No tengo ningún recuerdo del día en que murió Kurt Cobain. Pero tengo que haberlo sabido: la Rock & Pop estuvo todo el día hablando del suicidio del líder de Nirvana y yo ese día debo haber pasado por la 94.1. Siempre lo hacía. Pasaron unos años para que entendiera realmente la densidad de ese disparo con que Cobain se voló lo sesos. Sospecho que a muchos les pasó lo mismo: Nirvana sonaba de fondo en nuestras vidas, pero acá, en realidad, nadie era grunge. Ni de lejos. En los 90 los adolescentes, los jóvenes, andábamos en otra cosa. En varias cosas, supongo, pero ninguna de ellas tenían que ver con la Generación X gringa, por más que estuviésemos todos el día colgados a MTV o leyendo The Rollings Stone de contrabando. En los 90 también acá andábamos en una deriva, pero todo Chile estaba metida en ella después de 17 años de dictadura. No todos lo sabíamos, pero estábamos atontados por la resaca. Creo que de eso se trata Estrellas Muertas, la última novela de Alvaro Bisama.

Uno de los narradores -el que abre y cierra la novela- tampoco le tomó el peso al suicidio de Cobain. Probablemente escuchaba a Nirvana, como cualquier universitario, pero no pescó.  Siguió con su vida, cualquiera que fuera esta: de él no conocemos casi nada, salvo que se está separando y que en adelante sobrellevará una tristeza incombustible. Justo antes de despedirse, escuchará de la voz de su mujer la historia del Donoso y la Javiera. La mujer que habla -la ex mujer- fue una estudiante de una universidad pública del Puerto (Bisama prefiere no escribir Valparaíso) secretamente adicta al jarabe para la tos y al punk. Al inicio de Estrellas Muertas, narradora y narrador están en el café Hesperia cuando ella ve retratada en el diario a la Javiera, una ex compañera universitaria. Entonces, como si saliera de un shock, ella se pone a contar  la historia de la Javiera y el Donoso. Narradora y narrador salen del centro de la trama y, en un diálogo totalmente dominado por ella, aparece la cronología de la destrucción de la Javiera y el Donoso.

A partir de recuerdos parciales, relatos de oídas y rumores, Javiera surge como el eco de la militancia política de los 80. Un fantasma a maltraer: luchó contra Pinochet, fue torturada, salió al exilio, volvió y hoy -inicios de los 90- vuelve a estar activa como comunista en Valparaíso. Viene dañadísima. Ya está casi en los 40 pero es parte de la JJCC y quiere sumar a sus compañeros a la causa, aunque nunca sabemos para qué: nunca sabemos qué lucha política quiere dar, qué sistema quiere cambiar. Sólo sabemos que arrastra a Donoso, un antofagastino de 18 años que cae rendido ante el discurso exaltado y el canto nuevo guitarreado. Al rato, están juntos. Poco después, la vida de ambos se va a pique. Ella lo arrastra hacia el despeñadero. Ella lo integra a su herida. El PC, la ideología, la política, todo el aparataje partidario, es un decorado vacío. Nada de eso importa para la violencia que se apodera de ellos, ni de la decadencia que los lleva a deambular de pensión en pensión, pocilga en pocilga. O quizás sí: la Javiera en los 90 ya no sabe vivir.

En el climax de la caída libre de la parejita (¿sigue siendo válida la idea del climax?), la Javiera y el Donoso se refugian en un hotel apestoso en las cercanías de Valparaíso. Ella está embarazada y enferma, él las cuida. Ambos, cada uno a su modo, ya perdieron la cordura. Lo que pase en adelante serán los efectos de tocar fondo: Donoso intentará escamotear la noche, Javiera se convertirá en la noche. Paralelamente, la narradora -la que está en el café Hesperia junto al hombre de quien se divorciará- nos ha contado que ella suprimió buena parte de su vida universitaria en los efectos del jarabe para la tos. Del narrador prácticamenmte no sabemos nada. No, perdón, es más: no sabemos casi nada de ningún personaje. Prácticamente no tenemos acceso a ningún dato exacto. Ni siquiera sabemos qué estudiaban la Javiera y el Donoso. Tenemos ecos y un ánimo general. En Estrellas Muertas sólo tenemos destellos del pasado.

Ahí está la gran diferencia de Estrellas Muertas con el resto de los libros de Bisama. No hay que ser un genio para notarlo. Si antes Bisama había saturado de información cada una de las páginas de sus libros  (hablo de Postales Urbanas, Caja Negra, Música Marciana), acá justamente lo que falta es información. O, no, no es eso:  hasta cierto punto, esa información -desde la trivia falsa hasta la cita pop rebuscada, pasando por el detalle ondero- llegó a ser tan excesiva que ensombrecía el resto del relato. Lo ocultaba. La verdadera historia de los hermanos en Música Marciana está oculta. Caja Negra tiene notables escenas de tristeza, pero no estoy muy seguro de qué se trata (¿cuál es el tema?). Nada de eso está mal, por supuesto. Por momentos ha estado muy bien. Por lo demás, ocultar una historia en la espesura de la información es una estrategia deliberada. El descontrol es deliberado: cómo no iba a serlo, si el autor es profesor de castellano, crítico literario y, últimamente, opinologo especialista en cultura basura.

Antes estuvo bien, ahora está mejor. No sólo porque Estrellas Muertas es más transparente (lo que quizás no importa demasiado), sino porque probablemente esta sea la más intensa de las novelas de Bisama. Por esas 187 páginas corre más sangre que por todo lo que ha escrito Bisama. A veces tengo la sensación que Caja Negra y Música Marciana no importan nada. No dicen nada. Son libros vacíos. Estoy seguro que simplifico. Estoy que seguro que lo que de verdad pasa es que Estrellas Negras las hace palidecer: con la historia de la Javiera y el Donoso, Bisama va mucho allá de contar una historia sorprendente y se echa al hombro un pedazo de nuestra época: la dañadísima Javiera es un eco oscuro de los 80 que en los 90 se transforma en cáncer. Bisama no lo dice, pero lo sabemos: ella es el cuerpo torturado que queremos olvidar. El desecho perfecto de los brillantes años 90. Por supuesto, Estrellas Muertas es una novela política: la maldición que persigue a Javiera, mancha a Donoso y alcanza la hija de ambos, fue conjurada por la dictadura. Quién sabe: acaso los narradores -esa pareja que se separa- también son un efecto de Javiera.

No sé si era posible adivinar que Bisama escribiría una novela política. Alvaro, como Alejandro Zambra, fue lector antes que escritor. Ambos encabezaron una nueva generación (¿generación?) de críticos literarios que, a inicios del milenio, leían a contrapelo de las reglas de la tradición (o lo que parecía ser una tradición). Supongo que algo de culpa tuvieron ellos del descrédito en qué ha caído hoy la Nueva Narrativa Chilena de los 90. Si me apuran, Zambra leía desde el vagaje post Parra de la poesía chilena. La matriz de Bisama era un cruce oficialmente “posmoderno”, entre la cultura pop (televisión, punk, cómics, cine, etc.) y la teoría literaria post estructuralista. Para mi llego a representar la imposible intelectualización de la Zona de Contacto. Y la cosa es así: sin el desparpajo pop que le dio Fuguet a la literatura chilena, habría sido bastante más difícil que se colara un lector de ciencia ficción como Bisama.

Una vez adentro, nos fue fácil pensar que Bisama era otro cultor del SciFi local. Nunca lo fue, pero Caja Negra es engañosa: es la historia de una explosión en progreso que, resulta, no se detiene, pues es todo lo que tenemos.  El gesto fantástico de Música Marciana es el fin del mundo que se avecina, lo que da un poco lo mismo: lo que importa (tampoco es que Matta sobrevuele la novela) es la horfandad. Esos hermanos que se desperdigaron por el mundo en aventuras increíbles hasta perderse, huyen de la sombra desaparecida de su padre. En Estrellas Muertas Bisama insiste con los huérfanos. Pero estos son más interesantes en sus simples existencias: parecen de verdad. Tienen vida de huérfanos: están abandonados. Javiera ya no tiene nada: la política, la revolución, ni siquiera podría prestarle un hombro donde echarse a llorar. El resto es una manga de desorientados predestinados a la tristeza.

La resaca. Sí, la resaca. Los 90. No sería raro que me equivocara, pero sospecho que antes de Estrellas Muertas la narrativa chilena no se había hecho cargo de la rareza de esos años y de su potencial desolación. A su manera, oblicuamente, situado en la provincia, Bisama atrapa el desánimo latente que amenazó a la generación de los 90: esa abulia que emanaba desde la sospecha que ya no había nada importante qué hacer. Algunos la espantaron, casi todos, pero son los otros los que le interesan a Bisama: los anónimos, los aburridos, los inertes, los desesperados, los desquiciados.

En agosto le hice una entrevista a Alvaro Bisama sobre Estrellas Muertas para La Tercera. La pueden leer acá.

Patti Smith: punk = libertad

noviembre 4, 2010

Hablé con Patti Smith el jueves 19 de agosto. Marqué su número varias veces y recién a la cuarta escuché su voz. “Llámame en media hora, por favor”, me dijo y ahí me puse nervioso. Me pasa esto con Patti Smith: más que su música, me gusta ella. Más que Horses (que me encanta), más que todos sus discos, me gusta ella. Me fascina la idea de la Smith moviéndose por miserables primeros días del punk en Nueva York. La Smith entre los idiotas drogadictos que inventaron el punk. A la distancia, brilla su desbordante energía. Después de leer Eramos Unos Niños, brilla la inocencia con la que en 1970 creía que las Iluminaciones de Rimbaud funcionaban como un programa de vida. La adolescencia. El tiempo también le ha otorgado una dignidad inquebrantable y la ha metido en esa categoría de leyendas vivientes del rock americano que, cosa más bien rara, también escriben. Y no mal.

Eramos Unos Niños -sus memorias sobre los 70 y su amistad con Robert Mapplethorpe- no siempre está tan bien escrito, pero es entrañable. Emocionante y esperanzador. La historia de dos vagabundos que se salen con la suya: convencidos de que son artistas, terminan por ser parte de la generación que redefinió la cultura pop americana (En en el libro Por Favor Mátame hay otro retrato: loca ansiosa por meterse en los círculos bohemios y gran poeta) . Entrevisté a Patti Smith por su libro y también, cómo no, por su público fanatismo por Roberto Bolaño. De todo lo que me dijo, me quedo con esto: “Si necesitas algo, ya tienes mi número”.

Hubo un par de cosas más que dejé fuera. Por ejemplo, Patti me contó que vive al lado del Hotel Chelsea, que más que poemas quería escribir libros para niños (“como Pinocho o Peter Pan”) y novelas de detectives, y que siempre lleva un diario (“los cuadernos de notas y los diarios de los escritores son sus más importantes posesiones”) que en los 70 tenía anotaciones como estas: “Cuando le corté el pelo a Robert, el día en que conocí a Janis Joplin, el día en que fuimos a Coney Island, cuando la luna estaba llena”.

Dos cuñas más:

“Me han llamado wild mustang del rock and roll, poeta rockera, la reina del punk, luego fui la madre, ahora soy la madrina… Mientras más envejezco, mis títulos cambian. Realmente no me importan. Simplemente soy una trabajadora”

“Siempre me he sentido libre. Cuando te sientes reducido por la sociedad o por la cultura que te rodea, terminas abriendo las puertas a patadas. Como decía Jim Morrison, atraviesas hacia el otro lado. Uno se libera. Ser libre o no, al menos que estés es prisión, es una ilusión: todos somos libres, pero es algo que debemos ganarnos constantemente”.

Al final Smith me adelantó que quería venir a Chile. “Voy a ir en primavera (de EEUU). Voy a ir a tocar. Estoy trabajando en ello. Porque me encantaría ir. Definitivamente iré”. Ojalá. Habrá que esperar. Dejo aquí la nota que salió en el diario.

Hacia el final de la noche, un veinteañero de afro revuelto se subió al escenario con una Gibson Les Paul. Fue el 23 de julio pasado en San Feliú de Guixols, España. Lautaro Bolaño se sumó a la banda de Patti Smith para tocar Blak leaves, la canción que la “madrina del punk” escribió en homenaje a su padre. Es el último capítulo de una pasión: casi obsesionada con Roberto Bolaño, Smith leyó una y otra vez sus novelas, le escribió un poema, luego una canción, y cuando supo que giraría por España, pidió una cita con su familia. Pocas horas después, Lautaro, el hijo mayor del escritor, estaba en el escenario con ella. “Fue una noche maravillosa”, dice Smith con una ligera emoción.
Al teléfono desde Nueva York, la voz de Smith se oye pastosa y cálida. “Me hizo muy feliz saber que alguien de Chile, de la tierra de Bolaño, quería hablar conmigo”, dice en otro arranque de fan. Más que la legendaria creadora del disco Horses (1975), pareciera estar hablando la adolescente que a fines de los 60 llegó a Manhattan con una copia robada de Iluminaciones, de Arthur Rimbaud, y sin un peso en los bolsillos. Es un eco de Eramos unos Niños, el libro en que Smith narra su amistad con el fotógrafo Robert Mapplethorpe y recorre su papel protagónico en el estallido del underground neoyorquino de los 70.
Recién en Chile, Eramos Unos Niños es la historia de los primeros pasos de Smith y Mapplethorpe: dos vagabundos que pasaron de juntar pesos para arrendar los más miserables departametos, a animar la bohemia de Nueva York junto a Andy Warhol William Burroughs, John Cale, y liderando la vanguardia artística y la irrupción del punk. Terminaron moldeando parte de la cultura popular de nuestros días.
En esa época, cuando apenas podían comprar leche y pan, ¿qué esperabas de tu vida como artista?
Nosotros no esperábamos nada. Yo sólo quería conseguir suficiente dinero para vivir, hacer mi trabajo, seguir estudiando. Lo que más me interesaba era poder hacer una buena obra, una obra que mereciera ser recordada. Esa era mi principal preocupación.
Le prometió este libro a Mapplethorpe antes de que muriera, en 1989. ¿Por qué demoró tanto en escribirlo?
Se lo prometí el día antes de que muriera. Pero fue difícil. Me tomó un tiempo procesar la pena de perder a Robert y encontrar las palabras adecuadas. Luego, tuve una serie de pérdidas: murió mi pianista, luego mi esposo (Fred “Sonic” Smith) y después mi hermano. Me costó mucho escribir sobre un tema como la pérdida.
Pero no es un libro amargo.
No, yo no soy una persona amarga. No tengo ninguna amargura.
Hasta hoy siento conmigo a Robert. Nunca he tenido la sensación de perder a Robert como mi amigo y guía.
Justamente Eramos unos niños se lee como una celebración de tu amistad con Mapplethorpe.
Escribí sobre el tiempo en que nos conocimos, fue a finales de los 60 y en los 70. Traté de describir el aura de nuestros días, cómo era un día cualquiera en nuestra vidas, el ritmo de la ciudad. Cuando éramos jóvenes, lo material todavía no era tan importante.
Nadie tenía tarjetas de crédito. Y no podías tener nada que no pudieras pagar: no teníamos celulares, ni computadores, ni siquiera televisores, tampoco teléfono. Y fueron años maravillosos, porque estábamos inventando nuestra voz cultural.

Un homenaje
Primero fue poeta, luego rockera. Empezó con lecturas dramatizadas de sus poemas y luego sumó al guitarrista Lenny Kaye a sus performances.
“Yo era una persona muy inquieta, con mucha energía y a veces sólo hacer poesía no era suficiente”, cuenta: “Quería algo más energértico y me puse a trabajar con Lenny. Lentamente fuimos evolucionando. Sumamos un piano, un bajo y finalmente una batería. Cambiamos. Empezamos en 1971 y para 1975 éramos una banda de rock and roll. Pero no lo planeamos, fue una evolución orgánica”, agrega.
A uno de los primeros recitales de Smith, en el club The Bitter End, en 1974, llegó un invitado de lujo: Bob Dylan. “Su aparición en el show salió en los diarios y, por supuesto, algo de la atención se concentró en lo que yo estaba haciendo. Poco tiempo después tuvimos un contrato para el disco Horses. El rápido interés de Bob Dylan me ayudó mucho”, cuenta.
Después de que saliera Horses, cuando empezaban bandas como Televisión, The Ramones y MC5, ¿estabas consciente de que nacía un movimiento?
Uno espera que pueda generar cambios. Yo siempre esperé que pudiéramos generar un cambio en el futuro. No andas por la vida diciendo que eres parte de un nuevo movimiento. Nunca lo sabes. Ningún movimiento lo sabe. Los beatniks no pretendían ser beatniks, sólo hicieron su trabajo. Con el tiempo apareció la etiqueta. Todo lo que nosotros queríamos era trabajar en nuestras canciones y poemas y ser libres. De eso es lo que se trata realmente el punk. Es simplemente otra palabra para decir libertad.
Bolaño decía que escuchaba a The Velvet Underground y Suicide. Es probable que también te escuchara a ti.
Oh, no lo sé. Es maravilloso pensarlo. Pero ciertamente yo lo escucho a él. Bolaño es mi escritor favorito.
¿Cómo llegaste a leerlo?
Nadie realmente me lo recomendó. Está en todas partes. Vi el título Los Detectives Salvajes... Me habría encantado escribir esa frase. No sabía nada de Bolaño, pero pensé que cualquiera que hubiera escrito un libro con ese título tenía que ser genial. Luego leí Amuleto. Pero el libro que realmente me sedujo fue 2666. Ya lo he leído cuatro veces. Es una obra maestra. Es la primera verdadera obra maestra del siglo XXI.
¿Qué te impresionó?
En el libro, Bolaño diseña el apocalipsis del mundo. Es una obra maestra en todos los sentidos, lo tiene todo: poesía, belleza, el aire de una novela de detectives, está maravillosamente escrita y, para la literatura, abre nuevas posibilidades de contar una historia.
¿Cómo se gestó la invitación de Lautaro Bolaño a uno de tus conciertos?
Me reuní con toda la familia. Ellos accedieron a verme. Fueron a mi concierto. Su hijo es un gran guitarrista y lo invitamos a tocar con nosotros. Fue simple y maravilloso. Los dos hijos de Bolaños son maravillosos.
¿Estuviste en la casa de Bolaño, en Blanes?
Es un tema privado. Lo acordamos así. Pero puedo asegurarte que tuvimos una gran conexión.
¿En tu nuevo disco incluiras la canción que escribiste para Bolaño?
Sí, ahí estará. Estoy trabajando en un nuevo disco y en dos nuevos libros. Escribo una novela de detectives. Pero, además, voy a publicar un pequeño libro sobre Bolaño. Tendrá algunas reflexiones y varios poemas. Es un homenaje. Es muy triste que nunca haya podido conocerlo y agradecerle por su maravilloso trabajo.

los cuadernos de notas y los diarios de los escritores son sus más importantes posesiones