Sumo preguntas de dos entrevistas  a César Aira. Una de 2008 y otra de 2010. Hace como cuatro meses hablé de nuevo con él: En busca del loro atrofiado, de Roberto Merino,  le había parecido “extraordinario” y estaba preparando un texto para libro con los diarios de Marcelo Matthey que lanzará Mansalva en Argentina. Ustedes ya saben quién es Aira, los dos mil libros que ha publicado, su tono rarísimo, etc. (La foto es de Ediciones Uranio)

¿Qué le atrae de los “sabios locos” que aparecen en novelas como Váramo y Embalse?
Los “sabios locos” son una buena metáfora del escritor, porque su objetivo último nunca es menos que “dominar el mundo”. Y el escritor, aun en su modestia y bajo perfil, aun en su insignificancia social, también se propone una dominación del mundo, de la realidad, de su vida, por la vía de la representación. La lengua ya es un instrumento de control y dominio, y el escritor es un profesional de la lengua.
¿Es todavía posible ser vanguardista, como lo planteó en el ensayo La nueva escritura (1998)?
La vanguardia no está afectada por la palabra “todavía”. Como todas las cosas fugaces y efímeras, tiene su modo particular y muy eficaz de durar. Porque toda vanguardia, por pocos que sean los que la acepten y aprecien, crea su propia academia, y debe volver a ser vanguardia, contra sí misma. El que ha decidido, en el despertar de su vocación, crear sus propios valores y no respetar los valores en curso será vanguardista siempre.
Usted ha rastreado a muchos escritores raros. ¿Piensa que es hora de actualizar su Diccionario latinoamericano de autores?
Mi diccionario fue una empresa juvenil, que necesitó toda la energía de la juventud. Hoy no podría hacerlo. Hubo algunas intenciones de reeditarlo actualizado, pero no creo que valga la pena. En cuanto a la búsqueda de raros, tiene sus límites. Ahora me interesa más rastrear las grandes rarezas que hay en las obras de Shakespeare, Proust, Borges…
Suele nombrar a Adolfo Couve entre sus autores favoritos. ¿Por qué aprecia tanto a Couve y qué otros escritores chilenos le interesan?
De Couve, al que descubrí hace muchos años, me atrajo la elegancia, la atmósfera. Muchos otros chilenos me interesan. Tengo una debilidad especial por Braulio Arenas. No entiendo por qué no reeditan Los esclavos de sus pasiones, que es una joya rara.
¿Cambió la práctica de no leer a sus contemporáneos? ¿Ya leyó a Bolaño?
Leo lo que quiero, sin prestar atención a las fechas. Los libros saben esperar. Es lo bueno que tienen. Y sí, leí al fin una novela de Bolaño, y no me pareció gran cosa. Debe de ser buenísimo, si todos lo dicen, pero no es mi taza de té.
¿Qué piensas de la literatura argentina actual?
No soy optimista ni entusiasta con lo que leo de la actual literatura argentina. La leo poco, para no terminar de perder las esperanzas.
¿Engaña deliberadamente al lector?
No creo que el verbo que corresponde sea “engañar”. En todo caso sería “sorprender”, lo que es parte integral y esencial del contrato entre autor y lector. Y en mi caso, también es “sorprenderme” a mí mismo. En esa novela, el marido realmente había decapitado a sus suegros. Pero sobre la marcha se me ocurrió darle una vuelta de tuerca.
El divorcio es quizá una de las novelas que mejor refleja su fascinación por las escenas. ¿Cree que el encadenamiento arbitrario de episodios constituye una novela? O mejor: ¿Qué es para usted una novela?
No pretendo engañar a nadie. Lo que yo escribo no son novelas. Son artefactos literarios, poesía escrita como ejercicio de prosa, descripción de aparatos de lógicas irracionales. No sé qué son, pero estoy seguro de que no son novelas. Las novelas ya se escribieron todas en el siglo XIX, y no le veo sentido al trabajo que se toman tantos escritores en seguir escribiéndolas. Las novelas que se escriben hoy son pastiches de un género del pasado.
¿Por qué no se ha animado a publicar un libro en que se reúnan sus ensayos, como si lo ha hecho en Brasil, por ejemplo?
No me gusta escribir ensayos y no le doy ninguna importancia a los que he escrito. Lo he hecho siempre por distintos compromisos, nunca por iniciativa propia. Quizás me obligué a escribirlos para probar, o probarme, algo. Un amigo inteligente me decía hace poco que el ensayo es la piedra de toque para ver si un escritor es realmente bueno. Tiene razón. En la ficción o la poesía hay muchos recursos para disimular la falta de talento o de inteligencia (¡si lo sabré yo!).
¿Pretende trabajar en algún ensayo como el que le dedicó a Alejandra Pizarnik?
El mes pasado, después de leer una conferencia en Madrid, que me dio un trabajo infernal, me prometí dedicarme exclusivamente a mis relatos. Al día siguiente me pidieron un artículo sobre Raymond Roussel. Qué tramposo es el destino. Me había pasado la vida esperando que me pidieran que escriba sobre Roussel, y bastó que me prometiera no escribir más ensayos, para que me lo pidieran. En fin. Lo escribí, y ahora estoy pensando en ampliarlo a libro. Pero va a ser el último. Mi testamento.
Usted se formó en los 70 al alero de Osvaldo Lamborghini. ¿Le enseñó algo la radicalidad de la escritura y estilo de vida de Lamborghini?
Mi amistad con Osvaldo fue un aprendizaje. Sigue muy presente en mí, no sólo por el cariño sino por el ejemplo de perfección y de intensidad. Es un privilegio tener internalizada una figura así; es una marca de exigencia, una línea muy alta que por lealtad uno se obliga a no desmerecer.
¿Cómo ha sido la literatura argentina sin la presencia de Fogwill?
Fogwill fue un amigo, un hombre inteligente, un caballero. Y un escritor y lector encendido. Nuestro Leon Bloy. Al lado de sus apasionamientos literarios, todos parecíamos unos indiferentes y unos cínicos. Ahora estamos empezando a notar la luz y la temperatura que irradiaba.

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“Estoy en blanco”

enero 12, 2012

“Raúl Zurita es el Ayatola Jomeini de la poesía chilena”, dijo Enrique Lihn en una entrevista –inédita- de 1980. En esos oscurísimos momentos de la dictadura, Zurita iba de líder mesiánico  autodestructivo de la vanguardia artística. Había publicado Purgatorio (1979) y, de inmediato, se había consagrado con esa voz autobiográfica, política, paisajística y -de nuevo- mesiánica. Muchos lo odiaban. Lihn, entre otros. Treinta años después, Zurita sigue hablando de lo mismo. Probablemente mejor: su enorme libro Zurita apareció el 2011 y para mí es de lo mejor que se editó por esos lados. Publicamos una nota en junio del año pasado. Acá está.

