Hay que leer de atrás para adelante

noviembre 20, 2012

No conozco a Nicanor Parra. Nunca viajé a Las Cruces a verlo, jamás me colé en algunas de esas visitas apatotadas que cada tanto le hacen sus amigos. Nadie me lo ha presentado. Si esta mañana voy a verlo, es por trabajo.  En seis días más, su nieto Cristóbal –el Tololo- recogerá por él el Premio Cervantes, en Madrid.  Desde que se supo que el premio era suyo, en diciembre de 2011, Parra no ha dicho ninguna palabra sobre el tema.  De entrevistas ni hablar. Mi misión es que me diga las primeras palabras. Mi misión es entrevistarlo.  Sé que es una misión suicida, pero es el trance inevitable de cualquier periodista  cultural de estos días. No seré el primero ni el último al que Parra le cierre la puerta en la cara.

Llevo indicaciones parciales: ninguna dirección, un paquete de higos secos de regalo –me dicen que le gustan- y la expresa recomendación de que jamás confiese que soy periodista.  Tengo un plan muy precario, apenas sé como empieza. Pretendo que Parra se interese en una foto en que aparece él y Rodrigo Lira en primer plano. Data de 1981 y aunque manejo bien la historia de la imagen, quiero su versión. Mi interés es genuino, es totalmente cierto que quiero y hasta necesito saber qué recuerda Parra de Lira, pero ya está dicho: voy a entrevistarlo por el Cervantes.  No sé, ni me imagino cómo, pero espero que después de hablar de Lira pasemos a hablar de premio.

Una vez en Las Cruces, llego rápidamente hasta su casa. Afuera está su clásico Volkswagen escarabajo, al que alguien –¿un mecánico?- le revisa el motor. Aun no son las 11:30; me han dicho que es buena hora para golpear su puerta.  “Está descansando, vuelva más tarde, como a las tres”, me dice su empleada, que evidentemente no tiene ningún interés en ayudarme. Por el contrario: en su guardiana. Dejo el auto estacionado y mientras los perros me persiguen por las solitarias calles del balneario, lo intuyo: voy a fracasar. Volveré a Santiago sin palabras de Parra. Cometo el error de visitar el Centro Cultural Nicanor Parra, tan precario que la certeza de mi fracaso se vuelve ansiedad y algo parecido a la tristeza.

Paso frente a la casa de Parra tres o cuatro veces. No lo veo. Me subo al auto y doy otras vueltas por cualquier parte y de pronto diviso el escarabajo moviéndose. Arriba no va Parra, sino ese hombre que puede ser el mecánico. Cuando nos cruzamos, él detiene el auto, baja la ventana y me dice que el caballero ya despertó.  “Vamos”, agrega, y lo sigo ya no tan triste. Voy nervioso. No soy un fan tan duro de Parra, algo me molesta la canonización en vida de la que ha sido víctima y considero una exageración ridícula y esnob que haya sido elevado a la categoría de maestro espiritual –sí, allá lo han llevado-, pero  en este momento hay pocas cosas que desee más que ser, por un rato, otro de sus fieles. Quiero que Parra me hable de frente y me convenza de que no sólo es el más grande poeta de la lengua, sino también que a sus 97 años es un oráculo taoísta perdido en el fin del mundo que resiste con indiferencia al avance salvaje de los tiempos.  Estoy dispuesto a creerlo.

Legamos a la casa, el mecánico no encuentra a la empleada y me dice que entre. La puerta está abierta. Entro, lo llamo –“¿Don Nicanor?”-, me dice que pase.  No sabe quién soy, no quiere saberlo. Mi plan no funciona, Lira no le interesa. Está ocupado, dice. Le repito mi nombre. Sospecha que es el de un periodista. No lo confieso. Me despide. Gracias. Hasta luego. Insisto en algo, no sé en qué. El sospecha. Vuelve a decir que mi nombre es el de un periodista y lo acepto. Ok, soy yo. Me enrostra un viejo artículo que escribí de él –en septiembre de 2010, una encuesta que lo ubicó como el poeta chileno más influyente- y me da las gracias. Su tono cambia. Luego seguimos hablando. Del Quijote y Cervantes, sobre todo.  El habla, yo escucho, trato de fijar cada palabra en mi cabeza. En algún momento, en sus idas y vueltas, en una mención a las viejas de Chillán, mientras buscamos un diccionario de Shakespeare en el segundo piso o cuando habla de Juan Luis Martínez o de Enrique Lihn, cuando dice un par de frases en mapudungun, en algún momento de las dos horas que estoy con él me hipnotiza. O algo así. Ya está. Soy un fiel. Le creo todo. Dudo, por supuesto, pero sobre todo le creo. Creo que Nicanor Parra habla desde la torcedura central e invisible del lenguaje y que desde ahí llega hasta otro lugar, una zona literaria, pero que a la vez es mucho más que literatura.

