Blasfemo Vallejo

octubre 24, 2008

Entre las primeras imágenes que tengo de la Feria del Libro de Santiago, recuerdo una fila para acceder a José Donoso quien firmaba ejemplares de Donde van a Morir los Elefantes, su última novela. Debe haber sido 1995. Al año siguiente, moriría. Ya estaba débil, flaco y le temblaba un poco la voz. Se extrañó (¿se alegró?) ante una vieja copia que le pedí firmar de El Obsceno Pájaro de la Noche (la gestación del libro aquí). Es de los pocos libros que tengo dedicados por el autor. Otro es Los Detectives Salvajes. La firma sucedió también en la feria (¿el 2000?). Un par de amigos que tenían mi copia del libro, le pidieron a Bolaño que me la dedicara: “Del D.F. a Africa, a toda mecha”, anotó. No es nada muy original, pero por eso mismo me recuerda que Bolaño tenía sus fallas.

Nunca se sabe, pero dudo que este año me vaya de la Feria del Libro con un libro dedicado por el autor. La Estación Mapocho abre sus puertas el próximo sábado 1 de noviembre y se espera lo de siempre: mucha gente, muchos libros, nada increíble. Este año el país invitado es Colombia, pero obviamente no viene García Márquez. Tampoco Alvaro Mutis. Entiendo que la narrativa colombiana está en un buen momento, pero a mi no me entusiasman mucho las visitas: Mario Mendoza, Dario Jaramillo, William Ospina, Gustavo Cobo, Piedad Bonet, Jorge Franco, Fernando Quiroz, Gonzalo Mallarino y un par más. El increíble Fernando Vallejo no viene. Sé que hicieron gestiones, pero no pasó nada. Un error.

Como sea, dejo una entrevista que le hice a Vallejo el año pasado, cuando estaba por llegar a Chile su últmo libro La Puta de Babilonia. En junio. Por diferentes razones, las explosivas y blasfemas repuestas de Vallejo nunca fueron publicadas. Ahora están aquí.

-¿Por qué decides escribir un libro sobre la Iglesia Católica? Es que los últimos años me los he pasado desenmascarando impostores: a Darwin, por ejemplo, en mi Tautología darwinista; y a Newton, Maxwell, Einstein y los de la física cuántica en mi Manualito de imposturología física. Ahora sigo con impostores de menor cuantía como Cristo (si es que existió), toda la paporrería de Roma y de paso Mahoma el sanguinario