 “Lo que tenía que hacer ya lo hice. Estoy en blanco”

Corría el año 2002 y Berlín no era un lugar acogedor. Ningún lugar en el mundo lo habría sido para Raúl Zurita (61) en ese momento. Una “angustia infinita” lo tenía inmovilizado. El poeta estaba recién separado y una sensación de vacío lo había perseguido hasta Alemania, donde estaba por una beca. Funcionaba por órdenes: “Hazte un té”, se decía; luego se ordenaba tomárselo. Se le cruzó la idea del suicido y la desechó. Salió a la calle, se sumó por inercia a una manifestación contra George Bush, algo le pasó, volvió al departamento, se sentó al computador y se ordenó teclear: empezó el libro que siempre quiso escribir. Quizás sea el último.
No es tan sencillo. No puede serlo. Le tomó una década en escribirlo y tiene más de 700 páginas. Se llama simplemente Zurita y la próxima semana será publicado por la editorial de la Universidad Diego Portales. Ya conocemos parte del volumen: desde 2006, Zurita publica adelantos de este libro. El conjunto, sin embargo, es bastante más que la suma.
Pocos libros en la poesía chilena llegan a este nivel de ambición: en Zurita las heridas políticas de Chile se me zclan con la cicatrices del propio poeta para crear un lamento brutal y apabullante que resuena en todo el paisaje chileno. El centro del relato -porque Zurita, pese a sus zigzagueos temporales, es un relato- es el golpe del 11 de septiembre de 1973.
Tanta ambición no es gratuita. A casi un año de terminarlo, Zurita sigue en un estado de inesperado placer: no tiene ningún proyecto literario en el horizonte. Y no está mal. “Estoy en blanco”, cuenta.

Sin miedo
Hace tres años, Zurita dejó de fumar. Estaba a punto de volver al cigarrillo cuando Gustavo Cerati cayó en coma y se arrepintió. Su parkinson le preocupa menos. Se lo diagnosticaron hace diez años y hoy lo tiene prácticamente en un movimiento perpetuo. Entre otras cosas, no puede meterse a las manifestaciones callejeras, porque le cuesta moverse entre la gente.
“Paradójicamente, ha sido una recuperación del cuerpo: lo siento”, dice. “Viví en un mundo de poemas, de ideas, con un cierto desprecio muy platónico por la masa corporal y ahora el cuerpo se toma revancha: ahora no puedo, sino darme cuenta de mis manos, de mis piernas. Preferiría no tenerlo, pero está”, agrega.
¿Le teme?
– No. No le tengo ningún temor. A lo único que le temo es a la depresión. Es feroz.
Habla desde la experiencia. A mediados de los 70, después del golpe, arrastrando un matrimonio quebrado y los ecos de la tortura, Zurita peleaba con una depresión: lo que pudo escribir está en Purgatorio, su primer libro y el que es rescatado en parte en Zurita. Lo puso en el centro de la escuálida, pero influyente escena artística chilena de esos días, en que aparecían Juan Luis Martínez, Rodrigo Lira, Gonzalo Millán y Diego Maquieira.
A su lado, estaba el Cada, el coletivo político de arte que unía fuerzas con Lotty Rosenfeld, Juan Castillo y Diamela Eltit, su pareja en esos días. “Ese pajeo del arte en dictadura y bla bla bla”, escribe en Zurita.
También en 1979 difundió las fotos de una acción de arte (No puedo más) en que se masturbaba y se cortaba el rostro. Le costó su trabajo como vendedor de máquinas de escribir en Olivetti. Al año siguiente, vino otra performance: mientras sus versos eran escritos en el cielo por un avión de propulsión a chorro, Zurita se tiró ácido a los ojos para cegarse. Iba a ser una acción radical, pero no resultó. Hubo solo quemaduras en los párpados. “Fue feroz”, recuerda. “Toda una idea se me venía abajo. Todo se me derrumbó”, añade.
De vuelta a la depresión. Zurita salió escribiendo su segundo libro, Anteparaíso. “Podía tener millones de problemas, pero cuando me ponía a escribir todo se suspendía. Al escribir suspendes la vida y también la muerte. Me preguntas si tengo miedo, a lo mejor en la vida sí, pero cuando escribo no tengo miedo”, dice.

Un día, la existencia
Se asustó en Berlín. Pasó cuatro meses en un “estado límite”. Entonces escribió: “Tengo 52 años y he llegado hasta aquí porque mi vida está vacía”. Luego viene la memoria: en Zurita, el poeta va y viene sobre su niñez y sus padres, entra y sale de las salas de tortura, habla de sus parejas, de sus amigos, etc. No hay concesiones ni sentimentalismos: “Yo no escribo cosas / bonitas, ¿me entiendes?”, anota.
“Zurita es mi máximo intento de acortar la brecha entre vida y obra”, dice el escritor. Y amplia: “Si realmente logras tocar el fondo de ti mismo, sin autocompasión y sin falsa solidaridad, lo más probable es que estés tocando el fondo de todos los seres humanos. Todos somos más o menos similares en nuestros sueños, en nuestras pesadillas, en nuestra necesidad de amor, en nuestra perplejidad frente a la muerte. Si partes del dato de tu existencia, lo más probable es que toques el dato de la existencia de todos”.
Es así: el narrador de Zurita es un eco de la historia y del paisaje de Chile. Nada menos. Desbordante y apocalíptico, el volumen multiplica los conocidos niveles de dramatismo e intensidad del poeta. Recoge textos de varios de sus libros anteriores y junto con lo nuevo construye un relato que esquiva el poema tradicional y, a ratos, parece una novela experimental.
Con inspiración en las novelas Ulises y Finnegans wake, de James Joyce, Zurita también se centra en un día: desde la tarde del 10 septiembre, hasta la mañana del día siguiente. En torno al golpe de 1973, Zurita se permite ir y volver en el tiempo para capturar la profunda herida de la crisis política. Habla de un país “arrasado hace mil años”.
Al mismo tiempo que late la represión política, en Zurita también respiran las miserias privadas del autor, hay menciones a escritores como Roberto Bolaño, Germán Marín, Alvaro Bisama, José Angel Cuevas, citas a Bob Dylan, Pink Floyd y largos y participativos cameos de Beethoven, Miguel Angel y Akira Kurosawa, entre otros. De fondo los paisajes de Chile se vuelven personajes. La suma es un texto apocalíptico y que coquetea con la ciencia ficción.
“Relatar un día ha sido mi sueño literario desde los 20 años. Retratar una unidad de tiempo donde se diera toda la existencia”, dice Zurita. “Es lo que siempre quise hacer: algo que mezclara la poesía, con la novela, con la historia y con la biografía.
Mi intención fue que fuera tan preciso como un poema de tres líneas. Necesité 700 páginas”, agrega.
A veces, cuenta, mientras escribía, perdía el sentido del tiempo. “Fue fatigoso, pero también fue maravilloso”, dice. Y, con calma, cierra: “Ahora que está terminado es como sentir el desierto. Siento una extraña plenitud. No tengo nada que escribir. Siento que lo tenía que hacer ya lo hice. Está hecho. Las ganas de no escribir nada más son súper fuertes. Porque ahora estoy como en paz. Ya está bien. Estoy en blanco”

