torche

Hablaba hace pocos días con Felipe Becerra, Maori Pérez y Diego Zuñiga. Ellos, narradores muy muy jóvenes y amenazantes, le pedían sangre a la literatura chilena. Lo exigían. ¿Sangre? Algo así como dejar la impostura y escribir honestamente. Por supuesto, arrojos así tienen su riesgo: que nadie le guste lo que escribes o que, por muy sincero que sea, termine siendo algo mediocre. Creo que Pablo Torche, 35 años, se arriesga en su primera novela, Acqua Alta. Y no entrega algo mediocre. Pero, seguro, no a todos les va a gustar el libro. Algunos lo encontrarán exhibicionista: Torche usa al menos una decena de estilos narrativos para contar una historia que se inicia con una anécdota muy básica: Pablo, un turista joven chileno, está a punto de tener un romance con una italiana en Venecia. De ahí a una oscura intriga bizantina y coqueteos con el porno en viejas bodegas venecianas, hay apenas un par de capítulos. En algún momento, se pone difícil seguir a Torche. Es intencional: Acqua Alta es inestable. Por vocación. De una página a otra, se lee algo parecido al Fuguet de Mala Onda y a la otra, aparece Homero. Si se parece a algo chileno, pienso en el Cristián Huneeus de El Rincón de los Niños y en el Carlos Labbé de Navidad y Matanza. Hablo estríctamente en términos formales pues, en buena parte, Acqua Alta juega sus fichas en lo estríctamente formal. En esa línea, Borges y Perec sobrevuelan también esta novela.

Por supuesto, puede que yo esté totalmente equivocado. En parte, el mismo Torche parece decírmelo oblícuamente al responder unas pocas preguntas sobre Acqua Alta. Sospecho que indirectamente se ríe un poco del entrevistador. No está mal.

-Después de dos libros de cuentos (Superhéroes, En Compañía de Actores), ¿cómo fue escribir esta novela? ¿Te costó? -Sí. Un cuento se puede escribir en par de días o en un par de semanas. Si no funciona, se desecha y se escribe otro. Una novela en cambio se acumula por meses, quizás años, hasta que se transforma en una especie de proyecto vital. La presión entonces es enorme. Escribir una novela, creo, es ir descubriendo siempre nuevas capas de sensibilidad. Entonces, el desarrollo y cierre no es algo lógico o puramente argumental, es descubrir una nueva experiencia, y una nueva forma de decir.

– ¿Qué gatilla Acqua Alta? ¿La historia entre Pablo y Chiara? O ¿el hecho de armar una novela con diferentes estilos narrativos? –Siempre había querido abordar una novela así caleidoscópica, como esta. De pronto me arrojé con una historia común y corriente, una pareja, una cita, un amor. Y la refracción de estilos empezó a resultar. Yo mismo me sorprendí de ello, pero decidí seguir adelante. Y me sorprendí aún más de lo que empecé a descubrir ahí.

– ¿Por qué Venecia? -Como decía Borges, no sabemos por qué nos gusta el te en vez que el café, o por qué nos gusta la noche. (Beckett, que era un poco más malas pulgas, decía “Cómo diablos voy a saber”). Yo, con menos luces, tampoco sé. Supongo que me gusta, me resulta inspiradora.

– Entre las páginas 205 y 208 se puede leer un índice de autores y textos. ¿Puede entenderse como una guía para seguir los estilos narrativos que usas en Acqua Alta?  –Sí, no, ¿guía? Esa palabra como que me pone en guardia. Es un capítulo que está hecho sólo con versos, trozos, fragmentos, que me daban vueltas. Cada quien tiene los suyos, que se cuelan siempre en los textos. Yo sólo decidí dar testimonio de las fuentes, una por una, desde Homero hasta poesía chilena contemporánea. Obviamente hay preferencias, pero no lo tomaría como carta de navegación.