En las reseñas que he podido encontrar se repite un elemento: La Puta de Babilonia es un libro ácido y muy crítico contra la Iglesia. ¿Cómo defines tu el libro?
–Como un memorial de agravios, o mejor, como un sumario: la lista de los más grandes crímenes y las más grandes bellaquerías del cristianismo y en especial de su secta más sanguinaria y cínica, la católica. Ni sabía que ya había reseñas, pues mi libro aún no está en venta en las librerías.
– ¿Cuál es tu relación personal con el catolicismo y con la religión?
–Nací y me bautizaron en eso que llaman abusivamente “religión” cristiana pero en ella no me pienso morir: hace mucho que me liberé de esa infamia. De niño estudié con los salesianos (que son peores que los jesuitas) y aprendí con ellos apologética, la pseudociencia que enseña a defender la religión católica de sus enemigos: los ateos, los comunistas, los ahometanos, los protestantes, los marcianos… O sea que conozco al monstruo desde dentro, desde lo más podrido de sus entrañas.
– Entiendo que el libro tiene como apoyo un fuerte estudio de la Biblia. ¿Cuánto investigaste para escribir estos ensayos? Y ¿qué opinión te merece la Biblia?
–La Biblia es un libro feo, inmoral, imbécil, apócrifo, escrito por numerosos autores anónimos en el curso de muchas generaciones.
– ¿Cuál es a tu juicio el gran error histórico de la Iglesia Católica? Y ¿cómo ves actualmente el Vaticano, encabezado por Joseph Ratzinger?
–La Iglesia es una de las más grandes plagas de la humanidad, por encima de tsunamis y terremotos, del sida y de la malaria; y el Vaticano uno de los grandes lavaderos de dinero del mundo, por encima de las Islas Caimán y de Lichtenstein.
– ¿Quiénes, a tu juicio, han sido los personajes más nefastos de la Iglesia Católica?
–El papa más asesino fue Lotario da Segni, alias Inocencio III, el de la cruzada contra los albigenses, que eran cristianos, y el de la cuarta cruzada contra los musulmanes. El más dañino es el que acaba de morir, el polaco Wojtyla, alias Juan Pablo II, quien en sus 26 años de pontificado ayudó como nadie a subirle a la población mundial dos mil millones y a calentar aun más de lo que ya estaba el infierno de este planeta. Cuando el calentamiento planetario provocado por el exceso de gente derrita los polos y el mar cubra a Chile en su ascenso hacia las cumbres de los Andes, acuérdense de Wojtyla y acuérdense de mí.
– ¿Qué efecto ha tenido en la cultura occidental el catolicismo?
–En la barbarie occidental, querrás decir, porque esto no es cultura: esto es un imparable baño de sangre humana y de animales. Una de las últimas pretensiones del infame papa Wojtyla era que se incluyera la expresión “civilización cristiana” en la Constitución de la Unión Europea, lo cual es como afirmar que es de día cuando es de noche.
– “Jesús no existió”, afirmas en un momento del libro. ¿Puedes ahondar en esa afirmación?
–En los dos primeros siglos de la llamada era cristiana hubo muchos Cristos: uno de los nazarenos, otro de los ebionitas, otro de los elkesaítas, otro de los adopcionistas, otro de los docetistas, otro de los gnósticos, otro de Basílides, otro de Cerinto, otro de Carpócrates y cuando menos otros tres –el de los evangelios sinópticos, el del evangelio de Juan y el de las epístolas de Pablo–que son los de la actual Iglesia que en el 312 se montó al carro de la victoria del emperador Constantino y que de ser una entre muchas sectas cristianas se llamó a sí misma “católica”, reprimió a las otras y se quedó con todo pretendiendo ser la única dueña de la verdad y de la ortodoxia. Habida cuenta que las copias existentes de los evangelios (por igual canónicos y apócrifos) son posteriores al año 200, no hay forma de probar la existencia de ninguno de esos Cristos. En fin, haya o no existido el Cristo que pesó sobre Occidente, el de los evangelios canónicos, éste es un personaje nefasto. Cítame una sola palabra suya de amor y compasión por los animales. ¿Y cómo el que no ve que una vaca, un perro, un caballo, un camello, un cerdo siente y sufre como nosotros puede ser el paradigma de lo humano? Cristo es un loco inmoral. Y lo digo porque veo con claridad lo que él no vio: que los animales son mi prójimo. Todo el que tiene un sistema nervioso para sentir y sufrir es mi prójimo, gústele o no a la Puta de Babilonia Roma.
– ¿Cuál es tu opinión sobre otras religiones, como el Islam?
–Igual de infame que el cristianismo. Eso tampoco es una religión, es otro fanatismo.
– ¿Crees en Dios?
–Sí. Es un Viejo malo, feo, asqueroso, podrido de una maldad que se le revuelve en las tripas.
– Saliendo de La Puta de Babilonia, ¿cómo has visto los homenajes que le han hecho a Gabriel García Márquez? Te lo pregunto porque ha sido muy crítico de su obra y el realismo mágico, y por estos días ha sido elevando a categoría de héroe.
–Es un personajito despreciable, un adulador de tiranos, y su tan cacareada obra maestra de Cien años de soledad un chorizo de anécdotas sin ningún interés creciente ni ningún dramatismo escrita en una prosa cocinera. Y sin ninguna novedad: es una novela de tercera persona más, de esas de narrador omnisciente de que saturó al mundo el siglo XIX.
– ¿Cómo ves la literatura latinoamericana actual? ¿Qué autores te parecen más destacables? ¿Qué opinas de Roberto Bolaño?
–Desde hace mucho no me interesa la literatura. En una ocasión estuve hojeando un libro de tu paisano y se me hizo de la más absoluta inopia gramatical: sujeto, verbo y predicado; sujeto, verbo y predicado; sujeto, verbo y predicado… Con decirte que García Márquez es menos malo.
¿Trabajas en un nuevo libro?
–No, ya no quiero escribir más.

