Rebeca López responde el 10 de diciembre desde el DF México. Le escribo para hablar de Beso Eterno, el primer libro (¿libro? ¿plaquete?) que publicó su esposo, Mario Santiago Papasquiero (1953-1998). Ya se sabe: Lanzallamas lo publica en Chile en su colección de (fan)zines…….. sigue leyendo en Lanzallamas.org

El 17 de diciembre pasado salió una nota en La Tercera sobre Beso Eterno en la edición subversiva de Lanzallamas. Aquí está.

Anuncios

Hablando con Wolff

marzo 23, 2010

Cuando Gonzalo Garcés presentó en la Casa de Central de la UC a Richard Ford el año pasado, dijo que probablemente era el escritor más amable del planeta. Aunque exageraba, yo le creí. Yo estuve de acuerdo: las veces que lo entrevisté no sólo se comportó como un humano cualquiera -a veces a los escritores le da por creer que no lo son-, también fue ridículamente simpático y cercano. En mi fantasía llegué a creer que podía ser amigo de Ford. Qué fan. Pero no es sólo él, es toda la pandilla que alguna vez Bill Bufford en Granta bautizó como “realismo sucio” (también exagero). Hace casi un mes entrevisté a Tobias Wolff y resultó ser tan amable como Ford. “This was fun”, me dijo al final de la conversación, pese a que yo me había atorado con el inglés en varias preguntas (las que sospecho obvias). No tengo dudas, el tercero del grupo también debe haber sido entrañable.

Dejo aquí la entrevista que le hice a Wolff para La Tercera a propósito de Aquí empieza nuestra historia. Salió con el título de “Sueño con escribir el cuento perfecto” el sábado 22 de enero. En esta versión vienen un par de preguntas más que no entraron en la edición impresa.

Son las 8.30 de la mañana en Palo Alto, California, cuando Tobias Wolff (1945) contesta el teléfono. Lleva un rato despierto. Mientras esperaba la llamada desde Chile, trabajaba en una novela de la cual no habla por “pura superstición”. El tono bajo y cálido de su voz va bien con esa pose calmada en la que suele ser fotografiado, pero no siempre podría ser la de sus solitarios personajes. No. Al teléfono, Wolff no parece un hombre en problemas o a punto de vivir una experiencia reveladora. Tuvo una infancia complicada, peleó en la Guerra de Vietnam, pero hoy ríe sin mucha provocación, cuenta anécdotas y, dado el momento, da rienda suelta a una sabiduría literaria forjada por una vida dedicada al oficio. Wolff es un trabajador. Hace años está buscando el cuento perfecto.
Si en alguna parte están esos relatos perfectos es en Aquí empieza nuestra historia. Desde ya, un volumen ineludible en la bibliografía de Wolff y en la reciente literatura de EEUU. El libro cubre 30 años de trabajo: a 21 cuentos ya publicados, se suman 10 inéditos. “Son los mejores cuentos que he escrito”, dice. No es sólo una selección: Wolff revisó cada texto, palabra por palabra, y quitó todo lo que sobraba.
Compañero de generación y amigo de Richard Ford y Raymond Carver (el trío perfecto del “realismo sucio”), desde mediados de los 70 Wolff viene abriéndose paso en la noble tradición americana de Cheever, Fitzgerald, Hemingway y otros. Profesor de la Universidad de Standford, su vida está en sus libros: su nómade y compleja niñez con su madre está en La vida de este chico (1989), sus años en Vietnan en En el ejército del faraón (1994) y, En Vieja escuela (2003), relató sus últimos años escolares y el descubrimiento de la literatura. Siempre exploró vidas de americanos anónimos, que no por ser anónimos carecen de épica. O drama.
Ahí están los amigos que se confiesan en el cuento Cazadores en la nieve, el cabo perdedor que sueña con Vietnam en La alegría del soldado, esa profesora que cree poder redimir una vida sin riesgos en un discurso en En el jardín de los mártires americanos y el adolescente mitómano de El mentiroso. Hay más en Aquí empieza nuestra historia. Mucho más.