– ¿O esa lista puede entenderse como una guía de tus lecturas? En ese caso, no veo ahí a George Perec, a quien creo que podría rastrearse en Acqua Alta. (O a Borges). – Sí, bueno, a Perec le gustaban los puzzles y los crucigramas. Es decir, el significante por sobre el significado… Yo no sé si suscribo eso. Es decir, para no usar eufemismos, no lo suscribo. Luego Borges decía “la literatura ha perdido mucho tiempo con el amor, no sé por qué” Eso creo que de algún modo lo cito, todo el libro rodea esa cita. (Nota para el entrevistador: no sé si estoy respondiendo esta pregunta…). Perec era un grande, cualquier editor se sentiría orgulloso de publicarlo, ¿Quién es uno para rasurarle su barba de chivo?

– En la seguda parte, el narrador -un narrador- insiste en que debe dejar de mentir y decir la verdad. ¿La literatura corre el riesgo de
mentir inevitablemente? –
O sea, sin literatura no hay verdad. Por eso las sociedades sin literatura se empobrecen ineluctablemente. Escribir es buscar las palabras que capturen una experiencia, una experiencia huidiza, móvil. Desde luego no es una búsqueda lógica o completamente racional. Pero reducir la experiencia humana a lo puramente racional es siempre un reduccionismo. Este es el problema de la sociedad chilena ahora: valoramos sólo lo racional, lo concreto, en el fondo lo literal. Por quedarnos con estas pequeñas verdades literales, perdemos el sentido más profundo. Por eso a Chile le cuesta ahora reconocerse a sí mismo, se siente extraviado, enrabiado, herido. (Nota: ¿estoy sonando muy conservador con esto? Siempre me cuelgan estas acusaciones de conservadurismo casi reaccionario por decir cosas como esta, que yo considero de lo más normales).

– En la lista de textos nombras a Alberto Fuguet, Germán Carrasco, Guillermo Blanco, Roberto Bolaño, Pablo Neruda. ¿Por qué esos escritores chilenos? ¿Qué tienen ellos que quisiste emularlos? (¿Quisiste emularlos?) – Bueno, ya llegamos a Chile. A Guillermo Blanco lo leí en el colegio, lectura obligatoria, siempre recordé esa novela de amor, de iniciación, y en mi recuerdo estaba llena de líbido, de sensualidad. Pero es una novela que, como se dice ahora, “envejece mal”, cuando uno la relee es muy débil, casi infantil. A Neruda no me atrevería siquiera a tratar de emularlo. Yo soy nerudiano acérrimo, pero jamás osaría ver los senderos de Machu-Pichu como serpientes despeñadas, o el tiempo como manantiales rotos, simplemente no doy el ancho. En general, creo que uno debe buscar maestros, pero el trato con ellos debe ser insumiso, como dicen por ahí. En Chile hay mucho magisterio y subordinación, yo lo veo como un rasgo de colonialismo cultural.

– ¿Te sientes cercano a la litertura que se escribe actualmente en Chile? O bien, ¿qué escritores chilenos te interesan? –Así, de guata, no, no me siento cercano, pero ¿cercano de qué? A veces me identifico más con los poetas que con los narradores. Chile es muy grande, y hay mucha gente tratando de llenarlo. En términos literarios, la idea es que lo vayamos construyendo entre todos. Pero para mi gusto todavía falta mucho, sobre todo insumisión, (lo que decía antes), hay mucha reverencia, mucha conformidad, mucha transliteración banal de ciertos temas o problemas sociales de moda, que da por resultado una literatura facilista, trivial, aburrida en suma. Los narradores actuales que más me gustan son Missana, Zambra y Bisama.

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Damo Suzuki en Chile

mayo 16, 2009

damo

¿Qué pasaría si Damo Suzuki estuviera al frente de Congelador?  Lo sabremos el 5 de junio cuando la reunión suceda en el Cine Arte Normandie. Alucinante, es poco. No tanto por los chicos de Congelador- que siempre están bien-,  sino por tener en Chile al más legendario vocalista de Can, la banda más increíble del Krautrock alemán. Supongo que Suzuki trae un show lleno de gritos raros e incomprensibles y no va a cantar nada parecido a canciones como Bel Air, Halleluhwa o I’m So Green, pero siempre es bueno ver a un mito viviente como él en el escenario. Un lujo. Suzuki -un loco de atar que pasó varios años deambulando como algo cercano a un Testigo de Jeová- puso las voces para los mejores discos del grupo: Tago Mago (1971), Ege Bambyasi (1972) y Future Days (1973), la serie con que Can que se convertiría en una banda ineludible: rock de vanguardia, nada de lata progresiva, con mucho groove, a veces experimental, precursores de la electrónica y de ese raro momento en que los 90 apareció el post-rock.