La Betty

enero 12, 2012

La primera vez que entrevisté a Germán Marín me dijo que después de su próxima novela “bajaría la cortina”. Esa novela era La Ola Muerta (2005) y el viejo, al contrario de cerrar el negocio, entró en un aceleradísimo ritmo de escritura y publicación que hoy, a sus 77 años, lo tiene lanzando prácticamente dos títulos por año. El último fue la antología de cuentos Últimos Resplandores de una Tarde Precaria. El próximo se llama El Guarén, es una novela, la publicará Fondo de Cultura Económica en 2012 y al final de esta entrevista adelanta su historia.  Publicamos esta nota en La Tercera en octubre de 2010, a propósito de esa novela sobre la inolvidable Betty Catrileo. (La foto de Carla McKay)

“Escribir sobre el hampa es encontrarse con el país real”

Deliberadamente alejado de las polémicas literarias, Marín publica su segundo libro de este año, la novela Dejar hacer. El autor de El palacio de la risa narra la historia de Betty Catrileo, una joven que intenta salir de los bajos fondos santiaguinos.

A mediados de los 50, Germán Marín (1934) pasó un año vagando por Santiago sin un peso. Fue un castigo. Después de que lo echaran de la Escuela Militar por mala conducta, su padre lo condenó a un año de ocio: podía hacer lo que quería, pero debía desayunar, almorzar y cenar en casa con la familia. De trabajar, ni hablar.
Contra todo pronóstico, fueron meses provechosos: por las mañanas, Marín se sumergía en la lectura en la Biblioteca Nacional y en las tardes se refugiaba en el salón de pool Manila, en la galería España. No jugaba, menos iba a apostar. Espiaba al hampa de medio pelo santiaguino. Observaba hipnotizado las reglas secretas de un universo para él inaccesible.
A su modo, logró entrar. Desde casi dos décadas viene paseándose por los bajos fondos como pocos narradores chilenos vivos. Hecha de malos recuerdos, traumas familiares y rencores políticos, la obra de Marín está plagada de criminales de medio pelo. Hoy hay otra: Betty Catrileo. Tuvo una pequeña aparición en La ola muerta y ahora es la protagonista y alma de su nueva novela, Dejar hacer.
En 145 páginas, Marín entrega una de sus novelas más compactas y acotadas: después de una temporada en la cárcel por un delito menor, Betty, una veinteañera de origen mapuche, da rienda suelta en Santiago a todas sus ambiciones materiales. La traición será su arma favorita. Como siempre, Marín transita por zonas de doble filo: Betty es trepadora y peligrosa, pero querible en su definitiva soledad.
“En Betty el bien y el mal se confunden en la argamasa humana”, describe Marín, por escrito, al responder un cuestionario de La Tercera. En vivo, encendiendo cigarro tras cigarro, parece el de siempre, aunque hay matices: “Hoy estoy gastando mis municiones de forma distinta. Las gasto en literatura. No quiero desgastarme en polémicas, incluso por razones de salud”, asegura mientras abre la segunda cajetilla de Kent del día. Todavía no son las dos de la tarde.
Militar en la realidad
No hace mucho, poco antes de publicar La ola muerta, Marín insistía en que era su último libro. “Después de este bajo la cortina”, repetía. Eran los días en que explotaba su fama de polemista maldito: sentado en algún café del Parque Forestal, el entonces editor de Random House-Mondadori disparaba contra Volodia Teitelboim, Isabel Allende o Gonzalo Contreras. Todo eso está suspendido.
Hoy apenas va al café de la esquina de su departamento, en Providencia.
Hace dos años dejó la editorial, después de que desoyeran varias de sus recomendaciones (libros de Alvaro Bisama y Marcelo Mellado, entre otros) y, con poco ánimo bélico, dispara sólo a la bandada: “En Chile hay mucha novela de clase alta. No me cae bien”. Sobre ese premio que no hace mucho le quitaba el sueño… ya pasó: “Me olvido para siempre del Premio Nacional de Literatura. Nunca más. Respiré aliviado cuando ganó la Allende”, dice.
Por lo demás, hoy está muy lejos de “bajar la cortina”. Al revés, está escribiendo más que nunca: mientras llegaba a la calle el volumen Compases al amanecer, la novela Dejar hacer entraba en la factoría de Alfaguara y, paralelamente, Marín se hundía en el pasado escribiendo un libro de perfiles y recuerdos titulado Rock around the clock, a publicarse el 2011 (finalmente se llamó Antes de que yo muera). Incluso, ya tiene otra novela en perspectiva. Todo bajo un lema: “Milito con la realidad, con todo aquello que juega con nosotros”.
A Betty Catrileo la realidad le pega sus golpes. Pero ella se defiende. Desde la calle pasa a trabajar con ladrones de autos, luego administra una fuente de soda en Matucana y termina apoderándose de ella, consigue una vida de ocio en Providencia e intenta una vida conyugal de clase alta en El Golf. En la ruta, muerde las manos de todos quienes le dan de comer. Nunca, pese a sus intentos, puede salir de las redes criminales.
¿Es circunstancial el origen mapuche de Betty?
Lejos de cualquiera reivindicación de su raza, ella aparece asimilada al contexto de Santiago, disuelta en una mala vida. Escrita esta novela mucho antes de la huelga de hambre de los comuneros mapuches, el hecho me ha servido para evaluar su imaginario. A pesar de los avatares de Betty, en ella pervive hasta el final un aliento que la salva de la derrota. Ese temple es tal vez la expresión de un subconsciente conservado durante mucho tiempo cuando mi padre, hijo de un dueño de fundo próximo a Carahue, en Temuco, me relatara sus experiencias de la adolescencia ante los naturales del lugar.
¿Cuál es su relación con el hampa santiaguino actual?
Creo que éste es la cabeza de una tormenta que azola a Chile y, en dicho sentido, asumir el hampa en la ficción es encontrarse con el país real. Prefiero ese ámbito social, descarnado como una piedra, que los espacios de las novelas de amor, urdidas a menudo en las letras chilenas.
No es primera vez que explora los bajos fondos, y varias veces ha escrito sobre personajes de intenciones oscuras. ¿Qué le interesa de ellos?
Tal vez he cometido la parcialidad de fijar la mirada en exceso en aquello que se llama bajos fondos, ya que en sus antípodas sociales podemos encontrar en igual número los atentados que se perpetran contra la sociedad. Me interesa de esos “personajes de intenciones oscuras” la impunidad moral que los abriga en sus hechos.
Además de Betty, rescató a Miguel Sessa en La segunda mano, mientras que en Compases al amanecer retomó a varios personajes. ¿Siente que ha formado un universo?
Lejos de construir un universo, pues sólo lo pudo hacer Balzac, fuera de esas relaciones existen otras más. En cualquier caso, a la par de esos vínculos, existe en el conjunto algo que asocia a esas obras, sobre todo en un país cada vez más iletrado, una vocación sostenida. Escribir hoy en Chile es casi una excentricidad, semejante al oficio de los organilleros de esquina y de los pescadores de perlas.
Tras un par de libros con historias acotadas a momentos y personajes específicos, ¿volverá a embarcarse en transatlánticos como Historia de una absolución familiar?
Cada vez navego menos en esos barcos de gran calado, pero no desecho la idea de ingresar como grumete a un submarino bajo la noción, parodiando mi apellido, de escribir desde abajo, aguas adentro. Al margen de esto, quizá podría intentar, se me ocurre, la novela acerca de un hotel barato, en el centro viejo de Santiago, graneado por un abanico de huéspedes distintos, conformado por ex reinas de belleza, ex pugilistas, ex fotógrafos de plaza. Dejémoslo anotado.

