Huérfanos en los 90, por Alvaro Bisama

noviembre 4, 2010

No tengo ningún recuerdo del día en que murió Kurt Cobain. Pero tengo que haberlo sabido: la Rock & Pop estuvo todo el día hablando del suicidio del líder de Nirvana y yo ese día debo haber pasado por la 94.1. Siempre lo hacía. Pasaron unos años para que entendiera realmente la densidad de ese disparo con que Cobain se voló lo sesos. Sospecho que a muchos les pasó lo mismo: Nirvana sonaba de fondo en nuestras vidas, pero acá, en realidad, nadie era grunge. Ni de lejos. En los 90 los adolescentes, los jóvenes, andábamos en otra cosa. En varias cosas, supongo, pero ninguna de ellas tenían que ver con la Generación X gringa, por más que estuviésemos todos el día colgados a MTV o leyendo The Rollings Stone de contrabando. En los 90 también acá andábamos en una deriva, pero todo Chile estaba metida en ella después de 17 años de dictadura. No todos lo sabíamos, pero estábamos atontados por la resaca. Creo que de eso se trata Estrellas Muertas, la última novela de Alvaro Bisama.

Uno de los narradores -el que abre y cierra la novela- tampoco le tomó el peso al suicidio de Cobain. Probablemente escuchaba a Nirvana, como cualquier universitario, pero no pescó.  Siguió con su vida, cualquiera que fuera esta: de él no conocemos casi nada, salvo que se está separando y que en adelante sobrellevará una tristeza incombustible. Justo antes de despedirse, escuchará de la voz de su mujer la historia del Donoso y la Javiera. La mujer que habla -la ex mujer- fue una estudiante de una universidad pública del Puerto (Bisama prefiere no escribir Valparaíso) secretamente adicta al jarabe para la tos y al punk. Al inicio de Estrellas Muertas, narradora y narrador están en el café Hesperia cuando ella ve retratada en el diario a la Javiera, una ex compañera universitaria. Entonces, como si saliera de un shock, ella se pone a contar  la historia de la Javiera y el Donoso. Narradora y narrador salen del centro de la trama y, en un diálogo totalmente dominado por ella, aparece la cronología de la destrucción de la Javiera y el Donoso.

A partir de recuerdos parciales, relatos de oídas y rumores, Javiera surge como el eco de la militancia política de los 80. Un fantasma a maltraer: luchó contra Pinochet, fue torturada, salió al exilio, volvió y hoy -inicios de los 90- vuelve a estar activa como comunista en Valparaíso. Viene dañadísima. Ya está casi en los 40 pero es parte de la JJCC y quiere sumar a sus compañeros a la causa, aunque nunca sabemos para qué: nunca sabemos qué lucha política quiere dar, qué sistema quiere cambiar. Sólo sabemos que arrastra a Donoso, un antofagastino de 18 años que cae rendido ante el discurso exaltado y el canto nuevo guitarreado. Al rato, están juntos. Poco después, la vida de ambos se va a pique. Ella lo arrastra hacia el despeñadero. Ella lo integra a su herida. El PC, la ideología, la política, todo el aparataje partidario, es un decorado vacío. Nada de eso importa para la violencia que se apodera de ellos, ni de la decadencia que los lleva a deambular de pensión en pensión, pocilga en pocilga. O quizás sí: la Javiera en los 90 ya no sabe vivir.

En el climax de la caída libre de la parejita (¿sigue siendo válida la idea del climax?), la Javiera y el Donoso se refugian en un hotel apestoso en las cercanías de Valparaíso. Ella está embarazada y enferma, él las cuida. Ambos, cada uno a su modo, ya perdieron la cordura. Lo que pase en adelante serán los efectos de tocar fondo: Donoso intentará escamotear la noche, Javiera se convertirá en la noche. Paralelamente, la narradora -la que está en el café Hesperia junto al hombre de quien se divorciará- nos ha contado que ella suprimió buena parte de su vida universitaria en los efectos del jarabe para la tos. Del narrador prácticamenmte no sabemos nada. No, perdón, es más: no sabemos casi nada de ningún personaje. Prácticamente no tenemos acceso a ningún dato exacto. Ni siquiera sabemos qué estudiaban la Javiera y el Donoso. Tenemos ecos y un ánimo general. En Estrellas Muertas sólo tenemos destellos del pasado.

Ahí está la gran diferencia de Estrellas Muertas con el resto de los libros de Bisama. No hay que ser un genio para notarlo. Si antes Bisama había saturado de información cada una de las páginas de sus libros  (hablo de Postales Urbanas, Caja Negra, Música Marciana), acá justamente lo que falta es información. O, no, no es eso:  hasta cierto punto, esa información -desde la trivia falsa hasta la cita pop rebuscada, pasando por el detalle ondero- llegó a ser tan excesiva que ensombrecía el resto del relato. Lo ocultaba. La verdadera historia de los hermanos en Música Marciana está oculta. Caja Negra tiene notables escenas de tristeza, pero no estoy muy seguro de qué se trata (¿cuál es el tema?). Nada de eso está mal, por supuesto. Por momentos ha estado muy bien. Por lo demás, ocultar una historia en la espesura de la información es una estrategia deliberada. El descontrol es deliberado: cómo no iba a serlo, si el autor es profesor de castellano, crítico literario y, últimamente, opinologo especialista en cultura basura.

