Carver y el editor fantasma

enero 12, 2012

Leí por primera vez a Raymond Carver en la calle. Mientras esperaba a un amigo en Providencia, me metí en una copia prestada de ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? No me acuerdo porqué cuento empecé, pero el primero que se fijó en mi memoria fue La esposa del estudiante. Quedé impactado. Carver me tiró de golpe al suelo. Casi literalmente. Lo releí de inmediato buscando qué había pasado. Una mujer insomne recorre su casa en la oscuridad y al final, sin aviso, se arrodilla ante su cama y llorando le pide a Dios que ayude a su familia. La impresión -o el miedo a decepcionarme quizá- me impidió a seguir con el paso obvio: leer compulsivamente todo Carver. Hasta hoy no creo haber leído todo Carver. Y estoy seguro que desde esa vez, hace 14 años, no he vuelto a leer La esposa del estudiante. Sé esto: un par de noches, dando vueltas a oscuras por mi departamento en la madrugada, me imaginé repitiendo el gesto dramático de la esposa del cuento y pidiendo ayuda a Dios de rodillas. Y yo no necesitaba nada desesperadamente ni creía en Dios.
Mucho después supe del editor Gordon Lish y su tijera. Justo antes de que se publicara Beginners en inglés, la versión sin cortes de De qué hablamos cuando hablamos de amor, entrevisté a Tess Gallagher, viuda de Carver, y publicamos esta nota sobre el caso  en agosto del 2009 en La Tercera.  Luego Anagrama publicó el libro en español (una delicia) y Periférica a Lish: Perú es tan inquietante, que supongo que termina fallando. Pero inquieta y desconcierta como pocas novelas de los últimos años.

Carver y el editor fantasma
En 1981, Raymond Carver se consagró como un maestro del cuento contemporáneo con su libro De qué hablamos cuando hablamos de amor. Ahí estaba su estilo gélido y minimalista. Pero Carver tuvo ayuda: Gordon Lish, su editor, modificó radicalmente los relatos, cortándolos casi en un 50%. Ahora, la colección Library of America lanza el 20 de agosto sus cuentos completos y publica por primera vez Beginners, el controvertido libro en su versión original.

