El jardín de Volpi

septiembre 22, 2008

Dicen que Jorge Volpi (1968) no terminó bien su trilogía sobre el “derrumbe de las certezas” del siglo XX. Fue una apuesta arriesgada, de la que pese a todo, sale bien parado. Lo digo sin haber leído el último volumen de la serie, No Será la Tierra (2006), justamente la que dicen que falla. Yo pasé las páginas de En Busca de Klingsor y El Fin de la Locura y salí en pie. No es fácil. Volpi es un enciclopédico seguro de que una novela no solo aguanta narraciones históricas, también exploraciones filosóficas, historias de amor, ciencia de avanzada, intrigas políticas y tono policial. ¿Más? Hitler, Foucault, Fidel Castro y Allende se cuelan en esos dos libros. Volpi se arriesga. A veces mucho.

A su favor, entre otras cosas, el mexicano Volpi tiene un bagaje cultural aparentemente inmenso. No sé si ha leído tanto -y tan bien- como Juan Villoro, pero es evidente que es un lector aplicado que, llegado el momento, sería capaz de entregar de un día para otro un ensayo decente sobre la guerra de Georgia contra Rusia o los altos y bajos de Britney Spears. ¿Exagero? Quizás. Quedémonos con que siendo uno de los defensores y propagandísticos de Bolaño, demoró poco en diagnosticar que su impacto era comparable a la moda de Cortázar en sus días. (Asumo que Volpi lo sabe, pero no puedo dejar de pensarlo: ¿quién lee hoy Rayuela? ¿quién leerá en el futuro Los Detectives Salvajes?).

Supongo que Volpi tiene algo de niño genio y un pasado profundamente nerd. Nada de eso, sin embargo, aminora su capacidad literaria. Como sea, en las próximas semana aparece su nueva novela, El Jardín Devastado. Lo mejor es que se puede leer ya un adelanto nada mezquino en El Boomeran(g), donde Volpi escribió en un par de meses, en 100 entradas, algo así como un borrador del libro. No está mal. Ajustado al formato blog, Volpi escribió un texto tan fragmentario como lo mejor de Mario Bellatín, aunque sentimentalmente algo afectado. Hay dos narraciones paralelas: una mujer, Laila, busca a sus hermanos en medio de la Guerra de Irak y un intelectual vuelve a México y recuerda su conflictiva relación con la suicida Ana (ese intelectual y esa Ana, insinúa, puede ser el mismo Volpi y una Ana que existió).

El tema de El Jardín Devastado lo dice Volpi en los inicios del blog: el dolor ajeno. Anota más cosas. “Hablaré de mí, de lo peor que encuentro en mí. Hablaré del abandono. Hablaré de la salvación. Imagino ya dos personajes: una chica iraquí y alguien parecido a mí. Habrá un viaje, una huida, un regreso. Escribiré con rabia”.

Le hice unas pocas preguntas y me respondió esto:

 -¿Por qué escribir una novela en un blog? 

– Siempre he sido un amante de la tecnología (el libro es un gran instrumento tecnológico), y de allí la necesidad de explorar las posibilidades literarias de los nuevos medios. El blog es una bitácora pública que permite un contacto con los lectores inmediato, imposible de tener con el libro impreso. Y que refuerza el sentido de “work in progress” de una obra.

– Después de una trilogía de casi 1500 páginas, ¿cómo controlaste la extensión en El Jardín Devastado?

– Justo después de eso quise volver a otros proyectos. El jardín, que como libro se convierte en El jardín devastado, se liga con mis dos primeros libros, “A pesar del oscuro silencio” y “Días de ira”, ambos muy breves y con un estilo muy distinto al de la Trilogía.

– ¿Pudiste sentir el dolor de Laila, o finalmente “te importó un bledo”?

– Imaginé sentirlo, que es el primer paso hacia la identificación y, en última instancia, la humanidad.

– ¿Dónde empieza la ficción en la historia del narrador con Ana?

