Lou, el poeta

noviembre 25, 2008

– Seamos fantasiosos. ¿Se imagina como candidato al Premio Nobel de Literatura?
– ¿La pregunta es si lo veo posible? No, Bob Dylan ya cubre la cuota de candidatos en el apartado de cantantes-compositores judíos. ¿Si me lo merezco? Creo que tengo obra suficiente.

reedEl que responde es Lou Reed y sus palabras son parte de una ineludible entrevista de El País Semanal (leer aquí). El foco es literario. El legendario vocalista de The Velvet Underground está de paso por Barcelona para dar un recital poético, lo que coincide con la publicación del libro Travessa el foc: recull de lletres (todas las letras de sus canciones, en catalán e inglés). ¿Se merece el Nobel? No estoy seguro. No creo. Tampoco creo que Dylan se lo merezca (¿Qué importa Nobel?). Por conservador que suene, dudo que en la música se produzca mejor literatura que en los libros. A lo tuyo, Lou, quédate en el ruido: tiene sangre el cuento que da forma a The Gift, Heroin es desgarradora y Oh, Sweet Nuthin luminosamente desoladora, pero funcionan como funcionan porque de fondo, una banda sortea la vaivenes de la lisérgica desorientación de los 60. Las letras de Transformer y Berlin no se escuchan tan bien si no las acompaña la música original. ¿Literatura? Seguro, pero ¿mejor que Allen Ginsberg? ¿Mejor que William Burroughs?

Vi a Lou Reed en noviembre del 2000 en el Estadio Chile. Fue un show básico y algo lejano.  No recuerdo si Reed siquiera saludó. Sweet Jane puede que fuera la única canción clásica de esa noche. El, quizás a su pesar, tenía una pose de duro indomable. Saludable pese a los años, aun era posible imaginarlo metiéndose afetamina en la sangre. Su histórico look negro -botas y alguna prenda de cuero incluidas- no calzan con sus lentes. Menos con su discurso cada vez más intelectual. Recuerdo un artículo de Rodrigo Fresán en que trazaba la insoportable y egocéntrica ruta  que Lou había seguido en sus discos solista (lo encontré). Su tesis es parte de una teoría mayor en la historia del rock: Lou Reed jamás ha sido capaz de hacer un disco tan bueno como el peor de la Velvet. Hay otra sospecha: si Transformer es tan bueno, es gracias a que David Bowie estaba en la perillas. (Algunos suman otra hipótesis: el genio tras la Velvet en realidad era John Cale.)

Creo un poco en todas las teorías. Pero, por sobre todo, creo que Lou Reed tiene una carrera solista peligrosamente irregular. De una gradilocuencia que Velvet Underground -por lo general- detestaría. La banda que manejó en sus inicios Andy Warhol encarnó la marginalidad urbana salvaje, exploró sonidos desconocidos en la guitarra eléctrica y dotó al rock de un ruido inédito para la fecha. Lou Reed, John Cale, Sterling Morrison y Maureen Tucker, por lo demás, hicieron esto en 1967 cuando el rock & roll llevaba una flor en el pelo, vivía el amor libre y protestaba por la Guerra de Vietman mientras fumanaba marihuana y tomaba LSD. Ellos, con base en Nueva York, iban por otra calle: oscuros, ruidosos, sexuales, pinchándose heroína, juntándose con los freak de la Factory y peleándose por los rumbos que Reed y Cale querían imprimirle a la banda. El segundo pedía experimentar. El primero quería un rock más tradicional y, vale para la historia, era el motor de la banda.

Reed además escribía las letras. Y lo hacía muy bien. Supongo que se lo dijeron tanto, que terminó creyendo en lo del Nobel. Como sea, elegí las mejores letras que escribió Reed para la The Velvet Underground. Excluyo las que ha hecho en su carrera solista, en parte porque no las conozco bien.

