(No) Leer el 2010

febrero 10, 2011

1- El 2010 no fue precisamente un gran año para la narrativa chilena. Pero hubo cosas. Germán Marín aportó dos libros satélites a su obra (Compases al Amanecer (Hueders) y Dejar Hacer (Alfaguara)), Alvaro Bisama publicó su mejor novela (Estrellas Muertas, Alfaguara), Yuri Pérez confirmó con Niño Feo (Narrativas Punto Aparte) que hay que seguirle la pista, Diamela Eltit fue sorprendentemente clara en Impuesto a la Carne, Carlos Labbé explicitó sus mecanismos en su novela Locuela (Periférica) y Pablo Toro encarnó la promesa del año con sus cuentos Hombres Maravillosos y Vulnerables (La Calabaza del Diablo). No es poco, pero que nadie venga a abrir la champaña. Me habría gustado mencionar a La Doble Vida (Tusquets), pero las ataduras formales de Arturo Fontaine no dejan que el libro sea algo más que una novela convencional; y no se puede bajar a las mazmorras de la dictadura con una novela convencional. Si contamos que el Premio Nacional de Literatura (por regla otorgado a la narrativa) que ganó Isabel Allende, no salimos muy bien parados en la suma.

2. La crisis en la industria editorial viene anunciándose hace rato. El año pasado llegó a Chile y su cara más visible es Planeta: hace 15 años, la editorial era el motor de una nueva escena literaria chilena (buena, mala, como sea) y el 2010 apenas publicó dos novelas chilenas (Impuesto a la Carne y Post Humo, de Mario Valdovinos). El resto fue puro auto ayuda y reimpresiones de Stieg Larsson y Muriel Barbury. De la grandes, Alfaguara fue la que mejor lo hizo en términos literarios. Ediciones B aún tiene algo de carbón (no olvidar Chil3, Relación del Reyno y La Endemoniada de Santiago, de  Patricio Jara), mientras que Random House Mondadori parece extraviada en el área literaria (¿¿Poli Délano??), aunque su catálogo de importaciones a ratos es notable. Estoy hablando de los grandes sellos, pues la escena independiente es vigorosa.  No es casualidad que una editora del prestigio de Andrea Palet no tenga oficina en ningún gran sello y tuviera que crear su propia editorial, Los Libros Qué Leo. Para mi, lo más interesante y arriesgado vino desde La Calabaza del Diablo (pese a que se me desarmaron dos de sus libros). Atrás viene Cuneta.

3. Los poetas. De ellos es el 2010. Anoté -en La Tercera- que Ruda (Cuarto Propio), de Germán Carrasco, es el mejor libro de poesía del año, pero la categoría es engañosa. En rigor, no estoy seguro si es mejor que Almanaque (Lanzallamas), de Jaime Pinos, o La ley de Snell (Tácitas), de Leonardo Sanhueza, o Alameda tras las rejas (La Calabaza del Diablo), de Rodrigo Olavarría. Pero estoy seguro de esto: esos cuatro libros le pegaron un remezón (silencioso, no puede ser de otra forma) a toda la literatura chilena. El efecto será en un par de años. O más. Después del ruidoso arribo de los Novísimos, Carrasco, Sanhueza, Pinos y Olavarría reorganizan el mapa y sin piruetas ni estridencias, confirman que la poesía chilena se mueve y se renueva. Nadie había escrito estos libros antes. Nadie había modulado estas voces antes.

Carrasco -que anda con la chapa ineludible hace rato- es un luminoso que crea nuevas velocidades, a veces tan personal (otras veces inventa una generación de altaneros solitarios) como el sorprendente Olavarría: me gusta pensar a Alameda tras las Rejas como una novela a la que no le queda más remedio que ser un poema. O al revés. Triste, pero a su modo esperanzador, le da un giro a ese subgénero tan irresistible -si se hace bien- de novelas de adolescentes en crisis. En otro frente, Sanhueza arriesga una poesía cargada de imágenes y símbolos en tiempos del reínado coloquial bertoniano. Y habla de lo de siempre: el paso del tiempo, la memoria, los arañazos de la vida. Le va bien. No es trágico, sino cálido y de una inteligencia nada soberbia. Pinos es político y no pudo elegir mejor año -con la derecha de vuelta en La Moneda- para serlo: Almanaque es un inventario del desplome de la sociedad cívica en el Chile de hoy. Un paseo por las ruinas de un país dominado por el ideario neoliberal y aplastado por los ecos de la dictadura. Con relatos cotidianos, tono documental, citas a textos políticos (y también a David Bowie), registra cómo -desde los 80 hasta acá- Chile se jodió.