¿Qué cambios hiciste en los viejos cuentos?

Si veía una palabra que de alguna manera no era la correcta, buscaba la correcta. Muchas veces, cortaba. Siempre he estado interesado en ver hasta donde puedo llevar lo implícito, en vez de los declarado. Hemingway dijo que un cuento debía ser como un iceberg, con el 90 por ciento bajo el agua. Esa imagen me ha inspirado mucho. Si hay algo que no es realmente necesario, si yo como lector puede entender algo sin que me lo digan, lo corto del texto. No cambio los finales de los cuentos, tampoco la narrativa o los nombres de los personajes, buscó que el lenguaje sea lo más expresivo posible.

¿Estás satisfecho ahora con estos cuentos?

(Ríe) Bueno, ese es el problema.  Es un sueño. Todos estos cuentos ha sido re escritos muchas veces a lo largo de los años. Los he revisado muchas veces. Antes de que fueran publicados en revistas, luego cuando entraron a un libro y después cuando aparecen en una edición de bolsillo. No puedo parar, es una locura. No puedo poner un punto final… Pero he hecho algunas lecturas de estos cuentos y no he visto mucho que cambiar. Quizás estoy viejo.

¿Estás buscando el cuento perfecto?

Si, exactamente. Es muy difícil escribir la novela perfecta, pero con la poesía y los cuentos uno piensa que quizás sí puede hacerlo. Quizás sí puedo hacer algo perfecto en este mundo. Es muy difícil hacerlo con todo lo demás: con la familia, con tu trabajo… Es un poco iluso, pero es un gran sueño.

Después de leer tus cuentos, ¿diste con aquello con algo que te hiciera decir este es un cuento de Tobias Wolff?

Los peces no saben que viven en el agua. Un escritor no está conciente del agua en qué está nadando. Y la verdad es que si empezara pensar en mi como cierto tipo de escritor – Tobias Wolff escribe así y así- sería me ruina. Quiero tener una sensación de libertad cuando escribo. Se lo dejo a mis lectores, que a veces ven cosas que yo no.

Críticos y lectores ven en tus cuentos personajes solitarios y en problemas que sufren en silencio. ¿Qué te atren de ellos?

Pareciera que me describes a todos los que conozco, jajaja…. La mayoría luchamos y pasamos nuestras penas en silencio porque no queremos ser una carga para el resto. Hay pocas personas con quienes nos sentimos cómodos compartiendo nuestra vida interior. La verdad es que creo que todos tenemos vidas solitarias. Pero no estoy totalmente de acuerdo con esa descripción. Quizás es correcta, pero yo nunca he pensado en escribir cuentos sobre personajes solitarios que sufren en silencio

¿Cómo recuerdas tu amistad con Carver y Ford?

Conocí a Ray hace como 35 años, aquí en Standford. Todavía bebía en esos tiempos y no estaba en muy buena forma. Nos volvimos muy amigos a fines de los 70 con Richard y Ray, cuando todos enseñábamos en Vermont. Todavía somos muy amigos con Richard y echamos mucho de menos a Ray. El era maravilloso. Muy amable, cálido, divertido, excéntrico. Si ibas a su casa después de las 8 siempre estaba en pijama, le encantaba el chocolate.. se convirtió en su nueva droga. No le gustaba compartirla. Era muy divertido. Sus historias no lo muestran como una persona divertida, pero cuando él leía sus cuentos la gente se reía como loca.

¿Leíste Begginers, el libro de Carver donde están los cuentos sin los cortes de Gordon Lish de De qué hablamos de amor?

