Richard Ford en Chile
Agosto 5, 2009

El domingo pasado, Richard Ford recibió en su casa en el pueblito costero de East Boothbay (Maine, EEUU) a Ann Beattie. Amigos desde hace años, ambos fueron parte de lo que la revista Granta llamó alguna vez “realismo sucio”. Ahí también estaban Raymond Carver y Tobias Wolff. No sé si habrán recordado esos años, pero seguro que mientras comían Ford le contó a la autora de Postales de Invierno que estaba preparando un viaje a Chile. Quizás le dijo que debió cancelar los planes para ir a cazar codornices chilenas, pues su esposa aún debía recuperarse completamente de una operación a la cadera. Probablemente no lo mencionó, pero nosotros ya lo sabemos: el día en que Ford se encontrará con sus lectores chilenos es el jueves 27 de agosto.
La cita es a las 18 horas en la Casa Central de la UC. En la sala José Manuel Irarrazaval. La excusa es el seminario La Ciudad y las Palabras que organiza el doctorado de arquitectura de la Católica. Ford será entrevistado públicamente por Gonzalo Garcés. Tal como ya pasó con Houellebecq, Barnes y Marías. Después el micrófono se pasa al público y después el resto: Ford firma libros, se saca fotos, etc. Adelanto una gran tarde. Ford -no sé si será necesario decirlo- es uno de los 4 o 5 gigantes vivos de la literatura gringa. Y creo que ya estaba en ese club antes de que John Updike se muriera. Las 1300 páginas que suman El Periodista Deportivo, El Día de la Independencia y Acción de Gracias son prácticamente magistrales.
Le hice una entrevista hace un año a propósito del lanzamiento en español de Acción de Gracias. A modo de preparación para la cita del 27, dejo una par respuestas de Ford, especialmente sobre Frank Bascombe:
“Comencé a escribir El Periodista Deportivo en la primavera de 1982. Entonces vivía en Princeton, New Jersey. Anteriormente había decidido dejar de ser un novelista y conseguir un trabajo como periodista deportivo para alguna revista en EEUU. Pero la revista en la que estaba trabajando cerró, así que me dejaron preguntándome qué hacer. Lo único que había hecho que realmente valía la pena era escribir ficción. Así pues, más bien desesperado, decidí intentar nuevamente escribir una novela. La desesperación debe haber ayudado, ya que probablemente me hizo trabajar más duramente y sentir que en realidad no tenía otra alternativa. Y no tengo idea de por qué esto me conectó con los lectores y la crítica. A mis otros libros no les había ido tan mal con la crítica. Nadie los leyó, ése era el problema. Por lo tanto, si este libro realmente tuvo éxito de venta y de crítica, puedo atribuirlo solamente a la genialidad”.
“Intento generalmente escribir sobre cosas que no tengan que ver conmigo. Siento que tengo más libertad creativa. Y esa libertad es la gran fortaleza del arte. Uno debe escribir como si no le importara el resultado de lo que escribe. Por supuesto inevitablemente es así; pero tenemos que liberarnos tanto como podamos para escribir sobre puntos de vista, sobre comportamientos, sobre gustos, sobre las creencias que no compartimos. Siempre que atribuyo a Frank una cierta opinión que también tuve, me arrepentí, pensando que mi libro no era lo suficientemente interesante”
“Probablemente tuve los mismos cuestionamientos que Frank. Él escribió un libro de cuentos, después no pudo acabar la novela que estaba escribiendo. Simplemente sentía que terminarlo no importaba, y que podría ser más feliz haciendo algo más fácil. Me hacia esas preguntas. Si hubiera podido tener un trabajo como periodista deportivo, como Frank, estoy bastante seguro de que yo no habría seguido la vida de escritor. Y francamente, en términos personales, no me habría importado”.
“Si echo de menos a Frank, sé donde está. Tengo estos tres grandes libros sobre él. Me gustó escribir sobre Frank. Y, por supuesto, si alguna vez quiero escribir sobre él nuevamente, puedo hacerlo. Incluso si ya dije que no lo haría y no puedo imaginar cómo hacerlo. Nunca confíes en un escritor”.
“Realismo sucio nunca fue una buena definición para el trabajo de nadie. Fue solo un slogan de maketing que el editor de Granta le puso a algunos escritores que publicaba – que no tenían mucho en común excepto que eramos americanos. Siempre me impacta que siga aún en la memoria de algunos. ¿Cuánto? ¿Casi 25 años? ¿Me pregunto si los impresionistas se sentían así? Apuesto a que si”
Cinepata actualiza
Julio 29, 2009

Yo no leí la Zona de Contacto noventera. O la leí muy poco. Las veces que la tuve en mis manos, siempre me molestaba su exceso de onda. En cambio, estuve suscrito a revista Rock & Pop durante casi toda su existencia. La esperaba ansioso, me molestaba que estuviera en kioskos antes que en mi casa y el día que llegaba era feliz. Lo primero que buscaba era la columna de Alberto Fuguet, que siempre estaba enterado de un libro o una película increíble. O algo increíble. Algo que yo no sabía ni hubiera podido saber si no fuese por él. Algo que por esos días, nadie sabía en Chile. O muy pocos. El lo sabía antes. Es su estilo: adelantarse. Por eso, yo espero que llegue el momento en que Fuguet se decida a armar su propia revista (no lo hará, ya sé). Yo estaría suscrito.
