Nene Fernández

octubre 2, 2008

Olvidaremos a Los Nenes. La olvidaremos porque la última novela de Patricio Fernández no importa casi nada. Tenía todo para ser el acontecimiento literario de la temporada, sino del año: publicada por la poderosa Anagrama, se mete en las fiestas del círculo de amigos -la patota, la pandilla, los guardaespaldas- de Germán Marín, acaso el mejor narrador chileno vivo (Y también el más desconocido). Dos rumores se acumulaban hace meses: todo lo que cuenta Fernández es real y, por eso mismo, varios involucrados se enojaron (Aclaremos: nadie le quitó el saludo). Después de publicada, se levantó otro ruido: Los Nenes estaba inflada.

Por la novela circulan -muchos bajo otros nombres- Rafael Gumucio, Matías Rivas, Roberto Merino, Eugenio Tellez, Patricio Dittborn, Waldo Rojas, Ricardo Lagos Weber, Max Marambio y el propio Fernández, entre otros. Uno más, otros menos, todos están metidos en una vida irresponsable y facilísima, donde el mayor problema es la infección al pene que sufre -y le encanta sufrir- a Gumucio. El resto es una larga chimuchina aderezada con alcohol, algo de marihuana, almuerzos en el Lomit’s y chupe de locos. Y está la historia de Marín.

Marín aparece desdoblado en los personajes de Gastón Miranda y Carlos Iribarren. Ambos son escritores y viejos queribles aunque insoportables, pero que parecen vivir en mundos paralelos. El primero es el de la patota. El segundo, un hombre mayor que viaja a Buenos Aires para reecontrarse con su primera esposa. Es un encuentro clandestino que el narrador decide espiar con el único gran objetivo de escribirlo. Iribarren seguirá la corriente: atontado por su reencuentro -que se alarga por meses-, le relatará detalles escabrosos de éste a Fernández. (Todavía no entiendo por qué Iribarren y Miranda no son el mismo.)

Básicamente, ahí está Los Nenes. 176 páginas que posan de carnavalescas y que, a mi entender, falla: es de una soberbia aburridísima. ¿Por qué debiera importarnos las escenas cotidianas del grupo de amigos de Fernández? Asumo que Jorge Herralde, cabeza de Anagrama, supuso que las aventuras del creador de The Clinic no eran poca cosa. Sobre todo si se trataban de sus noches con la escena literaria chilena, a las que estaban invitados un columnista políticamente incorrecto como Gumucio, el editor del sello que rescata la mejor poesía chilena -Rivas, de ediciones UDP-, el director de Random House Mondadori en Chile -Dittborn-, un pintor de cierto renombre como Tellez y el viejo Marín. Era para confundirse.

Pero Los Nenes no es sobre la escena literaria chilena. La escena, si es que existe, es más amplia y -a favor de Fernández- mucho más fome. Y aunque los protagonistas de la novela tienen su cuento, Fernández no es capaz de demostrarlo. Se corta las manos tontamente al decir que en su patota cualquier atisbo de seriedad está literalmente prohibido y termina anotando una seguidilla de anécdotas de tono irónico donde se mofa de todos sus amigos, menos de él. Lo mejor del libro, porque tampoco es una mierda, es el retrato que hace Fernández de Marín: un mamut infantil insidioso e insoportable, pero que el escritor trata con cariño. Ahí está lo único que hace que Los Nenes importe algo: el retrato de Marín. Un imagen más humana, más cómica, más real y menos literaria que la que Marín podría hacer de si mismo.

Pese a ello, mi duda es por qué Fernández creyó que él podía escribir sobre la vida de Marín mejor que el mismo Marín. Toda la obra del viejo es una crónica sobre su vida y aunque algunos le pese, o les aburra -porque sí, su estilo aburre-, está muy bien escrita. De hecho, la repuesta de Marín a Los Nenes no han sido entrevistas, sino un relato. Se llama Literatura 1, apareció en la nuevísima y recomendable revista Hueders y en menos de una página narra cómo fue que él le contó “asutillos confidenciales” a un joven periodista y éste escribió una novela con el material: “Hay gente en el mundo con más sagacidad”, escribe en la última línea.

Marín tiene lista una segunda parte, que según él, cuenta más o menos esto: “Un escritor que le ha ido muy bien, su novela ha tenido gran éxito, pero bueno, todos los éxitos finalmente se agotan, se secan los laureles. Pasa el tiempo, pasa un año, dos, hasta que le empiezan a decir, bueno y tu próximo libro cuándo. Entra ahí a escribir un nuevo libro sin saquear a nadie, ya no puede estar urgeteando en la vida de los demás y se ve ante el fracaso de escribir. Es la historia de un fracaso”.

Ahora, aclarémoslo de nuevo: nadie le ha quitado el saludo a nadie. Los cuentitos de Marín funcionan bien como respuestas, pero justamente por eso meten el ruido que necesita Fernández para Los Nenes. Sus “balas zigzageantes” son una buena campaña de marketing. Todo queda en familia. La pandilla cierra filas. Marín cuida a sus nenes. Demora el olvido. Trata que esto parezca algo más que una anécdota.

Había otra solución, una mucho mejor y que probablemente jamás habría aceptado Fernández: Los Nenes debió circular exclusivamente entre los amigos, transformarse en un texto clandestino, secreto y despiadado sobre la patota de intelectuales progres enemigos de la seriedad que se enfiestan con Fernández. Un texto mítico que cuenta las infidelidades de Marín y cierta borrachera delirante de Max Marambio. Debió correr fotocopiado. Fernández solo habría aceptado su autoría en privado y borracho. Publicamente lo negaría con una sonrisa irónica. Pero Los Nenes perdió toda su dinamita cuando llegó a librerías, envuelto en las tan respetables portadas plomas de la colección hispanoamericana de Anagrama. Una lástima. Pudo haber sido historia.

 

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