El caleidoscopio de Torche

mayo 28, 2009

torche

Hablaba hace pocos días con Felipe Becerra, Maori Pérez y Diego Zuñiga. Ellos, narradores muy muy jóvenes y amenazantes, le pedían sangre a la literatura chilena. Lo exigían. ¿Sangre? Algo así como dejar la impostura y escribir honestamente. Por supuesto, arrojos así tienen su riesgo: que nadie le guste lo que escribes o que, por muy sincero que sea, termine siendo algo mediocre. Creo que Pablo Torche, 35 años, se arriesga en su primera novela, Acqua Alta. Y no entrega algo mediocre. Pero, seguro, no a todos les va a gustar el libro. Algunos lo encontrarán exhibicionista: Torche usa al menos una decena de estilos narrativos para contar una historia que se inicia con una anécdota muy básica: Pablo, un turista joven chileno, está a punto de tener un romance con una italiana en Venecia. De ahí a una oscura intriga bizantina y coqueteos con el porno en viejas bodegas venecianas, hay apenas un par de capítulos. En algún momento, se pone difícil seguir a Torche. Es intencional: Acqua Alta es inestable. Por vocación. De una página a otra, se lee algo parecido al Fuguet de Mala Onda y a la otra, aparece Homero. Si se parece a algo chileno, pienso en el Cristián Huneeus de El Rincón de los Niños y en el Carlos Labbé de Navidad y Matanza. Hablo estríctamente en términos formales pues, en buena parte, Acqua Alta juega sus fichas en lo estríctamente formal. En esa línea, Borges y Perec sobrevuelan también esta novela.

Por supuesto, puede que yo esté totalmente equivocado. En parte, el mismo Torche parece decírmelo oblícuamente al responder unas pocas preguntas sobre Acqua Alta. Sospecho que indirectamente se ríe un poco del entrevistador. No está mal.

-Después de dos libros de cuentos (Superhéroes, En Compañía de Actores), ¿cómo fue escribir esta novela? ¿Te costó? -Sí. Un cuento se puede escribir en par de días o en un par de semanas. Si no funciona, se desecha y se escribe otro. Una novela en cambio se acumula por meses, quizás años, hasta que se transforma en una especie de proyecto vital. La presión entonces es enorme. Escribir una novela, creo, es ir descubriendo siempre nuevas capas de sensibilidad. Entonces, el desarrollo y cierre no es algo lógico o puramente argumental, es descubrir una nueva experiencia, y una nueva forma de decir.

– ¿Qué gatilla Acqua Alta? ¿La historia entre Pablo y Chiara? O ¿el hecho de armar una novela con diferentes estilos narrativos? –Siempre había querido abordar una novela así caleidoscópica, como esta. De pronto me arrojé con una historia común y corriente, una pareja, una cita, un amor. Y la refracción de estilos empezó a resultar. Yo mismo me sorprendí de ello, pero decidí seguir adelante. Y me sorprendí aún más de lo que empecé a descubrir ahí.

– ¿Por qué Venecia? -Como decía Borges, no sabemos por qué nos gusta el te en vez que el café, o por qué nos gusta la noche. (Beckett, que era un poco más malas pulgas, decía “Cómo diablos voy a saber”). Yo, con menos luces, tampoco sé. Supongo que me gusta, me resulta inspiradora.

– Entre las páginas 205 y 208 se puede leer un índice de autores y textos. ¿Puede entenderse como una guía para seguir los estilos narrativos que usas en Acqua Alta?  –Sí, no, ¿guía? Esa palabra como que me pone en guardia. Es un capítulo que está hecho sólo con versos, trozos, fragmentos, que me daban vueltas. Cada quien tiene los suyos, que se cuelan siempre en los textos. Yo sólo decidí dar testimonio de las fuentes, una por una, desde Homero hasta poesía chilena contemporánea. Obviamente hay preferencias, pero no lo tomaría como carta de navegación.