– Eso no se puede decir, justamente. El libro es una memoria, pero acaso también una falsa memoria.

– ¿La versión que publicará Alfaguara de El Jardín Devastado es la misma que se puede leer en El Boomeran(g)?

– No, tiene muchas correcciones y varios capítulos añadidos, justo el blog sirvió para probarla.

-¿Que escritores hispanoamericanos que aun no saltan a la “fama” deberíamos leer?

– Inés Arredondo, la mejor cuentista mexicana del siglo xx, ahora muy olvidada fuera de México, muerta en 1989.

Colgados

septiembre 17, 2008

“Jugose todo lo que tenía: un hermoso cuello, un metro de cordel y el arte de juntarlos”

Juan Luis Martínez

David Foster Wallace lleva cinco días muerto. El viernes pasado a las 9 y media de la noche, su esposa llegó a casa (Claremont, California) y lo encontró colgado. El más experimental de los escritores de la nueva narrativa estadounidense usó un método clásico para suicidarse.

Tenía 46 años. Oficiaba de raro, de apartado, daba muy pocas entrevistas. Aún no se deshacía del look grunge. Era fanático del tenis. Escribió un libro defendiendo a las langostas. Decía que Estados Unidos le daba una tristeza estomacal. A su haber, tenía una novela de más de mil páginas (La Broma Infinita, 1996), lo que hacía fácil ubicarlo al lado de otro raro, Thomas Pynchon. No era descabellado: DFW había optado -¿lo decidió?- por actualizar la desbordante posmodernidad de Pynchon, Delillo o Vonnegut. Era un “estilista sin miedo”, según James Wood. “La persona más amable que conocí”, dijo Jonathan Franzen. “Unico en su clase”, agregó Michael Chabon. Desde al menos el domingo, la página de McSweeney’s -lo más parecido a su pandilla- se puede leer que Timothy McSweeney’s (suerte de inspirador de la revista) “is devastated and lost”.

La verdad, DFW no era exactamente raro. Estaba enfermo. Según su padre, James Donald Wallace, llevaba 20 años peleando contra una depresión. En los últimos meses optó por dejar los medicamentos a raíz de los efectos secundarios. Buscó otras terapias. Le fue mal. “Probó de todo. Simplemente no pudo resitirlo más”, dijo su papá a NYT.

Sé que no tiene nada que ver con DFW, pero no pude dejar de pensar en Adolfo Couve. Hace 10 años, el 11 de marzo de 1998 a las 8:05 de la mañana, también se suicidó. Tomó una cuerda y se colgó. Tenía 58 años y como Foster Wallace, no lo había dicho todo. Se le había leído poco aun -a DFW también, al menos en español- y era autor de una obra que tampoco tenía miedo. Por oposición se parecen: siguiendo las pautas ya extemporáneas del realismo, Couve pretendía describir sin imperfecciones al mundo; Foster Wallace, al frente de la vanguardia, retrataba al mundo reflejando incluso en su estilo narrativo su acelerada confusión. Quizás no se parecen en nada y estoy exagerando. Los une algo casual: una cuerda puesta al cuello. Callejones sin salida, horas trágicas, sudorosas, desoladas, y una decisión insoportable e indeclinable. Pero cualquiera sufre. No hay que ser escritor para suicidarse.

En realidad, ligo a Couve y a Foster Wallace por algo muy personal: son las únicas muertes de escritores que me han impactado (sumo la de Bolaño, pero murió sin quererlo). Incluso, sin dramatismos, me entristecieron. Y a ninguno lo había leído bien al momento de la noticia (qué esnob). No diré que me apena pensar lo que no alcanzaron al escribir. Quizás no les quedaba nada por decir o escribirían pura mierda. Supongo que lo sorprendente es el gesto de suicidarse, quizás tan definitivo que toda su obra -la de Foster Wallace y la de Couve- podría releerse a la luz de esa decisión final.

