La fe de McEwan

septiembre 9, 2009

McEwan

Maldito McEwan. Estaba feliz leyendo Un Paseo Solitario, la demente primera novela del inglés Gul Y. Davis (1973), pero llegó Ian McEwan a Chile. Y me hizo dudar si el libro de verdad era bueno. Mi plan era escribir aquí que Davis estaba en camino a convertirse en un ineludible. Estaba entusiasmado. Iba a aplaudir al J.B. Priestley Award for Young Writer por premiarlo; iba a agradecerle a editorial Periférica por publicarlo y a Daniel Gascon por traducirlo (y a Hueders por hacer llegar el libro a La Tercera). Diría que Un Paseo Solitario es un crudo, tierno, triste y desesperanzador viaje al corazón del sistema de atención psiquiátrica británica. O un viaje al desamparo. Lo sigue siendo: relata el paseo de Wil, una adolescente que ha pasado casi toda su vida encerrado en sanatorios. En una alta momentanea, se escapa para encontrar a la sirena que lo salvará.

Will no tiene a nadie en el mundo. No le bastan las sonrisas de las enfermeras dulces ni las palabras de ánimo de un ocasional enfermero comprensivo. Tampoco los coqueteos con alguna loca anoréxica compañera de psiquiátrico. Sus padres son un desperdicio. No sabemos exactamente qué padece Will, pero sí que se ha intentado suicidar, tiene algún trastorno con la comida, le dan pánico los medicamentos y no puede parar de llorar. “Atrapado en este mundo humano… ¿formaré parte de él alguna vez?”, piensa atontado por los llamados de su sirena. Aunque parezca, es más que un adolescente tipo Holden Caulfield. Pero algo hay de El Guardían entre el Centeno en Un Paseo Solitario. La desorientación y el hastío del mundo, aunque aquí llevada a niveles psiquiátricos.

Aunque no sabemos qué enfermedad sufre Will, sí sabemos cuál sufre Gul Y. paseo solitarioDavis: Trastorno Obsesivo Compulsivo. Según un perfil de The Guardian, el escritor ha pasado 21 años encerrado en psiquiátricos. Recién en los últimos años lo diagnosticaron correctamente y un tratamiento lo ayuda. Antes sufrió: cualquier cosa a su lado le daba terror, pensaba que inevitablemente terminaría usándolas para suicidarse. Antes, más joven, se obligaba a vomitar dosis exactas de comida en lugares especiales. Davis cuenta su historia en un artículo reproducido por el diario Público. Dice que Un Paseo Solitario está basado en sus recuerdos. Termina esperanzadoramente: “Hubo final feliz”.

Entonces McEwan llegó a Chile. Ayer en la mañana, en el seminario Revolución Darwin, el autor de Amsterdam leyó un sorprendente ensayo sobre la originalidad en la ciencia y el arte. Lo mejor fueron las reconstrucciones de los dramáticos momentos en que Darwin y Einstein terminaron de dar forma a sus famosas teorías. Notable. Más tarde, McEwan llegó al CEP. Estaban ahí: Gonzalo Contreras, Carla Guelfenbein, Pablo Simonetti, Ernesto Ayala, Oscar Bustamante, José Miguel Varas, Marta Blanco, Carlos Iturra, Oscar Contardo, Andrea Palet y un par más que se me van. De nuevo, notable: sorteó las balbuceantes preguntas de David Gallagher y respondió las bastante más respetables de Arturo Fontaine con claridad e inteligencia. “I don’t’ know what the hell I’m doing”, dijo intentado resumir su método de trabajo.

La frase no lo resume a él. McEwan es aplicado, profesional y mateo. Y tiene una fe enorme en la novela. Me dijo esto el domingo pasado en el lobby del Ritz: “La novela es una gran herramienta para investigar cambios históricos y sociales, las relaciones entre individuos… No hay otra forma de arte que pueda igualarla. El cine no puede darte esa mirada al interior, tampoco el teatro. La novela es la herramienta suprema para investigar estados de conciencia, ya sean privados o sociales”.

Y ayer en el CEP me hizo dudar de Gul Y. Davis y El Paseo Solitario. Carlos Iturra la preguntó si hoy servían de algo las novelas. Dijo esto:

“Los autores del siglo XIX parecían ser capaces de sostener a toda la sociedad. No creo que hoy ningún escritor británico pueda hacer lo que Dickens hacía. No le damos la suficiente importancia a las novelas. Temo que la novela se está desintregrando en una interminable subjetividad. Toda una generación de escritores ingleses sólo escribe en primera persona, sólo escribe sobre estados emocionales, sólo escribe desde un punto de vista subjetivo sobre su mundo inmediato. En Inglaterra tenemos toda una generación de personas que no puede decir una frase sin que suene como una pregunta. Existe la posibilidad de que la novela se convierta en interminables pequeñeces. Es realmente peligroso. Es un problema, pareciera que los escritores hoy se avergüenzan de las ideas. Solo quieren escribir sobre emociones. Y no parece ser suficiente. Por supuesto, la novela es un género muy emocional, pero también es una gran herramienta para jugar con ideas”.