En las últimas páginas de Los Detectives Salvajes, Arturo Belano asegura que Estados Unidos le cerrará sus fronteras por una única razón: ser chileno.  Me gusta creer que, vía su alter ego, Roberto Bolaño hablaba de sí mismo. Creía que los gringos no lo dejarían entrar. No puedo probarlo, pero tiendo a pensar que a Bolaño tampoco le gustaba mucho EEUU. Y por eso mismo, supongo que todo el alboroto que están haciendo los gringos con sus novelas lo tendrían un poco confudido. O atontado. Le olería mal. Le daría poca importancia -y un poco de risa- a que NYTimes incluyera a The Savage Detective entre los mejores cinco libros del 2007 o que New Yorker dedicara cinco páginas a escribir su historia y transformarla en leyenda. Ahora, tampoco se enojaría y, quién sabe, usaría sus nuevos contactos en suelo norteamericano para hacerse amigo de Don Delillo o Cormac McCarthy. O algo peor. No sé. Obviamente, todo sería muy distinto si Bolaño estuviera vivo. Su muerte precipitó la leyenda. E hizo que sus acciones se fueran a tope. Y que los gringos le abrieran sus puertas como si se tratara del nuevo García Márquez. O de un Murakami maldito.

La última noticia está sucediendo en la Feria de Libro de Frankfurt: entre los editores del mundo corre el manuscrito de una novela inédita de Bolaño, El Tercer Reich. Según lo que averiguó el corresponsal de El Periódico, habría sido escrita antes de 1996 y relataría el encuentro con el infierno de Udo Berger, un profesional de los juegos de estrategia y de guerra que se va a entrenar a la Costa Brava antes de un match con el campeón del mundo. Allá se topa con personajes terroríficos como El Lobo, El Cordero y El Quemado. Supuestamente, en el círculo cercano a Bolaño nadie sabía que existía este libro (mecanografiado y corregido a mano). Ni Jorge Herralde. Ni Ignacio Echevarría, quien editó sus libros póstumos (2666, Entre Paréntesis, El Secreto del Mal y La Universidad Desconocida). Tampoco tenían idea en la Agencia Carmen Balcells, quien hasta el 4 de noviembre maneja los derechos del escritor. Todo tiene una razón, hay un nuevo personaje en escena: Andrew Wylie, el más poderoso agente literario del planeta toma el control de la la obra de Bolaño. Y su primera jugada es echar a correr una novela inédita.

Dicen que Wylie -el Chacal, Darth Wader, como quieran llamarle- habría pagado la explosiva suma de 10 millones de dólares por manejar los derechos de Bolaño. No sé si es verdad (supongo que la cifra está inflada), pero podría ser: Bolaño está en alza. Los gringos no pueden más esperando la salida de 2666, fijada para el 11 noviembre. Y ahí está la noticia en realidad: este es el último capítulo de la larga teleserie en que Bolaño conquista el mundo. Pues, aunque inesperada, una novela inédita aparecería en cualquier momento entre los cerros de papeles que dejó el escritor, pero lo que no estaba tan claro era que el impacto que causa su obra en EEUU se traduciría en algo tan concreto como la aparición de Wylie. ¿Quién es Wylie? El hombre que representa en el mundo a Philip Roth, Jorge Luis Borges, William Shakespeare, Salman Rushdie, Andy Warhol, Martin Amis, Norman Mailer, Arthur Miller y Susan Sontag, entre otros. Es decir: el marihuanero poeta vanguardista del DF de los 70, ahora (muerto) es una celebridad literaria de peso mundial.