Leí por primera vez a Raymond Carver en la calle. Mientras esperaba a un amigo en Providencia, me metí en una copia prestada de ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? No me acuerdo porqué cuento empecé, pero el primero que se fijó en mi memoria fue La esposa del estudiante. Quedé impactado. Carver me tiró de golpe al suelo. Casi literalmente. Lo releí de inmediato buscando qué había pasado. Una mujer insomne recorre su casa en la oscuridad y al final, sin aviso, se arrodilla ante su cama y llorando le pide a Dios que ayude a su familia. La impresión -o el miedo a decepcionarme quizá- me impidió a seguir con el paso obvio: leer compulsivamente todo Carver. Hasta hoy no creo haber leído todo Carver. Y estoy seguro que desde esa vez, hace 14 años, no he vuelto a leer La esposa del estudiante. Sé esto: un par de noches, dando vueltas a oscuras por mi departamento en la madrugada, me imaginé repitiendo el gesto dramático de la esposa del cuento y pidiendo ayuda a Dios de rodillas. Y yo no necesitaba nada desesperadamente ni creía en Dios.
Mucho después supe del editor Gordon Lish y su tijera. Justo antes de que se publicara Beginners en inglés, la versión sin cortes de De qué hablamos cuando hablamos de amor, entrevisté a Tess Gallagher, viuda de Carver, y publicamos esta nota sobre el caso  en agosto del 2009 en La Tercera.  Luego Anagrama publicó el libro en español (una delicia) y Periférica a Lish: Perú es tan inquietante, que supongo que termina fallando. Pero inquieta y desconcierta como pocas novelas de los últimos años.

Carver y el editor fantasma
En 1981, Raymond Carver se consagró como un maestro del cuento contemporáneo con su libro De qué hablamos cuando hablamos de amor. Ahí estaba su estilo gélido y minimalista. Pero Carver tuvo ayuda: Gordon Lish, su editor, modificó radicalmente los relatos, cortándolos casi en un 50%. Ahora, la colección Library of America lanza el 20 de agosto sus cuentos completos y publica por primera vez Beginners, el controvertido libro en su versión original.