Lo que hizo fue Cinepata. Ya se sabe: un sitio de descarga gratuita de películas. Muchas, estrenos exclusivos. A fines de junio me contó del proyecto y salió una nota en La Tercera, “ingeniosa y creativamente” titulada por mi como El nuevo McOndo de Fuguet. (leála acá). El tema es que Cinepata se actualiza por estos días. Y viene bien. Además del documental Andrés Caicedo: Unos Pocos Buenos Amigos, de Luis Ospina, están disponibles películas de Ezequiel Acuña, Rodrigo Rey Rosa y Rodrigo Salinas. El newsletter dice esto:
Como un Avión Estrellado, dirigido por el argentino Ezequiel Acuña, logra contar en 80 melancólicos minutos la historia de un adolescente que vive una tragedia y le deja una pena eterna. Film ganador del festival BAFICI con protagónicos de Manuela Martelli, Ignacio Rogers y Santiago Pedrero. (año 2005; largometraje, 80 min). Un estreno absoluto para buena parte de los países de la región.
Lo que Soñó Sebastián (en la foto), es una cinta selvática y sudorosa acerca de un escritor que cree que la selva y sus habitantes son parte de la moral Greenpeace pero termina encontrándose con una realidad literalmente opuesta. Este largo, filmando en 35 mm, nos llega de Guatemala y es un estreno absoluto pues, más allá de unos festivales, este debut del aclamado escritor Rodrigo Rey Rosa (Este lugar sagrado, Caballeriza) nunca se ha estrenado comercialmente en el continente americano. La cinta está basada en la novela homónima de Rey Rosa (año 2003; largometraje, 83 min).
La Represa, una excéntrica e inclasificable, pero hilariante comedia “extremamente chilena” , logra muchas cosas menos contener las risas y la empatía del público. Al revés, este debut del caricaturista, cómico y dibujante Rodrigo Salinas está destinado a liberar energías y desatar un caudal de risas con la historia de dos indios que bajan del Cerro San Cristóbal a impedir que construyan una represa. Debut exclusivo y un deleite absoluto.
Lo último sobre Fuguet: no creo que haya escrito un mejor libro que Por Favor Rebobinar. Hasta ahora. Sospecho -infundada e inexplicablemente- que su nuevo libro, Missing (en librerías la primera semana de octubre), será increíble.
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23/2/81, según Cercas
Julio 23, 2009
Cuando supe que Javier Cercas iba a publicar una libro sobre el frustrado Golpe de Estado de 1981 a la recientemente recuperada democracia española, supuse que jamás llegaría a leer el libro. O sí, pero me aburriría. No me interesaría. Sería trabajo. Y claro, por momentos me perdí entre los callejones de la clase política española, pero rara vez dejé de estar interesado. Crónica política, radiografía de una escena de televisión y disección de un gesto, Anatomía de un Instante corre como el mejor artículo de Rolling Stone sobre sexo, drogas y rock & roll. Pero se trata de algo bastante más serio: el 23 de febrero, mientras en el Parlamento se elegía a a Leopoldo Calvo Sotelo como presidente del gobierno español, entra un grupo de militares disparando. Vienen a tomarse el poder. Todos los presentes se tiran al suelo, menos tres: un general, un viejo comunista y Adolfo Suárez, el derrotado primer presidente que apenas pudo cargar con el primer gobierno democrático tras décadas de franquismo. Suárez ve en ese gesto desafiante y melodramático -quedarse sentado en su escaño mirando al frente mientras vuelan las balas- un pase a la historia. Lo sabe: minutos después de los hechos, le apuesta a su asesor que al día siguiente saldrá en la portada de The New York Times. Y a la mañana siguiente ahí está.
La toma de poder del Parlamento fue grabada por la TVE y luego exhibida en la televisión abierta. Cercas relata ese momento con detallismo quijúrquico, pero por sobre todo usa la escena para escarbar en la escena política española y la transición. Es arriesgado, inteligente, atrapante; escribe escandalosamente bien. Y me hizo preguntarme por qué cresta el Golpe de Estado de 1973 en Chile no ha sido narrado realmente bien por la literatura chilena. Como sea, le hice una entrevista vía mail a Cercas. Aquí la dejo.
- En Soldados de Salamina trataste la Guerra Civil de España y ahora en Anatomía de un Instante la transición a la democracia. ¿Por qué volver a la historia de tu país? – ¿Y por qué no hacerlo? La historia me interesa, y más la de mi propio país, porque es mi propia historia. Por otra parte, la guerra y la transición desde la dictadura a la democracia están íntimamente conectadas; de hecho -pero a esta conclusión sólo llegué al escribir este libro-, en mi opinión la guerra no terminó el 1 de abril de 1939, sino el 23 de febrero de 1981, que es el día del frustrado golpe de estado en torno al que gira Anatomía de un instante. Por lo demás, no creo que mis libros traten temas históricos; más bien creo que parten de ellos para ir hacia los asuntos que de verdad me importan: la lealtad y la traición, el coraje y la cobardía, la verdad y la mentira etc
- A tu juicio, ¿la literatura debe tomar a la historia como tema? ¿Tiene una responsabilidad? – La literatura no tiene ninguna obligación, salvo decir la verdad; la verdad literaria, claro está, que en principio es distinta -y a veces opuesta- a la verdad de la historia. Anatomía de un Instante, sin embargo, persigue la verdad literaria a la vez que la verdad de la historia, lo que lo convierte en un libro todavía más raro que cualquiera de mis libros anteriores, un libro casi imposible, quizá porque asume el doble de responsabilidad que cualquiera de ellos: quiere responder ante sí mismo -como hacen las novelas-, pero también quiere responder ante la realidad -como hacen los libros de historia-.
