Colgados

septiembre 17, 2008

“Jugose todo lo que tenía: un hermoso cuello, un metro de cordel y el arte de juntarlos”

Juan Luis Martínez

David Foster Wallace lleva cinco días muerto. El viernes pasado a las 9 y media de la noche, su esposa llegó a casa (Claremont, California) y lo encontró colgado. El más experimental de los escritores de la nueva narrativa estadounidense usó un método clásico para suicidarse.

Tenía 46 años. Oficiaba de raro, de apartado, daba muy pocas entrevistas. Aún no se deshacía del look grunge. Era fanático del tenis. Escribió un libro defendiendo a las langostas. Decía que Estados Unidos le daba una tristeza estomacal. A su haber, tenía una novela de más de mil páginas (La Broma Infinita, 1996), lo que hacía fácil ubicarlo al lado de otro raro, Thomas Pynchon. No era descabellado: DFW había optado -¿lo decidió?- por actualizar la desbordante posmodernidad de Pynchon, Delillo o Vonnegut. Era un “estilista sin miedo”, según James Wood. “La persona más amable que conocí”, dijo Jonathan Franzen. “Unico en su clase”, agregó Michael Chabon. Desde al menos el domingo, la página de McSweeney’s -lo más parecido a su pandilla- se puede leer que Timothy McSweeney’s (suerte de inspirador de la revista) “is devastated and lost”.

La verdad, DFW no era exactamente raro. Estaba enfermo. Según su padre, James Donald Wallace, llevaba 20 años peleando contra una depresión. En los últimos meses optó por dejar los medicamentos a raíz de los efectos secundarios. Buscó otras terapias. Le fue mal. “Probó de todo. Simplemente no pudo resitirlo más”, dijo su papá a NYT.

Sé que no tiene nada que ver con DFW, pero no pude dejar de pensar en Adolfo Couve. Hace 10 años, el 11 de marzo de 1998 a las 8:05 de la mañana, también se suicidó. Tomó una cuerda y se colgó. Tenía 58 años y como Foster Wallace, no lo había dicho todo. Se le había leído poco aun -a DFW también, al menos en español- y era autor de una obra que tampoco tenía miedo. Por oposición se parecen: siguiendo las pautas ya extemporáneas del realismo, Couve pretendía describir sin imperfecciones al mundo; Foster Wallace, al frente de la vanguardia, retrataba al mundo reflejando incluso en su estilo narrativo su acelerada confusión. Quizás no se parecen en nada y estoy exagerando. Los une algo casual: una cuerda puesta al cuello. Callejones sin salida, horas trágicas, sudorosas, desoladas, y una decisión insoportable e indeclinable. Pero cualquiera sufre. No hay que ser escritor para suicidarse.

En realidad, ligo a Couve y a Foster Wallace por algo muy personal: son las únicas muertes de escritores que me han impactado (sumo la de Bolaño, pero murió sin quererlo). Incluso, sin dramatismos, me entristecieron. Y a ninguno lo había leído bien al momento de la noticia (qué esnob). No diré que me apena pensar lo que no alcanzaron al escribir. Quizás no les quedaba nada por decir o escribirían pura mierda. Supongo que lo sorprendente es el gesto de suicidarse, quizás tan definitivo que toda su obra -la de Foster Wallace y la de Couve- podría releerse a la luz de esa decisión final.

La muerte de DFW según Slate, Independent, la Kakutami en New York Times, el blog de Guardian, el crítico James Wood y Rodrigo Fresán en Página 12.

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