A mediados de 1983, Raymond Carver recibió una llamada de su editor, Gordon Lish. No fue la última vez que hablaron, pero la amistad y complicidad que habían mantenido por más de 15 años terminó de quebrarse para siempre en esa conversación. Lish, conocido en los 80 como “Captain Fiction” por su decisivo impacto en la escena literaria estadounidense, estaba enojado. Leyó un par de veces la entrevista que Carver recién había dado a la revista The Paris Review buscando su nombre, pero no lo encontró. Llamaba para quejarse. Carver lo estaba ignorando. No le estaba dando el crédito que, según él, merecía. Pedía demasiado, de nuevo sobrepasaba los límites. Entonces el escritor se armó de valor y le cortó.
Sí, Lish se excedía, pero algo de crédito tenía. Más del que Carver jamás quiso. En 1980, el editor recibió los cuentos que darían forma al libro De qué hablamos cuando hablamos de amor y, por lo que podemos suponer, creyó que a su amigo le faltaba sangre fría. Se puso a trabajar, tacho párrafos, eliminó páginas, sacó personajes y cambió los finales de 12 de los 17 cuentos.
Prácticamente lo reescribió. El volumen de 200 páginas se transformó en un libro de poco más de 100. Y aunque el escritor le rogó que no lo hiciera, publicó igual el libro. De pasó, le otorgó a Raymond Carver el estilo implacable, gélido y minimalista que lo convertiría en uno de los cuentistas más relevantes de la literatura norteamericana contemporánea.
De qué hablamos… (1981) fue la consagración para Carver, pero también fue un secreto que lo atormentó en momentos en que aún se recuperaba de su alcoholismo. Nunca habló públicamente del tema. Recién en 1998 un artículo del New York Times contó la radical edición a la que Lish sometió el libro y expuso al verdadero Carver.
El paso final para la desmitificación sucederá el próximo 20 de agosto, cuando la canónica colección Library of América publique Collected stories, los relatos completos del autor de Catedral, que por primera vez pondrán a disposición de los lectores la versión original del libro. Llevará el título que Carver escogió: Beginners.
“He estado por lo menos desde hace 12 años tratando de que Beginners se uniera al resto de su trabajo. Para mí realmente es un triunfo”, dice Tess Gallagher, poeta y viuda del escritor, desde Port Angeles, EEUU. Pareja de Carver desde 1978 y hasta su muerte, tuvo que lidiar con varios detractores del rescate. Su voz suena tranquila.
En las sombras, revela, tuvo un apoyo irrestricto: “Haruki Murakami siempre estuvo tras bambalinas. De hecho, traducirá el libro al japonés”.
Por Dios santo
En la primavera de 1981, Carver recibió una segunda versión editada por Lish de Beginners. Se alarmó. La primera tenía cambios, pero nada que el escritor no pudiera soportar después de 10 años trabajando con Lish. Se habían conocido en 1968 en California y Lish le tendió una mano: publicó sus cuentos en la revista Esquire, le editó el libro Quieres hacer el favor de callarte por favor en (1976), y terminó por convertirlo en un escritor profesional. Siempre opinaba sobre los cuentos. Siempre. “Ray estaba de acuerdo con sus correcciones”, recuerda la primera esposa del escritor Maryann Burk, en el libro Así fueron las cosas.
Pero con la segunda edición de Beginners Carver no estuvo de acuerdo: los cambios del editor eran “brillantes”, pero el libro ya no era de él. Pasó toda la noche comparando las versiones y al día siguiente, “confundido, cansado, paranoico y asustado”, escribe el propio Carver en una carta, le pide a Lish que detenga la producción del libro. El ruego data del 8 de junio de 1980: “Por favor, Gordon, por Dios santo ayúdame en esto y trata de entenderme. Si tengo algo de reputación y credibilidad, te lo debo a ti. Si seguimos adelante con esto, no será bueno para mí. El libro no será, como debe ser, motivo de celebración, sino que tendré que explicarlo y defenderme. Si no lo detengo, preveo un terrible futuro. Todos los demonios con los que he lidiado día y noche volverán y se apoderarán de mí”.
Según cuenta Gallagher, cuando Carver escribió los cuentos de De qué hablamos…, “vivía un momento milagroso. Sentía que volvía a tener la capacidad para concentrarse en escribir. Estaba tan agradecido de haber regresado sano a la vida”.
Maldito minimalismo
Para el novelista Alessandro Baricco, esa gratitud está en los cuentos. A fines de los 90, el italiano revisó en la Lilly Library de la Universidad de Bloomington los papeles de Lish. Ahí estaba Beginners, lleno de tachaduras y anotaciones. Quedó impresionado: Lish, dice Baricco, borró todos los visos de humanidad de Carver y, “cuando era necesario, añadía aún más hielo”.
“Carver -escribió el autor de Seda- no estaba capacitado para mantener aquella mirada impasible sobre el mundo que sus cuentos ostentan. Más bien, en cierto modo tenía el antídoto contra aquella mirada. La esbozaba, quizás hasta la haya inventado, pero después, entre líneas y sobre todo en los finales, la cuestionaba, la apagaba. Como si tuviera miedo”.
Carver terminó cediendo. Aparentemente, el editor convenció a su amigo por teléfono. “Estoy feliz con el libro y su inminente publicación”, le dice el escritor a Lish en una carta fechada seis días después de haber pedido detener el volumen. Editorial Knopf lanzó De qué hablamos… en 1981 y rápidamente se esparció una idea: Carver era minimalista. En la entrevista a The Paris Review, el escritor lo negaría: “Hay algo sobre el minimalismo ligado a una falta de visión y ejecución literaria que no me gusta”.
Sin embargo, Carver jamás habló de Lish. Pidió a Knopf que nunca más tocara sus libros y comenzó a decir que él mantenía control total de sus textos. Era un mecanismo de defensa. “Necesitó mucho valor para aceptar que un libro que no había sido escrito totalmente por él lo hizo famoso”, cuenta Gallagher.
A Lish le indignaba. Empezó a contar entre sus amigos su nivel de responsabilidad en De qué hablamos… Pensó en hacerlo público. Don DeLillo, a quien había editado, le aconsejó lo contrario: “Incluso si la gente se enterara por el propio Carver de que tú eres responsable de lo mejor de su trabajo, lo olvidarían de inmediato”, le escribe a Lish el autor de Ruido de fondo. Y concluye: “Por ahora, guarda bien tus archivos”.
Años después, a inicios de los 90, Gallagher volvió a hablar con Lish: “‘Ray me abandonó’, me dijo. Sentía que había hecho todo por Ray y él lo había descartado”, recuerda. No volvieron a verse. Ella se abocó a publicar Beginners; buscaba la verdad: “Es muy importante que se sepa qué tipo de escritor realmente era Ray. Era cálido, cariñoso. Tenemos que borrarnos la idea de que era un escritor que iba directo al hueso. No me interesa cambiar la historia, sólo quiero contar lo que me parece correcto”, dice.
Lish apenas ha dicho esto: “Hablar del tema sólo haría que mi participación fuera despreciada”.
Antes de morir, en 1988, a los 50 años, Carver publicó algunos de los cuentos originales de Beginners en revistas. Pero no habló del asunto. “¿Quién necesita problemas?”, le diría a Tobias Wolff. Ya había tenido suficientes: se casó a los 20 años y pasó casi dos décadas mudándose de casa en casa con su familia, viviendo al borde de la pobreza y macerando un alcoholismo que casi lo mató. Cuando logró vivir de la literatura, tuvo que romper con Lish y volver a escribir sin ayuda de nadie. No pudo denunciar a Gordon. Aún debía cumplir el plan que se fijó a los 17 años: “Voy a ser escritor. Un escritor como Ernest Hemingway. Voy a ser un escritor tan grande que enloqueceré al mundo”.

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