-¿Pretendías entender mejor el golpe del 23 de febrero con el libro? ¿O ver desde una perspectiva literaria, estética, un episodio de la historia? – Pretendía averiguar si es posible llegar a la verdad de la historia a través de la verdad literaria; o a la inversa. Pretendía agotar, con todos los instrumentos que tengo a mi alcance -novelescos, poéticos, históricos, filosóficos, filológicos, periodísticos- , el significado del instante al que alude el título, un instante que es quizá -pero esto tampoco lo supe hasta que terminé el libro- el instante decisivo de los últimos setenta años de mi país a la vez que uno de esos “moments of being” de los que habla Virginia Woolf y que concentran la experiencia humana.
- ¿Cómo recuerdas el 23 de febrero de 1981? ¿Cuando viste las escenas en la televisión del golpe, qué pensaste? – La grabación de la entrada a tiro limpio de los golpistas en el Parlamento no se vio hasta el día siguiente -y, aunque no se lo crea, desde entonces no se ha vuelto a ver por entero-; lo que pensé fue lo que pensó todo el mundo y sólo acertó a decir el filósofo Julián Marías: que era la mejor película española del año (ahora, después de verla cientos de veces, pienso que es quizá la mejor película española de la historia). En cuanto a lo que recuerdo de aquel día, bueno, eso lo cuento al principio del libro, porque éste surge en parte de ese recuerdo; sobre todo, del recuerdo de la desconcertante y casi absoluta pasividad del país ante el golpe.
- ¿Qué sucedió para que decidieras hoy, a 29 años del hecho, que el golpe podía ser una novela? - Sucedió que me obsesioné con un instante, con una imagen de la grabación del golpe: la imagen del presidente del gobierno democrático sentado en su escaño mientras todos los demás diputados presentes en el Congreso se refugiaban de las balas de los golpistas tirándose al suelo. Me pregunté por qué precisamente ese hombre no obedecía las órdenes de los golpistas y se tiraba al suelo. Me pregunté qué significado tenía esa imagen o ese gesto, si es que tenía alguno. El libro no es un intento de contestar a esas preguntas, sino de formularlas con precisión.
- “La realidad tiene tal fuerza dramática, tal potencia simbólica que resulta avasalladora”, decías en una entrevista a el diario El País. ¿Cómo se escribe literatura después de saber eso? – La pregunta es más bien, para mí, cómo se escribe literatura sin saber eso. Sabiéndolo es dificilísimo, porque uno es consciente de que escribir literatura es hacerle la competencia a la realidad; pero sin saberlo es imposible, porque esa ignorancia te condena a la mecanografía.
- ¿Crees que este libro le interesará a un lector chileno o latinoamericano? – Tanto (o tan poco) como cualquiera de mis demás libros. No creo que el hecho de que Anatomía prescinda de la ficción -si es que tal cosa es posible- cambie nada esencial; tampoco el hecho de que no se presente como una novela: algunos críticos han dicho que el libro es un intento de averiguar qué puede dar de sí la novela en el siglo XXI y de cartografiar y forzar sus fronteras, a la vez que un canto a la necesidad de la ficción para entender la realidad. No seré yo quien contradiga a esos críticos.
- La Velocidad de la Luz no logró igualar el impacto de Soldados de Salamina, al menos en Latinoamerica. ¿Por qué cree que sucedió? ¿Acaso en la historia Rodney Falk no volcó la misma intensidad que al escribir sobre hechos que tienen que ver con su historia? -No lo sé; yo escribí La velocidad de la Luz como he escrito mis demás libros: poniendo en ella todo lo que sé. Pero es verdad que en español no tuvo tantos lectores como Soldados, aunque tuvo muchos más en francés o en inglés. En fin: hay libros míos que no han tenido ningún impacto -como El Inquilino- y que yo no considero en absoluto inferiores a Soldados o La velocidad.
- Hace pocos meses, Javier Marías decía que El Quijote parecía haber tenido más impacto en la literatura anglosajona que en la española. ¿Piensas que la literatura española contemporánea ha sabido desarrollar una tradición propia? – Sí, pero es una tradición que me interesa poco y que en todo caso es flagrantemente inferior a la inglesa o a la francesa, sobre todo en el ámbito de la novela. El Quijote es tan bueno que a ratos da la impresión de que lo haya escrito Dios o, en su defecto, un novelista inglés; sea como sea, los españoles no nos dimos cuenta de lo bueno que era -estábamos demasiado ocupados quemando herejes-, pero los ingleses sí, de forma que decidieron robarnos el Quijote, lo que significaba robarnos la novela. Todavía no nos hemos recuperado de esa catástrofe.
- ¿Qué piensas de la literatura española actual? – Que hace lo que puede.
- ¿Qué autores te interesan de Latinoamérica? – Mi tradición inmediata no es la tradición española; es la tradición del español. Para mí, Borges es muchísimo más importante que cualquier escritor español desde Cervantes.
- ¿Cómo has visto el crecimiento de la leyenda de Roberto Bolaño? – Primero con alegría. Luego con tristeza. Luego con alegría. Con alegría porque la obra de Bolaño se merece todos los lectores que pueda tener. Con tristeza porque Bolaño apenas pudo disfrutar de su éxito. Y finalmente con alegría porque en realidad Bolaño disfrutó de todo el éxito del que puede disfrutar un escritor: el éxito de un escritor consiste en escribir los mejores libros que pueda escribir, y eso es exactamente lo que hizo Bolaño.