No me gusta Begginner. Me gusta Catedral y Si me necesitas llámame, que el mismo editó. El puso las versiones de los cuentos que el quería en el libro. No apruebo volver a atrás y publicar esos cuentos que él nunca publicó. No quisiera que me hicieran lo mismo. Está bien si dices aquí hay algunos viejos manuscritos de los cuentos, y quizás puede que sean interesantes para académicos, pero no son las versiones que Raymond Carver quería publicados.

¿Te hizo sentido el término realismo sucio?

Ese fue un término que Bill Bufford inventó casi como una broma. O como una excusa para poner a un puñado de escritores que le gustaban en la portada de la revista Granta. Estaba Richard Ford, yo, por supuesto Ray.. Todos cuando lo vimos no reímos. “Oh, ahora somos realistas sucios”… También he sido llamado minimalista, neo realista…

¿Te molestan las etiquetas?

No conozco a ningún escritor que le gusta escribir bajo una bandera, o escribir sobre una específica ideología política o estética. Chéjov alguna vez dijo: “Soy un artista libre y nada más”. Eso es lo que todos queremos. Ahora, si realmente lo somos, es otra pregunta. Probablemente no somos tan libres como creemos. Nadie lo es. Pero la ambición está ahí: operar de forma independiente y no pertenecer a ninguna escuela.

Pero creo que tú eres parte de una tradición de cuentistas en America

Probablemente. Hubo un tiempo, hace como 20 años, en que desde Latinoamérica vino un impulso para los escritores para intentar algo parecido a García Marquez, Julio Cortázar, una narrativa fragmentada o algo parecido al realismo mágico. Luego vino el posmodernismo, la idea de que la narración era simplemente una convención que debía ser quebrada y que la verdadera literatura debía tratar sobre literatura. Que la literatura estaba agotada. Ahí estaban autores como Donald Barthelme, que probablemente se habría resistido a la etiqueta de posmoderno. Yo pertenezco a otra tradición. No creo que los cuentos estén agotados. Creo en en el poder de los cuentos. La literatura puede decirnos cosas muy profundas y elocuentes sobre nuestras vidas.

¿A quiénes nombrarías en esa tradición? ¿John Cheever, Hemingway?

Si, absolutamente. Fitzgerald. Sherwood Anderson, Flanery O’Connors, Katheryne Anne Porter, Melville… es una larga tradición.

¿Realismo?

Si, pero… no un realismo plano. Si lees un cuento de Melville o Flanery O’Connors, por ejemplo, hay elementos grotescos, de exageración y fantasía que también son parte de la vida. Cuando uso el término realismo no quiera usarlo en un sentido limitado: Alguien se despierta en un departamento pequeño, va a un trabajo que odia, vuelve a casa y ve televisión toda la noche. No es eso lo que tengo en mente.

¿Por qué te decidiste sobre tu niñez en Vida de un Chico?

No quería escribirla. Había estado escribiendo algo así como ficción autobiográfica. Cambiaba algunos datos. Como lo hace Roberto Bolaño, él usa historias de su vida pero también inventa. Empecé a escribir algunas cosas sobre mi vida porque mi memoria podía fallar. No quería publicarlo. Tenía una fobia ante la posibilidad de que la gente supiera que el protagonista de mis libros era yo: prefería la máscara de la ficción. De pronto tomó vida propia, intenté convertirla en la una novela, pero no resultaba. Finalmente me dije: Ey, hombre, estás escribiendo una historia acerca de crecer. Escríbela. Me di por vencido. Lo pasé muy bien. Generalmente uno siente al escribir que está empujando una roca hacia la cima de un cerro, pero a veces esa como dejarse llevar por las olas. Ahora, nunca pensé que lo iba a hacer de nuevo.

Lo hiciste. Escribiste En el Ejército del Faraón

Sí, lo hice. Había escrito un cuento ambientada en Vietnam, pese a que me había prometido no escribir nunca sobre Vietman…

¿Por qué no?