He escuchado casi esas mismas palabras de Rafael Gumucio y de Andrés Neuman. Ambos me sonaron razonables. Pero es distinto escucharlas de alguien que ha escrito novelas como Sábado, Chesil Beach o Expiación. No creo que sea precisamente “peligroso” tanta primera persona, tampoco podría decir que dejó de gustarme Un Paseo Solitario -novela que recomiendo-, pero algo de razón tiene el hombre. No se trata tirar a la basura los balbuceos personales -algunos llegan a ser maravillosos-, prefiero entender las palabras de McEwan como un desafío. Una propuesta. O, quién sabe, quizás la literatura de verdad no sirve para nada y McEwan es un ingenuo.

Les dejo la nota que escribí sobre McEwan para La Tercera. Donde dice que Sam Mendes va a dirigir Chesil Beach.

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6 Responses to “La fe de McEwan”

  1. MOF Says:

    Qué increíble que McEwan esté en Chile. Muy buen texto el del diario.
    Mis saludos.

  2. Diego Says:

    A partir de tu texto me he puesto a pensar en los pocos autores que fueron a ver a Ford, en comparación con la lista de nombres que fueron, esta vez, a ver a McEwan.
    Leo eso y me molesta muchísimo, muchísimo el snobismo de la reputa, la falta de lecturas y, sobre todo, me molesta que no hayan captado que richard ford es tremendo y que haya estado en chile es, sin duda, algo absurdo.
    me molesta que guste más McEwan que Ford. Me molesta porque Ford tiene huevos y McEwan no, ése es el asunto y eso, creo, probablemente habla de nosotros, chile, de su narrativa, de los lectores, sí, de los lectores de McEwan que, en muchos casos, son viejas burguesas que se emocionaron al ver Expiación en el cine.
    No es nada contra ti, Roberto.
    Es contra el mundo.

    Un abrazo, muy buen texto y me dieron ganas de leer un paseo solitario. Aunque creo que después de “El guardián entre…” la novela que lo sigue en ese poder es Postales de invierno. Sí, la obsesión por Ann Beattie y los gringos.
    Interminables.

    • robertocareaga Says:

      Huevos? No sé, Diego, no creo que se trate de un asunto de huevos. O quizás sí: para escribir Chesil Beach hay que ser valiente: si McEwan no tenía arrojo, esas 180 páginas habrían quedado como un ejercicio de estilo pretencioso y vacío, que ni siquiera habría entusiasmado a las viejas cuicas. en cambio, es una pesadilla. británica, si quieres. y si te asustas, no te la puedes con la estructura de Expiación. lo mismo para Ford: asustado, no sacaba ni 10 páginas de Bascombe.
      Y sí, estoy contigo: finalmente fue absurdo que Ford estuviera en Chile. Pareciera que jamás hubiera estado. Al menos no para los escritores chilenos (¿los escritores chilenos?). Un desperdicio. Alguien debe estar preguntándose si valió la pena traerlo.

      un abrazo, Diego.
      yo tampoco olvido Postales de Invierno.

  3. esteban Says:

    buen post
    me dieron ganas de leer los libros que mencionas y los mencionados por mis colegas de respuestas.

    ahora: cómo consigo postales de invierno? no la encontré en bibliotecas…en fin.

  4. Nynuk Says:

    De Ford leí Incendios, y a McEwan creo que jamás lo leeré. ¿Qué clase de idiota calvo amparado en su bandera y en la tradición, cree todavía que las novelas “grandes” o “totales” son algo más que el mismo gesto subjetivo, amparado ideológicamente en un espectro de poder mayor? Un libro bueno es un libro que hace bien, y en el peligro del “pequeño gesto íntimo” (cuyo único riesgo, aparentemente, es contradecir a McEwan en su propuesta estética) yace algo más hermoso que en el resabido discurso épico de los países anglosajones. Lo emotivo acarrea un bagaje ideático muy grande, pues no se trata solo de reproducir una sensorialidad, sino de precisarla, de aprehenderla, y de conseguir darle un orden ficcionado. Evidentemente que hay un riesgo, pues es mucho más difícil conectar con una emoción, como principio del asunto, que con una idea; la idea es un ensamblaje, y asumo que también un engranaje narratológico, y por eso nadie podría contradecir lo que dice McEwan, sólo que, quizás, del mismo modo en que nadie puede contradecir que el punk es música placentera. No significa que sean grandes sinfonías, pero cumplen su propósito, y ahí, creo yo, es donde el “súper objetivo” McEwan se cae y decae, empieza a dejar de aspirar a una literatura elaborada, que considere todas las posibilidades estilísticas y de verdad interprete y recree la cultura. De cierto (y para terminar) que hubiese ido a los dos coloquios del anglonacionalismo si allí hubiese estado Paola Giannini, quien me parece muchísimo más interesante que esos libros para ancianos seguros, los de ford, los de mcewan, con excepción del que asombra aquí a nuestro periodista favorito, que espero leer cuando vuelva a recibir mi cheque mensual.


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