4. Alejandro Zambra es poeta. Como han dicho un par de veces, un poeta que escribe novelas. No sé muy bien qué significa eso, pero No Leer (Universidad Diego Portales) lo confirma. El libro reúne un buen puñado de las crónicas y columas que Zambra ha publicado en la prensa y está atravesado por una tensión: narrativa vs poesía. Sus textos Contra los Poetas I y II son inolvidables, su disección de la poesía de Bolaño reveladora, su oda a las fotocopias entrañable. Si uno lee con maña, puede encontrar un patrón de lecturas: quizás nada una realmente a Josefina Vincens, Mario Levrero, Julio Ramón Ribeyro, Clarice Linspector, Manuel Puig, Dino Buzzati, Natalia Ginzburg, Péter Esterházy y Junishiro Tanizaki, pero Zambra parece descubrir -o crear- un lazo: los une cierto desacato, un gesto a contrapelo del mercado y las modas. Algún tipo de lector ideal que deambula por ellos encontrando huellas de otra tradición. Inventando otra tradición en desarrollo. Pasa lo mismo con los chilenos: Diamela Eltit, José Donoso, Nicanor Parra, Roberto Merino, Bolaño, Gonzalo Millán, Armando Uribe, Enrique Lihn y Adolfo Couve podrían ser, en la hilación de Zambra, los eslabones de un ruta para leer de nuevo a la literatura chilena. Desde otra parte.

No Leer es algo más que la tentantiva de un nuevo mapa. Si me apuran, y yo estoy dispuesto a apurarme, es la prueba que necesitábamos para decir que Zambra terminó de abrir la puerta que Bolaño forzó a patadas. Zambra sobre todo comulga con la moral bolañiana: la literatura no existe en la impostura. Y la impostura está siempre ahí: en el ansia de fama, de dinero, seguridad, etc. Zambra, que ya desechó su vocación de polemista, prefiere omitir, buscas nuevas referencias y leer todo de nuevo. Menos taxativo que Bolaño, configura un estilo ensayístico en el dubitativo proceso de la lectura: duda, no cree, cree, sigue leyendo. El más definitivo de sus textos (De Novela, ni Hablar), es esquivo y laberíntico: parte en Linspector, tira a la basura los géneros literarios, recuerda a su generación, a los 90, y termina en una teoría general de la literatura chilena. Simplifico:  la narrativa chilena aún no se olvida del balbuceo inventado por Neruda; se esconde en la divagación y la retórica. La poesía, en cambio, anda en otra parte; ya ni siquiera escribe versos.

Lo digo de nuevo: con No Leer queda en evidencia que Bolaño abrió una nueva ruta, al menos, para el tránsito de la crítica chilena. Otra prueba de ello es Canon: Cenizas y Diamantes de la Narrativa Chilena, un repaso de Camilo Marks con gusto a poco anclado en no sé qué tiempo. Zambra (quien no es nombrado por Marks en su libro) tiene más arrojo, lee de nuevo. Y ya sabemos, como novelista está descubriendo una ruta desconocida, personal y de las más interesantes que se ven por estos lados. Estoy a la espera de su nueva novela, Formas de Volver a Casa, que Anagrama publicará este año.

A propósito de No Leer, entrevisté a Zambra hace un par de meses para La Tercera. Dejo acá la entrevista íntegra.

En el prólogo hablas de las “imposturas del mundo literario”. ¿Cuáles son las que más te molestan? La tendencia a no leer, sobre todo, como dice el título. A veces tengo la impresión de que nadie lee, al menos no de verdad. A veces pienso que definitivamente ganó la vanidad: que ahora los escritores tienen más ganas de ser personajes que de ser escritores. Pero sin duda exagero, sé que me equivoco, porque hay gente que en verdad lee. Hay un montón de gente valiosa que escribe para buscar, no para ganar. Gente tal vez más calladita y con seguridad más honesta. No me pidas consecuencia, en todo caso. En los días malos pienso que ganaron los malos. Y en los buenos me alegro inmensamente del panorama. Tampoco es que huya del mundo literario. A veces un poco. Pero huyo lentamente, como jugando a que me alcancen.