Había tantos clichés sobre la guerra. Estaba cansado del tema. Por 20 años todos hablaban de la guerra. Pero a veces tienes dejar salir las cosas. Me gustaba el cuento sobre Vietnam que había escrito, pero también sabía que no estaba contando toda la historia. Entonces, me dije que escribiría una sola historia contándolo todo, tal como pasó. De nuevo pasó lo mismo. La fuerza de la historia recaía en contar hechos verdaderos, en vez recubrir de ficción algo autobiográfico. Ahí apareció En el Ejército del Faraón.

¿En términos personales tuvo algún beneficio escribir libros autobiográficos?

Creo que todo lo que te de una clara visión de lo que has sido en el pasado es probablemente beneficioso. Pero no escribí esos libros por razones terapéuticas. Lo hice porque soy un escritor.

¿Qué te parece la literatura que se está escribiendo hoy en EEUU?

Podría pasar todo el día nombrando a nuevos escritores que me gustan. Jonathan Franzen, Adam Johnson, George Saunders, Jefrey Eugenides, Michael Cunningham… Junot Díaz. Me sentí particularmente triste cuando David Foster Wallace murió. Era el mejor de los jóvenes escritores.

Me mencionaste a Roberto Bolaño, ¿te interesa?

Me gusta mucho. Mis hijos (dos de ellos, uno de 30 y 31) leen español fluidamente y me dijeron: Papá, tienes que leer a Bolaño. Es un gran fenómeno. Acá todo el mundo ligado a la literatura lo respeta.

¿Por qué te decidiste sobre tu niñez en La vida de un chico?

No quería escribirla. Había estado escribiendo algo así como ficción autobiográfica. Cambiaba algunos datos. Como lo hace Roberto Bolaño, el usa historias de vida pero también inventa. Empecé a escribir algunas cosas sobre mi vida porque mi memoria podía fallar. No quería publicarlo. Tenía una fobia ante la posibilidad de que la gente supiera que el protagionista de mis libros era yo: prefería la máscara de la ficción. De pronto tomó vida propia, intenté convertirla en la una novela, pero no resultaba. Finalmente me dije: Ey, hombre, estás escribiendo una historia acerca de crecer. Escríbela. Me di por vencido. Lo pasé muy bien. Generalmente uno siente al escribir que está empujando una roca hacia la cima de un cerro, pero a veces esa como dejarse llevar por las olas. Ahora, nunca pensé que lo iba a hacer de nuevo.

Lo hiciste. Escribiste En el ejército del faraón

Sí, lo hice. Había escrito un cuento ambientada en Vietnam, pese a que me había prometido no escribir nunca sobre Vietman…

¿Por qué no?

Había tantos clichés sobre la guerra. Estaba casado del tema. Por 20 años todos hablaban de la guerra. Pero a veces tienes dejar salir las cosas. Me gustaba el cuento sobre Vietnam que había escrito, pero también sabía que no estaba contando toda la historia. Entonces, me dije que escribiría una sola historia contándolo todo, tal como pasó. De nuevo pasó lo mismo. La fuerza de la historia recaía en contar hechos verdaderos, en vez recubrir de ficción algo autobiográfico. Ahí apareció En el ejército del faraón.

¿En términos personales tuvo algún beneficio escribir libros autobiográficos?

Creo que todo lo que te de una clara visión de lo que has sido en el pasado es probablemente beneficioso. Pero no escribí esos libros por razones terapeuticas. Lo hice porque soy un escritor.

¿Qué te parece la literatura que se está escribiendo en EEUU?

Podría pasar todo el día nombrando a nuevos escritores que me gustan. Me sentí particularmente triste cuando David Foster Wallace murió. Era el mejor de los jóvenes escritores. Jonathan Franzen, Adam Johnson, George Saunders, Jefrey Eugenides, Michael Cunningham… Junot Díaz.

Me mencionaste a Roberto Bolaño, ¿te interesa?

