“Estoy en blanco”

enero 12, 2012

“Raúl Zurita es el Ayatola Jomeini de la poesía chilena”, dijo Enrique Lihn en una entrevista –inédita- de 1980. En esos oscurísimos momentos de la dictadura, Zurita iba de líder mesiánico  autodestructivo de la vanguardia artística. Había publicado Purgatorio (1979) y, de inmediato, se había consagrado con esa voz autobiográfica, política, paisajística y -de nuevo- mesiánica. Muchos lo odiaban. Lihn, entre otros. Treinta años después, Zurita sigue hablando de lo mismo. Probablemente mejor: su enorme libro Zurita apareció el 2011 y para mí es de lo mejor que se editó por esos lados. Publicamos una nota en junio del año pasado. Acá está.

 “Lo que tenía que hacer ya lo hice. Estoy en blanco”

Corría el año 2002 y Berlín no era un lugar acogedor. Ningún lugar en el mundo lo habría sido para Raúl Zurita (61) en ese momento. Una “angustia infinita” lo tenía inmovilizado. El poeta estaba recién separado y una sensación de vacío lo había perseguido hasta Alemania, donde estaba por una beca. Funcionaba por órdenes: “Hazte un té”, se decía; luego se ordenaba tomárselo. Se le cruzó la idea del suicido y la desechó. Salió a la calle, se sumó por inercia a una manifestación contra George Bush, algo le pasó, volvió al departamento, se sentó al computador y se ordenó teclear: empezó el libro que siempre quiso escribir. Quizás sea el último.
No es tan sencillo. No puede serlo. Le tomó una década en escribirlo y tiene más de 700 páginas. Se llama simplemente Zurita y la próxima semana será publicado por la editorial de la Universidad Diego Portales. Ya conocemos parte del volumen: desde 2006, Zurita publica adelantos de este libro. El conjunto, sin embargo, es bastante más que la suma.
Pocos libros en la poesía chilena llegan a este nivel de ambición: en Zurita las heridas políticas de Chile se me zclan con la cicatrices del propio poeta para crear un lamento brutal y apabullante que resuena en todo el paisaje chileno. El centro del relato -porque Zurita, pese a sus zigzagueos temporales, es un relato- es el golpe del 11 de septiembre de 1973.
Tanta ambición no es gratuita. A casi un año de terminarlo, Zurita sigue en un estado de inesperado placer: no tiene ningún proyecto literario en el horizonte. Y no está mal. “Estoy en blanco”, cuenta.

Sin miedo
Hace tres años, Zurita dejó de fumar. Estaba a punto de volver al cigarrillo cuando Gustavo Cerati cayó en coma y se arrepintió. Su parkinson le preocupa menos. Se lo diagnosticaron hace diez años y hoy lo tiene prácticamente en un movimiento perpetuo. Entre otras cosas, no puede meterse a las manifestaciones callejeras, porque le cuesta moverse entre la gente.
“Paradójicamente, ha sido una recuperación del cuerpo: lo siento”, dice. “Viví en un mundo de poemas, de ideas, con un cierto desprecio muy platónico por la masa corporal y ahora el cuerpo se toma revancha: ahora no puedo, sino darme cuenta de mis manos, de mis piernas. Preferiría no tenerlo, pero está”, agrega.
¿Le teme?
– No. No le tengo ningún temor. A lo único que le temo es a la depresión. Es feroz.
Habla desde la experiencia. A mediados de los 70, después del golpe, arrastrando un matrimonio quebrado y los ecos de la tortura, Zurita peleaba con una depresión: lo que pudo escribir está en Purgatorio, su primer libro y el que es rescatado en parte en Zurita. Lo puso en el centro de la escuálida, pero influyente escena artística chilena de esos días, en que aparecían Juan Luis Martínez, Rodrigo Lira, Gonzalo Millán y Diego Maquieira.
A su lado, estaba el Cada, el coletivo político de arte que unía fuerzas con Lotty Rosenfeld, Juan Castillo y Diamela Eltit, su pareja en esos días. “Ese pajeo del arte en dictadura y bla bla bla”, escribe en Zurita.
También en 1979 difundió las fotos de una acción de arte (No puedo más) en que se masturbaba y se cortaba el rostro. Le costó su trabajo como vendedor de máquinas de escribir en Olivetti. Al año siguiente, vino otra performance: mientras sus versos eran escritos en el cielo por un avión de propulsión a chorro, Zurita se tiró ácido a los ojos para cegarse. Iba a ser una acción radical, pero no resultó. Hubo solo quemaduras en los párpados. “Fue feroz”, recuerda. “Toda una idea se me venía abajo. Todo se me derrumbó”, añade.
De vuelta a la depresión. Zurita salió escribiendo su segundo libro, Anteparaíso. “Podía tener millones de problemas, pero cuando me ponía a escribir todo se suspendía. Al escribir suspendes la vida y también la muerte. Me preguntas si tengo miedo, a lo mejor en la vida sí, pero cuando escribo no tengo miedo”, dice.