– ¿O esa lista puede entenderse como una guía de tus lecturas? En ese caso, no veo ahí a George Perec, a quien creo que podría rastrearse en Acqua Alta. (O a Borges). – Sí, bueno, a Perec le gustaban los puzzles y los crucigramas. Es decir, el significante por sobre el significado… Yo no sé si suscribo eso. Es decir, para no usar eufemismos, no lo suscribo. Luego Borges decía “la literatura ha perdido mucho tiempo con el amor, no sé por qué” Eso creo que de algún modo lo cito, todo el libro rodea esa cita. (Nota para el entrevistador: no sé si estoy respondiendo esta pregunta…). Perec era un grande, cualquier editor se sentiría orgulloso de publicarlo, ¿Quién es uno para rasurarle su barba de chivo?

– En la seguda parte, el narrador -un narrador- insiste en que debe dejar de mentir y decir la verdad. ¿La literatura corre el riesgo de
mentir inevitablemente? –
O sea, sin literatura no hay verdad. Por eso las sociedades sin literatura se empobrecen ineluctablemente. Escribir es buscar las palabras que capturen una experiencia, una experiencia huidiza, móvil. Desde luego no es una búsqueda lógica o completamente racional. Pero reducir la experiencia humana a lo puramente racional es siempre un reduccionismo. Este es el problema de la sociedad chilena ahora: valoramos sólo lo racional, lo concreto, en el fondo lo literal. Por quedarnos con estas pequeñas verdades literales, perdemos el sentido más profundo. Por eso a Chile le cuesta ahora reconocerse a sí mismo, se siente extraviado, enrabiado, herido. (Nota: ¿estoy sonando muy conservador con esto? Siempre me cuelgan estas acusaciones de conservadurismo casi reaccionario por decir cosas como esta, que yo considero de lo más normales).

– En la lista de textos nombras a Alberto Fuguet, Germán Carrasco, Guillermo Blanco, Roberto Bolaño, Pablo Neruda. ¿Por qué esos escritores chilenos? ¿Qué tienen ellos que quisiste emularlos? (¿Quisiste emularlos?) – Bueno, ya llegamos a Chile. A Guillermo Blanco lo leí en el colegio, lectura obligatoria, siempre recordé esa novela de amor, de iniciación, y en mi recuerdo estaba llena de líbido, de sensualidad. Pero es una novela que, como se dice ahora, “envejece mal”, cuando uno la relee es muy débil, casi infantil. A Neruda no me atrevería siquiera a tratar de emularlo. Yo soy nerudiano acérrimo, pero jamás osaría ver los senderos de Machu-Pichu como serpientes despeñadas, o el tiempo como manantiales rotos, simplemente no doy el ancho. En general, creo que uno debe buscar maestros, pero el trato con ellos debe ser insumiso, como dicen por ahí. En Chile hay mucho magisterio y subordinación, yo lo veo como un rasgo de colonialismo cultural.

– ¿Te sientes cercano a la litertura que se escribe actualmente en Chile? O bien, ¿qué escritores chilenos te interesan? –Así, de guata, no, no me siento cercano, pero ¿cercano de qué? A veces me identifico más con los poetas que con los narradores. Chile es muy grande, y hay mucha gente tratando de llenarlo. En términos literarios, la idea es que lo vayamos construyendo entre todos. Pero para mi gusto todavía falta mucho, sobre todo insumisión, (lo que decía antes), hay mucha reverencia, mucha conformidad, mucha transliteración banal de ciertos temas o problemas sociales de moda, que da por resultado una literatura facilista, trivial, aburrida en suma. Los narradores actuales que más me gustan son Missana, Zambra y Bisama.

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3 Responses to “El caleidoscopio de Torche”

  1. estex Says:

    maorí, zúñiga y becerra…

    siempre se me repiten esos nombres

    me gustaría más información acerca de la novela (dónde conseguirla, valor…)

  2. alvaro Says:

    el primer paso para hacer sangrar la literatura chilena es dejar de mirarse el ombligo..la literaturta no es algo tan importante ,sin embargo algunos escriben haciendolo ver asi.Creo que esa es una de las razones por la que la narrativa esta tan atrasada en chile.

  3. edú Says:

    Las ideas de este escritor me hacen acordar el título de una antigua novela chilena de Mendez Carrasco… “Cachetón pelota”.


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