Super 45 tiene los datos.

La ambición de Gumucio

mayo 11, 2009

gumucio

“¿Te gustó?”, me pregunta de entrada Rafael Gumucio. Pasó hace dos semanas. Llegué al mediodía a su oficina en la Universidad Diego Portales a entrevistarlo por La Deuda, su última novela. “¿Te gustó?”, me insiste. No contesto, doy indirectas. Pasamos a lo que piensan los otros: Patricia Espinosa barrió el piso con el libro. A Juan Manuel Vial y a Pedro Gandolfo tampoco les gustó. Rodrigo Pinto diría, pocos días después, que Gumucio perdió su ironía y desparpajo. ¿Qué habría escrito Camilo Marks? No entramos en conjeturas. Hablamos de la ética de la novela del siglo XIX, del ensayista que lleva adentro, de Chile, de Flaubert, de la literatura posmoderna, de la responsabilidad de la crítica… Es primera vez que hablo con Gumucio. He conversado por teléfono con él, pero no lo conozco. Tenía 16 años cuando lo vi por primera vez en Gato por Liebre. Era raro verlo en la tele. Era raro que alguien con esa pésima dicción estuviera en la tele. Le creí. Estaba de su parte. Apoyaba su incorrección noventera. Prefería sus opiniones literarias a la de Faridé Zerán en el Show de los Libros. Seguí Plan Z desde el primer capítulo.

En vivo, me pasa lo más imbécil: confundo al Gumucio real con el personaje. En su oficina, en medio de la entrevista, lo veo mirando la pantalla del computador, esperando que caiga un mail en la bandeja de entrada -¿qué espera?- y me lo imagino una escena de Aplaplac. Cuando apago la grabadora, tengo que decir algo. No miento y le digo que creo que le costó escribir más de un capítulo de la novela. No digo que me aburrió. No sólo porque no quiero que se sienta mal -por lo demás, qué vale mi opinión-, también porque no quisiera haberme aburrido: quisiera que Gumucio hubiese exhibido  su más ácido sentido de la observación y que La Deuda fuese retrato de la miserias de la socidad chilena de los 90 sin concesiones. Quisiera que La Deuda mostrara pliegues desconocidos de la clasea media y especialmente de la generación que después de pelear contra Pinochet se achanchó en productoras, consultoras y la administración del Estado. Quisiera que La Deuda fuera la prueba de que Gumucio está cada vez más cerca de ser un novelista clave de la literatura chilena. Nada. Mis deseos no se cumplen. 

La entrevista finalmente apareció con este título: Rafael Gumucio: “Mi novela es valiente” (el 26 de abril en La Tercera; no sé cómo llevarlos hasta allá). Puede ser cierto. Es ambiciosa, tiene una estructura clásica cada vez más en desuso y se impone la meta de decir ideas cuerdas sobre la culpa y la sociedad chilena. Pero falla varias veces: anudar la trama -del contador de las estrellas hasta el Mop-Gate- le obliga dar vueltas inverosímiles. Sorprende menos que una buena columna de Gumucio en The Clinic. Y explica demasiado cosas que ya sabemos. A La Deuda le faltan las preguntas sin responder que abundan en El Fotógrafo de Dios, la nueva novela de Marcelo Simonetti, y algo, que sea un poco, de la obsesión por lo excéntrico de Alvaro Bisama en Música Marciana. Acaso Simonetti y Bisama son esos escritores que están cada vez más cerca de acompañar a Alejandro Zambra entre los postulantes a ser un “novelista clave de la literatura chilena”. Seguiré leyendo. Acqua Alta, de Pablo Torche, estará en pocos días en las librerías. Ya tengo mi ejemplar y he demorado en empezar. Pero lo que me tiene más intrigado es Diagonales, la primera novela del sorprendente y jovencísimo Maorí Pérez. Cuarto Propio la pondrá en librerías a fines de mayo.