Otro nuevo actor en escena: una actriz, Carolina López. La esposa de Bolaño está asumiendo el papel de viuda. En toda regla. Hace un par de meses les quitó el permiso a un par de mexicanos para llevar al cine Los Detectives Salvajes (hizo bien, iban a hacer una pésima película), alejó a Echevarría (gran amigo de Bolaño) y fue ella quien tomó el teléfono y llamó a Wylie (con el manuscrito de El Tercer Reich como carnada). ¿Otra Kodama? Ojalá que no.

No sé si Bolaño está revolcándose en su tumba. Parece obvio que le hincharía las pelotas tanto negocio alrededor de su obra. Pero también es obvio que Wylie manejando las finanzas, le asegura un futuro tranquilo a los hijos de Bolaño, lo que él siempre quiso. Por lo demás, a quién le enojaría estar en ese exclusivo club en que se juntan Borges, Shakespeare y Warhol. Otra obviedad: esto no ha terminado.

Aquí dejo dos entrevistas con el Chacal (probablemente sacadas de una conferencia de prensa), en El País y en El Periódico. La sorprendente caricatura es de Lanzallamas y aparece en el dossier que le dedican a Bolaño.

Suecos, allá ellos

octubre 10, 2008

Habría que rebajar de categoría al Premio Nobel de Literatura. Seguro, es importante, pero no tanto. Probablemente a la Academia Sueca no le interesa encontrar al mejor escritor del  mundo. ¿Qué le interesa? Quiere encontrar a esos escritores que al mismo tiempo sean capaces de dialogar con Europa y Africa o Latinoamérica. Cronistas de un mundo en crisis. Novelistas (¿sociales?) de una planeta en que las culturas centrales y metropolitanas (el Imperio y los bárbaros) vienen enfrentándose en una lucha sangrienta. Andan tras los defensores de las minorías, los traductores de los márgenes y los retratistas de las diferencias. Los suecos quieren básicamente hacer declaraciones políticas.

Y en ese pronunciamiento hay al menos algo que quedó claro este año: Estados Unidos queda al margen. Están castigados. Fue demasiado categórico el secretario general de la academia, Horace Engdhal: “EEUU es demasiado insular. No traducen lo suficiente y no participan en el gran diálogo de la literatura. Ese tipo de ignorancia los limita. Son demasiado sensibles a las modas de su cultura de masas”. Está bien. Allá ellos.

Tampoco es tan descabellado como estrategia: vetar a los escritores estadounidenses del premio literario más importante del mundo para contrarrestar el salvaje avance del imperialismo cultural de EEUU en el planeta. En Guardian lo decía un columnista hablando de Inglaterra: la cultura americana se ha vuelto peligrosamente grande. Todo está americanizado. Lo repito por lo obvio: Latinoamérica es un pueblo al sur de Estados Unidos. Me gusta Philip Roth, pero entregarle el Nobel significaría algo que los suecos no quieren: que el retrato de su país se hiciera aún más popular (Acaso no basta con las películas). Y ellos saben: cualquiera puede caer rendido ante Roth. Sería un best seller instantáneo y las esquinas de Newark quedarían grabadas -como imágenes en granito, imborrables, símbolo de la gran literatura- en las cabezas de, literalmente, medio mundo. Mucho menos personas, muchísimas menos, llegarían alguna vez a echarle un vistazo a las páginas de los libros del francés Jean-Marie Gustave Le Clézio, el flamante Nobel 2008, y grabarse en la cabeza (¿conocer?) la Africa colonial y la Latinoamérica indigenista de la que nos habla (Más le vale a Le Clézio ir más allá de los lugares comunes).

No he leído a Le Clézio. Dudo que sea mal escritor. Los suecos no premian a malos escritores. Premian a pasados de moda, a políticamente correctos y desconocidos, pero no a malos escritores. No sé a quién deberían haber premiado en vez de él. Prefiero a Vargas Llosa. Tiendo a pensar que se lo merece más, pero estoy haciendo un cálculo literario que la Academia Sueca no le importa demasiado. Vargas Llosa no es lo suficientemente de izquierda y es demasiado poco europeo. Es un buen escritor, seguro, pero de esos hay varios. Muchos esperaron hasta morir y jamás recibieron el llamado.

