10 libros más

diciembre 30, 2008

2588186224_b97d6feaa3También es culpa de Bolaño. Para la literatura latinoamericana importaba poco, casi nada, la lista anual de los mejores libros de The New York Times. Pero cuando en el 2007 brillaba ahí The Savages Detectives, la lista se transformó en un referente periodístico literario para este lado del mundo. Y pasó de nuevo este año: la gigantesca 2666 también fue escogida por NYT. La famosa listita oficializó eso de la Bolaño Fever. El diario neoyorquino publicó su lista el 3 de diciembre pasado dando la partida a una avalancha de listas. En español nadie produce una selección con tanto bombo como la de NYT, pero también se hacen. El sábado pasado fue el turno de Babelia.

Según los 57 colaboradores y críticos del suplemento  de El País, el mejor libro del 2008 fue Chesil Beach, de Ian McEwan. Es una novela implacable, quirúrjica y casi perfecta, pero para mi no la mejor del 2008. Sale el Espectro, de Philip Roth, ocupa el tercer puesto, lo que no hace sino confirmar la fascinación mundial por Roth. En el noveno puesto está El Viaje a la Ficción, el libro que Mario Vargas Llosa dedica a la obra de Juan Carlos Onetti. También está Milenium I  y II, de Stieg Largs, el sueco que conmociona la novela policial europea. En el sexto lugar aparece El Placer de los Paraísos Perdidos, de Patrick Modiano, el único libro que se repite en la lista elaborada por La Tercera y publidada el domingo pasado en su Anuario.

Para la selección de La Tercera fueron consultados Juan Manuel Vial, Alvaro Matus, Andrés Gómez y yo. Funcionarios.

Son los 10 mejores. El orden es aleatorio.

In Memoriam, de Raúl Zurita
Historia General de Chile II: Amos, señores y patricios, de Alfredo Jocelyn-Holt
La Maravillosa Vida Breve de Oscar Wao, de Junot Díaz
El Fumador y otros relatos, de Marcelo Lillo
El Sindicato de Policía Yiddish, de Michael Chabon
Crónicas Reunidas, Vol. 1, de Joaquín Edwards Bello
Siútico: Arribismo, abajismo y vida social en Chile, de Oscar Contardo
Luces de Reconocomiento, de Roberto Merino.
En el Café de la Juventud Perdida, de Patrick Modiano
Los Libros de la Guerra, de Fogwill

Algunos datos internos:

– Los libros más votados fueron los de Zurita y el de Edwards Bello. Sobre este último: son crónicas fechadas en la década de 1920, una señal a tener en cuenta. Es el arranque del cronista por excelencia de la literatura chilena. Su atractivo no radica sólo en ser un retrato de época, sino es que casi un siglo después los textos siguen vivos. Tampoco exageremos:  “Uno de los problemas terribles de la sociedad chilena es la incultura, la agresividad, la falta de espíritu, todas las cualidades del indígena”, anota en 1924. Yo fui el único que no votó por JEB.

– Sobre In Memoriam ya escribí: La poesía soy yo.

– Solo dos mujeres fueron votadas. Gómez incluyó a La Hija del Amante, de A.H. Homes, y Matus a Personajes Secundarios, de Joyce Johnson. Yo estuve cerca de incluir Postales de Invierno, de Ann Beattie, pero aún no la termino y originalmente se publicó hace 30 años.

– Matus incluyó en sus 10 mejores La Librería de los Escritores, de Mijaíl Osorguín, Alexéi Rémizov o Marina Tsvietáieva. En apenas 73 páginas -muchas ocupadas por ilustraciones- se relata la historia de una librería en la Unión Soviética que logró funcionar sin ser tocada por el control estatal. Estuvo abierta en Moscú entre 1917 y 1922, haciéndole el quite a una durísima crisis económica. Fue una resistencia intelectual elegante y sobria, que incluso se dio el tiempo para imprimir libros inéditos. Relata un episodio absolutamente desconocido y a ratos sobrecogedor.

– Vial menciona Ventura y Desventura del Chico Molina, un inclasificable libro en que Alfonso Calderón asume la voz del legendario Eduardo “Chico” Molina para decirnos quién fue. ¿Quién? Una suerte de encarnación de la literatura en estado puro que deambuló por las generaciones del ’38 y el ’50 invéntandose como personaje literario. Decía haber escrito mucho. Publicó apenas un poema en una revista.