A mediados de 1983, Raymond Carver recibió una llamada de su editor, Gordon Lish. No fue la última vez que hablaron, pero la amistad y complicidad que habían mantenido por más de 15 años terminó de quebrarse para siempre en esa conversación. Lish, conocido en los 80 como “Captain Fiction” por su decisivo impacto en la escena literaria estadounidense, estaba enojado. Leyó un par de veces la entrevista que Carver recién había dado a la revista The Paris Review buscando su nombre, pero no lo encontró. Llamaba para quejarse. Carver lo estaba ignorando. No le estaba dando el crédito que, según él, merecía. Pedía demasiado, de nuevo sobrepasaba los límites. Entonces el escritor se armó de valor y le cortó.
Sí, Lish se excedía, pero algo de crédito tenía. Más del que Carver jamás quiso. En 1980, el editor recibió los cuentos que darían forma al libro De qué hablamos cuando hablamos de amor y, por lo que podemos suponer, creyó que a su amigo le faltaba sangre fría. Se puso a trabajar, tacho párrafos, eliminó páginas, sacó personajes y cambió los finales de 12 de los 17 cuentos.
Prácticamente lo reescribió. El volumen de 200 páginas se transformó en un libro de poco más de 100. Y aunque el escritor le rogó que no lo hiciera, publicó igual el libro. De pasó, le otorgó a Raymond Carver el estilo implacable, gélido y minimalista que lo convertiría en uno de los cuentistas más relevantes de la literatura norteamericana contemporánea.
De qué hablamos… (1981) fue la consagración para Carver, pero también fue un secreto que lo atormentó en momentos en que aún se recuperaba de su alcoholismo. Nunca habló públicamente del tema. Recién en 1998 un artículo del New York Times contó la radical edición a la que Lish sometió el libro y expuso al verdadero Carver.
El paso final para la desmitificación sucederá el próximo 20 de agosto, cuando la canónica colección Library of América publique Collected stories, los relatos completos del autor de Catedral, que por primera vez pondrán a disposición de los lectores la versión original del libro. Llevará el título que Carver escogió: Beginners.
“He estado por lo menos desde hace 12 años tratando de que Beginners se uniera al resto de su trabajo. Para mí realmente es un triunfo”, dice Tess Gallagher, poeta y viuda del escritor, desde Port Angeles, EEUU. Pareja de Carver desde 1978 y hasta su muerte, tuvo que lidiar con varios detractores del rescate. Su voz suena tranquila.
En las sombras, revela, tuvo un apoyo irrestricto: “Haruki Murakami siempre estuvo tras bambalinas. De hecho, traducirá el libro al japonés”.
Por Dios santo
En la primavera de 1981, Carver recibió una segunda versión editada por Lish de Beginners. Se alarmó. La primera tenía cambios, pero nada que el escritor no pudiera soportar después de 10 años trabajando con Lish. Se habían conocido en 1968 en California y Lish le tendió una mano: publicó sus cuentos en la revista Esquire, le editó el libro Quieres hacer el favor de callarte por favor en (1976), y terminó por convertirlo en un escritor profesional. Siempre opinaba sobre los cuentos. Siempre. “Ray estaba de acuerdo con sus correcciones”, recuerda la primera esposa del escritor Maryann Burk, en el libro Así fueron las cosas.
Pero con la segunda edición de Beginners Carver no estuvo de acuerdo: los cambios del editor eran “brillantes”, pero el libro ya no era de él. Pasó toda la noche comparando las versiones y al día siguiente, “confundido, cansado, paranoico y asustado”, escribe el propio Carver en una carta, le pide a Lish que detenga la producción del libro. El ruego data del 8 de junio de 1980: “Por favor, Gordon, por Dios santo ayúdame en esto y trata de entenderme. Si tengo algo de reputación y credibilidad, te lo debo a ti. Si seguimos adelante con esto, no será bueno para mí. El libro no será, como debe ser, motivo de celebración, sino que tendré que explicarlo y defenderme. Si no lo detengo, preveo un terrible futuro. Todos los demonios con los que he lidiado día y noche volverán y se apoderarán de mí”.
Según cuenta Gallagher, cuando Carver escribió los cuentos de De qué hablamos…, “vivía un momento milagroso. Sentía que volvía a tener la capacidad para concentrarse en escribir. Estaba tan agradecido de haber regresado sano a la vida”.
Maldito minimalismo
Para el novelista Alessandro Baricco, esa gratitud está en los cuentos. A fines de los 90, el italiano revisó en la Lilly Library de la Universidad de Bloomington los papeles de Lish. Ahí estaba Beginners, lleno de tachaduras y anotaciones. Quedó impresionado: Lish, dice Baricco, borró todos los visos de humanidad de Carver y, “cuando era necesario, añadía aún más hielo”.
“Carver -escribió el autor de Seda- no estaba capacitado para mantener aquella mirada impasible sobre el mundo que sus cuentos ostentan. Más bien, en cierto modo tenía el antídoto contra aquella mirada. La esbozaba, quizás hasta la haya inventado, pero después, entre líneas y sobre todo en los finales, la cuestionaba, la apagaba. Como si tuviera miedo”.
Carver terminó cediendo. Aparentemente, el editor convenció a su amigo por teléfono. “Estoy feliz con el libro y su inminente publicación”, le dice el escritor a Lish en una carta fechada seis días después de haber pedido detener el volumen. Editorial Knopf lanzó De qué hablamos… en 1981 y rápidamente se esparció una idea: Carver era minimalista. En la entrevista a The Paris Review, el escritor lo negaría: “Hay algo sobre el minimalismo ligado a una falta de visión y ejecución literaria que no me gusta”.
Sin embargo, Carver jamás habló de Lish. Pidió a Knopf que nunca más tocara sus libros y comenzó a decir que él mantenía control total de sus textos. Era un mecanismo de defensa. “Necesitó mucho valor para aceptar que un libro que no había sido escrito totalmente por él lo hizo famoso”, cuenta Gallagher.
A Lish le indignaba. Empezó a contar entre sus amigos su nivel de responsabilidad en De qué hablamos… Pensó en hacerlo público. Don DeLillo, a quien había editado, le aconsejó lo contrario: “Incluso si la gente se enterara por el propio Carver de que tú eres responsable de lo mejor de su trabajo, lo olvidarían de inmediato”, le escribe a Lish el autor de Ruido de fondo. Y concluye: “Por ahora, guarda bien tus archivos”.
Años después, a inicios de los 90, Gallagher volvió a hablar con Lish: “‘Ray me abandonó’, me dijo. Sentía que había hecho todo por Ray y él lo había descartado”, recuerda. No volvieron a verse. Ella se abocó a publicar Beginners; buscaba la verdad: “Es muy importante que se sepa qué tipo de escritor realmente era Ray. Era cálido, cariñoso. Tenemos que borrarnos la idea de que era un escritor que iba directo al hueso. No me interesa cambiar la historia, sólo quiero contar lo que me parece correcto”, dice.
Lish apenas ha dicho esto: “Hablar del tema sólo haría que mi participación fuera despreciada”.
Antes de morir, en 1988, a los 50 años, Carver publicó algunos de los cuentos originales de Beginners en revistas. Pero no habló del asunto. “¿Quién necesita problemas?”, le diría a Tobias Wolff. Ya había tenido suficientes: se casó a los 20 años y pasó casi dos décadas mudándose de casa en casa con su familia, viviendo al borde de la pobreza y macerando un alcoholismo que casi lo mató. Cuando logró vivir de la literatura, tuvo que romper con Lish y volver a escribir sin ayuda de nadie. No pudo denunciar a Gordon. Aún debía cumplir el plan que se fijó a los 17 años: “Voy a ser escritor. Un escritor como Ernest Hemingway. Voy a ser un escritor tan grande que enloqueceré al mundo”.

La misión de Mellado

enero 12, 2012

Yo también creo que después de Informe Tapia la institucionalidad cultural chilena perdió, para siempre, cualquier tipo de seriedad.  Pasan más cosas con la novela: Marcelo Mellado, su autor, selló su rol como el más ácido retratista de nuestra provincia y del chileno medio cualquiera. También se convirtió en ese gran escritor,  a su manera el mejor de todos los chilenos. Lo he entrevistado muchas veces, una de ellas en diciembre de 2009, cuando Metales Pesados publicó la selección de cuentos Armas Arrojadizas.  Fui a su casa en Llolleo. Acá está lo que salió de ese viaje a la provincia. Se publicó el 2 de enero de 2010.

“Tengo la misión de limpiar a Chile de la impostura”

No cree ser un escritor. Le gusta pensarse como un “operador discursivo”. Instalado en San Antonio desde los 90, Mellado viene contando las miserias de la provincia a merced de los mandos medios. La antología de cuentos Armas arrojadizas es la prueba del lugar único que ocupa en la literatura chilena.