Dejaste fuera de No Leer la mayoría de las reseñas más duras que publicaste en Las Ultimas Noticias, esas que de alguna manera -por las razones equivocadas quizás- hicieron conocido tu nombre en el gremio literario a inicios de la década. ¿Por qué no incluiste ni una? ¿Por qué no incluir textos negativos? La selección la hizo Andrés Braithwaite y estuvimos de acuerdo en dejar fuera prácticamente todos los textos de Lun, porque eran meras reseñas y la idea no era hacer un libro de reseñas. Sobrevivieron dos o tres textos nada más, de ciento veinte que escribí. Creo que es también un tema de estilo. Con el tiempo he cambiado de mano. Ahora me cuesta reconocerme en algunos giros  que entonces usaba y abusaba; tenía una cierta idea del ritmo que ha cambiado mucho. También, como digo en el prólogo, pasé de reseñar semanalmente a escribir con mayor libertad sobre los libros que me gustan. Es mucho más difícil decir por qué algo te parece bueno que argumentar por qué no lo es. Para ponerlo de otro modo: es realmente fácil decir por qué los libros de Isabel Allende son predecibles y perecibles: basta leerlos con atención. Lo difícil es decir por qué la prosa de Mauricio Wacquez es deslumbrante. No le veo sentido a volver a insistir, en el libro, en la diferencia enorme que hay entre una literatura comercial y la otra, la genuina. Para mí lo mejor que puede suceder con No Leer es que ellibro conduzca a otros libros. Y lo mejor de hacerlo fue volver a trabajar codo a codo con Andrés Braithwaite.

Eltit, Donoso, Parra, Merino, Bolaño, Millán, Uribe, Lihn, Couve son, básicamente, los autores chilenos que aparecen en No Leer. ¿Lo une algo más que tu gusto? ¿A quienes dejaste fuera? No tenía la intención de hacer un libro sobre literatura chilena. De hecho las crónicas sobre esos escritores van entreveradas con las demás. Me hubiera gustado haber escrito algo largo sobre Juan Emar o José Santos González Vera, por ejemplo. Y sobre Marcelo Mellado o autores más recientes, como Alejandra Costamagna o Cinthya Rimsky. Y sobre autores latinoamericanos que me gustan muchísimo pero de los que curiosamente nunca escribí una línea, como el viejo Fogwill, sin ir más lejos, o Fernando Vallejo. Pero habrá tiempo para eso, supongo.

Hace tres años, en De novela, Ni hablar, escribiste que si bien los poetas chilenos olvidaron a Neruda, los narradores aún no. ¿Tu diagnóstico sigue siendo el mismo? ¿Es necesario que los narradores superen a Neruda? ¿Qué tan mal le hace a la narrativa chilena seguir en el “balbuceo elegante” y la “divagación”? Creo que solamente desde la duda, desde la incerteza, nace la buena literatura. Y que la poesía chilena ha sabido dudar de sí misma, ha sabido multiplicarse, contradecirse, metamorfosearse. En verdad hay muchos narradores chilenos que me gustan, que admiro. Pero me parecen todos, secretamente o no, más cercanos a la poesía que a la prosa. De una posible antología de cuentos chilenos, por ejemplo, me interesan mucho más Juan Emar y Enrique Lihn que los narradores más canónicos.