– Tampoco quedaron en los 10 elegidos: El Infinito Viajar, de Claudio Magris; Qué es el Qué, de Dave Eggers; After Dark, de Haruki Murakami; Trilogía de la Memoria, de Sergio Pitol; Navegación a la Vista, de Gore Vidal; El Colombre, de Dino Buzzati.

– Yo también voté por Serenata Cafiola, de Pedro Lemebel; Batman en Chile, de Enrique Lihn; Acción de Gracias, de Richard Ford; y Give me a Break, el libro de conversaciones de Diego Maquieira con Patricio Hidalgo y David Hopenhayn.

Chilenos y poetas, 2008

diciembre 23, 2008

zuritaNo leí toda la poesía chilena publicada este año, pero algo leí. Si no fuera por las reediciones, sería un año irregular. Más bien aburrido. Que ganara Barquero el Nacional de Literatura sólo demuestra lo anticuado de la oficialidad poética en Chile.

1. La UDP aportó con cuatro rescates: Escritura de Raimundo Contreras, de Pablo de Rokha; Poemas Articos, de Vicente Huidobro; Poesía de Paso, de Enrique Lihn, y El Cansador Intrabajable, de Claudio Bertoni. Son libros increíbles en sus diferentes modos, pero que dijeron lo suyo hace demasiados años.

2. Debió tener más aplausos el enorme volumen crítico que publicó Cuarto Propio con toda la obra de Winett de Rokha, El Valle Pierde su Atmósfera. O Aguas Servidas, el libro que publicó Carlos Cociña a inicios de los 80 y ahora rescató Ediciones del Temple.

3. José Angel Cuevas publicó por fin Album del ex Chile, pero no se trata de un libro de poesía sino de un recorrido en imágenes por la UP. No es lo que espero de Cuevas: espero ese libro que termine de situarlo como el poeta político de la derrota, el libro que haga inevitable su fama (¿fama?).

4. Mientras se instalaba en Chile después de más 30 años en Iowa, Oscar Hanh lanzó Pena de Vida, nada sorprendente en su bibliografía, pero un registro honesto de la soledad y el envejecimiento (“Tengo que recoger mis escombros/ darles la forma humana que tenían/ y seguir adelante”).

5.  El viejo Uribe lanzó Idem y adelantó que cerraba el negocio: deja la poesía. Supongo que cree que eso apura la llegada de la muerte. Se arrepentirá.

6.  A falta de ese tercer libro de poemas, apareció un volumen de conversacines con Diego Maquieira. Give me a Break, de Patricio Hidalgo y Martín Hopenhayn, es sorprendente. “Yo soy peso gallo, Huidobro peso pesado, Neruda peso pesado, Parra, peso mediano, Nicolás Guillén, peso mediano; Uribe también peso gallo; peso pluma es Paulo de Jolly; y peso mosca el Chico Molina”, dice en un chispazo Maquieira, por momentos el mejor lector de poesía chilena.

7. Quizá no debió pasar tan inadvertido el libro [guión], de Héctor Hernández Montecinos: reúne los tres primeros volumenes del cabecilla de los Novísimos y aglutina su propuesta delirante y verborreica. Tiene arrojo, pero es excesivo y le sobran demasiadas páginas. A Mi Hijo Down, de Pablo Paredes -otro de los jovencitos-, en cambio le falta arrojo. Le falta verdad. Espero para el año que viene Mistrala, el nuevo libro de otro de la nueva camada, Diego Ramírez.

8. También 2008 fue el año en que volvió Gabriela Mistral. Resguardados en la Biblioteca Nacional las toneladas de papeles que dejó en EEUU al morir, Luis Vargas Saavedra editó Almácigo: poemas inéditos de la Mistral. Aunque en teoría se trata de una noticia radical, el efecto fue mínimo.  Por supuesto, el libro demanda varias lecturas… O ¿no? ¿Estamos hartos de Mistral? ¿Alguna vez no interesó Mistral? ¿Alguien lee a Mistral?

9. Como sea, para mí el mejor libro de poesía chilena del 2008 es In Memoriam, de Raúl Zurita. Es la tercera entrega (antes fueron Los Países Muertos y Las ciudades de agua) de ese proyecto egocéntrico y potente llamado simplemente Zurita. Escribí esto para el número de fin de año Cultura. Se llama La poesía soy yo.

