Marías en Chile

marzo 23, 2009

mariasJavier Marías ya está en Chile. Es una buena noticia que el autor de Mañana en la Batalla Piensa en Mi, Todas las Almas y Corazón tan Blanco esté por acá. O no, quizás exagero… Pero sí, está bien. Marías, uno de los mejores escritores de su generación (¿los otros? Vila-Matas, pero quién más), viene a recoger el Premio Iberoamericano José Donoso que entrega la Universidad de Talca.

En Santiago, Marías se sumará al ciclo La Ciudad y las Palabras de la escuela de Arquitectura de la UC y el jueves 26 de marzo, a las 18 horas, será entrevistado por Gonzalo Garcés. Es una actividad pública y gratuita en el Campus Lo Contador. Para reservar una entrada hay que escribir a Loreto Villarroel (lvillarr@uc.cl).

En su papel de entrevistador, a Garcés a veces se le pasa la mano con sus preguntas técnicas, pero hay que reconocer que se ha movido bien. A La Ciudad y las Palabras han venido ya Michel Houellebecq, Julian Barnes y Fogwill (sí, Fogwill viene siempre a Chile). Y para lo que resta del año se anuncian a un par de gigantes: ¡Richard Ford, Jonathan Franzen e Ian McEwan! Suena falso, pero está todo confirmado. Ford incluso ya pidió que lo sacaran a cazar.

¿Podrá la Cámara del Libro hacerle el peso a la UC y traer un par de estrellas a la Feria del Libro de Santiago? Lo dudo.

 

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No empecé por los cuentos. Descubrí a John Cheever con Falconer (1977), esa novela que no tiene nada que ver con los suburbios y, como supe después, es prácticamente autobiográfica. Cheever, como Farragut, también fue un adicto, tuvo una pesadilla por familia, se casó siendo homosexual y en cierto modo, pasó por la cárcel. No mató a su hermano -Fred, ese lastre insoportable con quien vivió un episodio de incesto antes de los 20 años-, pero ocupó laliteratura para hacerlo: “Te asesiné en las páginas Falconer”, le contó John a su hermano.

La historia es conocida: Cheever fue un escritor exitoso y aparentemente feliz. Sin embargo, después de su muerte The New Yorker -la revista que le compró casi todos sus relatos- publicó varias páginas de sus diarios revelando que era un hombre atormentado, triste y solitario. Una nueva biografía, escrita por Blake Baylei (quien también escribió sobre Richard Yates), insiste en lo mismo: Cheever lo pasó mal. Cheever: A Life tiene una gracia: Baylei tuvo acceso a todos los papeles del escritor. Entre ellos, las 4 mil páginas de su diario (Lo que dice NYTimes, Washington Post, Slate y The New Yorker).

A propósito del libro escribí una nota para La Tercera (aparece hoy -21 de marzo-, El Espía Solitario) y mientras buscaba información me topé con un video increíble. El 14 de octubre de 1981 The Dick Cavett Show recibió a Cheever y John Updike, amigos y próceres de la narrativa gringa. Dura media hora, y no sólo tiene la gracia de que junta a dos pesos pesados, además permite ver cómo era Cheever. Efectivamente, como anotó Rodrigo Fresán, tenía una “dicción engolada y patricia”. Y por sobre todo, se ve tranquilo, amable, hasta feliz. Repite su famosa frase -“escribir no es una deporte competitivo”- y se ríe en varias ocasiones. Véanlo. Véanlo ya.

Dejo dos citas del diario de Cheever. La primera es clásica: entrañable y desoladora. 