“Esta es una conversación de amigos”, me dice Parra cuando me estoy despidiendo, aunque es evidente que sabe qué estoy haciendo ahí: me dicta dos textos, poemas, que su nieto leerá en la ceremonia de entrega del Cervantes. Uno de ellos, el mejor, Tololo preferirá obviarlo. Este:

Libro más aburrido que El Quijote no hay
Para tonteras basta con la Biblia
Hay que leer de atrás para adelante
De lo contrario no sucede mucho
Sentenciaba con los brazos abiertos en cruz
El inconmensurable Eduardo Molina Ventura
Más conocido como el Chico Molina
Pues no era muy alto de estatura
Metro 50 a todo reventar
“Cual más cual menos todos son libros de caballerías
Al fuego con ellos incluidos la Biblia y El Quijote”
Nada de qué admirarse, digo yo
La decadencia empezó con Homero.

Parra me pregunta cuándo voy a volver al menos dos veces y yo le digo que cualquier día, pronto, cuando él quiera. (Volveré un par de meses después, pero me irá mal: me saludará en el antejardín, cerrará la boca y entrará a su casa con la excusa de buscar un lápiz para no salir más). Salgo de la casa de Parra nervioso. Me convertí, momentáneamente, en uno de sus fieles. Entendí, momentáneamente, el culto a Parra. También lo otro: cumplí la misión. Me llevo sus palabras y algo parecido, pero sólo parecido, a una entrevista: no hice casi ninguna pregunta formal, no encendí la grabadora, no tomé notas. Pero recuerdo todo. Avanzo por la carretera repitiendo en voz alta sus frases, buscando un lugar donde sentarme, fumarme un cigarro y anotar todo. No lo encuentro. No lo encuentro. Terminó en Cartagena, al borde de playa. Mientras escribo dos o tres borrachos me piden una moneda, un cigarro, algo. Se los doy todo.

(eso sucedió el 17 de abril de 2011. Abajo lo que publicamos en  La Tercera, cuatro días después)

“Nunca entendimos El Quijote”

“Adelante, adelante”, se escucha desde del interior. La puerta está abierta, como siempre. Adentro, en un salón de ventanales con vista al mar un hombre que bordea los 100 años, envuelto en varios chalecos, camisas y camisetas, está sentado de espaldas a la enceguecedora luz del sol de mediodía en Las Cruces. Podría ser un oráculo. Antes de mirar quién ha entrado a su casa, Nicanor Parra termina de escribir un cheque que manipula muy cerca de sus ojos. Está solo. Se levanta, mira desconfiado. Lo acechan los turistas culturales. No acepta periodistas. Lanza un par de golpes al estilo de un boxeador. Dice estar ocupado, y mira la puerta de salida: “Ya, ya, compadre, tengo que trabajar en mi discurso”.

Habla del discurso del Premio Miguel de Cervantes, un texto al que Parra le ha dado vueltas durante los últimos tres o cuatro meses. Y ahí, dispersas en el living de su casa, están las pruebas: libros sobre Cervantes, estudios sobre las novelas de caballerías, Biblias, un diccionario etimológico y dos ediciones de El Quijote de la Mancha, una de ellas facsimilar, se amontonan en la mesa de centro y en otros esquineros. “Así se trabaja en Las Cruces”, dice, mientras pasa las hojas de un cuaderno lleno de anotaciones hechas con un lápiz Bic azul. Adentro hay mil ideas, mil chispazos, mil caminos. Una cosa Parra la sabe bien: “Los latinoamericanos nunca entendimos El Quijote”.

En ese momento, el nieto de Nicanor está abordando un avión hacia España: Cristóbal Ugarte, el “Tololo”, fue la persona que el poeta escogió para que recogiera por él el Cervantes. Parra, que apenas se mueve de su casa en la playa, decidió no cruzar el Atlántico. “Es peligroso, los aviones se caen”, dice, evitando lo obvio: sus 97 años. En su caso, lo obvio no lo es tanto: además de una leve sordera y problemas a la vista que soluciona con una lupa, el hombre que hace 58 años creó la antipoesía lleva con una prestancia sorprendente su siglo en este mundo. No es sólo su agilidad para subir escaleras, también son los tonos terrosos perfectamente combinados de su ropa y la camisa de franela que lleva con el estilo de un veinteañero grunge.