Heroin: Muchas veces considerada un himno a la droga, relata la experiencia de la heroína. Reed es raramente explícito para la época. Un viaje solitario, maravilloso y desgarrador. También es la desorientación absoluta: “And I guess that I just don’t know ( Y supongo que simplemente no sé)”, repite insistentemente Reed. Antes nos ha dicho que tras pincharse se siente como el hijo de Jesús, que quisiera haber nacido mil años atrás, irse de la ciudad -“donde el hombre no puede ser libre”- y le pide a la heroína que sea su muerte. Imposible no pensar que Reed se confesaba.  Fue escrita en 1964, cuando Dylan lanzaba The Times They Are a-Changin’ y Beatles A Hard Day’s Night

I’m waiting for the man: Un blanco metido en un barrio negro esperando a su dealer. Desesperado e inpensablemente cool. Es un paseo por el “lado salvaje” de Nueva York, la tragedia de un yonki: día a día deberá volver a la calle con sus 26 dolares a comprar corriendo una dosis para poder seguir funcionando. Es una maldición encubierta en una canción pegajosa de pulso rockero irresistible. El complemento natural es Run, Run, Run.

The black angel’s death song: Nada de historias de drogas y ciudades salvajes. Esto podría ser un poema. Existencialista y algo indecifrable, Reed escribe junto a Cale una serie de imágenes en torno a la muerte y el destino. Especialmente, sobre lo inevitablemente trágico de tener que elegir un camino. Es oscura y tan dramática que hacia el final propone esta opción: “If you choose, try to lose (Si eliges, trata de perder)”.

Sheltered Life: Reed suspende la perversidad que exhibió en Velvet & Nico y juega al pueblerino asustado en la ciudad. En clave humorística nos cuentan exactamente quién no es: alguien que no ha caminado por las calles en la noche, no se ha fumado un pito, no ha ido ni a Francia ni a Londres, no ha ido fiestas en un auto con chofer, nunca ha tenido una pelea callejera, ni siquiera ha pisado un escarabajo. El coro va así: “Supongo que es cierto que voy a tener que cambiar mi estilo / Supongo que es cierto lo que dice la gente / Sé que es cierto, vivo una vida protegida”. (Demasiado simple para el estilo que cultivó Velvet en la época de Cale, la canción no aparece en discos oficiales. Está en Peel Slowly and See, en calida de demo)

The gift: Al estilo beat, está no es exactamente una canción: es un cuento leído sobre una base musical. Escrito por Reed en el college, es puro humor negro: el obsesivo Waldo Jeffers no puede soportar que su novia colegial lo deje para irse a la universiad al otro lado del país. Cree que que se siente sola, lo extraña y que lo engaña. Sin dinero para viajar, se envía a si mismo por el correo en una gran caja. Todo termina mal. Con sangre incluida. Leído y a ratos actuado por Cale, el relato no sólo tiene un final tipo knockout que efectivamente sorprende, Reed escribe un cuento clásico, bien armado, algo inocentón, con personajes creíbles y hasta queribles: qué tonto el pobre Waldo.

Sister ray: Sobre los 17 minutos de ruido de la enorme canción que cierra White light/White heat, Reed narra una escena de travestis, sexo y drogas; una orgía que aparentemente termina con la entrada de la policía. “I am searching for my mainline (algo muy coloquial para decir “estoy buscando mi dosis de heroína”), es la frase que guía la canción. El estilo fragmentado de Burroughs que domina la letra la hace prácticamente incomprensible, pero un comentario de Reed (recogido en Wikipedia) la clarifica. Más que buena, es una letra rara, el complemento descontrolado de la finesa perversa de Venus in Furs.

Pale Blue Eyes: Con John Cale fuera del grupo se terminan los experimentos y el romántico Lou entra en escena. El primer track del tercer disco de Velvet es la historia de una frustración amorosa. O un engaño. La chica de los ojos azul pálido es capaz de hacer feliz, entristecer y enojar a Lou. Es, además, el símbolo de todas las cosas que tuvo y no pudo conservar. El final esclarece la relación (que no puede perdurar en el tiempo): ella es casada. Un toque de humor.