La muerte de DFW según Slate, Independent, la Kakutami en New York Times, el blog de Guardian, el crítico James Wood y Rodrigo Fresán en Página 12.

Historia, ficción, leyenda

septiembre 6, 2008

Cuatro novelas chilenas vienen en camino. Están escritas. Una debe estar entrando a imprenta. Se empiezan a publicar a mediados de septiembre. Ninguno de los autores es lo que se llama un consagrado. Al menos un libro será bueno. Dos servirán para muchos artículos de prensa; de los otros también se escribirá. Los cuatro hacen al misma apuesta: la realidad es el mejor arranque para la ficción.

Los Nenes, de Patricio Fernández. Se escucha la polvadera. La segunda novela del fundador de The Clinic la publica Anagrama, lo que para algunos significa calidad. No es tan así, pero a quién no le viene bien que Jorge Herralde le tienda una mano. Más importante que eso es la trama: Germán Marín bautizó como “los nenes” a su círculo literario. Su pandilla. Sus protegidos. Sus guardaespaldas. Según él, ahí están -o estaban- el propio Fernández, Matías Rivas, Roberto Merino, Andrés Claro, Rafael Gumucio, Francisco Mouat y Alejandro Zambra. Con los nombres levemente cambiados, Los Nenes se trata de ese grupo. Y especialmente de Marín, que aparentemente se desdobla en dos personajes: Carlos Iribarren y Gastón Miranda. Por lo que sé, a un par de los retratados nos les hizo mucha gracia. En librerías la tercera semana de septiembre.

Synco, de Jorge Baradit. El crédito local de la ciencia ficción se mete en la historia chilena usando el estilo tradicional del género: ucronía. El autor de Ygradrasil y Trinidad, deforma la historia real de Synco, un proyecto ideado por Fernando Flores durante la Unidad Popular. El plan era grande: un sistema tecnológico que permitiera mantener conectado a Chile. ¿Un antecedente de internet? Algo así. Por supuesto, el proyecto no funcionó. Y el golpe del 73 lo congeló para siempre. En la ficción de Baradit, Synco tuvo éxito y Chile se transformó en un país, ya no socialista, sino tecnologizado. Un ejemplo de vanguardia. No hubo golpe. Allende sigue en la presidencia en 1978, Altamirano es un carismático lider de la disidencia y Pinochet -quien fuera un “héroe del pueblo”- está a punto de salir de su vida tranquila y retirada de la contingencia. Vía Ediciones B. En librerías a fines de octubre.

El Fotógrafo de Dios, de Marcelo Simonetti. Esto es verdad: el único fotógrafo chileno que ha pertenecido a las filas de la poderosa y legendaria agencia Magnum hoy vive como un ermitaño en el Valle del Limarí. Fue uno de los protegidos de Cartier Bresson, retrató a la mafia siciliana, fotografió Valparaíso de la mano de Neruda y en los 70 dejó la cámara. Hoy muy pocos saben de él, excepto su familia. Se llama Sergio Larraín y es algo así como el Salinger chileno. Simonetti no se resistió a la historia. El autor de La Traición de Borges relata la búsqueda de un fotógrafo chileno perdido, no exactamente  Larraín, pero similar a él. La leyenda, en la ficción es que pudo fotografíar a Dios. Vía Norma. En librerías la primera semana de octubre.

Vida en Marte, de Alvaro Bisama. Entiendo que no se trata del título definitivo, pero ese fue el nombre que usó el autor de Caja Negra al participar en el Premio Herralde de Novela. Quedó seleccionado en la lista larga. El juego es ficcionar la historia de un pintor chileno perteneciente a las vanguardias famoso en el mundo entero, que trajó muchos hijos al mundo. Sí, Matta. Esa es la partida. Bisama no se queda sólo en los datos reales, inventa una serie de historias alternativas a partir de los hijos del pintor. Asumo que estarán las dosis pop de siempre. Vía Emecé. En librerías a fines de octubre.