Lo otro es su cabeza. En las casi dos horas que el martes pasado estuvo con La Tercera, Parra guió una conversación que se movió entre los sofistas y Shakespeare, el imperialismo español y el británico, la Biblia y Enrique Lihn, el terremoto de 1939 de Chillán, la prensa, el principio de incertidumbre, etc., etc.
Estallidos de una mente inquieta, atenta al aquí y el ahora: “Dicen que inventé la farándula. Prefiero lo que me dijo Cecilia Vicuña: que inventé los twitter”, cuenta. “Los twitter son los Artefactos del siglo XXI. Qué más que ?La izquierda y la derecha jamás serán vencidas?”, lanza.
¿Cree en ese artefacto, don Nicanor?
Yo no creo en nada.

Primera página
“Ese sí que es tema”, dice Parra cuando en la conversación se cruza la idea de que los españoles no han entendido la revolución de su antipoesía. “Venimos de lados diferentes. Los españoles no nos entienden a los latinoamericanos y nosotros no entendemos El Quijote. Y yo sé por qué: la Inquisición prohibió la circulación de las novelas de caballerías y desde ahí fue de donde Cervantes sacó casi todo. Nos perdimos eso”, dice, aún adentro de la investigación que lleva sobre el clásico.
Lector de Shakespeare y Whitman, amigo de los poetas Beat norteamericanos, Parra estaba en la Universidad de Oxford cuando escribió el grueso de Poemas y antipoemas (1954), su fatal estocada a la lírica.

No fue hace mucho, dice, que volvió a El Quijote. “No podía ser que no lo manejara. Pero me quedé en una página y no he podido salir de ahí. No se puede salir de aquí”, dice, y muestra la portada de la edición facsimilar de la novela de Cervantes. Acerca más el libro y apunta al escudo principal: “Post tenebras spero lucem”, una frase en latín vulgar que puede traducirse como “Después de la tinieblas espero la luz”.

Versículo del libro de Job de la Biblia, alguna vez Parra llegó a suponer que era la clave para leer el Quijote. Fue más lejos, cruzó variables, significados etimológicos y supuso que donde en ese castellano antiguo decía Xote de la Mancha, había una mención al pájaro jote, que a su vez reflejaba a la figura del halcón ilustrado en el escudo. Leyó sobre la cetrería, que es el arte de cazar aves rapaces. Supuso que entre el significado azteca de jote -cojo- había una ligazón con el manco de Lepanto, que era Cervantes. Dio vueltas laberínticas para chocar con lo indesmentible: “Esta página no tiene nada que ver con el contenido del libro. Es de la imprenta. Y no se puede salir de ahí”, dice.

Si Parra está tomando el pelo, que lo haga: el camino de la explicación implica recorrer su casa, ver su ya icónica chaqueta de mezclilla nevada colgada de una silla de su pieza, curiosear entre los ejemplares de su Enciclopedia Británica y sus viejos libros de Shakespeare, echar un vistazo a sus copias Biblia en español e inglés, escucharlo hablar en mapudungun, enterarse que el poeta Juan Luis Martínez le robó una copia de la Antología de la poesía chilena nueva, de Teitelboim y Anguita (“La recuperé”) y que una tarde, en la misma mesa de centro que hoy está en Las Cruces, Lihn dio un golpe y le preguntó, ya cansado de estar atrás de Parra en la poesía chilena: “¿Cuándo me vas a dejar pasar, hueón?”.

El discurso
“Podríamos comer humitas”, le dice Colombina a su papá, que no lo escucha: está jugando con Julieta, su nieta de casi dos años. Tortuguita, la llama Parra. Colombina viene del aeropuerto de Santiago, donde dejó al “Tololo”, su hijo mayor, arriba del avión a España. Ella se fue al día siguiente. Partió a una ceremonia con la realeza en medio del escándalo de la caza de elefantes del rey Juan Carlos en Africa. “Uff. Elefantes”, dice Parra. “Está en peligro el Rey. Eso dicen en Twitter, que el Rey cae”.

Al “Tololo” le preocupaba otra cosa: el texto que le pasó su abuelo para que leyera al recoger el Cervantes. “¿Cómo voy a leer esto?”, le dijo a su mamá antes de subir al avión. No es un discurso clásico, está más cerca de los discursos de sobremesa ideados por Parra y en realidad se trata de un solo antipoema. Un mix de viejas ideas que resume sus obsesiones y afila su incorrección. De memoria, Nicanor dice las primera frases: “Libro más aburrido que el Quijote no hay / Para tonteras tengo con la Biblia”.

Imposible recibir una respuesta directa de Parra . Preguntarle cómo le sienta el Premio Cervantes, es exponerse a quebrar una “conversación de amigos”. Lanza otros golpes de boxeador y se va a su cuaderno con un chispazo que cruza premio, entrevista y ganador. Anota:
“¿Se considera acreedor al Premio Cervantes?
Sí, claro
¿Por qué?
X un libro que estoy x escribir”

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