Es hora de quitarle la gravedad al Nobel. Es la agenda de los suecos. Allá ellos.

Batman vía Lihn

octubre 3, 2008

Sospecho que de seguir vivo, Enrique Lihn sería al menos comparable con Nicanor Parra. Un gigante. Y mejor: sería accesible. Contestaría el celular, daría entrevistas, viviría en algún departamento de Santiago desordenado y de puertas abiertas. Sería un hombre viejo, con 79 años a cuestas. Me lo imagino –y aquí puede que exagere- como el mayor intelectual del país. Habría atravesado el siglo con una dignidad asombrosa y estilo personalísimo: el poeta de la generación del 50 que, encumbrado en Latinoamérica, prefirió darle la espalda al Boom cuando le olió mal la revolución cubana. El poeta que desconfiaba del lenguaje y que se hizo a un lado de la efervescencia de la Unidad Popular, que echó andar la máquina cultural en el apagón post golpe y en los 80 detectó con ojo profético a la nueva camada de poetas. Vio a Lira, Maquieira, Bertoni, Martínez y a la distancia, a través de mensajes de humos, a un anónimo Bolaño que se volvía loco en la costa mediterránea.

Si no hubiera muerto en 1988, Lihn habría seguido publicando poesía (¿qué? ¿iba más allá de Parra?), habría escrito novelas, filmado películas, montado obras de teatro, fundado revistas, se habría reído de la Nueva Narrativa Chilena, se habría reencontrado públicamente con Jodoroswky, habría opacado a Germán Marín, se habría apoderado de The Clinic,  habría sido el anfitrión de Bolaño en Chile y habría hecho esa mueca clásica –según dicen- de hastío al momento de ganar el Nacional de Literatura y en el 96, cuando la transición ya empezaba a podrirse y habría seguido dando puntadas sin hilo. Lihn sería el escritor más querido por los artistas, intelectuales y periodistas. Sería un lugar común. Una moda. Un obvio incomprendido. Jamás leído.

Lo estoy idealizando. Sería un viejo mañoso.

Lo que sé es que Lihn no está exactamente muerto. Desde que falleció de cáncer en 1988 le han publicado varios libros inéditos. Y han reeditado varios que estaban perdidos. Matías Rivas, dirigiendo con pulso histórico la  editorial de la Universidad Diego Portales, ha rescatado algunos de sus libros claves: La Pieza Oscura, El Paseo Ahumada, Poesía de Paso y esa recopilación llamada Textos sobre Arte. Hace pocos meses, Universitaria repuso La Musiquilla de las Pobres Esferas y ahora ediciones Bordura rescata su primera novela –de tres-, Batman en Chile. Apareció por primera vez en 1973 en Argentina, bajo Ediciones de la Flor, pero corrió una suerte perra: fue mal distribuido y prácticamente nunca circuló en nuestro país. Siempre fue un libro fantasma en la bibliografía de Lihn.

La escribió con un fin muy específico: un concurso de novela de Quimantú, la legendaria editorial popular de la UP. Su socio en la carrera fue su amigo Germán Marín, que presentó su primera y hoy inencontrable primera novela, Fuegos Artificiales. Ninguno ganó, pero al maoísta de Marín igual lo publicó Quimantú. A Lihn, nada. Era obvio: Batman en Chile es una parodia y una provocación. Quizás no es tan buena novela, pero es difícil dejar de leerla. Es un aparato retórico humorístico político, un arma que dispara con una acidez hilarante contra la lucha a muerte que mantenían la izquierda y la derecha antes del golpe. Llega a ser irresponsable.

La trama es sencilla: a pedido del FBI y la oligarquía chilena, Batman arriba clandestinamente a Chile durante el gobierno de Salvador Allende para “evitar que la senda del socialismo colectivista sea irreversible en Chile”. Será una pésima misión, que el superhéroe solo llegará a comprender a cabalidad en las últimas páginas cuando le disparen. Supongo que Lihn creía en la tesis de que la derecha provocaba estratégicamente el caos: Batman no vino a Chile a trabajar, sino a ser asesinado para dejar constancia de que en la UP hasta los superhéroes defensores de la democracia estaban perdidos. Pero, la gravedad no viene a cuenta. Lo que menos hace Lihn es una novela política (aunque lo hace).