Candy says: De la galería de personajes creados por Reed (muchos habituales en la Factory), Candy es la que se quiere ir.  Aburrida, triste, fascinante y contradictoria: odia su cuerpo, las exigencias de la vida y quiere saber todo lo que hablan los otros. Aquí Lou anota una de sus mejores imágenes: quizás cuando sea mayor, Candy verá por encima del hombro pasar a los pájaros azules; querrá irse con ellos. “What do you think i’d see / if i could walk away from me”, se pregunta. El sonido aterciopelado, ayuda a que sea una increíble canción.

I found a reason: Extremadamente simple y directa, es una declaración de amor: “Encontré una razón para seguir viviendo y esa razón eres tu”, dice el coro. Luego del cliché  -sin una pisca de ironía-, Reed anota una frase más en su estilo aventeruro: “De verdad creo que si no te gustan las cosas, te vas a algún lugar en el que nunca has estado”. Dulce, casi melosa, la calidad de la letra se demuestra en las dos versiones de la canción que grabó Velvet: una folk con armónica estilo Dylan (un demo raro) y la que aparece en Loaded, tipo grupo vocal de los 50, luminosa y peligrosamente cursi.

Oh, sweet nuthin: la última canción oficial de la banda (con Reed en la formación) es una exaltación de la nada. De la pobreza, de la decadencia, de las caídas, de la tristeza. Jimmy Brown, Ginger Brown, Polly May y Joanna Love no tienen nada. Ni zapatos ni una casa, y un vacío que los hace caminar con la cabeza gacha por las calles, su lugar natural. “Say a word for…”, canta Reed como si se tratara de una plegaria. En el coro hace el contrapunto con la desolación general: “Oh, dulce nada”.

Aquí una entrevista a Lou Reed en 1974 en Australia. Al contrario de la concedida a El País (desde donde saque la foto), aquí se limita a los monosílabos. Estilo Warhol, estilo Dylan.

DJ Lemebel

noviembre 8, 2008

lemebelFue en 1995 cuando Pedro Lemebel, con La Esquina de mi Corazón, irrumpió en la escena literaria amenzando con dejar cualquier escritura en vergüenza: todo parecía mojigato, conservador, artificial y cursi a lado de su descarnada ferocidad. Confesamente loca, obviamente pasada de revoluciones, abusaba de un barroquismo supuestamente anticuado para hablar de un mundo -pobre, gay, comunista, triste, terrible, enfiestado, sexual y feo- que la literatura chilena apenas conocía. O sea: la tropa de la Nueva Narrativa parecía una manga de cuicos graves al lado del kitsch chilensis del ex Yegua del Apocalípsis. Supongo que algo estaba anunciado en la poesía de Carmen Berenguer o de Malú Urriola. O en Diamela Eltit. O más atrás, en los rincones oscuros de José Donoso. Pero Lemebel logró algo raro: conquistar a las masas. Parecía impensable que sus irrespetuosas crónicas terminaran siendo un pequeño best seller.

Después, pasó lo que pasó. Montado en sus tacos, oficializó su incorreción de loca comunista y cada vez que podía, mordía. A Pedro Carcuro, en la Feria del Libro de Guadalajara… Se volió peligroso. También pasó otra cosa: reconocimiento internacional, fichaje de Anagrama, una novela (Tengo Miedo Torero) y él siempre hablando desde la marginalidad. ¿Se repetía? No estoy seguro. Lo claro es que el personaje ya estaba instalado. Quizá a Adiós Mariquita Linda (2005) le faltaba dinamita. Quizás su fórmula ya no funcionaba. Ya había echado abajo todos los convencioalismos y su estilo sonaba demasiado conocido: de nuevo este maricón hablando de la Gladys Marín… Pero ahora Lemebel lanza Serenata Cafiola (Seix Barral) y algo pasa: sus 50 crónicas de nuevo son capaces de incomodar. De nuevo es sorprendente. Es el viejo estilo provocativo ahora hilado por la música. Chavela Vargas, Los Prisioneros, Rolling Stone, Fernando Ubiergo, La Sonora Palacios, Sara Montiel, Paquito Rivera, Charly García, Joselito, Violeta Parra, Rafaela Carrá y un largo etc. de íconos pop deambulan por el libro. El ritmo es el de siempre: acelerado, sudoroso, nocturno, de bouat, polvoriento, excesivo, sexual, gay. Es algo que nadie está haciendo en Chile.