Noventeros, inestables; Tortoise
Julio 21, 2009

Debe haber sido en 1995. Una tarde cualquiera después del colegio llegué hasta la disquería Background y Hugo Chávez -¿o habrá sido Miguel Umaña?- pone el Rhythms, Resolutions & Clusters, el flamante y exclusivo nuevo disco de Tortoise. Sabía que existía la banda, pero fue la primera vez que la escuché. Sonaba a algo completamente diferente a todo lo que conocía. Parecía una electrónica ejecutada en vivo, con instrumentos reales, improvisaba y orgánica. Alcohall, el primer track, era un oscilante solo de batería procesado para parecer el soundtrack de una cinta espacial experimental del futuro. Free jazz v/s Silver Apple v/s Slint. No entendí nada, pero acepté que Chávez me enviara a dejar a un sobre a un par de cuadras de la tienda a cambio de un descuento: debo haber pagado unos $11 mil por el disco, editado en una caja de cartón que hasta hoy conservo como una joya.
Desde esa tarde no dejé de escuchar a Tortoise. Más: me convencí de que no sólo era la banda faro de esa escena rara y algo pretenciosa llamada post rock, también de que en los 90 pocos grupos llegaron tan lejos musicalmente. Sigo convencido. El ensamblaje de jazz, dub, electrónica y krautrock (1) que practicaba el grupo liderado por John McEntire, cristalizaba esa sensación tan noventera de estar a la deriva. Deliberadamente a contrapelo del grunge (2), Tortoise también retrataba la inestabilidad y la desorientación. Pero más que melodramáticos, eran reflexivos. Intelectuales. A veces han sido fríos, pero no en Million Now Living Will Never Die: cálido, el disco es la crónica de un viaje no sé si al espacio o al fondo del mar. En cualquier caso, a zonas misteriosas y desconocidas. Es un poco obvio, pero debe ser: fin de siglo.
Cuando en octubre de 1999 dieron ese inolvidable recital en Chile en el Teatro Novedades (3), Tortoise ya había lanzado TNT, otro de sus emblemas. En el escenario, el quinteto era líquido: se movían entre los instrumentos, de batería en marimba, bajo en sintetizador, guitarra a tambores. Refutaban la idea de eran sólo una banda de laboratorio. O la completaban. Por años leí en todas las notas sobre el grupo el lugar común de que usaban el estudio como un instrumento más. Prefiero esto: Tortoise es una banda de hip hop. Tienen esa moral desprejuiciada de sacar algo de todas partes. Son la respuesta de Chicago al trip hop de Bristol, pero al contrario de Massive Attack Tortoise suele inventar sus samples. Y siempre, siempre, remezclan.
Sospecho que todas las canciones de Tortoise son remezclas. Niguna fue en ningún momento original. La idea tiene implicancias filosóficas (4), pero puede simplificarse en que en Tortoise nada es totalmente definitivo. El mayor clásico de la banda, Djed, tiene al menos tres versiones y ya no estoy seguro si la que aparece en Million Now Living Will Never Die es verdaderamente el original: antes McEntire debió manejar otras versiones que desechó. La sorprendente caja A Lazarus Taxon es la prueba del sistema de trabajo de la banda: tres discos que reconstruyen sus primeros tres discos que se transforman en tres discos nuevos.
Algo más con lo de las remezclas. Una esperanza: no importa que los últimos dos discos “originales” de Tortoise no estén a la altura de su historia. It’s All Around You (2004) y el flamante Beacons of Ancestorship (2009) son perfectos, pero fríos. Prácticamente congelados. No entiendo porque la crítica ha tratado tan bien (aquí y aquí) a Beacons of Ancestorship: seguro, está bien interpretado, producido maravillosamente, hasta mueve los límites de la banda, pero es cerebral y a veces aburrido. Pareciera que estuvieran obsesionados con quebrar los ritmos y evitar las melodías. Sin embargo, confío. Confío en las remezclas. Ya vendrán.
1- ¿Cuál es el estilo musical de Tortoise? La pregunta fue una obsesión de los críticos musicales de los 90. Nunca hubo una respuesta clara, pero apareció eso del post rock, escena en que también estaban Mogwai, Laika, a veces Stereolab, Disco Inferno, entre otros. Supuestamente esos grupos habían superado al rock & roll. Ok. Como sea, Tortoise sigue siendo la banda emblema del post rock. Todavía nadie sabe qué hacen, pero quizás en el cruce imposible de progresivo y post punk que hizo This Heat a fines de los 70 esté la mejor pista. 2- Kurt Cobain, Andrew Wood, Layne Stanley, Shannon Hoon, encarnaciones mortales de esa inestabilidad e inseguridad. 3- Esa noche los teloneros fue una “super banda” con integrantes de Hombres de la Atlántida, Lem y Cáncer. El primero más bien industrial, los segundos mínimas experiencias post-rock locales cercanas a Labradford. ¿Congelador era la banda de post-rock chilena por excelencia? ¿O era Maestro? ¿O Tobías Alcayota? 4- Lo obvio: Tortoise es una banda postmoderna. (O el post rock es postmoderno).Otro poema para la década
Julio 19, 2009
Busqué y no lo encontré. Ningún poema de Claudio Bertoni está entre los mejores de los últimos 10 años, según la encuesta que hizo la Revista de Libros de El Mercurio el domingo 12 de julio. Quizás no es uno de esos errores imperdonables. Todavía no decido cuál es mi opinión sobre esa consulta. Supongo que es incompleta y fallida, pero todas las listas lo son. Tengo un par de ideas aisladas: me gusta que se repita Rosabetty Muñoz y Rafael Rubio. Creo que Oscar Hahn tuvo tiempos mejores. No está mal la aparición Héctor Hernández y Cristián Gomez, está mucho mejor la de Gladys González, todos debieron haber mencionado a Bruno Vidal y menos mal que llamaron a Sergio Parra, pues de lo contrario tampoco habría estado Yanko González. Una duda: ¿por qué nadie menciona a Bolaño? Apuesto que nadie ha leído bien su poesía, pero -contándome entre esos malos lectores- quizás en la última década no escribió un gran poema. De puro fan, sospecho lo contrario.