La última de las preocupaciones públicas del escritor Marcelo Mellado es una paranoia privada. Está agobiado porque, desde hace por lo menos cinco años, no se entrega el Premio Municipal de Arte de San Antonio. Sospecha de una insólita conspiración. Como presidente de la sede local de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech), Mellado ha consultado con insistencia al municipio sobre el futuro del galardón. No ha tenido respuesta. “Me gustaría que algún funcionario municipal de San Antonio y concretamente el concejal de cultura, un señor de apellido Núñez, me dijera por qué ya no se da el premio”, dice. Baja la voz, mira hacia los lados como si alguien lo persiguiera y desliza: “Pienso que no lo dan porque tendrían que rechazar mi postulación”.
Pero Mellado sale del trance. “Es una paranoia fascinante”, reconoce, frente a un café de grano aguado que improvisó en su casa para la sobremesa. Suele ocurrir que el autor de Informe Tapia, sin aviso, se transforma momentáneamente en uno de sus personajes: sujetos envueltos en la medianía burocrática de provincia, a merced de los caprichos de patéticos mandos medios, trágicos, sobre todo cómicos y, aparentemente, sin ninguna importancia.
La transformación es pasajera, pero tiene un efecto poderoso: la literatura de Mellado está viva. Hay otra prueba: Armas arrojadizas, volumen recién publicado por la librería-editorial Metales Pesados, que recoge 14 de los mejores cuentos de Mellado. Es una antología con relatos de sus libros El objetor (1998) y Ciudadanos de baja intensidad (2007) -ambos inencontrables-, dos textos dispersos y uno inédito, titulado De la guerra no convencional. Un libro corrosivo, político y carnavalesco, que retrata, como una nota al pie de la historia oficial, las miserias cotidianas del chileno medio.
Lo literatoso
Pocos días antes de Navidad, Mellado llega en bicicleta a la plaza de Llolleo. Se instaló en los alrededores de San Antonio después de una aventura “agrosilvestre” -con fracaso incluidoen Chiloé en los 80 y una pasada infernal por Santiago en los 90. Hoy se gana la vida haciendo clases de Lenguaje y Comunicación a terceros y cuartos medios (“los cisarros de este país”) y el mismo día de la entrevista tiene la fiesta de amigo secreto con los profesores de su colegio. Aún no tiene regalo. En realidad, esa no es su vida. No la quiere.
“No tengo el proyecto de desarrollo humano de una clase mediano charcha, como querer ser escritor o querer ser funcionario”, dice junto a una cerveza en el restaurante Entre Canelos. El bar Caoba todavía está cerrado. “Establecí en San Antonio una especie de centro operacional de generación de políticas editoriales para construir un negocio cultural, que pasa por la escritura. Es como un partido político, un partido cultural que incluye la Sech filial San Antonio”, cuenta impertérrito.
Ligado al Mapu-Garretón en los últimos años del colegio, a inicios de los 80 su hermano, el crítico de arte Justo Pastor, lo contactó con la vanguardia de la época. “Vi las grandes performances de Altamirano, Carlos Leppe, Gonzalo Díaz y Juan Dávila”, recuerda. Desde ahí se coló en su escritura una jerga prestada de la teoría literaria post-estructuralista, que mezclada con la parodia del informe burocrático y retórica marxista, le otorgan una rareza muy personal a sus libros. La rabia antisistémica la siguió acumulando cuando en los 90 se paseó entre la Nueva Narrativa. Salió arrancando. “El ambiente cultural, literario, literatoso, era insoportable”, dice.
Esos literatos, casi todos, serán su blanco. En el cuento Antología, narra la proliferación de recopilaciones poéticas que inesperadamente brotan en Valparaíso y la angustia de un poeta de segunda fila que ve que su obra carece de toda importancia. Pero a Mellado tampoco le gustan los exitosos. Anota en No iré a Madrid: “No iré a Madrid porque el orden cultural y social me lo impide.
Los viejos aparatajes institucionales anquilosados del país me lo impiden. No iré a Madrid porque los que suelen ir para allá son los buenos escritores y uno que otro futbolista, y creo que los políticos invitados y también las putas y algunos delincuentes, y yo no pertenezco a ninguna de esas cofradías”.
La misión
Mellado atraviesa de nuevo la plaza de Llolleo. Arrastra la bicicleta, le duele una rodilla. Mira de reojo a un ex frentista que, dice, podría pegarle en cualquier momento. “Pero es inofensivo”, agrega.
Frente a su casa está el Restobar Donde Torito, especializado en perniles y arrollados. Pide una cazuela (“no sé pedir otra cosa”) y el propio Torito, un ex dirigente DC muy preocupado por el futuro de Eduardo Frei, se sienta a la mesa. Mellado almuerza ahí casi todos los días. Se suma su pareja, la poeta Florencia Smith. Hablan del computador que necesitan. El quiere uno que sirva para diseñar los libros de la editorial que dirigen, Economías de Guerra. Enciende el único cigarro del día y se pone a explicar la “literatura de verdad”, concepto que ya mencionó al hablar de Jorge Edwards al mediodía. “Todavía existe la obsesión de escribir temas universales. Escribir como hay que escribir. Esa es la literatura de verdad. Yo jamás quisiera ser literato. Tengo la obsesión de distanciarme de aquellas construcciones que tienden a la instalación de las grandes verdades, de los grandes monumentos”, afirma.
Mellado habla de asuntos supuestamente menores. Por ejemplo, en El morador narra la experiencia kafkiana de un tímido dueño de casa que necesita la ayuda del municipio para arreglar las cañerías de su vivienda. “Me interesa esa persona que llega a la oficina de atención de un municipio y dice ‘tengo un problema con la red de alcantarillado’. Me interesa seguir el curso de una política social desde el ministerio hasta el asistente de San Antonio. Es fascinante”, explica.
Cargado de retórica, Mellado sospecha que lo suyo no tiene nada que ver con el arte: “Cuando vives en provincia, descubres que Chile es una gran impostura. Imagínate la impostura que significa ser escritor. Yo no soy un escritor. Soy más bien una especie de operador discursivo y el modo en que hago circular esos discursos es la literatura”, dice.
Entonces Mellado tiene de nuevo una transformación momentánea en uno de sus personajes. “Nadie enfrenta los representantes de los grandes poderes metropolitanos en provincia. Nadie enfrenta al mando medio, al poder fáctico, al chulo picante, al CNI menor. Yo enfrento a los nazis menores. Yo enfrento al perro socialista que es poeta, es vicepresidente del partido local, es estudiante, se consiguió un subsidio de la municipalidad… y puede ser presidente de la Sech”, dice. Y remata: “Tengo la misión cultural de sanitizar a Chile de la impostura”.
Es la hora del amigo secreto. Atraviesa a pie medio Llolleo en 15 minutos, con la bicicleta a un lado. “Llegaron todos”, dice al ver el colegio lleno de autos. En una sala está prepada una mesa con canapés y botellas de vino. Se ríe con los colegas y logra conseguirse el regalo que no tenía: una profesora se apiada de él y le pasa un chocolate que tenía guardado. Ella no sabe que la amiga secreta de Mellado es ella. Antes de la fiesta, recorre las salas vacías, igual de desordenadas que el último día de clases. Se pone a revisar los libros de Lenguaje y Comunicación del Ministerio de Educación y descubre algo: hay demasiados cuentos de Edgar Allan Poe.

