos.
5. Hacia una teoría literaria para analizar El Eternauta . Participan: Damian Tabarovsky y Martín Kohan. Se mostrará un adelanto de la película de Lucrecia Martel basada en la novela gráfica.
6. Cara a cara: Fogwill y Ricardo Piglia explican por qué no se pueden ver.
7. Clases: Rodrigo Fresán dicta curso para escribir 12 artículos semanales -sobre literatura norteamericana, rock neoyorkino, cine europeo, etc- y mantener la onda.
8. Hallazgo: Los tres finales alternativos del cuento Instrucciones para John Howell. Presenta Cristina Peri Rosi.
9. ¿Qué fue de Abelardo Castillo? Por Abelardo Castillo.
10. Ricardo Piglia lanza su nueva novela Blanco Nocturno.
11. César Aira lanza sus cuatro nuevas novelas. Presenta Ricardo Piglia.
12. Rodrigo Fresán lanza su nueva novela El Fondo del Cielo.
13. Escritores profesionales se confiesan. Participan: Federico Andahazi, Mempo Giardinelli y Marcos Aguinis. Por confirmar: Pablo de Santis y Guillermo Martínez.
14. Lectura dramatizada de Informe sobre Ciegos. Por Ernesto Sábato.
15. Juan Terranova, Diego Grillo, Maximiliano Tomas exponen sus estrategias literarias para ser protagonistas de la Feria del Libro de Frankfurt 2010.
16. Argentina, Europa y la consagración literaria: Patricio Pron y Andrés Neuman exponen.
17. Katherine Anne Porter, Flannery O’Connor, Carson McCullers, Joyce Carol Oates y A.M. Homes según Samanta Schweblin.
18. Cara a cara: antología Buenos Aires (Juan Forn) y antología La joven guardia (Maximiliano Tomas). Forn y Tomas debaten.
19. La literatura es una pistola caliente: semablanza de Rodolfo Walsh, por Martín Caparros.
20. Mesa de discusión: Macedio Fernández autor de Martín Fierro. Participan: Washington Cucurto, Damian Tabarovsky y Daniel Link.
21. Ciclo de cine: las 30 películas favoritas de Manuel Puig. Dos funciones diarias.
22. Obra y figura de Charlie Feiling, por Sergio Bizzio y Daniel Guebel
23. El periodismo es literatura. Participan: Leila Guerrero, Fabian Casas y Juan Forn.
24. Todas las leyendas de Osvaldo Lamborghini. Por Ricardo Strafacce, su biógrafo
25. ¿Escribir un libro o dirigir una película? Con Martin Retjman y Lucía Puenzo. Modera Alan Pauls
26. Una historia alternativa de Latinoamerica. Discuten Washington Cucurto y Juan Gelman.
27. Ricardo Colautti, un escritor secreto. Por César Aira.
28. Exposición: manuscritos, primeras ediciones, fotografías, películas y audios de Alejandra Pizarnik. Curatoría de Rosario Bléfari.
29. El teatro de Roberto Artl. Montaje de obras Saverio el Cruel, El Fabricante de Fantasmas y La Isla Desierta. Adaptaciones de Guillermo Calderón.
30. ¿Después de los 25 años puede leerse Rayuela? Debate dirigido por Beatriz Sarlo.
31. Hallazgo: los antecedentes reales que dieron origen a la novela El Banquete de Severo Arcángelo, de Leopoldo Marechal. Investigación de Adrián Dárgelos.
32. Work in progress: adaptación al cine La Invención de Morel, por Martin Retjman.
33. Hallazgo y lanzamiento: Vindicación de Jorge Luis Borges, texto inédito de Witold Gombrowicz. Presentan César Aira, Ricardo Piglia, Fogwill, Alan Pauls y Rodrigo Fresán. Modera María Kodama.
Alfonso Calderón, 1930-2009
Agosto 8, 2009

Murió de un infarto. Cerca de las 9:30 de la mañana del 8 de agosto. Recuerdo que cuando en 1998 le dieron el Premio Nacional de Literatura, no faltó quien dijera que Alfonso Calderón tenía poca obra. Si se referían a su ficción, es cierto. Pero de ahí a que fuera mal escritor, hay mucho camino. Fue una de esas piezas fundamentales de una escena literaria: la memoria. Mantenía viva a la generación del ‘38 y a las del ‘50. Los frecuentó a todos y recordaba desde sus gustos literarios hasta el vino que tomaban. Cronista y enorme memorialista, Calderón será recordado por insistir e insistir en traer de vuelta a Joaquín Edwards Bello. Fue él quien por primera vez rescató sus crónicas del archivo de La Nación y las puso en un libro. En eso mismo estaba en estos días; trabajaba con la Universidad Diego Portales en la reedición de la obras completas de JEB, codo a codo con Roberto Merino y Matías Rivas. Por lo que sé, Calderón se juntaba con Merino y Rivas prácticamente todas las semanas a almorzar -muchas veces en el Squadrito- a hablar de JEB. Su muerte es absolutamente sorpresiva, pese a sus 79 años. Estaba totalmente sano, más lúcido que nunca. Yo doy fe: en los últimos dos años o tres años creo que haberle pedido ayuda al menos cada dos meses. Le pedía información sobre escritores chilenos, mayormente; siempre sabía. Fue extremadamente generoso. Me recibió muchas veces en su casa, un departamento tapizado de libros, y me contó todo lo que necesitaba saber. Del Chico Molina, de Lihn, de Parra, de JEB, de Violeta Quevedo, del ‘38, de Serrano, etc, etc. Entiendo que estos últimos años estaba renovado, como que hubiese rejuvenecido. Una pérdida. Una pena.
Actualizado: Corregí la fecha de su muerte. No había sido la noche del viernes, sino la mañana del sábado. Hoy domingo, sus están siendo velados en la Casa Central de la UDP.