Hace 30 años, Raúl Zurita se presentó exhibiendo pruebas clínicas. En su primer libro no sólo incluyó -y alteró- el certificado que lo diagnosticaba con una “psicosis de tipo epiléptico”; también nos permitió echar una mirada a su cerebro a través de parte de un electroencefalograma. El arrojo y la intensidad de Purgatorio (1979) persisten intactos, pero la experiencia de leer a Zurita versión 2008 es más inquietante. Más desgarradora. Más furiosa. Más cruel. Mucho más triste. El libro se llama In Memoriam, no adjunta documentos y es pura biografía. “Han bombardeado La Moneda”, anota en la primera línea para echar a andar un responso que recorrerá su vida. Su padre muerto, su madre, sus mujeres, sus hijos y amigos se le aparecen -“pequeños tipos rotos en un país roto”- cobrando viejas cuentas.
Esto es una no ficción poética y
Zurita, con brutal y desvergonzada honestidad, no esquiva nada: ni sus andanzas con el CADA, ni su relación con Diamela Eltit, ni la basura que recibió al ganar el Premio Nacional. Pero la sinceridad – “Yo en cada letra cago/ sangre ¿me entiendes?”- cruza lo privado: Zurita echa mano a los escombros de su vida para levantar un lamento que empapa todo el paisaje. Como uno de los tantos prisioneros de la dictadura, transita al borde de la locura por un país desmembrado. El efecto es total: las playas, el desierto, la cordillera, todo Chile late dolorido por los desaparecidos. Grandilocuente y mesiánico, In Memoriam prueba la estatura deZurita (“la poesía soy yo”, pareciera decir) e interroga a toda la poesía chilena hoy en producción. La arrincona y la desafía.

(La foto salió de acá)


duchamp¿Qué fue hacer Marcel Duchamp a Buenos Aires en 1918? ¿Por qué se le ocurrió Argentina? Según anota Calvin Tomas en su imbatible biografía sobre el artista francés (Duchamp, Anagrama 1999), la razón “no se ha aclarado nunca”. Supuestamente los aires de guerra que aún se sentían en el planeta -especialmente en Europa y Estados Unidos- lo agobiaban. Era la segunda vez que le pasaba. En los inicios de la Primera Guerra Mundial trasladó su domicilio de París a Nueva York, donde se tranformaría en el centro de la bohemia artística de vanguardia. Cuando comenzaron a “reinar las reestricciones” como efecto del conflicto bélico, Duchamp se subió en un barco a vapor y se bajó en la ciudad más cosmopolita que encontró en el fin del mundo. Nadie se enteró de su llegada. Tampoco nadie supo que ocho meses después dejaba para siempre Buenos Aires el artista más importante del siglo XX. Habría sido dificil: Duchamp cambió una guerra mundial por una intelectual y simbólica en la que participó anónimamente, casi en secreto: jugó al ajedrez. Obsesivamente. Hasta el borde la locura.

A 90 años de que Duchamp dejara Buenos Aires, regresa. La Fundación Proa inaugura sedes renovadas con una exposición que incluye 123 piezas del francés. No sólo se trata de una gran muestra, también es la primera en Latinoamérica dedicada a Duchamp. Hay fotografías, documentos, películas y por supuesto obras: desde pinturas como Desnudo descendiendo una escalera hasta El Gran Vidrio -o La novia puesta al desnudo por sus solteros, incluso-, pasando por el decisivo Urinario y la simplísima Rueda de Bicicleta, entre otros varios ready-made. Supongo que debe ser increíble.

El inicio de la relación Duchamp / Buenos Aires arranca en junio de 1918. Una carta de ese mes documenta lo que parece ser la primera mención del artista sobre la capital argentina. Le escribe a su amigo Jean Crotti que en la casa del coleccionista Walter Arensberg -algo así como su mecenas- están cansados y le anuncia su próximo destino. En agosto sube al barco Crofton Hall. Serán 27 días en los que sólo podrá fumar en las noches en un cuarto “muy caluroso y mal ventilado, por culpa de los submarinos”. Igual será un “viaje delicioso”, en palabras de Duchamp. “El barco avanza lento y agradable”, agrega. Al llegar a la capital argentina, arrienda dos departamentos ubicados en el centro, a una pocas cuadras del Obelisco: uno en la calle Sarmiento 1507 y el otro en Alsina 1743. En el primero vivía con su pareja del momento Yvonne Chastel y en el segundo estaba su estudio de trabajo (en todo caso, produjo muy poco).