Franzen, lejos del ruido

enero 12, 2012

Jonathan Franzen vino a Chile en enero de 2011. Oficialmente, fue por La Ciudad y las Palabras, el programa de arquitectura de la Católica, pero su intención era otra: lanzar cenizas de su amigo David Foster Wallace en el archipiélago de Juan Fernández. Lo supimos en abril, cuando publicó un largo texto sobre la experiencia en The New Yoker. Yo hablé con Franzen por teléfono justo antes de que llegara a Santiago y la entrevista apareció en La Tercera el 9 de enero de 2011. Y aunque hablamos un poco de Foster Wallace no dijo nada de esa caja de madera que traería con parte de sus cenizas. Por supuesto, el tema fue Libertad, que yo había leído más o menos hasta la mitad en inglés. Ahora que está en español recomiendo ir por ella y leerla… no importa llegar a la página 100 y abandonarla abrumado por las 600 que faltan, ya es suficiente: la enorme ambición de Franzen por atrapar el mundo en cuatro o cinco personajes ya está ahí. Y cae bien. Tanto como para seguir leyendo. Como sea, acá está la entrevista. El título fue: “Necesitamos que los novelistas se alejen del ruido y escuchen lo que está pasando”

 

Conor Oberst, el alma del grupo Bright Eyes, salió al escenario con un esmoquin azul eléctrico. Susurró tres dolorosas canciones al ritmo de su guitarra acústica y, antes de que se le uniera el resto de la banda, ya había demostrado por qué en 2002 era la nueva esperanza de la música independiente norteamericana.
La escena se repitió muchas veces ese año en EEUU, y como un eco llegó hasta las páginas de Freedom, la última novela de Jonathan Franzen: Walter y Richard, dos de sus protagonistas, están entre el público. Son dos adultos cuarentones, infiltrados en una “generación de “adolescentes sin rabia” y que viven respetuosamente en “armonía con las reglas del consumo”. Richard, un ex rockero de poca fama, los odia. “Creo que me estoy poniendo viejo”, prefiere decir en voz alta.
Richard no es precisamente el alter ego de Franzen (51), pero a él también le pasó: en algún momento de la década pasada se sintió viejo. Y empezó a odiar a los adolescentes de hoy. Podría dar absolutamente lo mismo, sobre todo en su caso, pues no tiene hijos, pero a Franzen los odios le vienen bien: “Mi método de trabajo es escribir sobre cosas que me enojan o me incomodan”, dice al teléfono desde Santa Cruz, California, donde vive parte del año.
Ahí arranca Freedom: Joey, el hijo adolescente de Patty y Walter Berglund, traiciona todos los principios liberales de su familia y, sin aceptar discusión, se va a vivir con los vecinos: unos ignorantes patriotas que apoyan la supremacía blanca. Poco después, y para estupor de sus padres, le vende camiones al gobierno estadounidense para la Guerra de Irak. “Me costó mucho que me cayera bien Joey y creo que de alguna manera el libro fue una forma de averiguar cómo se puede querer a un adolescente de hoy”, asegura Franzen.
Obviamente, está simplificando. Freedom es bastante más que la historia de un adolescente insufrible. Es una enorme crónica de las frustraciones que arrastran los miembros de la familia Berglund, su inevitable crisis y algo parecido a su redención. En el proceso, cristaliza los estados de ánimo políticos de la sociedad americana en la última década. Y, ya se sabe, Freedom fue la novela de cabecera de EEUU en 2010. Un hito literario, que en su momento más desproporcionado llevó a Franzen a la portada de la revista Time. “Gran novelista americano”, se leía bajo su foto.
Franzen, el perfecto doble opuesto del suicida David Foster Wallace, había conocido los elogios y los aplausos con su anterior novela, Las correcciones (2001). Otra enorme crónica familiar . Pero lo que pasó el 2010 es diferente: “Es extraño, porque de pronto es difícil para mí andar en la calle sin que la gente me detenga y me hable. Eso es nuevo. Alguien dijo una vez: ‘Un escritor famoso es un oxímoron en América’. Bueno, soy un oxímoron caminante”, dice cauteloso. “En realidad, es muy divertido. Pero tengo que vivir mi vida. No puedes comerte el éxito, no es emocionalmente sustancioso. Es casi como una extraña y placentera enfermedad”, agrega.
Lo inesperado es que Franzen, siendo hoy uno de los más requeridos autores del planeta, el próximo 17 de enero estará en Santiago. Participará en el seminario La Ciudad y las Palabras, de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Católica y apoyado por La Tercera. “Había hecho un compromiso para ir a Chile hace mucho tiempo. Lo quería cumplir”, dice, revelando algo de su personalidad. De paso en nuestro país, Franzen se dará tiempo para observar aves nativas y estará 10 días en la Isla Juan Fernández, trabajando en un reportaje para The New Yorker.
Entre Las correcciones y Freedom pasaron 10 años. ¿Todo ese tiempo trabajó en la nueva novela?
Estuve tratando de escribir mi cuarta novela en varios momentos en estos últimos 10 años. Fallaba sistemáticamente. Aguantaba tres meses de fracasos cada año. Creía que estaba escribiendo una novela política sobre Washington. Finalmente, en 2009, escribí todo. Lo difícil fue saber quiénes eran los personajes y para saberlo tuve que cambiar como persona. Este libro surge desde el deseo de proveer “noticias” sobre el mundo, pero también sobre mí mismo. Y no tengo demasiadas noticias nuevas sobre mí mismo cada año.
En varias ocasiones menciona el libro La guerra y la paz, de Tolstoi.
Sí, sí. Me arrepiento de haberlo puesto en el libro. La gente piensa que me estoy comparando con Tolstoi y odio esa idea. Pero bueno, espero que sea una promoción: amo tremendamente La guerra y la paz.
¿Tenía la intención de que Freedom siguiera el estilo de las grandes novelas decimonónicas, tal como La guerra y la paz?
Quise escribir un libro que lograra el efecto que logran en mí las grandes novelas del siglo XIX, que es que quiera seguir leyéndolas. Cuando he vuelto a leer a Tolstoi, todo el día está organizado en torno al libro. Hay algo en las buenas novelas realistas, bien narradas, que es tentador. Amo las novelas del siglo XIX.
Pero ya no se puede escribir una novela decimonónica clásica.
