Fogwill (1941-2010)

agosto 22, 2010

Se  murió hace pocas horas. Fue el cigarro.  Concha su madre, se murió Fogwill. Una vez lo entrevisté, lo vi un par de veces en Santiago. Una de esas le hizo honor a su fama.  Se le notaban los años, pero jamás imaginé que moriría. Tenía 69. No hace mucho había sido redescubierto de nuevo. El año pasado se publicaron sus relatos completos. Dificíl ubicarlo: marxista, empresario, publicista, agitador, escritor, editor, fumador, aficionado a los autos, opositor a Piglia, promotor de Osvaldo Lamborghini. Si fue un intelectual, y a veces parecía serlo, fue a pesar suyo. Si fue borgeano, quiso que nos diéramos cuenta que pretendía serlo en contra de Borges. “Todo va a ser más aburrido”, leí en Perfil. Sé que hay quienes niegan su muerte. El viejo Fogwill no puede morir.  Son exageraciones. Pero de eso se trata. El siempre exageró. Así funcionaba su sistema de su destellos.  Funcionaba como un descarga de electricidad. Y cuando no quemaba, dejaba ciego.  Imaginarlo en coca es agotador. Imaginarlo en un ataque de abstinencia es pesadillesco.  Fogwill no está muerto.

Anotó en 1998:

Cometí tantos errores en mi vida y contraje tantas culpas y dudas que ni lo peor de mi obra publicada -20 libros – basta para avergonzarme. De ese conjunto, preferiría que solo se repare en los poemas Partes del Todos y los que integran Lo Dado,  en algunos relatos relatos de Restos Diurnos, Pájaros en la Cabeza y Muchacha Punk, y las novelas Vivir Afuera, Los Pichiciegos y En Otro Orden de Cosas.

Sé que no he escrito ni una página que me atreva a publicar que no proceda del dictado de una voz. A veces paso semanas, y hasta meses sin escucharla. En periodos de vida ordenada, alimentación natural y bienestar o armonía social, desaparece. El desorden y los conflictos la vuelven a convocar. No he escrito nada que merezca atención sin haber estado sintiendo en el curso de la copia del dictado de alguna emoción del orden de la hostilidad, la rabia, el odio, la envidia y la indignación: formas confusas del conflicto social anuncian algo muy vago. A veces me creo a un paso de comprenderlo y fracaso. Ahora pienso que no dejaré de escribir hasta haber dado cuenta de ello.

Creo en la verdad, adhiero a la noción de sentido, cuido la consistencia de los actos y persigo el ideal de autentificación de mi. Esto que afirmo, no tiene nada que ver con la literatura. Sé que la obra literaria nace cuando no hay nada que afirmar, sino todo lo contrario. Una carrera de director de encuestas de mercado y opinión pública, me enseñó que la gente no sabe lo que hace, no dice lo que sabe y jamás hace lo que dice. Osvaldo Lamborghini me exigió no publiqués antes de escribir, y ahora escribí para aprender a escribir con la boca cerrada. Alguien decidirá si mi obra prueba que hasta me he permitido burlar la enseñanza del mejor maestro que tuvo la literatura argentina.