Ya instalado, quiso “despertar a esos rostros oscuros y adormecidos” que se encontraba día a día en las calles. Se le ocurrió algo que habría sido revolucionario: organizar una exposición cubista. Pero fracasó. Contactó a sus amigos en Nueva York y en París, les pidió cuadros, revistas, catálogos… nada. “Buenos aires no existe”, anota Duchamp en una carta dirigida a Ettie Stettheimer fechada a fines de 1918. “No es nada más que una gran población provinciana con gente muy rica sin pizca de gusto, que todo lo compra en Europa, hasta las piedras de sus casas. No hay nada hecho aquí… Hasta he encontrado un dentrífico francés del que me había olvidado por completo en Nueva York”.

Aunque Duchamp contara que el aire provinciano de Buenos Aires le permitirá encontrar “placer en el trabajo”, solo produce tres obras: el experimento óptico Estereoscopia a Mano; algo que comenzó como un estudio para el Gran Vidrio, pero terminó siendo una pieza paralela llamada Para mirar (desde el otro lado del vidrio) con un ojo de cera durante casi una hora; y un ready made, un regalo de boda por el matrimonio de su hermana Suzanne con su amigo Jean Crotti, que envió a París, titulado Ready-Made Desdichado. El resto del tiempo de esos ocho meses en las que, quién sabe, quizás se topó con Borges, Duchamp los pasó jugando ajedrez.

duchamp2Compró libros con partidas clásicas que estudiaba, se armó un tablero para jugar a distancia y se unió a un club de barrio de ajedrez. No era experto; se enfrentaba a los de segunda y tercera categoría y no siempre ganaba. Su universo giraba en torno a las piezas y el tablero: “Tengo la impresión de que estoy a punto de convertirme en un fanático del ajedrez. Todo cuando me rodea adopta la forma de un caballo o de la reina y el mundo exterior carece totalmente de interés para mi, salvo en su traducción como conquista o pérdida de posiciones”, le confiesa a Arensberg en una carta cercana a Navidad. Supongo que Buenos Aires fue para Duchamp un retiro solitario durante el que sopesó algo, no sé qué.

Quizás le tomó el peso a la época y puso en escena otro juego duchampiano, otro ready-made: cuando el mundo se sacude de las heridas de la mayor guerra de la historia hasta el momento, él enfrenta una batalla racional, sin riesgos físicos y privada en una ciudad que reproduce -falsea- las ciudades europeas. Y, haciendo eco de la locura bélica, se permite hundir en esa obsesión inútil hasta ver el mundo como un tablero. Hizo una representación del mundo en una esquina desconocida del planeta.

Pero no me la creo. Eso de que “la mejor obra de Duchamp fue su vida” suena bien, muchas veces funciona, pero es literatura. Para Navidad de 1918 estaba solo en Buenos Aires. Yvonne Chastel se había aburrido del machismo argentino y de la obsesión de su pareja, y se había marchado a Francia. Duchamp tenía por entonces 31 años y ya prácticamente había dejado de pintar, aunque seguiría produciendo obras. Le quedaban algo más de 50 años de vida y nada de lo que produjera en los próximos años sería tan importante, tan revolucionario, como su obra pasada. Ni siquiera el enigmático Gran Vidrio. Tampoco la misteriosa instalación Étant Donnés.  Y probablemente él intuía el futuro: no se puede cambiar las reglas dos veces.

Imagino que el invunerable Duchamp se quebró. Se deprimió. Después de haber llegado a Argentina aburrido del mundo, allá no pudo montar su exposición del cubismo y, peor, se enteró de la muerte de su hermano en Francia a causa de una herida de guerra. Sin Chastel, las cosas deben haberse puesto oscuras en una ciudad desconocida. Tristes. Llegó a titular el regalo de matrimonio para su hermana Ready-Made desdichado… Para colmo perdía en el ajedrez con jugadores mediocres. El era un jugador mediocre.