Sospecho, también, que en esa lista podrían faltar textos de Roberto Contreras, Cristián Arregui, Sergio Coddou, Germán Carrasco, Paula Ilabaca o Felipe Cussen. O, peor, temo que la lista sobra, está vacía y falla, porque en los últimos diez años la poesía chilena no ha sido capaz de sobreponerse al naufragio de los 90. No, no, algo ha pasado. Por ejemplo, Diego Ramírez publicó El Baile los Niños (2005, Ediciones del Temple), un libro urgente que incluye un poema adolescente y triste que, quién sabe, quizás algún día lo leeremos como un retrato de la noche de los 2000:
Cadávares de la moda
En mi polerita llevo dibujada la huella personal de la tristeza
Llevo la imagen más dramática de esta noche
Y la utilizo como bandera de signos para que me entiendan el
mensajeEn mi polerita llevo escrito «los chicos no lloran», pero en medio
de este rito bailable vamos a ser todas chicas plásticas de esta
galería moderna
Esta noche vamos a llorar juntas como cadáveres de la
moda
(era hermoso verlos como pequeños dioses pobres)
Me pregunta: Si tengo sueño
Si tengo hambre
Si tengo frío
Si tengo sida
Si tengo rabia
Si tengo hermanosMe pregunta si voy a sobrevivir al evangelio de los
chicos extranjeros.
Velvet, según Beck
Julio 7, 2009

No soy un incondicional de Beck, pero si tuviera que elegir mis 10 o 20 canciones favoritas de solistas de los 90 en adelante, ahí estarían Paper Tiger y Lost Cause. A veces quisiera que me gustará más, pero algo pasa: me encantó Modern Guilt, pero sospecho que olvidé seguir escuchándolo. De pronto, esas canciones perfectamente vintage a las que Danger Mouse les dió una inapelable dosis de onda, me dieron lo mismo. Incluso Orphans, a duo con la irresistible Feist.
Como sea, no podría perder la fe en Beck. En parte porque al tipo se le ocurren ideas tan admirables como estas: hacer versiones de todas las canciones del debut de The Velvet Underground. La idea es parte de un proyecto mayor llamado Record Club en que Beck y su banda interpretarán discos enteros sin demasiado ensayo previo. Cada semana hay una canción nueva en el sitio de Beck. Ya van tres: Sunday Morning, Waiting for My Man y Femme Fatale. Suenan bien.
¿Qué otros discos debería cubrir Beck? Si de mi depende, que no haga nada de Dylan ni de los Beatles. Ni de Neil Young ni de Tim Buckley. Muy obvio. Quizás London Calling de los Clash. O The Piper at the Gates of Dawn de Pink Floyd. O Ziggy Stardust de David Bowie. Pero mucho mejor sería que Beck se arriesgara con discos contemporáneos como el Yoshimi de Flaming Lips. Y por qué no Subliminal Kill, de Pánico. O más, que Beck reinterprete discos del 2009. Propongo dos sorprendentes y candidatos obvios a lo mejor del año: Veckatimest, de Grizzly Bear, y Bitte Orca, de Dirty Projectors. (Qué discos: se bajan desde aquí y aquí)
Zambra, Pron, Wood, etc
Junio 23, 2009

1. Un “caso de lesa copia a Roberto Bolaño”. Así diagnosticó Sergio Gómez a Bonsái, la primera novela de Alejandro Zambra. Su furiosa crítica contra la novela apareció el 5 de febrero de 2006 en el ya desaparecido Diario Siete. Gómez exageraba. O simplificaba. O se equivocaba. Pero de ahí a decir que Zambra ha leído muy poco a Bolaño, tengo mis dudas: lo dice Marcela Valdés en la revista gringa The Nation, en una suerte de perfil de Zambra en que se pregunta si sus novelas marcan el fin de una era en la literatura chilena (con suerte, si). Valdés comete un error más evidente: identifica al personaje de Gazmuri en Bonsái con el historiador Cristián Gazmuri. Pésimo, basta leer que el hombre escribe a mano y tiene una voz carraspeada para enterarse que ese viejo viene de Germán Marín. No estoy totalmente seguro que el error dé exactamente lo mismo (en parte porque demuestra que Valdés sabe poco de lo que pasa en Chile), pero sí, da lo mismo. Más importante es constatar que el boom de Bolaño en EEUU abrió una puerta.
2. ¿Quién es Patricio Pron? Llego tarde a su teleserie. De hecho, parece que ya terminó. Escribió un artículo pelando a la Nueva Narrativa Argentina, pero cuando lanzó su libro en Buenos Aires los mismos que aparecían como unos mercenarios lo saludaron y se rieron con él. Una gira supuestamente divertida con escritores argentinos que nunca volveré a hacer, como tituló su texto para Etiqueta Negra, está notable. Quiero leer a todos los acusados: Juan Terranova, Diego Grillo, Maximiliano Tomas y, claro, a la elogiada Samanta Schweblin. Y también a Pron, que acaba de lanzar en Argentina El comienzo de la primavera (sin fecha aún en Chile según Mondadori). Otra pregunta que no tiene respuesta por ahora: ¿vendrán estos escritores a la Feria del Libro de Santiago, dedicada este año a Argentina?
