Fabián Casas / JL Martínez

noviembre 11, 2009

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“La primera vez que vine tenía como 22, 23 años. Vine a un encuentro de poetas jóvenes chilenos argentinos. Ahí nosotros casi te diría que empezamos a leer más poesía chilena que argentina. Vinimos acá y arrasamos con la calle San Diego, nos llevamos todo Lihn, Maquieira, Zurita, antología de poesía lárica. De hecho, yo en un momento fui a ver a Juan Luis Martínez a Villa Alemana, me quedé como dos o tres días con él. Sí, hace montón. Fue genial. Creo que fue en el 88 o el 90, en el cambio de década. Yo no tenía La Nueva Novela, me habían contado sobre La Nueva Novela. Entonces fui a la galería en Viña del Mar donde tenía la librería. Después nos fuimos a Villa Alemana, que es donde él vivía. Me fui a comer con él, me pasé como dos o tres días ahí. Sí, en su casa. Ibamos al mercado, él usaba unos guantes por si se golpeaba. Me súper impactó. Fue impresionante porque fue una persona terriblemente generosa. Yo le empecé a leer mi primer libro de poemas y él me decía meté esto, sacá esto, cambiálo. A él le gustaba Beckett y a mi también. El me empezó a hablar de toda la Escena de Avanzada y me pasó libros de Zurita, los de Maquieira, los libros de Enrique Lihn. Entonces yo empecé a leerme toda la poesía chilena”.

Fabián Casas (1965), escritor argentino. Poeta, narrador, ensayista. Periodista. Entre sus libros: El Salmón (poemas, 1996), Ocio (novela, 2000), Los Lemmings (relatos, 2005), Ensayos Bonsái (ensayos, 2007). Participó en la Feria Internacional de Libro de Santiago 2009.  En su paso por Chile, me contó su historia con Martínez. Acá se pueden leer algunas cosas de él. Acá otras. Y acá más.

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Buscando a Carlos Fuguet

noviembre 10, 2009

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Missing es el mejor libro de Alberto Fuguet.  Sospecho que se volverá un lugar común decirlo. O ya lo es. Maduró, escuché en una librería; se va a ganar un premio, dijo un escritor;  encontró su voz, leí. He sabido de muy pocos comentarios negativos. Huele un poco a revancha: el frívolo paria de la literatura chilena que era Fuguet en los 90, ahora, parece, firma el que quizás sea el mejor libro local del año. Supongo que pasa porque todo ha cambiado, Fuguet y la literatura chilena, pero por sobre todo, porque Missing es un buen libro.

Para mí, un libro sorprendente:  inteligente, especialmente en su estructura, pero más que eso, sincero. Sí, honesto. Es decir, sin poses. Porque a los libros de Fuguet muchas veces le sobró onda.  Pretensión de onda. La fascinación por el looser cool a veces se le fue de las manos. Aquí, ya se sabe, cuenta una historia real: desentierra fracasos familiares, saca esqueletos del clóset y baja a las cloacas, para contar quién es su tío Carlos Fuguet: un chileno que, arrastrado por su padre (un hombre bastante destetable), llegó a los 19 años a EEUU y 20 años después desapareció. De un día para otro, cortó todos los lazos que lo unían con su familia (se cambió de casa y trabajo,  no le dijo a nadie dónde iba, nunca más se contactó) y se esfumó. Se sumó al circuito de vagabundos medianamente ilustrados que  deambulan solitarios por el paisaje americano.

Otros 15  años después, en 2003, Fuguet decide hacer lo que nadie nunca había hecho en su familia y lo busca. En el libro, cuenta la trastienda de esa búsqueda. Puros hechos reales. Contar la verdad, en todo caso, no basta para escribir un libro sincero y sin poses: se necesita arrojo, poca vergüenza, cálculo y una buena dosis de sangre fría. Para escribir un libro bueno se necesita algo más, no sé exactamente qué, pero Fuguet da con ello.

Me gusta pensar que Missing se trata de un vuelta de tuerca a (casi) todo lo que alguna vez fueron los libros de Fuguet. Voy a exagerar: antes -sin contar a a Las Películas de mi Vida– la familia era un pozo sin fondo lleno de misterios, silencios y preguntas sin respuestas; era un zona de traumas de la que había que arrancar. Aunque en Missing sigue siendo foco infeccioso, ya no hay que darle la espalda: al contrario, hay que enfrentarlo. Alberto Fuguet -no Beltrán Soler- se pone el impermeable y decide descifrar el misterio -el hoyo negro- que marca a su familia. Es literal. Ir a buscar a Carlos Fuguet y saber por qué se fue, obliga a Alberto a reconstruir la inmigración de los Fuguet a EEUU a fines de los 60 y el dramático impacto que tuvo el viaje en todo el clan (incluído él mismo).