Supongo que todo eso ayudó a que Duchamp se fuera a los ocho meses de Buenos Aires, en vez de que quedarse los “años” que anunció. No aguantó más tiempo la soledad. Volvió a la bohemia artística donde lo adulaban. El futuro, aunque repetitivo -hizo una maleta con miniaturas de sus obras-, sería interesante: se transformaría en un ícono indestructible. En palabras de Andre Breton, el hombre más inteligente del siglo XX. No sólo eso, el futuro sería feliz. Así se lo diría a Pierre Cabanne en 1966, pocos meses antes de que cumpliera 80 años.

– Cuando mira hacia atrás, ¿cuál es su primer motivo de satisfacción? (Esta es la primera pregunta del magnífico libro  Conversaciones con Marcel Duchamp, Anagrama 1972)

– En primer lugar, haber tenido suerte. Porque, en el fondo nunca he trabajado para vivir. Considero que trabajar para vivir es algo ligeramente estúpido desde el punto de vista económico. Espero que llegue un día es que se pueda vivir sin tener la obligación de trabajar. Gracias a mi suerte he podido pasar a través de las gotas. En un cierto momento comprendí que no debía cargarse la vida con demasiado peso, con demasiadas cosas por hacer, con aquello a lo que se llama una mujer, niños, una casa en el campo, un coche, etc. Y lo comprendí, felizmente, muy pronto. Eso me ha permitido vivir mucho tiempo como soltero mucho más facilmente que si hubiera tenido que enfrentarme con todas las dificultades normales de la vida. Nunca he tenido grandes desgracias ni tristezas. Tampoco he conocido el esfuerzo por producir, puesto que la pintura no ha sido para mí más que un vertedero, o una necesidad imperiosa de expresarme. Nunca he tenido esa especie de necesidad de dibujar por la mañana, por la tarde, todo el tiempo, de hacer croquis, etc. No puedo decirle más. No tengo remordimientos.

– ¿Y lo que más lamenta?

– No lamento nada, nada, de verdad. No me ha faltado nada. He tenido más suerte al final de mi vida que al principio.

Críticos al ring

diciembre 12, 2008

ringEl número del 6 de diciembre del suplemento Cultura de La Tercera, al cual estoy ligado, lleva como tema de portada la pelea literaria del momento: escritores contra críticos. Se trata de una rebelión: los narradores chilenos se aburrieron de que semana a semana los críticos les pidieran, en todos los tonos, que abandonen el oficio. El alegato se gestó en una cadena de mail que corre hace casi dos semanas y en la que intervinieron Jaime Collyer, Alejandro Cabrera, Andrea Jeftanovic, Tito Matamala, Carlos Iturra, entre otros. “Mediocres” es uno de los calificativos más moderados usados. Las balas tienen nombre: Rodrigo Pinto, de revista El Sábado; Patricia Espinosa, de Las Ultimas Noticias, y Juan Manuel Vial, de La Tercera. Tres críticos que todavía tienen mucho que demostrar, pero que no por eso hacen mal su trabajo.

Paralelamente, hace dos semanas en el cuerpo de Reportajes de La Tercera, Roberto Ampuero escribió una larga -y sí, lamentable- crónica en la que postulaba de que la crítica chilena estaba decididamente en campaña porque se acabara la lectura en Chile. Ampuero no puede entender que pese a tener 10 mil lectores por libros, la crítica lo despedace sistemáticamente. A él, y a todos los best sellers (léase Carla Guelfenbein, Pablo Simonetti, Marcela Serrano, Hernán Rivera Letelier, entre otros). De paso, se le ocurrió preguntar si de verdad Leonardo Sanhueza era poeta… Y decir que Bolaño hubiera corrido la misma suerte ante la crítica de no haber muerto….

En Cultura -que aún se puede ver en la web- habla mucha gente: a parte de Andrés Gomez que relata la pelea en el artículo principal, hay opiniones de Alejandro Zambra, Jorge Baradit (en su blog hay más material: aquí y aquí), Carlos Iturra, Matías Rivas y Juan Manuel Vial. En conjunto el panorama se ve bien, algo pasa en la escena literaria chilena. Un ruido. Ahora, que no pase inadvertido: si alguien prendió la fogata, fueron los críticos. Serán todavía unos novatos en el oficio, pero fueron ellos -en especial Espinosa y Vial- quienes tuvieron las agallas de ocupar el cargo que ostentan. No sé si puede decir lo mismo de los escritores chilenos. Lo dudo.