Me gusta mucho. Mis hijos (dos de ellos, uno de 30 y 31) leen leen español fluidamente y me dijeron: Papá, tu tienes que leer a Bolaño. Es un gran fenómeno aca todo el mundo ligado a la literatura, lo respeta.

Hace 17 años a Juan Luis Martínez le quedaban 14 días para morir. La insuficiencia renal que lo arrinconó casi toda la vida le ganaba definitivamente la partida. No veía bien. Probablemente ya no podía maniobrar esa pequeña y afilada tijera que utilizaba para recortar imágenes que, luego de un insistente proceso de fotocopias, terminaban siendo otras imágenes. “La copia es el original”, se lee entre las poquísimas frases de Aproximación del Principio de Incertidumbre a un Proyecto Poético, ese libro que dejó inédito el morir y sobre el cual corren inumerables leyendas. Decían -corría la voz- que estaba destinado a ser destruido, pero ahora será publicado. El próximo 18 de marzo se lanzará el libro en la Galería Departamento 21 (Nueva de Lyon 19, segundo piso), justo en el momento en que se inaugure la exposición Señales de Ruta, la primera buena muestra de sus trabajos plásticos. Hay más: el viernes 19 en La Sebastiana, Valparaíso, se presenta el DVD del documental Señales de Ruta, ese documental en que Tevo Díaz se mete en la piel del autor de La Nueva Novela.

Todo me importa. El DVD es ineludible. Las entrevistas a Armando Uribe y a Miguel Serrano han sido extendidas, se puede acceder a fotos de Martínez y sus obras, escucharlo leyendo, ver viejas notas de prensa sobre su obra y figura, etc. El gesto de Díaz sigue intacto: poner en escena, movimiento y sonido la estética engañosa y sorprendente del poeta. La exposición -que se llama como el documental y como el libro (un manual de instrucciones provisorio) que Enrique Lihn y Pedro Lastra le dedicaron a Martínez- es maravillosa. Para un fan como yo, dan forma el mejor departamento de Santiago. La recorrí el jueves pasado, casi totalmente montada, y quedé ligeramente nervioso. Cosas que pasan: la muralla donde está colgado el cuadro Campo de Cerezas (en la foto de arriba), quedó agrietada por el terremoto. Se ve bien. (Imposible no pensar en la portada de La Nueva Novela y esas casas cayendo: “Aluden a nuestro paisaje, a nuestra catástrofe permanente”, dijo Martínez en una entrevista.)

Ver Aproximación del Principio de Incertidumbre a un Proyecto Poético, en medio de la ola de réplicas, también estuvo bien. Algo raro. Inesperado. Lo vi rápido, guiado por Ronald Kay, curador de la muestra y editor del libro. Kay, amigo de Martínez y editor de la legendaria revista Manuscritos, sostiene haber sido extremadamente respetuoso con el libro: solo limpió o clarificó las imágenes que Martínez fue formando a través de una serie de fotocopias. Sin poemas (sí, sin poemas), el libro está formado por 57 imágenes/collages. Aparece un astronauta, un araña, una viola, el Rimbaud dibujado por Verlaine, tramas de ecuaciones físicas, algo parecido a un mandala indio y ocho conceptos que se repiten: La muerte de los poetas – El libro en el libro – Anominia – Idea del doble – La copia es el original – Pluralidad – Filosofía del libro – Ausencia del autor.  Creo que son las únicas palabras del libro y parece evidente que funcionan como una síntesis de la poética de Martínez. El propio Martínez hace una lectura de sí mismo. Algo más: el libro está organizando siguiendo las combinaciones del I-Ching.