¿Por qué no?
Desde Dostoievky se problematizó completamente la narración en la modernidad. En eso también hay algo personal: vengo del medio del país, he sido algo así como el pacificador en mi familia, creo que por eso quería poner todas las miradas de esta historia. La verdad, no creo que tenga que haber tanta polarización entre el realismo del siglo XIX y el modernismo del XX. Puedes tomar elementos de ambos y es así como describo mi proyecto literario.
Tal como Las correcciones, Freedom también es una historia sobre una familia.
Siempre quedo perplejo cuando dicen que soy una novelista familiar.En Freedom sólo al final hay escenas donde toda la familia está reunida. No es el tema del libro.
Pero la familia es un fantasma que recorre el libro. Las familias persiguen a todos los personajes.
Sí, es el principio organizador. Es una forma de lograr rápidamente intensidad emocional. Todo lo que tienes que hacer es decir las palabras madre e hijo y ya está. Es automáticamente dramático. Algo acepto: cada vez que trato de entenderme, pienso mucho en mis padres.
¿Siempre tuvo en mente la idea de retratar la actualidad de su país?
No realmente. Ciertamente, quise escribir sobre el EEUU de las últimas décadas, no es un accidente. Pero la verdad, no creo que exista algo así como el mundo en la literatura. La literatura se alimenta de especificidades regionales y mi región es EEUU. No es que haya intentado capturar una fotografía de mi país; ya tenemos muchas fotos. Miles de personas que en sus blogs, de una forma muy personal, hablan sobre lo que está pasando en el país y no creo que necesitamos que los novelistas lo hagan de nuevo.
Entonces, ¿para qué necesitamos a los novelistas?
Los necesitamos para filtrar todo el ruido diario. Necesitamos que se aíslen, que se alejen del ruido de las noticias 24 horas al día y puedan oír lo que realmente está pasando. Al eliminar la mayor parte del ruido, puedo prestar más atención a lo que realmente me molesta, a lo que me inquieta. Creo que el proyecto de separarse de la cultura por varios años y mirar con mucha atención a pequeñas cosas en uno mismo es lo que un novelista puede ofrecer.
En Freedom usted también ofrece una mirada a la situación política de EEUU de la última década.
Sí, esa es una de las cosas que me enfurecían cuando estaba escribiendo.
Naturalmente, algo de esa angustia aparece en el libro. La creciente polarización del país, la pública deshonestidad que acompañó la intervención en Irak, la decreciente posibilidad de espíritu ciudadano común y los cada vez más fuertes movimientos contra el gobierno. Todo eso es angustiante.
¿Ha cambiado algo con la llegada de Obama a la Casa Blanca?
Sólo un poco. Lo han atacado mucho. Aún es más popular que los republicanos, pero los extremos son muy hostiles. Sin embargo, los políticos dominantes republicanos se están comportando de una manera más racional. Pero sólo porque le tienen miedo, no porque les guste.
Pese a todo, la familia Berglund en Freedom tiene algo parecido a un final feliz.
Algunos creen que es un final muy triste. Más allá de eso, lo que hice fue entregar un cierre. Le di un final a la historia. Está muy poco de moda en la literatura de las últimas décadas. Y para mí el final de una historia es muy importante para lo que significa. Si evitas un final resolutivo, hasta cierto punto evitas hacerte responsable sobre el significado de lo que has estado contando. Yo estoy dispuesto a arriesgarme y decir: “Aquí hay un final, ahora ustedes decidan lo que significa”. Es necesario respetar a los lectores. No los trato como bebés, pero tampoco quiero castigarlos reteniéndoles un final.
Entiendo que fue muy amigo de David Foster Wallace. ¿Cómo afectó su muerte a la escritura de Freedom?
Es una pregunta complicada. Ciertamente me afectó cuando la estaba escribiendo. Estaba muy enojado con él. Su muerte me motivó a trabajar muy rápido y duro. Eso puedo decir. Fuimos muy buenos amigos por 20 años. El no tenía muchos amigos escritores y yo tengo uno o dos amigos en los que confío tanto como confiaba en él. Fue una pérdida terrible.
Sus obras parecen diametralmente opuestas. Foster Wallace fue muy experimental.
Formalmente, nuestros libros son muy, pero muy diferentes. Se parece a la forma en que dos hermanos se dividen sus logros. Si tienes un hermano mayor al que le va muy bien en deportes, tu podrías decidir ser bueno en artes. Dave y yo éramos muy competitivos y si por alguna razón terminamos escribiendo cosas tan diferentes fue por esa amistad. No tenía sentido que yo hiciera algo parecido a lo que él estaba haciendo. Supongo que él también pensaba algo así. Nos dividíamos el mercado.
¿Se siente cercano a otros narradores de su generación, como Michael Chabon, Jonathan Lethem, Dave Eggers?
Ellos son muy buenos escritores. Chabon es particularmente dotado. Pero están orientados a lectores más jóvenes que los que me interesan a mí. Yo estoy orientado a lectores más adultos. Entre los escritores cercanos a mi edad que me interesan están Lorrie Moore, Dennis Johnson.
A su juicio, ¿quiénes son los más grandes escritores vivos en EEUU?
Si pudiera incluir a Canadá, Alice Munro estaría en el tope de mi lista. Philip Roth a veces puede ser un muy mal escritor, pero todo su proyecto es heroico. Es una figura mayor, pese a que hay algo mal en casi todos sus libros. Continúo teniendo el mayor respeto por Don DeLillo y creo que su más reciente libro, Punto omega, es uno de sus mejores títulos. Es como una síntesis de toda su obra.
¿Va a recitales? A un show de Bright Eyes, por ejemplo.
Me da un poco de vergüenza, pienso que soy un poco viejo para que me guste Brigt Eyes. Me gustan nuevos nombres, como Sufjan Stevens o, especialmente, Broken Social Scene. No he podido entender la excitación mundial por Arcade Fire, me molestan. Pero la verdad es que voy a pocos shows. Si la opción es ir a un concierto o a una película, prefiero ir al cine, es una narración. Además, algo pasa en la forma en que la música es consumida hoy que no me parece sano. Ahí pienso igual que Richard, el personaje de mi novela.