Marín, el medium

octubre 19, 2009

german marin

“Le agradecería en suma, durante nuestras conversaciones vespertinas, que siempre tuviera encima de la mesita de caoba, junto a las siete velas encendidas, la pistola Colt 7.65 mm que me une a la vida, pero acerca de esto, si le parece, hablaremos del rezo que abre la sesión y, tras el final, agradecer de mi parte la ofrenda con el platillo de alimentos que usted, madre medium, tiene siempre frente a mi puesto”.

Desde ultratumba, convertido en un atado de huesos amarillos, habla Miguel Sessa. Le dicta su vida a su madre, una medium capaz de comunicarse con su hijo muerto. Según Germán Marín algo de eso sucedió (o sucede aún): su tía, la madre de su primo Miguel, encerrada en su casa recibe el dictado de su hijo desde el más allá. Quizás es un síntoma de locura, pero a Marín le sirvió para montar su última novela, La Segunda Mano: la historia de su primo, un niño cruel y joven playboy que seducido por el fascismo y temeroso del avance popular del socialismo, se suma al movimiento de extrema derecha Patria y Libertad para desestabilizar el gobierno de Salvador Allende. Eso sí es cierto: Miguel Sessa fue el brazo de derecho de Roberto Thieme y jefe de operaciones de Patria y Libertad. Estuvo involucrado en la muerte de un trabajador del Canal 5 de Concepción, preparó el secuestro de un avión comercial para generar caos y murió en una clínica clandestina de PL desangrado tras un accidente carretero a pocos días del Golpe de 1973. En la vereda del frente, Marín era un maoista conocido por su apoyo a la Unidad Popular. A veces se reunía con Miguel para caminar por Vitacura (leer el invernal cuento Mi Primo Miguel) y conversar sobre el destino del país. Se habían críado juntos. Fueron, alguna vez, levemente amigos. Eran familia.

Morosa, espesa, ácida y de un intenso humor negro, La Segunda Mano es la clásica novela de Marín: un merodeo nauseabundo por los escombros en torno al 11 de septiembre. Aquí no llega a narrar el golpe, pero sigue pulso a pulso el giro que llevó a Miguel a tomar un arma y a comprometerse en la caída de la UP para torcer la historia. Sigue la ruta negra que desencadenará el bombardeo. Lo mueve su familia, el dinero, la seguridad de la superioridad. Inevitablemente cariñoso con su madre, Marín dota a su primo de un tono solemne y grave, elegante e hipnótico. Pero es obvio: es un hijo de puta. Es también un eco del pasado. Un fantasma desdichado. Un alma en pena. Un zombie imposible de matar que sigue viniendo directamente desde la pólvora encendida de agosto de 1973. Imagino a Marín, auto inducido con algo de maldad, dejarse llevar en la mezcla de realidad y ficción mientras escribía, como siempre a lapiz, La Segunda Mano. Lo imagino poseído por la incorrección de dotar a un pequeño demonio (“asesino sádico”) de temores rastreros y alma ambigua. Imagino a Marín escribiendo a lo medium sobre las sombras que lo marcaron para siempre a él y, por buenas décadas, a todo Chile.

Algunos creen que con Mi Primo Miguel bastaba, el cuento de Conversación para Solitarios donde por primera vez aparece retratrado Miguel Sessa. En realidad es un preámbulo: ahí Sessa y su familia están perfilados, ya se siente la tensión desesperante que se apoderaba de Santiago las semanas previas al golpe, pero no está el alma en pena. Y la novela es eso: una insoportable resaca que trae de vuelta una noche de terror. Nada la espanta. Menos la muerte.

Dicen que en la aplastante trilogía Historia de una Absolución Familiar Marín llegó a su tope (¿o fue en la trilogía de Un Animal Mudo Levanta la Vista?) . Puede ser. Puede ser que La Segunda Mano sea una nota al pie, un apostilla, pero quizás justamente por eso -por que Marín acota el plano y no se desvía del dictado desde el más allá-, esta es una novela más accesible, más inolvidable y terrorífica. Y, sí, es una novela increíble. Lo raro es que fuera de Chile Marín sea prácticamente un desconocido. Alguien debería echar a correr sus libros por las universidades neoyorquinas.

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