César Aira, el sabio loco

enero 12, 2012

Sumo preguntas de dos entrevistas  a César Aira. Una de 2008 y otra de 2010. Hace como cuatro meses hablé de nuevo con él: En busca del loro atrofiado, de Roberto Merino,  le había parecido “extraordinario” y estaba preparando un texto para libro con los diarios de Marcelo Matthey que lanzará Mansalva en Argentina. Ustedes ya saben quién es Aira, los dos mil libros que ha publicado, su tono rarísimo, etc. (La foto es de Ediciones Uranio)

¿Qué le atrae de los “sabios locos” que aparecen en novelas como Váramo y Embalse?
Los “sabios locos” son una buena metáfora del escritor, porque su objetivo último nunca es menos que “dominar el mundo”. Y el escritor, aun en su modestia y bajo perfil, aun en su insignificancia social, también se propone una dominación del mundo, de la realidad, de su vida, por la vía de la representación. La lengua ya es un instrumento de control y dominio, y el escritor es un profesional de la lengua.
¿Es todavía posible ser vanguardista, como lo planteó en el ensayo La nueva escritura (1998)?
La vanguardia no está afectada por la palabra “todavía”. Como todas las cosas fugaces y efímeras, tiene su modo particular y muy eficaz de durar. Porque toda vanguardia, por pocos que sean los que la acepten y aprecien, crea su propia academia, y debe volver a ser vanguardia, contra sí misma. El que ha decidido, en el despertar de su vocación, crear sus propios valores y no respetar los valores en curso será vanguardista siempre.
Usted ha rastreado a muchos escritores raros. ¿Piensa que es hora de actualizar su Diccionario latinoamericano de autores?
Mi diccionario fue una empresa juvenil, que necesitó toda la energía de la juventud. Hoy no podría hacerlo. Hubo algunas intenciones de reeditarlo actualizado, pero no creo que valga la pena. En cuanto a la búsqueda de raros, tiene sus límites. Ahora me interesa más rastrear las grandes rarezas que hay en las obras de Shakespeare, Proust, Borges…
Suele nombrar a Adolfo Couve entre sus autores favoritos. ¿Por qué aprecia tanto a Couve y qué otros escritores chilenos le interesan?
De Couve, al que descubrí hace muchos años, me atrajo la elegancia, la atmósfera. Muchos otros chilenos me interesan. Tengo una debilidad especial por Braulio Arenas. No entiendo por qué no reeditan Los esclavos de sus pasiones, que es una joya rara.
¿Cambió la práctica de no leer a sus contemporáneos? ¿Ya leyó a Bolaño?
Leo lo que quiero, sin prestar atención a las fechas. Los libros saben esperar. Es lo bueno que tienen. Y sí, leí al fin una novela de Bolaño, y no me pareció gran cosa. Debe de ser buenísimo, si todos lo dicen, pero no es mi taza de té.
¿Qué piensas de la literatura argentina actual?
No soy optimista ni entusiasta con lo que leo de la actual literatura argentina. La leo poco, para no terminar de perder las esperanzas.
¿Engaña deliberadamente al lector?
No creo que el verbo que corresponde sea “engañar”. En todo caso sería “sorprender”, lo que es parte integral y esencial del contrato entre autor y lector. Y en mi caso, también es “sorprenderme” a mí mismo. En esa novela, el marido realmente había decapitado a sus suegros. Pero sobre la marcha se me ocurrió darle una vuelta de tuerca.
El divorcio es quizá una de las novelas que mejor refleja su fascinación por las escenas. ¿Cree que el encadenamiento arbitrario de episodios constituye una novela? O mejor: ¿Qué es para usted una novela?
No pretendo engañar a nadie. Lo que yo escribo no son novelas. Son artefactos literarios, poesía escrita como ejercicio de prosa, descripción de aparatos de lógicas irracionales. No sé qué son, pero estoy seguro de que no son novelas. Las novelas ya se escribieron todas en el siglo XIX, y no le veo sentido al trabajo que se toman tantos escritores en seguir escribiéndolas. Las novelas que se escriben hoy son pastiches de un género del pasado.
¿Por qué no se ha animado a publicar un libro en que se reúnan sus ensayos, como si lo ha hecho en Brasil, por ejemplo?
No me gusta escribir ensayos y no le doy ninguna importancia a los que he escrito. Lo he hecho siempre por distintos compromisos, nunca por iniciativa propia. Quizás me obligué a escribirlos para probar, o probarme, algo. Un amigo inteligente me decía hace poco que el ensayo es la piedra de toque para ver si un escritor es realmente bueno. Tiene razón. En la ficción o la poesía hay muchos recursos para disimular la falta de talento o de inteligencia (¡si lo sabré yo!).
¿Pretende trabajar en algún ensayo como el que le dedicó a Alejandra Pizarnik?
El mes pasado, después de leer una conferencia en Madrid, que me dio un trabajo infernal, me prometí dedicarme exclusivamente a mis relatos. Al día siguiente me pidieron un artículo sobre Raymond Roussel. Qué tramposo es el destino. Me había pasado la vida esperando que me pidieran que escriba sobre Roussel, y bastó que me prometiera no escribir más ensayos, para que me lo pidieran. En fin. Lo escribí, y ahora estoy pensando en ampliarlo a libro. Pero va a ser el último. Mi testamento.
Usted se formó en los 70 al alero de Osvaldo Lamborghini. ¿Le enseñó algo la radicalidad de la escritura y estilo de vida de Lamborghini?
Mi amistad con Osvaldo fue un aprendizaje. Sigue muy presente en mí, no sólo por el cariño sino por el ejemplo de perfección y de intensidad. Es un privilegio tener internalizada una figura así; es una marca de exigencia, una línea muy alta que por lealtad uno se obliga a no desmerecer.
¿Cómo ha sido la literatura argentina sin la presencia de Fogwill?
Fogwill fue un amigo, un hombre inteligente, un caballero. Y un escritor y lector encendido. Nuestro Leon Bloy. Al lado de sus apasionamientos literarios, todos parecíamos unos indiferentes y unos cínicos. Ahora estamos empezando a notar la luz y la temperatura que irradiaba.

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2 Responses to “César Aira, el sabio loco”

  1. Mónica Says:

    Hay muchos escritores más raros que los que se mencionan en el artículo. Pablo Palacio y Juan Emar, por ejemplo.
    Tengo una larga lista, pero por ahora, me la guardo.


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