El radical cruce de realidad y fantasía que fuerza la novela, deja atontado a Bruno Díaz. Anonadado. No es capaz de comprender las reglas de un mundo real: “A diferencia de lo que ocurría en Ciudad Gótica, aquí no había nadie fuera de la ley; nadie a quien el hombre murciélago pudiera ponerle impunemente la mano encima, sin correr el peligro de ser condenado él mismo por infracción a la Ley de Seguridad Interior del Estado”, escribe Lihn. Es  peor, uno de los maleantes que él capturó en el pasado, Gorila Burk, en Chile termina siendo su aliado contra el marxismo.

Incluso la justicia le pone la mano encima. Lo toman preso “a raíz de su participación  decorativa en un baile de disfraces” y le quitan sus implementos. Entre sus artilugios privados, le confiscan dos gramos de cocaína que, humillado y atontado por su paso por la cárcel, necesita. Su asistente en Chile, Juana Sommers, le aconseja probar con la marihuana y Batman, finalmente terminará fumándose un pito. Echa de menos a su compañero Robin -enrolado en el ejército y combatiendo en Vietman- y se le hará evidente que ante Súperman, él “nunca había sido más que un héroe de segunda fila”. Se pone metafísico. Se deprime.

Improbable, absurda, política, vanguardista, humorística, discursiva y, como anota Roberto Merino en el prólogo, retrato del “reíno de la cháchara”, Batman en Chile anunciaba el camino de irreverencia que seguiría Lihn tras el 73. Manifestaba su gusto por la cultura pop callejera, que más tarde sería el germen de El Paseo Ahumana y La Aparición de la Virgen, y la pasta del happening Adiós a Tarzán, en homenaje al fallecido actor Johnny Weissmüller. Es el inicio de un nuevo camino para Lihn, que si bien permite pensar que de estar vivo sería capaz de captar el “pulso de los tiempos”, no da ninguna pista sobre qué diablos estaría haciendo ahora. Porque ¿cómo cresta se le ocurrió una novela como Batman en Chile? ¿Qué se le ocurriría hoy?

Nene Fernández

octubre 2, 2008

Olvidaremos a Los Nenes. La olvidaremos porque la última novela de Patricio Fernández no importa casi nada. Tenía todo para ser el acontecimiento literario de la temporada, sino del año: publicada por la poderosa Anagrama, se mete en las fiestas del círculo de amigos -la patota, la pandilla, los guardaespaldas- de Germán Marín, acaso el mejor narrador chileno vivo (Y también el más desconocido). Dos rumores se acumulaban hace meses: todo lo que cuenta Fernández es real y, por eso mismo, varios involucrados se enojaron (Aclaremos: nadie le quitó el saludo). Después de publicada, se levantó otro ruido: Los Nenes estaba inflada.

Por la novela circulan -muchos bajo otros nombres- Rafael Gumucio, Matías Rivas, Roberto Merino, Eugenio Tellez, Patricio Dittborn, Waldo Rojas, Ricardo Lagos Weber, Max Marambio y el propio Fernández, entre otros. Uno más, otros menos, todos están metidos en una vida irresponsable y facilísima, donde el mayor problema es la infección al pene que sufre -y le encanta sufrir- a Gumucio. El resto es una larga chimuchina aderezada con alcohol, algo de marihuana, almuerzos en el Lomit’s y chupe de locos. Y está la historia de Marín.

Marín aparece desdoblado en los personajes de Gastón Miranda y Carlos Iribarren. Ambos son escritores y viejos queribles aunque insoportables, pero que parecen vivir en mundos paralelos. El primero es el de la patota. El segundo, un hombre mayor que viaja a Buenos Aires para reecontrarse con su primera esposa. Es un encuentro clandestino que el narrador decide espiar con el único gran objetivo de escribirlo. Iribarren seguirá la corriente: atontado por su reencuentro -que se alarga por meses-, le relatará detalles escabrosos de éste a Fernández. (Todavía no entiendo por qué Iribarren y Miranda no son el mismo.)