Antes estuvo bien, ahora está mejor. No sólo porque Estrellas Muertas es más transparente (lo que quizás no importa demasiado), sino porque probablemente esta sea la más intensa de las novelas de Bisama. Por esas 187 páginas corre más sangre que por todo lo que ha escrito Bisama. A veces tengo la sensación que Caja Negra y Música Marciana no importan nada. No dicen nada. Son libros vacíos. Estoy seguro que simplifico. Estoy que seguro que lo que de verdad pasa es que Estrellas Negras las hace palidecer: con la historia de la Javiera y el Donoso, Bisama va mucho allá de contar una historia sorprendente y se echa al hombro un pedazo de nuestra época: la dañadísima Javiera es un eco oscuro de los 80 que en los 90 se transforma en cáncer. Bisama no lo dice, pero lo sabemos: ella es el cuerpo torturado que queremos olvidar. El desecho perfecto de los brillantes años 90. Por supuesto, Estrellas Muertas es una novela política: la maldición que persigue a Javiera, mancha a Donoso y alcanza la hija de ambos, fue conjurada por la dictadura. Quién sabe: acaso los narradores -esa pareja que se separa- también son un efecto de Javiera.

No sé si era posible adivinar que Bisama escribiría una novela política. Alvaro, como Alejandro Zambra, fue lector antes que escritor. Ambos encabezaron una nueva generación (¿generación?) de críticos literarios que, a inicios del milenio, leían a contrapelo de las reglas de la tradición (o lo que parecía ser una tradición). Supongo que algo de culpa tuvieron ellos del descrédito en qué ha caído hoy la Nueva Narrativa Chilena de los 90. Si me apuran, Zambra leía desde el vagaje post Parra de la poesía chilena. La matriz de Bisama era un cruce oficialmente “posmoderno”, entre la cultura pop (televisión, punk, cómics, cine, etc.) y la teoría literaria post estructuralista. Para mi llego a representar la imposible intelectualización de la Zona de Contacto. Y la cosa es así: sin el desparpajo pop que le dio Fuguet a la literatura chilena, habría sido bastante más difícil que se colara un lector de ciencia ficción como Bisama.

Una vez adentro, nos fue fácil pensar que Bisama era otro cultor del SciFi local. Nunca lo fue, pero Caja Negra es engañosa: es la historia de una explosión en progreso que, resulta, no se detiene, pues es todo lo que tenemos.  El gesto fantástico de Música Marciana es el fin del mundo que se avecina, lo que da un poco lo mismo: lo que importa (tampoco es que Matta sobrevuele la novela) es la horfandad. Esos hermanos que se desperdigaron por el mundo en aventuras increíbles hasta perderse, huyen de la sombra desaparecida de su padre. En Estrellas Muertas Bisama insiste con los huérfanos. Pero estos son más interesantes en sus simples existencias: parecen de verdad. Tienen vida de huérfanos: están abandonados. Javiera ya no tiene nada: la política, la revolución, ni siquiera podría prestarle un hombro donde echarse a llorar. El resto es una manga de desorientados predestinados a la tristeza.

La resaca. Sí, la resaca. Los 90. No sería raro que me equivocara, pero sospecho que antes de Estrellas Muertas la narrativa chilena no se había hecho cargo de la rareza de esos años y de su potencial desolación. A su manera, oblicuamente, situado en la provincia, Bisama atrapa el desánimo latente que amenazó a la generación de los 90: esa abulia que emanaba desde la sospecha que ya no había nada importante qué hacer. Algunos la espantaron, casi todos, pero son los otros los que le interesan a Bisama: los anónimos, los aburridos, los inertes, los desesperados, los desquiciados.

En agosto le hice una entrevista a Alvaro Bisama sobre Estrellas Muertas para La Tercera. La pueden leer acá.

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2 Responses to “Huérfanos en los 90, por Alvaro Bisama”

  1. DR SNOW Says:

    yo si me acuerdo de la noche que encendi cnn volviendo a casa de madrugada con los munchies y ahi estaba la noticia que nos partió los 90 al medio.. nosotros en tierra del fuego sí eramos grunge antes del grunge, rockeando free en los bosques… ah, los 90, todavía intercambiando bootleg-tapes y fanzines por correo, cuando el indie rock criollo todavía ardía con un fuego brillante y todavía queríamos ser poetas punks de fin de siglo, antes de que internet llegara y transformara todo en un gran blog-post que nadie lee…


  2. […] (Compases al Amanecer (Hueders) y Dejar Hacer (Alfaguara)), Alvaro Bisama publicó su mejor novela (Estrellas Muertas, Alfaguara), Yuri Pérez confirmó con Niño Feo (Narrativas Punto Aparte) que hay que seguirle la […]


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