Kafkiana

julio 9, 2008

Kafka en las calles de Colonia

Kafka no sabía en lo que se metía cuando decidió encargarle a su amigo Max Brod que prendiera fuego a toda su obra inédita. Brod, como sabemos, traicionó a su amigo: en vez de quemar, publicó. Es culpa de Brod que hoy, cuando alguien piensa en los mejores escritores del siglo XX, mencione a Kafka. Algunos creen que también es responsable de que todavía no entendamos bien quién era el creador de Gregorio Samsa. Sería una responsabilidad indirecta: la noche antes de que los nazis invadieran Praga, en 1939, Brod huyó del país y terminó el Tel Aviv. Iba con kilos de textos de su amigo. Con los años entregó a diversos archivos bibliográficos los manuscritos de La Metamorfosis, El Castillo y América. Pero cuando en 1968 murió, aún guardaba muchos papeles que nadie conocía. Todo terminó en manos de su secretaria, Esther Hoffe. La mujer se transformó en una guardiana feroz y a ratos en una comerciante de temer: por 40 años no dejó que nadie revisara los papeles, que a veces, vendió. En 1987, a través de una casa de subastas en Londres, vendió por 2 millones de dólares el manuscrito de El Proceso. Por si alguien lo duda, es un récord.

A Hoffe ya la tenían en la mira la autoridades culturales de Israel. A fines de los 70 un equipo técnico entró a su departamento y catalogó los papeles kafkianos. No salieron satisfechos: sospecharon que Hoffe escondía algo. ¿Qué? Lo mejor. Lo más valioso: obras inéditas. Todo el lío parece estar a punto de terminar: Hoffe murió el año pasado -la bruja tenía 101 años- y el mundo literario del planeta presiona para poder entrar al departamento de Tel Aviv donde estaría la pieza que explicaría de una vez por todas quién era y qué le pasaba a Franz Kafka. Pero hay varios problemas: las hijas de Hoffe no abren la puerta y como en el lugar han vivido muchos perros y gatos, nadie sabe en qué estado se encuentran los papeles. (La historia está en los diarios del mundo y The Guardian la cuenta mejor que nadie).

La historia está en desarrollo, pero ya sé el final: sea lo que sea que encuentren -confesiones, obras maestras inéditas, novelas pésimas-, nada dirá lo suficiente para entender a Kafka. Si pudieramos entenderlo, habría que partir desechando el adejtivo kafkiano. Por lo demás, los textos póstumos inéditos pocas veces sirven de algo. La Mistral entendería. “Yo quiero acabarme contigo y morirme en tus brazos”, le escribió Gabriela a Doris Dana en una carta en 1948, pero todavía hay un grupo de mistralianos que no acepta que Mistral pudiese enamorarse de una mujer. La frase es una de las puntas del iceberg del legado mistraliano que llegó a Chile en diciembre del año pasado.

Como Kafka tiene su departamento en Tel Aviv, Mistral tenía un par de casas en Estados Unidos: ahí permanecieron kilos de manuscritos y objetos personales. Hasta ahora no se sabe con claridad si hay textos realmente inéditos. Supuestamente Luis Vargas Saavedra -uno de los que no acepta todas las confesiones de Mistral-, publicará pronto un libro con poemas inéditos de Mistral. Pero, ya se sabe: inédito no significa bueno. Acaban de descubrir una album de postales en donde Neruda escribió poemas de amor a Alicia Urrutia -sobrina de Matilde-, su “amor otoñal”. Son poemas, seguro, pero mediocres. Supongo que el traicionero de Max Brod también entendió que entre los textos que le dejó Kafka, habían algunos simplemente mediocres y decidió no publicarlos. Ya veremos.

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One Response to “Kafkiana”


  1. Estimado Roberto:
    Junto con saludarte, te felicito por su Blog, por la contribución de éste a la cultura. Pertenezco al equipo del Programa BiblioRedes de la Dibam. Estamos buscando nuevos contenidos para nuestra comunidad (Contenidos Locales) y, a la vez, nuevos articulistas. Te invitamos a conocer nuestra comunidad.
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