Batman vía Lihn

octubre 3, 2008

Sospecho que de seguir vivo, Enrique Lihn sería al menos comparable con Nicanor Parra. Un gigante. Y mejor: sería accesible. Contestaría el celular, daría entrevistas, viviría en algún departamento de Santiago desordenado y de puertas abiertas. Sería un hombre viejo, con 79 años a cuestas. Me lo imagino –y aquí puede que exagere- como el mayor intelectual del país. Habría atravesado el siglo con una dignidad asombrosa y estilo personalísimo: el poeta de la generación del 50 que, encumbrado en Latinoamérica, prefirió darle la espalda al Boom cuando le olió mal la revolución cubana. El poeta que desconfiaba del lenguaje y que se hizo a un lado de la efervescencia de la Unidad Popular, que echó andar la máquina cultural en el apagón post golpe y en los 80 detectó con ojo profético a la nueva camada de poetas. Vio a Lira, Maquieira, Bertoni, Martínez y a la distancia, a través de mensajes de humos, a un anónimo Bolaño que se volvía loco en la costa mediterránea.

Si no hubiera muerto en 1988, Lihn habría seguido publicando poesía (¿qué? ¿iba más allá de Parra?), habría escrito novelas, filmado películas, montado obras de teatro, fundado revistas, se habría reído de la Nueva Narrativa Chilena, se habría reencontrado públicamente con Jodoroswky, habría opacado a Germán Marín, se habría apoderado de The Clinic,  habría sido el anfitrión de Bolaño en Chile y habría hecho esa mueca clásica –según dicen- de hastío al momento de ganar el Nacional de Literatura y en el 96, cuando la transición ya empezaba a podrirse y habría seguido dando puntadas sin hilo. Lihn sería el escritor más querido por los artistas, intelectuales y periodistas. Sería un lugar común. Una moda. Un obvio incomprendido. Jamás leído.

Lo estoy idealizando. Sería un viejo mañoso.

Lo que sé es que Lihn no está exactamente muerto. Desde que falleció de cáncer en 1988 le han publicado varios libros inéditos. Y han reeditado varios que estaban perdidos. Matías Rivas, dirigiendo con pulso histórico la  editorial de la Universidad Diego Portales, ha rescatado algunos de sus libros claves: La Pieza Oscura, El Paseo Ahumada, Poesía de Paso y esa recopilación llamada Textos sobre Arte. Hace pocos meses, Universitaria repuso La Musiquilla de las Pobres Esferas y ahora ediciones Bordura rescata su primera novela –de tres-, Batman en Chile. Apareció por primera vez en 1973 en Argentina, bajo Ediciones de la Flor, pero corrió una suerte perra: fue mal distribuido y prácticamente nunca circuló en nuestro país. Siempre fue un libro fantasma en la bibliografía de Lihn.

La escribió con un fin muy específico: un concurso de novela de Quimantú, la legendaria editorial popular de la UP. Su socio en la carrera fue su amigo Germán Marín, que presentó su primera y hoy inencontrable primera novela, Fuegos Artificiales. Ninguno ganó, pero al maoísta de Marín igual lo publicó Quimantú. A Lihn, nada. Era obvio: Batman en Chile es una parodia y una provocación. Quizás no es tan buena novela, pero es difícil dejar de leerla. Es un aparato retórico humorístico político, un arma que dispara con una acidez hilarante contra la lucha a muerte que mantenían la izquierda y la derecha antes del golpe. Llega a ser irresponsable.

La trama es sencilla: a pedido del FBI y la oligarquía chilena, Batman arriba clandestinamente a Chile durante el gobierno de Salvador Allende para “evitar que la senda del socialismo colectivista sea irreversible en Chile”. Será una pésima misión, que el superhéroe solo llegará a comprender a cabalidad en las últimas páginas cuando le disparen. Supongo que Lihn creía en la tesis de que la derecha provocaba estratégicamente el caos: Batman no vino a Chile a trabajar, sino a ser asesinado para dejar constancia de que en la UP hasta los superhéroes defensores de la democracia estaban perdidos. Pero, la gravedad no viene a cuenta. Lo que menos hace Lihn es una novela política (aunque lo hace).

El radical cruce de realidad y fantasía que fuerza la novela, deja atontado a Bruno Díaz. Anonadado. No es capaz de comprender las reglas de un mundo real: “A diferencia de lo que ocurría en Ciudad Gótica, aquí no había nadie fuera de la ley; nadie a quien el hombre murciélago pudiera ponerle impunemente la mano encima, sin correr el peligro de ser condenado él mismo por infracción a la Ley de Seguridad Interior del Estado”, escribe Lihn. Es  peor, uno de los maleantes que él capturó en el pasado, Gorila Burk, en Chile termina siendo su aliado contra el marxismo.

Incluso la justicia le pone la mano encima. Lo toman preso “a raíz de su participación  decorativa en un baile de disfraces” y le quitan sus implementos. Entre sus artilugios privados, le confiscan dos gramos de cocaína que, humillado y atontado por su paso por la cárcel, necesita. Su asistente en Chile, Juana Sommers, le aconseja probar con la marihuana y Batman, finalmente terminará fumándose un pito. Echa de menos a su compañero Robin -enrolado en el ejército y combatiendo en Vietman- y se le hará evidente que ante Súperman, él “nunca había sido más que un héroe de segunda fila”. Se pone metafísico. Se deprime.

Improbable, absurda, política, vanguardista, humorística, discursiva y, como anota Roberto Merino en el prólogo, retrato del “reíno de la cháchara”, Batman en Chile anunciaba el camino de irreverencia que seguiría Lihn tras el 73. Manifestaba su gusto por la cultura pop callejera, que más tarde sería el germen de El Paseo Ahumana y La Aparición de la Virgen, y la pasta del happening Adiós a Tarzán, en homenaje al fallecido actor Johnny Weissmüller. Es el inicio de un nuevo camino para Lihn, que si bien permite pensar que de estar vivo sería capaz de captar el “pulso de los tiempos”, no da ninguna pista sobre qué diablos estaría haciendo ahora. Porque ¿cómo cresta se le ocurrió una novela como Batman en Chile? ¿Qué se le ocurriría hoy?

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