Ví rápido el libro, no le pregunté todo lo que quisiera a Kay, sólo hablé por teléfono con Eliana Rodríguez (viuda del poeta), pero me quedé con la sensación de que Martínez no había terminado el libro. Es una obviedad. Martínez trabajaba todos los aspectos de sus libros, por supuesto incluyendo la edición del libro. El objeto. Sólo basta echarle una mirada apurada a La Nueva Novela y La Poesía Chilena. Como él no estuvo a cargo de la edición, el libro no fue terminado. Sin el perrito de las ediciones Archivo el libro no está terminado. Con eso no quiero quitarle valor a Aproximación del Principio de Incertidumbre a un Proyecto Poético. Estoy a favor de publicar todo lo que Martínez dejó inédito. Todo. Traicionarlo, si es necesario: Eliana, no le haga caso, no destruya los poemas que pidió que fueran destruidos. No lo haga. Haga todo público. Incluyendo esos magníficos cuadernos de trabajo.

Como sea, hay un ruido en esta publicación: Poemas del Otro, libro con un poemario inédito de Martínez  publicado por la UDP en 2003. Cristobal Joannon, curador del volumen, nos cuenta que el libro es sólo un capítulo de un proyecto mucho mayor llamado El Poeta Anónimo (o el Eterno Presente de Juan Luis Martínez). Y este, tal como Aproximaciones del Principio…, según nos cuenta Joannon, también está organizado en torno a las combinaciones del I-Ching. ¿Martínez escribió más de un libro organizado en torno al I-Ching? ¿Poemas del Otro y Aproximaciones del Principio… son capítulos de El Poeta Anónimo? ¿Tienen alguna relación el libro de la UDP publicado en 2003 y el editado por Kay en 2010? ¿Es alguno de los dos ese libro “intolerable” que Martínez le anunció a Félix Guattari?

Mayo de 1991. Guattari está en Chile y visita a Martínez en su casa de Villa Alemana. El poeta entiende francés, pero el francés no entiende español. Traduce Guadalupe Santa Cruz. A poco andar, Martínez informa: “Yo he trabajado estos últimos quince años en un libro que es muy intenso, de ahí que me interese mucho su perspectiva sobre el discurso de lo político y lo siquiátrico. Pretendo que sea un libro intolerable. Así que, si no me encierran, será pura casualidad”. Luego, Guattari pide más información y Martínez, a su modo velado, la da:  “Se ha producido el encuentro con una obra que podría ser interminable, lo cual es muy riesgoso. Entonces hay que ejercer la voluntad de establecer un corte, cerrar en alguna parte. Ahora, mi mayor interés es la disolución absoluta de la autoría, la anonimia, y lo ideal, si se puede usar esa palabra, es hacer un trabajo, una obra, en la que no me pertenezca casi ninguna línea, articulando en un trabajo largo muchos fragmentos, pedacitos que se conectan. Es un trabajo de Penélope”.

No puedo saberlo, pero no dudo que Aproximaciones al Principio… sea ese libro “intolerable”. Tampoco lo es Poemas del Otro. Seguiré haciendo preguntas.

El sábado 13 de marzo, publicamos en La Tercera una nota sobre todo el tema. Yo escribí algo parecido a un perfil a Martínez, que se puede leer aquí: El regreso de Juan Luis Martínez, el poeta del silencio.  Rodrigo Miranda escribió una nota sobre la exposición, pero no puedo encontrarla.

Días extraños. Días en el piso. Días de excesos. Mi imagen del terremoto es la de una película: salgo corriendo de la cama y abrazo a mi esposa embarazada al borde de mi edificio soportando un movimiento interminable. Hay gritos, se quiebran vidrios, un estruendo anuncia que todo se viene al suelo. Yo tengo una imagen sorda.

Después de compartir el miedo con los vecinos, tratamos de dormir. En el departamento no pasó nada grave. A las siete y media, sin saber nada de lo que está pasado, nos subimos al auto para escuchar radio y mirar Santiago. La feria de Emilia Tellez empieza a instalarse, mientras en la Copec de Simón Bolivar con Ossa se agolpan los autos buscando combustible. En el aire flota demasiado polvo. En la casa de mis padres hay electricidad y nos enteramos por la tele: el terremoto de 8,8 grados, con epicentro en Cobquecura, desató un tsunami. Cayó Concepción, Talcahuano, Constitución y un centenar -o muchas más- de pequeñas caletas esparcidas por la VIII Región. La VII Región también está destruida. En la Isla Juan Fernández las olas barrieron con tres kilómetros.