3. Algo está pasando con los fantasmas de la literatura gringa. Salinger, que mandó a sus esbirros a cazar a sus plagiadores, a los 90 años está ya definitivamente cerca de la muerte. Hace poco se fracturó una cadera y “está totalmente sordo”, según una de sus abogadas. En parte por eso, Ron Rosenbaum -el hombre que luchó para que se publicara el inédito de Nabokov- pide en Slate que alguien conserve los archivos de Salinger: “He escuchado reportes extraoficiales de que ha escrito varias novelas, las que están guardadas en un banco”, anota. Vaya, vaya. Al contrario de la insistencia por desaparecer de Salinger, Thomas Pynchon sigue volviendo. A sólo tres años de publicar Against The Day, el agosto lanzará Inherent Vice, una nueva novela de apenas 384 páginas. Estoy seguro que Pynchon se muere por mostrar la cara. Para los ansiosos: en octubre Tusquets lanzará en español Against The Day.
4. No estoy seguro si James Wood sea un gran crítico literario, pero no está mal. Al menos parece tener una idea clara de la literatura: no le gusta Foster Wallace, Don DeLillo ni Pychon, pero si Naipaul, Sebald y Bellow. Le gustó Los Detectives Salvajes y lleva años en guerra con Zadie Smith a causa del realismo. Pero el hombre tiene más enemigos y en un artículo de L.A. Weekly aparece una lista. Luego Wood se defiende en una larga entrevista. Además de lo obvio dice que Edmund Wilson “es notablemente débil cuando escribe sobre Chejov y Nabokov”. Algo más: “Creo que estamos en una edad dorada para la crítica”. Sus favoritos actuales son George Scialabba y Michael Hofmann.
5. A Juan Manuel Vial no le gustó Gente que Baila Sola, de Marcelo Lillo. Cuando los escritores se pusieron a patalear contra la crítica, estuve con Vial. Ahora no. “El cuento es un género literario que por fuerza debe sorprender”, escribe. ¿Si? Lo dudo. Lo del knockout es muy viejo. En el 50 por ciento de sus mejores cuentos, Carver no sorprende. En absoluto. Vial también le reprocha a Lillo los “conflictos intrascendentes” y los “deselaces anodinos”; pero a mi justamente lo que me atrajo fue eso: la absoluta falta de épica, la vocación por la medianía. Ahí Lillo rara vez falla. En un momento de entusiasmo (cuando leía Las ballenas, Cazadores o Gente que baila sola) creí que Marcelo Lillo era un postulante a ser un “narrador clave de la literatura chilena”. Mucho entusiasmo. Tiene una muletilla: en cualquier momento, sin aviso, las pareja se separan.
(La ilustración es de Kyle T. Webster. La saqué de L.A. Weekly)
New kids on the block
Junio 18, 2009

Ví por primera vez a Maori Pérez (1986) en la librería Metales Pesados. Hace dos o tres meses. Quedamos de juntarnos ahí para que me pasara un ejemplar de Mutación y Registro, su volumen de cuentos hoy inencontrable. Llegó atrasado. Estaba listo para fumar: llevaba en una mano un cigarrillo y un encededor. No estoy seguro, pero creo que en su polera blanca había una mancha. Me pasó el libro y dio media vuelta. Mi intención era conversar algo, saber quién era, pero apenas duró otro minuto frente a mi. Parecía un adolescente tímido y ligeramente salvaje. Fue una impresión pasajera. Hoy tengo otra. Pero me gustó esa primera imagen. Especialmente porque me habían dicho que era un escritor increíble. Prácticamente un genio. Y un genio salvaje viene mejor. Algo parecido me pasó con Felipe Becerra (1985). Antes de leer su novela, Bagual (Ed. Zignos, 2008), al menos cuatro personas a quienes respeto me dijeron que era algo especial. Superior. Cuando me encontré con él, pese a que ya lo había leído y ya tenía mi opinión, no pude dejar de pensar que ese flaco esquivo fuera el autor de una de las novelas chilenas que me han recomendado con mayor intensidad en los últimos meses. Por lo demás, Maori y Felipe son muy jóvenes. Era mejor: unos cabros chicos desconocidos eran las promesas de la literatura chilena. Los salvadores eran un secreto.
No es tan así, por supuesto. No sólo porque la literatura chilena sea insalvable, también porque todavía está por verse qué pasará con Maori y Felipe. Aún no estoy seguro si alguno de ellos es brillante. Es así: Diagonales (Ed. Cuarto Propio, 2009), la primera novela de Maori Pérez, tiene un par de momentos insufribles. Para entenderlos o aceptarlos, es necesario leer todo el libro. A la larga, vale la pena terminarlo. En parte porque en las últimas páginas hay una tristeza misteriosa, un crepúsculo trágico y raramente esperanzador, pero también porque Diagonales es la puesta en escena de un mundo sobre estimulado, fracturado, herido y radicalmente actual. Pérez demora y demora el arribo de la trama hasta su centro, tanto que nunca llega. Olvídense de protagonistas. ¿De qué se trata Diagonales? De un viaje en metro, de un suicida, de una película, de un artículo en una revista, de un taxista, del fin del mundo, de la literatura… O no, no se trata de nada de eso, aunque todo eso está en el libro. Hay cosas que se me escapan de Diagonales, pero estoy seguro que Maori contaba con ello.