No sé quien ganó la pelea. Pero por una maravillosa casualidad, ayer llegó a mis manos un ejemplar de Lecturas de mí mismo, de Philip Roth (He escrito tantas veces eso de que es el mejor escritor vivo de EEUU, que terminé creyéndomelo. No debe ser cierto: el mejor no tiene tanta prensa). El libro recoge varias entrevistas a Roth hechas entre fines de los 60 e inicios de los 80. Además trae varios ensayos, conferencias y textos sueltos. Entre ellos uno fechado el 27 de julio de 1969. Se trata de una larga y fundamentada réplica hecha por Roth a Diana Trilling, crítica literaria de la revista Harper’s que comentó su novela El lamento de Portnoy. Lo mejor no es la carta, sino las cinco razones por las que Roth decidió no “rebajarse” a enviarla. Las cuales se aplican, según él, a la larga lista de autores que también optaron por no quejarse. Aquí están:

1. Escribir (o imaginar que escribe) la carta ya es bastante catártico. Por lo general, hacia la cuatro o las cinco de la mañana la polémica ha finalizado ha satisfacción del novelista, de este modo este puede darse la vuelta y dormir durante unas horas.

2. De todo modos es improbable que el crítico acepte que el novelista corrija su lectura.

3. Uno no desea parecer en absoluto despechado, y no digamos indignado, ni ante el crítico ni ante el público que sigue estos duelos cuando se realizan al decubierto, a la vista de todo el mundo.

4. ¿Dónde está grabado en piedra que el novelista debe sentirse mejor “comprendido” que cualquier otra persona?

5. El consejo de los amigos y los seres queridos: “Olvídalo, por el amor de Dios”.

(La imagen es el archivo de Life, disponible desde Google)

10 respuestas de Junot Díaz

diciembre 1, 2008

junotEs difícil dejar de leer La Maravillosa Vida Breve de Oscar Wao. Corre demasiado rápido. Gana en todas las páginas. Supongo que si no era el Pulitzer, Junot Díaz se iba a ganar algún otro premio importante por la novela irresistible que demoró 11 años en escribir. Nacido en República Dominicana y crecido en Nueva Jersey, Díaz es el escritor latino del momento en Estados Unidos. En 1997 publicó un libro de cuentos, Drown (traducido como Negocios), que avisoró que la cosa iba bien. Una década después apareció la novela dejando atontada a la crítica y ganando ese premio tan estadounidense. Por sobre todo, Junot mezcla: no sólo inglés y español, también jerga específica de cada uno de los lenguajes de un gueto latino dominicano en Nueva York. Y, más que eso, cruza tradiciones: escribe una novela de Bryce Echeñique al estilo de una película indie que sacaría aplausos en el Festival de Cine Sundance. Escribe como si perteneciera al Boom -saga familiar melodramática con ecos políticos-, pero odiara tanto a sus pares que en vez de irse de copas en España, prefiriera encerrarse a leer cómics y ver tele basura. Como Daniel Alarcón -el peruano que vive en Oakland autor de Radio Ciudad Perdida-, Díaz es indesmentiblemente latinoamericano pese a su dirección, aunque al mismo tiempo -más que Alarcón- es ridículamente gringo. Casi con devoción.

Dudo que La Maravillosa Vida Breve de Oscar Wao sea una novela revolucionaria literariamente (¿qué puede serlo?), pero es inteligente, emocionante, barroca, pop y cómica, entre otras cosas. No sólo narra la historia de Oscar -un gordo dominicano fatalmente nerd adicto a la literatura de género-, también la de su familia, que está destinada a una maldición llamada fuku. En ese recorrido va y vuelve de Nueva Jersey a Santo Domingo, la capital dominicana, y aprovecha de relatar indirectamente, vía personajes laterales, el horror de la dictadura de Rafael Trujillo. Imagino que en inglés (su idioma original) la novela debe ser mucho más desafiante, pues en su traducción al español hay poco de ese mestizaje lingüístico que impresionó a la crítica de EEUU. No es fácil traducir a Junot Díaz; yo lo hice. Mi resultado es pobre.