Sigamos en De Novela, ni hablar. Mencionas a tu generación: ¿Cuál es? ¿Se formó a contrapelo -en rechazo- de la narrativa chilena de los 90? No lo creo. Yo me formé con mis amigos poetas. Creo que entonces, en esas largas sesiones en que corregíamos nuestros textos, aprendí mucho. Y sigo aprendiendo de ellos y de otros amigos. Me gustan mucho esas reuniones en que además de beber y de fumar y de tocar la guitarra leemos con atención, con cariño y con distancia, los textos de los amigos. No creo que esa generación naciera de un rechazo a la narrativa porque por entonces no leíamos narrativa chilena. Teníamos 20 años, veníamos saliendo de una dictadura, simplemente queríamos recuperar los sentidos, recuperar las palabras, el habla, el aliento. La poesía. Me siento parte de ese grupo. Me interesa profundamente, me interesa cada vez más lo que hacen Andrés Anwandter, Leo Sanhueza, Kurt Folch, Jaime Pinos o Verónica Jiménez. Son todos distintos, y eso teníamos en los 90: no queríamos agruparnos en un dogma o en algunos pocos recursos expresivos. Creo que eso se nota, por ejemplo, en la poesía de Germán Carrasco. En su libro Ruda hay cinco o seis poemas impresionantes, de lo mejor que he leído en mucho tiempo. Por otra parte, la casa se ha ampliado y eso es tremendamente bueno. Me siento muy próximo a escritores más jóvenes, verdadera y tal vez escandalosamente jóvenes, como Diego Zúñiga, o ya no tan jóvenes pero que parecen muy jóvenes, como Rodrigo Olavarría.

Se han insistido mucho en el efecto de Bolaño en la literatura chilena. Tu también lo rastreas en No Leer. Dices que desató un “caos”. ¿Cómo te afectó a ti? Me gustó ese caos. La verdad es que Bolaño es para mí como un hermano mayor. No el gran hermano; el hermano mayor. Ese que llega de sus viajes y antes de echarse a dormir te cuenta sus aventuras y las escuchas embobado y sientes el deseo de alguna vez también viajar y ser como él, aunque también sabes que a ti te toca tal vez lo otro; quedarte y mirar mucho, mirar larga, interminablemente, el país, el paisaje donde vives. Me encanta que se hable de Bolaño. Es un gran escritor, lo admiro y por favor no me digas que se murió porque no te lo voy a creer.

Cuando publicaste Bonsái, escuché a alguien decir que era “la novela de un poeta”. La tensión entre la poesía y la prosa, entre el narrador y el poeta, recorre prácticamente todo el libro. ¿Es una tensión personal? ¿Puedes elegir, como lector y autor? No hay intensidad más duradera que la de un poema. Me crié creyendo eso y todavía lo creo, lo siento. Pero en verdad me gustan los poemas que no parecen poemas y las novelas que no parecen novelas. La literatura a secas. Hay demasiada poesía en las crónicas de Natalia Ginzburg o Clarice Lispector, por ejemplo. Como autor en verdad elijo con frecuencia la poesía. Si no he publicado más es porque se me pegó el tono de mi libro Mudanza, que es del 2003. Sigo escribiendo ese poema, a decir verdad: variaciones sobre ese ritmo, sobre ese tono, sobre ese imaginario. En la prosa eso no me ha pasado. Para mí, por ejemplo -tal vez solamente para mí- La vida privada de los árboles es un libro muy distinto, en casi todos los sentidos, a Bonsái.Formas de Volver a Casa, la novela nueva –que incluye, eso sí, algunos poemas- es también muy distinta. Es, de hecho, casi enteramente en primera persona.

Fuiste a Santo Stefano a “buscar” a Pavese. ¿Has hecho otro viaje tan deliberadamente literario? Si pudieras, ¿qué viaje similar harías? No, ese viaje fue una excepción que debo a una genial idea de mi amiga Marcela Aguilar. En verdad no suelo hacer esa clase de incursiones. Lo de Pavese fue muy fuerte: es raro y en cierto modo terrible cotejar una obra que admiras con el paisaje que su autor amó (y odió). Como viajero en verdad soy más bien lento. Me demoro mucho en conocer una ciudad. Ahora mismo llevo dos meses en México y todavía me muevo a tientas, maravillado y extrañado. Me gusta viajar libremente, olvidando las ideas previas, callejear sin planes. Volvería a hacerlo, sí, pero tal vez como excusa para viajar.

Anuncios

2 Responses to “(No) Leer el 2010”

  1. esteban Says:

    tremendo post.

    comparto con tus juicios.

    un gusto leerte, saludos.

  2. scoddou Says:

    Off topic. No tengo twitter, pero de vez en cuando hago voyerismo tuitero. Mi apuesta es que – de ser occidental – ganarán Les Murray o Adam Zagajewski. De ser novelista, otra opción es Peter Carey. Creo que Dylan y Roth tienen pocas opciones. Pero la academia sueca es rara, y en una de esas opta por Dylan como medida populista.
    Saludos,


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: