Couve puertas adentro

enero 7, 2014

couve

Antes de leer a Adolfo Couve, lo vi en la tele. Fue en una entrevista que le hizo Cristián Warnken, en el tiempo en que La Belleza de Pensar forjó su reputación en ARTV. Yo seguía a Warnken con alguna religiosidad y tengo bien grabado en la memoria las veces en que llevó a Jorge Teillier, Armando Uribe o  Diego Maquieira. Sobre todo recuerdo a Couve, un hombre de apariencia frágil, mirada esquiva y una intensidad agotadora: sufría buscando algo parecido a la perfección. Eso me pareció a mí, que miraba el televisor hipnotizado por ese hombre de gorra que vivía en Cartagena,  pintaba o escribía, admiraba a los clásicos y únicamente a los clásicos. Tiempo después se suicidó, se ahorcó la madrugada del 10 de marzo de 1998.

Poco después de su muerte creo que haber leído Cuando Pienso en mi Falta de Cabeza. Después leí desordenadamente Picadero, La Lección de Pintura y La Comedia del Arte. Nunca me interesaron demasiado. Creo que su escritura me pareció cerebral o anémica. Yo debo haber estado buscando sangre y en la controladísima prosa de Couve no la encontré. Salvo esa imagen de Couve en la televisión bordeando el éxtasis al pensar en la belleza como un camino a la verdad, nunca me interesó mucho. O sí, lo que a todos le interesaba: su rareza.

En 2008 viajé a Buenos Aires y en una conversación con el editor de Seix Barral Alberto Díaz, hablamos de Carlitos. Yo algo sabía de él, algo confuso: Carlos Ormeño era, a la vez, el empleado y el amante de Couve. Era, además, un secreto a voces en la vida del escritor que nadie podía o quería explicar bien. Díaz me contó que tras la muerte de Couve, Carlitos llegó a Buenos Aires con una buena cantidad de dinero, arrendó un departamento y rápidamente entró en el circuito gay porteño.  Me contó que trató de aconsejarlo, que se alejara de los chupasangres, que cuidara su dinero, etc. Me contó que hubo altibajos.

En esos días The Clinic publicó una entrevista a Carlos Ormeño y contó la historia entre ambos. Siendo niño, seis o siete años, Carlos fue acogido por Couve quien lo llevó a vivir con él a Cartagena como si fuera su hijo. Lo cuidó como a uno hasta que en algún momento se enamoraron y se convirtieron en amantes. Cuando el escritor se suicidó, Carlitos tenía 25 años y estaba con él. Nunca se separaron. La historia tiene muchos grises, algunos especialmente oscuros y es difícil de creer que por ahí no pasara algo de abuso. Parece sacada directamente de algún libro de José Donoso. A la larga pasará lo inevitable: la intensa y desesperada vida de Couve puertas adentro nos parecerá mucho más interesante y literaria que sus textos corregidos hasta la perfección. Quizás ya está pasando.

A propósito de los 15 años de la muerte de Couve y la edición de sus Obras Completas vía Tajamar, en agosto pasado conversé con Carlos Ormeño. Publicamos esto en La Tercera. (la foto viene de acá http://www.letras.s5.com/couve26.htm)

Los últimos días de Adolfo Couve

A 15 años de la muerte del artista, se lanzan sus obras completas. Carlos Ormeño, hijo adoptivo y compañero, relata su intensa vida literaria y cómo la depresión lo llevó al suicidio.

Ese año no quiso volver a dar clases. Tras décadas como profesor de pintura en la Universidad de Chile, Adolfo Couve dijo al teléfono que no regresaría a la escuela. No podía. Había sido un verano duro. El peor de todos. La depresión que siempre lo acechó, en esas vacaciones lo arrinconó como nunca. Después de muchas reescrituras, había terminado la novela Cuando pienso en mi falta de cabeza y estaba seguro que era su réquiem. También estaba seguro que sería olvidado. La noche del 10 de marzo de 1998 se enteró de que había un plan familiar para internarlo. Horas después se suicidó. “Yo me muero por el arte”, había dicho poco antes.

Bicho raro entre los artistas chilenos, Couve fue un dogmático escritor realista y un influyente pintor seducido por la mancha. Fue también un intenso obsesionado con la belleza que, agotado del ruido de la ciudad, se instaló en Cartagena a mediados de los 70. Apenas se asomaba por Santiago para dar clases. Separado, padre de una hija, el autor de La lección de pintura vivió acosado por una depresión que a fines de los 90 no le dejó salida. Lentamente, se aisló del mundo. En sus últimos días, su única compañía era su perro, el Moro, y por supuesto, Carlos Ormeño. “No te olvides, Carlitos -le dijo antes de quitarse la vida-, yo muero por el arte”.