“Llevo a Ben y a sus amigos río abajo a pescar. Arañas y abejorros entre las rocas de terraplén. La fuerza de este lugar, de este ambiente. Cenizas, latas de cerveza, las vías oxidadas, un tren de mercancías de cien vagones que desaparece por una curva, un viejo que vacía a vejiga por tercera vez en una hora, muchachos que tiran piedras, el viejo pescador en el bote provoca a los más pequeños y gasta bromas durante el catecismo, las parsimoniosas sonrisas de los pasajeros que viajan en tren el sábado y responden a nuestros saludos. Un lugar sin salida, pero muy tranquilo. Me siento allí, bebiendo cerveza, aunque temo que los chicos se caigan desde el puente del ferrocarril a la caleta. Aunque me parece que lo que temo es tener que tirarme al agua para sacarlos. Soy un cobarde”

La segunda cita es la que todo periodista literario debe tener a mano cuando escriba sobre la obra y figura de Cheever. 

“No nací en una verdadera clase social, y desde muy pronto tomé la decisión de infiltrarme en la clase media como un espía para poder atacar desde una posición ventajosa, sólo que a veces me parece que he olvidado mi misión y tomo mi disfraces demasiado en serio”.

(La foto fue proporcionada por editorial Knopf. El crédito es de Stathis Orphanos)

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Salió el domingo en La Tercera. Un artículo a propósito de la nueva novela de Marcelo Simonetti, El Fotógrafo de Dios. Aparece en los primeros días de abril vía Norma y el legendario y misterioso Sergio Larraín tiene un papel protagónico. No la he leído aún, pero apuesto a que está buena. La nota, en todo caso, está más bien dedicada a Larraín. La foto de arriba es Petites filles, sacada por Larraín a mediados de los 50 en Valparaíso, justamente en el lugar donde años después viviría Simonetti. La imagen es propiedad de Magnum.

El fotógrafo que decidió ser un mito
Sergio Larraín impresionó a Cortázar y Cartier-Bresson. Pero cuando estaba en el apogeo de su carrera, dejó la fotografía y se retiró del mundo. Ahora vive en Ovalle, no da entrevistas y el escritorMarcelo Simonetti publica una novela que reconstruye su vida y, sobre todo, su misterio.

Bordea los 80 años. De vez en cuando se le puede ver en la plaza de Ovalle. Un hombre de baja estatura, delgado y canoso, que suele llevar cruzado un bolso artesanal. Hace clases de yoga en el pueblo de Tulahuén, donde vive prácticamente como un ermitaño. A veces, reparte gratuitamente folletos con poemas y  extos espirituales. No llevan su nombre. En la zona no saben quién es. Antes era fotógrafo, pero hace por lo menos 20 años colgó la cámara para siempre. Recorrió el mundo, inspiró a Julio Cortázar, trabajó con Pablo Neruda, impresionó a Henri Cartier-Bresson y ha sido el único chileno en las filas de la agencia Magnum. Pero Sergio Larraín se aburrió del mundo.

Sucedió en los 70, cuando estaba en la cima de su carrera. Prácticamente de un día para otro, Larraín dejó una vida glamorosa, con sede en Europa, y se radicó  n las montañas del Norte Chico. Algunos dicen que huyó de una sentencia dictada por la mafia siciliana. Otros, que simplemente se retiró a una vida espiritual. No da entrevistas ni les habla a los periodistas. En parte, por eso, el reportero y escritor Marcelo Simonetti no quiso ir a buscarlo. Su plan era aparecer en sus clases de yoga y volver a Santiago con una confesión. Pero cuando supo que le había cerrado las puertas a The New York Times, El País y toda la prensa  chilena, desistió. Se decidió por otra cosa: una novela.

Se llama El fotógrafo de Dios y llegará a librerías a inicios de abril, al alero de editorial Norma. Es la segunda novela de Simonetti, quien en 2005 ganó el premio Casa de América por La traición de Borges. Ahí contaba la historia de un chileno anónimo que se hace pasar por el autor de El Aleph para salir al mundo, casi  exactamente lo contrario a lo que relata en esta nueva novela: la búsqueda de un hombre que le dio la espalda al mundo para entrar en el anonimato. Larraín es el faro del libro.