Un día, la existencia
Se asustó en Berlín. Pasó cuatro meses en un “estado límite”. Entonces escribió: “Tengo 52 años y he llegado hasta aquí porque mi vida está vacía”. Luego viene la memoria: en Zurita, el poeta va y viene sobre su niñez y sus padres, entra y sale de las salas de tortura, habla de sus parejas, de sus amigos, etc. No hay concesiones ni sentimentalismos: “Yo no escribo cosas / bonitas, ¿me entiendes?”, anota.
“Zurita es mi máximo intento de acortar la brecha entre vida y obra”, dice el escritor. Y amplia: “Si realmente logras tocar el fondo de ti mismo, sin autocompasión y sin falsa solidaridad, lo más probable es que estés tocando el fondo de todos los seres humanos. Todos somos más o menos similares en nuestros sueños, en nuestras pesadillas, en nuestra necesidad de amor, en nuestra perplejidad frente a la muerte. Si partes del dato de tu existencia, lo más probable es que toques el dato de la existencia de todos”.
Es así: el narrador de Zurita es un eco de la historia y del paisaje de Chile. Nada menos. Desbordante y apocalíptico, el volumen multiplica los conocidos niveles de dramatismo e intensidad del poeta. Recoge textos de varios de sus libros anteriores y junto con lo nuevo construye un relato que esquiva el poema tradicional y, a ratos, parece una novela experimental.
Con inspiración en las novelas Ulises y Finnegans wake, de James Joyce, Zurita también se centra en un día: desde la tarde del 10 septiembre, hasta la mañana del día siguiente. En torno al golpe de 1973, Zurita se permite ir y volver en el tiempo para capturar la profunda herida de la crisis política. Habla de un país “arrasado hace mil años”.
Al mismo tiempo que late la represión política, en Zurita también respiran las miserias privadas del autor, hay menciones a escritores como Roberto Bolaño, Germán Marín, Alvaro Bisama, José Angel Cuevas, citas a Bob Dylan, Pink Floyd y largos y participativos cameos de Beethoven, Miguel Angel y Akira Kurosawa, entre otros. De fondo los paisajes de Chile se vuelven personajes. La suma es un texto apocalíptico y que coquetea con la ciencia ficción.
“Relatar un día ha sido mi sueño literario desde los 20 años. Retratar una unidad de tiempo donde se diera toda la existencia”, dice Zurita. “Es lo que siempre quise hacer: algo que mezclara la poesía, con la novela, con la historia y con la biografía.
Mi intención fue que fuera tan preciso como un poema de tres líneas. Necesité 700 páginas”, agrega.
A veces, cuenta, mientras escribía, perdía el sentido del tiempo. “Fue fatigoso, pero también fue maravilloso”, dice. Y, con calma, cierra: “Ahora que está terminado es como sentir el desierto. Siento una extraña plenitud. No tengo nada que escribir. Siento que lo tenía que hacer ya lo hice. Está hecho. Las ganas de no escribir nada más son súper fuertes. Porque ahora estoy como en paz. Ya está bien. Estoy en blanco”

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