Básicamente, ahí está Los Nenes. 176 páginas que posan de carnavalescas y que, a mi entender, falla: es de una soberbia aburridísima. ¿Por qué debiera importarnos las escenas cotidianas del grupo de amigos de Fernández? Asumo que Jorge Herralde, cabeza de Anagrama, supuso que las aventuras del creador de The Clinic no eran poca cosa. Sobre todo si se trataban de sus noches con la escena literaria chilena, a las que estaban invitados un columnista políticamente incorrecto como Gumucio, el editor del sello que rescata la mejor poesía chilena -Rivas, de ediciones UDP-, el director de Random House Mondadori en Chile -Dittborn-, un pintor de cierto renombre como Tellez y el viejo Marín. Era para confundirse.

Pero Los Nenes no es sobre la escena literaria chilena. La escena, si es que existe, es más amplia y -a favor de Fernández- mucho más fome. Y aunque los protagonistas de la novela tienen su cuento, Fernández no es capaz de demostrarlo. Se corta las manos tontamente al decir que en su patota cualquier atisbo de seriedad está literalmente prohibido y termina anotando una seguidilla de anécdotas de tono irónico donde se mofa de todos sus amigos, menos de él. Lo mejor del libro, porque tampoco es una mierda, es el retrato que hace Fernández de Marín: un mamut infantil insidioso e insoportable, pero que el escritor trata con cariño. Ahí está lo único que hace que Los Nenes importe algo: el retrato de Marín. Un imagen más humana, más cómica, más real y menos literaria que la que Marín podría hacer de si mismo.

Pese a ello, mi duda es por qué Fernández creyó que él podía escribir sobre la vida de Marín mejor que el mismo Marín. Toda la obra del viejo es una crónica sobre su vida y aunque algunos le pese, o les aburra -porque sí, su estilo aburre-, está muy bien escrita. De hecho, la repuesta de Marín a Los Nenes no han sido entrevistas, sino un relato. Se llama Literatura 1, apareció en la nuevísima y recomendable revista Hueders y en menos de una página narra cómo fue que él le contó “asutillos confidenciales” a un joven periodista y éste escribió una novela con el material: “Hay gente en el mundo con más sagacidad”, escribe en la última línea.

Marín tiene lista una segunda parte, que según él, cuenta más o menos esto: “Un escritor que le ha ido muy bien, su novela ha tenido gran éxito, pero bueno, todos los éxitos finalmente se agotan, se secan los laureles. Pasa el tiempo, pasa un año, dos, hasta que le empiezan a decir, bueno y tu próximo libro cuándo. Entra ahí a escribir un nuevo libro sin saquear a nadie, ya no puede estar urgeteando en la vida de los demás y se ve ante el fracaso de escribir. Es la historia de un fracaso”.

Ahora, aclarémoslo de nuevo: nadie le ha quitado el saludo a nadie. Los cuentitos de Marín funcionan bien como respuestas, pero justamente por eso meten el ruido que necesita Fernández para Los Nenes. Sus “balas zigzageantes” son una buena campaña de marketing. Todo queda en familia. La pandilla cierra filas. Marín cuida a sus nenes. Demora el olvido. Trata que esto parezca algo más que una anécdota.

Había otra solución, una mucho mejor y que probablemente jamás habría aceptado Fernández: Los Nenes debió circular exclusivamente entre los amigos, transformarse en un texto clandestino, secreto y despiadado sobre la patota de intelectuales progres enemigos de la seriedad que se enfiestan con Fernández. Un texto mítico que cuenta las infidelidades de Marín y cierta borrachera delirante de Max Marambio. Debió correr fotocopiado. Fernández solo habría aceptado su autoría en privado y borracho. Publicamente lo negaría con una sonrisa irónica. Pero Los Nenes perdió toda su dinamita cuando llegó a librerías, envuelto en las tan respetables portadas plomas de la colección hispanoamericana de Anagrama. Una lástima. Pudo haber sido historia.