El más damnificado fue Carlos, que en realidad nunca pudo armar una vida. Según se lee en Missing, a Carlos le costó muy poco entrar en la lógica gringa del rolling stone. A los pocos meses en California, ya recorría las carreteras americanas en un auto viejo. Solo. Era el comienzo:  en Waco, Texas, se alcoholizó y drogó en uniforme militar de EEUU y se internó en el white trash. Fue un poco hippie, manejó un Mustang, tocó los bongós, olía a marihuana. Se casó dos veces. Vistió trajes de terciopelo de colores y botas de terraplen en los 70. Apostó más de la cuenta en Las Vegas. Estafó a un seminario en South Pasadena y fue a la cárcel. Dijo que trabajaba para Paul Anka y se robó un Cadillac Fleetwood azul de 1977  de  17 mil dólares. De nuevo fue a la cárcel. En 1986 desapareció. Cortó con su familia, pero también se lo tragó América. Y ahí está: pocas veces Alberto Fuguet había hablando tan mal de EEUU.

Aunque a veces lo parece, este libro no es una exaltación estética de la figura del perdedor vagabundo que busca su identidad. Missing es la crónica de un fracaso. Carlos Fuguet da tumbo tras tumbo. Y seguirá dándolos. Esta historia es el reverso oscuro y miserable de la idea del sueño americano. Si antes, en los 90, Fuguet, llegó a parecer una suerte de publicista de EEUU (en Chile, fue el máximo difusor de la generación X de Seattle), en Missing es más ambiguo y sobre todo más cínico: EEUU puede ser una mierda. Para Carlos lo fue. Le entregó muy poco más que la oportunidad del anonimato, la posibilidad de desaparecer. Sí, también un par de aventuras.

Fuguet le entrega algo más a su tío en Missing: una narrativa. Le ordena la vida, le da algo parecido a una épica. Por lo demás, rearma los lazos rotos en su familia. Eso, según el mismo Alberto, es suficiente. Quizás. Pero creo que el libro es más que eso. Pese a sus defectos -le sobran páginas, en las primeras 100 es reiterativo, las conversaciones de Fuguet y su amiga aportan poco-, Missing es una narración emocionante. Intensa. Muy rara en la narrativa chilena. No sé si el mejor libro de Fuguet, pero probablemente sea un movimiento hacia otra etapa, a una zona menos titubeante y menos impostada. Quizás no. Da lo mismo. Por lo pronto, es un libro sorprendente y triste: el intento de Fuguet por limpiar una herida.

Escribí una nota sobre el libro hace un mes en La Tercera. Aquí se puede leer.

Feria 2009 (1)

noviembre 1, 2009

09Look afiladísimo: rasgos orientales, cabello radicalmente alisado en blanco y negro, mirada intrigante y voz suave, casi dulce. María Kodama, la viuda, lee a buen ritmo la historia de los intentos autobiográficos de su esposo, Jorge Luis Borges. Recuerda las Autobiographical Notes, texto que dictó para The New Yorker en 1970, un par de poemas y cuentos oblicuos, entrevistas fallidas. Kodama es una estratega: lo que importa es lo que dijo Borges de sí mismo, todas las biografías de Borges son falsas (“No me referiré a ellas”). Son las 19:30, es sábado 31 de octubre,  y para ser su día de arranque, la Feria del Libro de Santiago está floja. O está cómoda: los pasillos están transitables. Las editoriales quieren aglomeraciones. Pero ni siquiera Gonzalo Rojas llena la Sala de las Artes. Pedro Lastra y Mauricio Electorat lo alaban en lo que viene a ser el segundo homenaje que le rinden en una semana. Si no es demasiado, es repetitivo. También pasó antes: en 1997 (?) Ray Lóriga vino a Chile y se hizo amigo de Alberto Fuguet. Ahora de nuevo están juntos en la misma mesa: hablan de Tokio Ya No Nos Quiere, de la carta que le escribió a Rodrigo Fresán, de Héroes; es la forma de presentar Ya Solo Habla de Amor, la última novela de Lóriga, lo más cercano a un rock star que veremos en Mapocho. En la sala, llena, están Alvaro Bisama, Francisco Ortega, Mike Wilson, Patricio Jara, Felipe Avello, Diego Zuñiga, Daniel Hidalgo y varios más. Muchos vienen del lanzamiento de Kalfukura, la novela en que Jorge Baradit inventa una historia mágica de Latinoamerica. Darío Osses, Doctor Zombie, Ortega y Baradit lo presentan en desorden: es radio online, un capítulo de Desde el Fin del Mundo. Mientras tanto, en la escalera de la Estación Mapocho Augusto Góngora conversa con Héctor Veliz Meza ante una cámara (¿para Hora 25?), Jovana Skármeta cruza veloz con un walkie talkie en la mano, el aprendiz de adivino Alejandro Ayún se toma un café, Carlos Labbé se va de la feria, Pablo Torche camina a paso lento, en el stand del Fondo de Cultura Económica venden tazones que dicen I Love Foucault (¿o yo amo a Foucault?) y Hernán Rivera Letelier firma libros. También firma Carlos Tromben, José Luis Rosasco, Poli Délano, Gonzalo León, Elizabeth Soubercaseux, Pablo Simonetti, Baradit, Fuguet, Lóriga, Doña Tina.