1-¿Fue el Fuku el que te hizo demorar 11 años en escribir esta novela? ¿Qué fue? – No, nada de maldiciones. Solo yo. Era un libro difícil y yo no ayudé mucho peleando tanto con el material.

2- Han pasado ya varios meses desde que recibiste el Pulitzer y el National Book Critics, ¿ha cambiado algo de tu vida? ¿Cómo te tomas los aplausos de la crítica? -Los aplausos son buenos, pero es como cualquier elogio: nada que le sirva a un artista para vivir. Mi vida no ha cambiado nada, excepto que me invitan a más lecturas y estoy haciendo un poco más de dinero, pero no es nada si lo divido por los 11 años que me tomó escribir el libro. Bueno, ahora me gustar estar más solo que nunca antes.

3- ¿De dónde surge Oscar Wao? ¿Fuiste tu un nerd que le gustaba la literatura de género? – Pobre Oscar. ¡Siempre me culpan por él! Yo no tenía nada que ver con Oscar. Aunque también fui un nerd, fui uno diferente. Fui un nerd popular, no tanto en el colegio como en mi barrio. Oscar surgió de mi deseo de escribir sobre el dominicano más extraño posible. Estamos acostumbrados a los niños de la elite de Latinoamerica, los que leen Paul Auster y les gusta viajar por Europa, estamos acostumbrados a ese tipo de nerd. Pero no a un nerd como Oscar, que surge del deseo de unirse a la cultura pop americana desde un verdadero amor por el género.

4- ¿Qué te llevó a incluir la historia de la dictadura de Trujillo en la novela? ¿No sentiste el temor de hablar de un tema ya demasiado tocado? – Siempre he sentido que la manera en que el Trujillato ha sido puesto en la literatura es tan obvio y tan literal. Pienso que lo que yo hice con Trujillo y su dictadura era algo nuevo, algo diferente, algo útil. Todos los escritores son atraídos por figuras poderosas como Trujillo, estos híbridos dominicanos-americanos parecen los personajes perfectos. En todo caso, yo sólo hablo de él indirectamente.

5- ¿Crees La Maravillosa Vida Breve de Oscar Wao da cuenta de la cultura latina que late en Estados Unidos? – No estoy seguro.

6- De qué está más cerca esta novela, de qué estas más cerca tú: ¿de una nueva tradición litearia latina con sede en EEUU o de las novelas de Alfredo Bryce Echenique y la literatura de Latinoamericana? – Estas son preguntas de pasaporte. ¿Eres MAS americano o MAS latino? Me gustaría que alguien les preguntara esto a mis colegas latinoamericanos escritores que parecen tan profundamente enamorados por todas las cosas de Norteamerica. Soy ambos y ninguno. Pero hablando de Bryce Echenique: al menos no tengo el hábito de plagiar el trabajo de otros.

7- ¿Qué vínculos tienes con la literatura de Latinoamericana? – De nuevo una pregunta de pasaporte. Los americanos me hacen la misma pregunta pero esta manera: ¿qué vínculos tienes con la literature gringa?

8- ¿Cuánto te importa el lenguaje? – El lenguaje es mi vida, pero ese es el caso de muchas personas. Yo amo el lenguaje que es híbrido y amo el lenguaje que pretende ser puro. No soy muy intolerante sobre este artefacto humano central. Me ha dado tanto placer, tanta educación.

9- ¿Qué lees? ¿Cuáles han sido los autores que más te han influido? – Leo todo, todo el tiempo. Leí un par de libros esta semana. Estoy leyendo una novela de Vargas Llosa, (La) Tía Julia (y el Escribidor). Acabo de terminar 2666 de Bolaño. Estoy leyendo El Clan del Oso Cavernario, de Jean M. Auel. Y estoy leyendo de nuevo The Secret Life of Puppets, de Victoria Nelson. Qué me ha influenciado es más dificil de responder. A todos los que he leído, supongo. Pero probablemente nunca habría escrito una palabra si no fuera por Patrick Chamoiseau, Tony Morrison, Edward Rivera, Piri Thomas, Maxine Hong Kingston, Stephan King.

10- ¿Estás escribiendo algo nuevo? – No, nuevamente estoy soltero entonces estoy lidiando con el quiebre de mi última relación y toda la locura de la citas.