Sospecho que a Felipe Becerra también le interesaba confundir. O al menos no le interesa del todo la claridad. Parte de Bagual,suprimer libro, no puede explicarse: desde algún lugar, acaso antes de nacer, un niño habla de su madre. La narra, la llama. Paralelamente, el horror de la dictadura (¿sí? quizás no) toma la forma de una nube oscura en Huara. Es la historia del carabinero Carlos Molina y su mujer, Rocío. Van a desesperarse en el desierto. A bordear la locura. Hacia el final, todo se convierte en una pesadilla. Ya lo han dicho otros, pero lo digo de nuevo: Bagual es poderosa, intensa. Y como cualquier pesadilla, confusa y misteriosa. A ratos Becerra falla (demasiado de eso de prosa poética) y quizás por su libro sobrevuela más teoría literatosa de la necesaria. Nada eso lo hace naufragar.
Maori y Felipe son amigos hace años. Cuando se conocieron ya estaba en sus planes convertirse en escritores. Llegué a ellos tarde. Hace menos de un año. Fue Claudia Apablaza quien me los presentó oficialmente. Y le doy gracias. Pero antes de eso, llegó a mis manos una copia de Malasia, novela aparentemente inédita para siempre de Diego Zúñiga (1987). Estuve en el jurado del Premio de Creación Literaria Joven Roberto Bolaño que en 2008 premió Malasia. No fui el primero que se dio cuenta de que era una buena novela, pero la apoyé. Todavía lo haría si es necesario, pese a su deuda con el propio Bolaño. A parte de esa influencia, había algo en ese libro que permitía sospechar que Zúñiga tenía talento literario. ¿Talento literario? Sostenía una historia por más de 200 páginas mejor que muchos. Con un editor estricto -que no le dejara pasar los sentimentalismos ni los ataques de onda-, ese libro podría estar en librerías. Sería bueno que estuviera. Había algo más: Malasia se leía fácil. A Zúñiga no le interesa desorientar. (No tengo idea que hará en Camanchaca, su novela en desarrollo).
Pasaron unos meses y supe que Diego era un lector entusiasta: conduce el programa Snob, de la radio UC, y dirige el sitio 60 Watts. Supe también que conocía a Felipe Becerra y a Maori Pérez. No eran un grupo ni nada parecido, pero algo había. Pregunté y hubo coincidencias: esos tres valían algo. Yo también lo creo. Es evidente y confesada la deuda con Bolaño, pero no me atrevo a decir mucho más. Dudo que compartan una estética. Incluso, sospecho que es un error ponerlos juntos. O azar: los menores de 25. O poca rigurosidad: Zúñiga aún no publica. ¿Por qué no dedicó más líneas a Daniel Hidalgo (autor de la increíble Barrio Miseria 221)? Esto es arbitrario. Pero la verdad es que no creo que sean estos tres solamente. Deben ser más. Hay otros veinteañeros inéditos con buenas novelas. Hay otros veinteañeros salvajes y esquivos, bolañistas y onderos, que se acercan desde bordes impensables al centro de la literatura chilena. O algo así.
PD1: Este texto viene de otro: Debutantes: Los más jóvenes novelistas de Chile. Apareció en La Tercera hace casi un mes. Ahí hablan los aludidos.
PD2: Gracias por lo datos a Patricia Espinosa, Claudia Apablaza, Alvaro Bisama, Carlos Labbé y Alejandra Costamagna.
(la foto viene de lacallepasy061, donde Víctor Quezada dice que el periodismo cultural, como el que hago, cumple una “función” en el “mercado editorial”. qué halago. ahora, la imagen primero salió en la tercera. de izquierda derecha: Becerra, Pérez y Zúñiga)
Alejandro Rossi 1932-2009
Junio 8, 2009

Fue hace seis o siete años atrás en Buenos Aires. Estaba en una de esas librerías enormes de Corrientes que lo tienen todo. Ya no recuerdo si fue en la sección de ensayos o ficción, pero lo encontré: Manuel del Distraído, del mexicano Alejandro Rossi. Lo había buscado muchas veces en Santiago. Aquí no estaba, quizás jamás estuvo. Nada mejor para un libro. Apenas sabía su título y su autor y ya estaba seguro que sería uno de mis favoritos. Lo mitifiqué. Creo que llegué a pensar que jamás lo leería, ni siquiera lo buscaba esa vez en Buenos Aires.
Sabía algo más. A Vila-Matas le encantaba. Por eso supe de Rossi. En el libro de crónicas Desde la Ciudad Nerviosa le dedica un texto al mexicano. Dice que lo envidia por haber escrito Manual del Distraído. Anota 10 razones:
“1) Es antisolemne. 2) Ha sido definido -con acierto- como un libro que es un baúl de viajes, recuerdos, ensayos en invenciones. 3) Es un libro portátil. 4) Es un libro inclasificable, a diferencia de la vulgaridad de la narrativa española actual, donde son pocos los que arriesgan; todo son novelas, que para eso está el mercado que las compra. 5) Es un libro que desbloquea las convencionales barreras y abre la zona de la sorpresa. 6) Es un libro que vive en la sorpresa y que es como una caja. Nos recuerda Manual que, al igual que en una caja, en un libro podemos depositar ensayos, relatos, disgresiones, sátiras, reflexiones, recuerdos, homenajes a maestros y hasta aforismos de Lichtenberg. 7) Se exalta, en la mejor línea de Walter Benjamin, lo infinitamente pequeño. El libro está lleno de minucias, de enormes minucias, que diría Chesterton. 8 ) En el libro la unidad es estilística más que temática. 9) El estilo organiza el punto de vista y hay en él -como ha dicho Octavio Paz- ligereza y elegancia (“Pienso en la elegancia desesperada de una flor en un ojal”). 10) Junto a El Arte de la Fuga de Sergio Pitol es el mejor libro que he leído en los últimos años”.