El comienzo es insuperable: en A modo de sinopsis, Lemebel hace una declaración de principios y explica, en su estilo atropellado, cómo llegó a la escritura y por qué escribe así. Con permiso de Carlos Labbé, el editor de Planeta en Chile, dejó aquí ese texto.

“Podría escribir clarito, podría escribir sin tantos recovecos, sin tanto remolino inútil. Podría escribir casi telegráfico para la globa y para la homologación simétrica de las lenguas arrodilladas al inglés. Nunca escribiré en inglés, con suerte digo go home. Podría escribir novelas y novelones de historias precisas de silencios simbólicos. Podría escribir en el silencio del tao con esa fastuosidad de la letra precisa y guardarme los adjetivos bajo la lengua proscrita. Podría escribir sin lengua, como un conductor de CNN, sin acento y sin sal. Pero tengo la lengua salada y las vocales me cantan en vez de educar. Podría escribir para educar, para entregar conocimiento, para que la babel de mi lengua aprenda a sentarse sin decir palabra. Podría escribir con las piernas juntas, con las nalgas apretadas, con un pujo sufi y una economía oriental del idioma. Podría mejorar el idioma metiéndome en el orto mis metáforas corroídas, mis deseos malolientes y mi desbaratada cabeza de mariluz o marisombra, sin sombrilla o con el paraguas al revés, a todo sol para que la globa me haga mundial, exportable, traducible hasta el arameo que me canta como un florido peo. Podría guardarme la ira y la rabia emplumada de mis imágenes, la violencia devuelta a la violencia y dormir tranquilo con mi novelería cursi. Pero no me llamo así, me inventé un nombre con arrastre de tango maricueca, bolero rockerazo, o vedette travestonga. Podría ser el cronista del high life y arrepentirme de mis temas gruesos y escabrosos. Dejar a la chusma en la chusma y hacer arqueología en el idioma hispanoparlante. Pero no vine a eso. Está lleno de cronistas con una flor estilográfica en el ojal mezquino de la solapa. No vine a cantar ladies and gentlemen; pero igual me canta, señora mía. No sé a lo que vine a este concierto, pero llegué. Y me salió la letra como un estilete. Más bien sin letra, como una prolongación de mi mano el gruñido la llora. Parecen gemidos de hembra cobarde, dijeron por ahí los escritores del culebrón derechista. Llegué a la escritura sin quererlo, iba para otro lado, quería ser cantora, trapecista o una india pájara trinándole al ocaso. Pero la lengua se me enroscó de impotencia y en vez de claridad o emoción letrada produje una jungla de ruidos. No fui musiquera, ni le canté al oído de la trascendencia para que me recordara a la diestra del paraíso neoliberal. Mi padre se preguntaba por qué a mí me pagaban por escribir y a él nadie le remuneró ese esfuerzo. Aprendí a la fuerza, aprendí de grande, como dice Paquita La del Barrio; la letra no me fue fácil. Yo quería cantar y me daban palos ortográficos. Aprendí a arañazos la onomatopeya, la diéresis, la melopea y la tetona ortografía. Pero olvidé todo enseguida, me hacía mal tanta regla, tanto crucigrama del pensar escrito. Aprendía por hambre, por necesidad, por laburo, de cafiola, pero comenzaba a estar triste. Pude haber escrito como la gente y tener una letra preciosa, clarita, clarita como el agua que corre por los ríos del sur. Pero la urbe me hizo mal, la calle me maltrató, y el sexo con hache me escupió el esfínter. Digo podría, pero sé bien que no pude, me faltó rigurosidad y me ganó la farra, el embrujo sórdido del amor mentido. Y creí como una tonta, como una perra lacia me dejé embaucar por alegorías barrocas y palabreríos que sonaban tan relindos. Pudiste ser otro, me dijeron los maestros con sus babas mojándoles los pelos de profetas. A pesar de todo aprendí, pero la tristeza caía sobre mí como un manto culto. No fui cantor, les repito, pero la música fue el único tecnicolor de mi biografía descompuesta”.