Parte de la vida íntima de Couve y fuente de leyendas, Carlos vivió junto al artista desde los 10 años y lo acompañó hasta el momento de su muerte. Fue su hijo, también fue su amante. “Con Adolfo tuvimos una relación muy especial. Yo era la única persona en quien confiaba. Con el tiempo se creó una dependencia terrible que nos llevó a aislarnos del mundo”, dice Carlos a La Tercera, a 15 años de la partida del escritor.

En las próximas semanas, Editorial Tajamar publicará una nueva versión de sus obras completas, que incluirá sus textos sobre arte (editados en 2005 por la UDP) y sus 11 concisas novelas publicadas entre 1965 y 1998: el testimonio de una rigurosa apuesta estética que a ratos, como cree el argentino César Aira, rozó la perfección.

Un réquiem
Hoy de 40 años, Ormeño cuenta que Couve prácticamente lo crió. “Yo andaba por la calle, porque era un niño pobre, no tenía nada”, recuerda. El autor lo vio desde su departamento en Miraflores, en el centro de Santiago, y luego se hicieron amigos. Al poco tiempo, lo llevó a vivir con él, a su casa en Cartagena, con permiso de su madre. Su padre había muerto tras el gobierno militar. “Fui su hijo adoptivo de mentira. El siempre me pedía que fuera su hijo legal, pero yo no quise cambiarme el apellido de mi papá. Ese fue un dolor grande para Adolfo”, dice Carlos, que desde chico leyó novelas de Balzac o Capote que le pasaba Couve.

Primero con profesores particulares (“Adolfo no quería que me separara de su lado, creía que me podía pasar algo”) y luego en el colegio, Carlos Ormeño terminó su educación y estudió Arte en la U. de Chile, con Couve entre sus profesores. En ese tránsito, la relación cambió. “Sí, tuvimos una relación de pareja. Más que eso: él era un todo para mí. Era mi papá, mi amigo, mi maestro, mi pareja. Yo también para él era todo”, dice. “Pero quiero dejar en claro que no hubo abuso, no hubo pederastia. Yo quise estar con él. Nadie me obligó, me podría haber ido”, agrega.

Carlos Ormeño jamás se fue. Llevaba las riendas de la casa de Cartagena y seguía a diario la rutina impuesta por Couve: levantarse a las nueve de la mañana, desayunar, salir a caminar con el Moro, almorzar, dormir una siesta. Luego, cada uno a su taller. Adentro, Couve daba una batalla por la perfección. No con la pintura: la había dejado y retomado, le salía tan fácil que, según Carlos, “la odiaba”. La escritura le fascinaba por su dificultad. “Vivía su escritura a concho, se enfermaba. Pasaba toda la noche, siete, ocho horas escribiendo y cuando no le gustaba lo quemaba: “Esto no vale nada”. Tenía que llegar a un punto de perfección. Síntesis, síntesis”, dice Ormeño.

Después de La comedia del arte (1995), una novela sobre el callejón sin salida de la pintura tradicional en clave de sátira, Couve continuó con una segunda parte, Cuando pienso en mi falta de cabeza. Fue una guerra de corrección, que terminó en un manuscrito de menos de 50 páginas. Paralelamente, la depresión lo arrinconaba. “Esa fue la novela que lo mató”, dice Carlos. “Era su epílogo. El mismo lo decía: “Mi réquiem es esta novela””, agrega.

En esos días, la paranoia de Couve se disparó: creía que su comida estaba envenenada y Carlos Ormeño debía probarla antes que él. Casi no dormía. No se medicaba, apenas llamaba por teléfono a un primo psiquiatra. No tenía dudas del valor de su obra literaria, pero sospechaba que lo olvidarían: “Nunca más se van a acordar de mí, a la gente como nosotros nos olvidan fácilmente”, le dijo a Carlos, que explica su temor así: “Después de su muerte se iba a saber que era homosexual, aunque siempre se supo, pero nunca se dijo. Para él eso era terrible. Odiaba ser homosexual”.

Alrededor de dos semanas después de terminar Cuando pienso…, Couve se colgó en el baño de su casa, al amanecer. “Ya no hay nada de mí acá”, le había dicho a Carlos, quien había conseguido más de una vez detener sus intentos de suicidio. Cuenta que después de la muerte de Couve le entregó a la familia del escritor todo lo que éste le dejó y se fue a vivir a Buenos Aires.

Estuvo allá casi 10 años. Hoy vive en Santiago y trabaja para el Parque del Recuerdo, escribe y reescribe una novela y no es raro que le lleguen propuestas para contar su historia con Couve: le dijo que no a Raúl Ruiz. Le dijo que sí a la fotógrafa Paz Errázuriz y a la periodista Claudia Donoso, a quienes considera familia, y juntos hicieron un video que retrata su regreso a Cartagena. Carlos también cree que el olvido está cayendo sobre Couve: “Aunque es lindo que se olviden de él, porque así queda para mí nomás”, dice.