Me acuerdo de Iloca y Duao, dos balnearios en los que estuve hace unos 10 o 9 años con un amigo. Fuimos en marzo y eran pueblos solitarios, casi fantasmas, en los que nos aburrimos sin quejarnos por una semana. Ya no existen. No volverán a existir. En el futuro iremos a pasear por sus ruinas. En el futuro existirá una ruta para recorrer las huellas del desastre del terremoto del 2010. Iremos en familia a llenar nuestras cámaras digitales con imágenes de casas partidas por la mitad, botes sobre los cerros, caminos quebrados, escombros y la nueva geografía.

En el futuro también habrá otra imagen. Una imborrable e infernal. Concepción en pánico y descontrolada: saqueos en todas las tiendas a cargo de masas anónimas que se llevan leche, comida, cajas de whysky, fotocopiadoras. Más tarde, botellas de cervezas vacías en las calles y carros de supermercados abandonados en mitad de las ruinas. Al instante, otros vecinos se organizan, cierran calles y armados de palos, trinches, pistolas, escopetas, cuidan sus casas de las turbas. Dicen que vienen. Dicen que vendrán. La psicosis se esparce por Chile e incluso llega a Santiago, donde en Quilicura un grupo fuerza las puertas de un Líder. Ahí mismo, otros se arman para defender lo suyo si es necesario. Algo torció el terremoto. O dejó a la luz la oscuridad que late al interior de todos. Liberó la oscuridad. “Me acuerdo de La Noche de los Muertos Vivientes”, me dice al teléfono Tito Matala, escritor residente en Concepción. Yo también quisiera que fuera una película. Yo tampoco puede entender bien lo que está pasando. Yo también me confundo.

En la tarde de lunes le piden a la sección de cultura de La Tercera, donde trabajo, una nota con la historia del Almirante Gómez Carreño. La escribo yo. Fue el jefe de plaza de Valparaíso tras el terremoto de 1906. Pasó a la historia por poner orden a punta de fusilamientos a los saqueadores. Es una episodio brutal. Hoy, por supuesto, absolutamente inconcebible de repetir.  La escribo rápido con ayuda de un par de colegas. En ese momento, pienso que estamos recordando un momento horrible de nuestra historia. Esa es la idea: hacer memoria, recordar el pasado. Intuyo que algunos la entenderán como un llamado a disparar a muerte a los saqueadores del Concepción de hoy. Nadie en la sección de cultura quiere que se entienda eso, ni en todo el diario. Nadie. Intuyo lo macabro, pero me dejo llevar por el apuro periodístico y la escribo. La nota es sometida a un par de ediciones; la discuto, pero no lo suficiente. Se va firmada con mi nombre pese a que se cortan las líneas -pocas- en que condenaba al almirante. Después de todo, la escribí yo. Es mi responsabilidad.  Al día siguiente un amigo, el mismo con que fui a Iloca y Duao, me menciona con preocupación mi nota. Es verdad: he escrito un artículo potencialmente peligroso. Me siento mal, me entristesco, soy un imbécil.

Sé que hay gente que cree que he liberado mi zona oscura. A mi fascista. Que en esa nota -una mala pieza periodística con ínfulas de recordar la historia- yo llamo a los fusilamientos. Me siento peor. No puedo borrar el artículo. Pero yo no quiero matar a nadie. No quiero que los militares que controlan Concepción disparen ni una bala. No quiero que se dispare ni una sola bala. Menos contra una persona. Hasta esta mañana –3 de marzo- el terremoto ha dejado oficialmente 799 muertos. No quiero más muertos. Yo quiero que esto sea una película. Quiero volver a escribir en este blog sobre algún libro sin importancia.