En la obra de Simonetti, un fotógrafo de poca monta busca a su padre. Lo único que tiene de él es una foto sacada por Larraín. Manuel Ritjman se une a un empresario de segunda que quiere encontrar al mismo hombre, supuestamente el que retrató a Dios. Juntos lo buscan. De contrabando, Simonetti cuenta quién fue Sergio Larraín. O quien habría sido: “Más que el personaje de carne y hueso, me interesa el mito que se ha construido en torno a él. Ni siquiera quise ir a buscarlo. Temía que todo lo que había elaborado en mi cabeza respecto a él pudiera venirse abajo por las correcciones que pudiera hacerme el propio Larraín”, dice el escritor y columinsta de La Tercera.

Figura y leyenda. En realidad, de Larraín hay poco, más que mitos. Pero lo que hay es sustancial. Iba a meterse entre Neruda, Arrau, Matta. Hijo del reputado arquitecto Sergio Larraín García- Moreno, fundador del Museo de Arte Precolombino, nació en 1931 y a los 18 años salió de Chile. Estudió un par de años Ingeniería Forestal en la Universidad de California, pero una cámara Leica IIIC le robaba el tiempo. Viajó por Europa, Egipto y Oriente Medio, regresó a  hile para instalarse en Valparaíso e inició algo de la vida espiritual que más tarde lo tragaría. Leía, tomaba fotos.

Con una corresposalía para la revista brasileña O Cruzeiro inició su profesionalización en la fotografía. En los 50 retrató a los niños pobres de Santiago, a pedido el Hogar de Cristo y la Fundación Mi Casa. La serie fue su ticket al mundo: en 1956, el Museo Moderno de Nueva York (MoMa) le compró varios de esos trabajos. Poco después, Larraín viajaba a Inglaterra, becado por el British Council. Sus fotos de Londres impresionaron a Cartier-Bresson, quien lo sumó a la agencia Magnum. Al poco tiempo, sus retratos estaban en revistas como Paris-Match y Life. Paralelamente, Neruda le pide las fotos para un libro dedicado a su casa de Isla Negra.

En las babas del diablo. Larraín sigue disparando en los cerros de Valparaíso. Una tarde de 1956 se instala en el Pasaje Bavestrello y espera hasta que ve a dos niñas que bajan la escalera. El resultado fue bautizado como Petites filles y según el mismo fotógrafo diría después, es “la primera fotografía mágica nunca antes presentada”. Quizás: mientras Simonetti investigaba, la imagen lo atrapó. No era sólo su poesía, en e descanso de la escalera está la casa en que él mismo vivió hasta la adolescencia.

Fue Armando Uribe el que confirmó un viejo rumor: estando en París en los 60, el “Queco” Larraín tomó una fotografía enfocando a un costado de la Iglesia Notre-Dame. Sólo al revelar la imagen, Larraín se dio cuenta que había registrado, en palabras de Uribe, “un acto de malas costumbres”. Del acierto supo el  autor de Rayuela, quien lo ocupó para escribir el cuento Las babas del diablo (1964). Dos años después, Antonioni convirtió el cuento en la película Blow up.

Cuando se estrenó la cinta, Larraín se alejaba del mundo. En 1968 tomó contacto con Oscar Ichazo, líder del movimiento esotérico Arica, y aparentemente inició su retiro. La otra teoría, la leyenda, es más atractiva: la culpa es de la mafia siciliana. Enviado por Magnum, Larraín retrató a la organización criminal italiana y, quizás, lo hizo demasiado bien. O, como aventura Simonetti, “traspasó una línea peligrosa”. Corre el rumor de que el capo siciliano Giuseppe Genco
Russo lo condenó a muerte. Y Larraín escapó. Cambió de vida.

En los 70 Larraín sale definitivamente de escena. Cuando lo encontró la prensa, dijo que no daría entrevistas hasta que el gobierno chileno se preocupara del medioambiente. Alguna vez apareció en un congreso de fotografía en La Serena; no habló de su obra. Simonetti tampoco quiso escucharlo hablar. Le bastó el gesto: “Lo que me atrae es cómo un personaje toma una decisión tan radical de borrar todo lo que ha hecho en su vida. Esa valentía para dejar la casa, el dinero y la pasión por la fotografía”, asegura. Y adelanta que en El fotógrafo de Dios aventura una explicación. Desde ya: no será confirmada.