Impulsado por Vila-Matas, por esos días mi faro, no sólo compré el libro de inmediato, también quise leerlo ahí mismo. Quisé comprobar que yo también caería rendido ante Rossi. Quise formar parte de una cofradía secreta -seguramente inexistente y mitificada por Vila-Matas- de lectores de Manual del Distraído. No puedo decir que entré a ese grupo ni que me volví un fanático de Rossi, pero sí que fui sorprendido. En La Página Perfecta, la tercera crónica del libro, Rossi habla de Borges. Empieza por una obviedad de la que por entonces yo no me enteraba:
“Escribir sobre la obra de Jorge Luis Borges es resignarse a ser el eco de algún comentarista escandinavo o el de un profesor norteamericano, tesonero, erudito, entusiasta; es resignarse, quizás, a redactar nuevamente la página cientonoventaicuatro de una tesis doctoral cuyo autor a lo mejor la está defendiendo en este preciso momento”.
Rossi es inteligente, ligero, iluminador y sorprendente. Demoré varios meses en leer Manual del Distraído (mi copia fue publicada por Anagrama en septiembre de 1980, dos años después que en México por Joaquín Mortiz, bajo la ya inexistente colección Serie Informal) y después nunca más leí otro libro de Rossi. Quizá me decida ahora que Alejandro Rossi murió. Fue el viernes pasado, a los 77 años, a raiz de un paro respiratorio. Me dicen que por años fumó varias cajetillas al día. Nació en Italia, pero salió de Europa junto a su adinerada familia durante la II Guerra Mudial y vivió en Argentina y Venezuela antes de instalarse en México. Tiene varios libros de filosofía. Estuvo en las revistas de Octavio Paz Plural y Vuelta. Fue uno de los maestros de Juan Villoro. Algunos de sus libros, incluído el Manual, están en Chile en edición del Fondo de Cultura Económica.
PD: En la categoría de libros cajón de sastre también cabe uno relativamente reciente: En Busca del Loro Atrofiado (2005), de Roberto Merino. Quizás no se parece en nada a Rossi, pero en las crónicas de ese libro Merino también es ligero pese a recorrer dramáticos abismos. Y, no puedo evitar decirlo, es el mejor libro que se ha publicado en Chile en muchos años. Algunos creen que Merino es el mejor escritor chileno actual. Puede que sea cierto.
35 mm para la Next Generation
Junio 4, 2009

Seguro, las adaptaciones de libros suelen ser malas películas. La Vía Revolucionaria de Sam Mendes está bien, pero es una tontera al lado de la novela de Richard Yates. O, mejor, es otra cosa. Como sea, yo le tengo fe al paso al cine de los chicos de la Next Generation (los nombres que inventan los diarios). En mayor o menor grado, todos los amigos de Dave Eggers tiene una sensibilidad cinematográfica al escribir. Ya hay un par de pruebas, otras están en camino. Veamos.
Michael Chabon. El más hollywoodense de todos -estuvo en el guión de Spiderman II- ya fue adaptado por Curtis Hanson en Wonder Boys, que a mi igual me gustó. Ahora hay otra: The Mysteries of Pittsburg, a cargo de Rawson Marshall Thurber (???). Pocos críticos gringos la salvaron. Por eso hay que esperar -con mucha paciencia- qué hacen los hermanos Coen con El Sindicato de Policía Yiddish y Stephen Daldry (El Lector) con Las Asombrosas Aventuras de Kavalier y Clay. ¿Harán algo?
Jonathan Lethem. Michael Almereyda (???) tiene prácticamente lista una versión la película Tonight at Noon, basada en el cuento Five Fucks (en el libro The Wall of the Sky, The Wall of the Eye). La protagoniza el siempre indie Ethan Hawke. En camino: Edward Norton dirigirá una versión de Huérfanos en Brooklyn; Lethem ayudará en el guión. Dicen que Joshua Marston (María Llena Eres de Gracia) trabaja en la versión de La Fortaleza de la Soledad.
David Foster Wallace. John Krasinski (Jim Halpert en The Office) hizo algo -aparentemente bien raro- con Entrevistas Breves con Hombres Repulsivos, que estrenó en el Festival Sundance pasado. Hasta el momento nadie se atreve con La Broma Infinita. ¿Alguna vez alguien se atreverá?
Dave Eggers. El hombre tras la revista McSweeney’s escribió junto a su esposa, Vendela Vida (¿sus libros están en español?), el guión de la flamante película de Sam Mendes, Away We Go. De ahí la foto de este post. Protagoniza Krasinski (un verdadero fan de estos cabros) y Maya Rudolph. Dicen que Mendes hace exactamente lo opuesto a Via Revolucionaria: con poquísima producción, narra la historia de una pareja que se ama sin tener un peso. Otra de Eggers: está en el guión de Where the Wild Things Are, la nueva película de Spike Jonze. Más: alguien llamado Miguel Arteta supuestamente está trabajando en You Shall Know Our Velocity! y Tom Tykwer (Corre Lola Corre) querría llevar a la pantalla grande la estupenda Qué es el Qué.
Salvo Away We Go, y con suerte, difícilmente veremos algunas de estas películas en las salas locales. Habrá que bajarlas.