2010, la revista

marzo 10, 2009

n588690033_5949801_1730377El 19 de marzo, a las 19 horas, en la Sala Ercilla de la Biblioteca Nacional se lanza la revista 2010. A la cabeza están Natalia Figueroa (directora) y Cristián Arregui (editor). Por supuesto, el tema es Chile. Esta es la idea: “Revista 2010 es una publicación anual que busca actualizar una reflexión que reincorpore la literatura y la poesía de nuestro país en distintas problemáticas políticas y sociales, apuntando hacia la construcción de nuevos sentidos comunitarios para el Chile de hoy”.

Los encargados de presentarla son Jorge Baradit, Daniel Osorio y Bruno Vidal. Están todos invitados. Ese día se repartiran gratuitamente ejemplares entre los asistentes. Luego estará en algunas librerías.

La revista, muy bien diseñada por Nicolás Sagredo, tiene a participantes interesantes. Marcelo Montecino, Miguel Castillo Didier, Armando Uribe, Erwin Robertson, Roberto Suazo, Jorge Baradit, José Ángel Cuevas, Raúl Zurita, Elvira Hernández, Rosabetty Muñoz, Juan Verdejo Larraín, Armando Roa Vial, Bruno Vidal, Sergio Meier, Juan Manuel Silva, Carlos Henrickson, Patricia Espinosa, Carolina Melys, Héctor Hernández Montecinos, Cecilia Vicuña, Juan Carlos Cáceres y Cristián Gastelo.

También yo aporto con algo. Un artículo sobre Juan Luis Martínez, que eventualmente subiré. Empieza así:

Las huellas que borró Juan Luis Martínez

Puede haber sido en 1975. Junto a su esposa, Eliana Rodríguez, el poeta Juan Luis Martínez recorrió Santiago buscando una bandera chilena. No podía ser cualquiera. No podía ser una de plástico, el material que pronto se convertiría en el estándar para fabricar las banderitas que adornan septiembre. Buscaba una clásica de papel volantín. Pequeña. Tipo guirnalda. No fue fácil. Después de caminar en vano, preguntar aquí y allá, le dieron un dato: cerca de la población Eduardo Frei, en la comuna de El Bosque, alguien las confeccionaba a la usanza tradicional. Fue como encontrar un tesoro: Martínez se fue cargado de cajas y cajas de las banderas. Había encontrado la última pieza para La Nueva Novela.

En realidad, Martínez ya había terminado el libro unos años antes. O eso creyó. En 1971 llegó hasta la oficina de Pedro Lastra, que por entonces dirigía la colección Letras de América de editorial Universitaria. Quería publicar un libro en el cual venía trabajando por lo menos desde 1968. Heredero de las vanguardias francesas, el volumen que vio Lastra llevaba el título de Pequeña Cosmogonía Práctica y era, a grandes rasgos, una mezcla de collages, juegos lingüísticos y poesía tradicional. Algo prácticamente inexistente en la literatura chilena. Extraño, pero que sin embargo Lastra aprobaría. Poco después, el plan se derrumbó. Exactamente el 11 de septiembre de 1973 con el Golpe de Estado.

Luego del golpe, Martínez siguió trabajando en el libro en su casa de Villa Alemana. Hizo pocos cambios, aparentemente solo cuatro: la tituló La Nueva Novela, se decidió por una portada, incluyó dos anzuelos en la página 75 y le hizo una seña al panorama de funeral que dominaba Chile por entonces: Epígrafe para un Libro Condenado (La Política) se abre con una bandera chilena de papel volatín. De esas que compró en Santiago tras infatigables caminatas junto a su esposa. De esas que ya dejaron de existir.

serrano Ayer murió Miguel Serrano. Escritor esotérico y líder espiritual del nazimo chileno, para Armando Uribe debió recibir el Premio Nacional de Literatura. Otros, quizás la mayoría, creían que dificílmente era algo más que un fascista delirante. Mi posición sobre Serrano es tibia: a veces creía que él podía ver una aspecto mágico secreto en la maldición brutal del nazismo. En el último tiempo lo tenía catalogado por un loco encubierto de poca peligrosidad. Lo leí poco, me costaba tragarlo. Imposible no recordar La Literatura Nazi en América, de Bolaño. 

Lo entrevisté una vez en el 2004 mientras trabajaba en El Mostrador. Lo visité en su departamento en el edificio Bote de San Lucia, a pocos pisos de Jorge Marchant Lazcano, Jorge Edwards y Pablo Simonetti. Estaba débil, rayaba en el viejo gagá. En el living había varias svasticas nazi. No inspiraba miedo, pero sí algo de respeto. No sólo era la cabeza del nazismo local, además había formado junto a Herman Hesse y Carl Jung el Círculo Hermético (nunca he sabido exactamente qué es ese círculo, pero el nombre es impresionante) y tenía una historia en la literatura chilena nada despreciable. 

Sin embargo, Serrano en el 2004 ya estaba muy viejo. Creo que deliraba. No sé. Después de escribir el artículo, tuve la sensación de que era puro sensacionalismo barato: ¿Para qué entrevistar a Serrano? Para que hable locuras. No creí que tenía sentido. No era justo para él, y nosotros -yo- quedaba como un tonto dándole tribuna. Me limité a no firmar el artículo. 

Lo busqué y lo leí de nuevo. Dice cosas como estas: “Estamos viviendo en un mundo extrañísimo. Estamos viviendo en la superficie. Parecerá un chiste, una broma, pero la mayoría de la gente son clones, no son seres humanos, y actúan dirigidos, teledirigidos para lograr fines especiales”. 

Un par de cuñas más:

“Me dicen ‘por qué no creas un partido’, jamás: nos infiltran. Nos infiltran los servicios de inteligencia; entonces, nos hacen cometer crímenes y nos culpan. Lo que hay que hacer es no hacer nada. Me preguntaban la otra vez, cuántos son ustedes: millones, pero no los conozco. Y como están organizados: no estamos organizados, estamos de la mejor manera”.

 “Tratar de hacer trabajar el lado derecho del cerebro. ¿Para qué? Para tratar de tener contacto con los que antiguamente llamarían los dioses, llamémoslos los arquetipos. Eso es ser nazi”. 

“Mi escritura está fuera del tiempo, más allá del tiempo o en otro tiempo. Si uno se mete en la gran poesía, está hablando para la eternidad, no tiene tiempo. A mí no me preocupa el tiempo, no me preocupa la recepción ahora; dejó que los libros sigan su camino propio. Cuando uno está metido en la poesía, en la verdadera poesía, no se preocupa por el tiempo”.

“No, no me va pasar (ser olvidado) por una razón muy simple, porque estoy más afuera que aquí. A ver, ¿me irá a pasar? No. No porque si uno se conecta con los arquetipos de la vida, permite que los arquetipos actúen a través de uno. Ellos se encargan, porque los arquetipos no mueren y se encargan de resucitarlo a uno, de evitar que muera. Yo no voy a morir nunca, además”.

Respeto a varias personas que valoran su literatura y, en parte por eso, no puedo descartarlo como escritor. Pero a veces simplemente pienso que era un nazi despreciable. Me gana, por lo general, la idea de que habitaba un mundo paralelo, rarísimo, poético, peligroso, estúpido y muy despreciable. Atractivo en términos literarios, pero impracticable. Para mi, éticamente imperdonable. 

La página letras.s5.com rescató el artículo de El Mostrador. Tiene un par de datos biográficos más rigurosos que esto. Aquí está.