Caer como un valiente

mayo 20, 2014

FOTO ROBERTO BOLAÑO COPYRIGHT ALEJANDRO YOFRE

“Del D.F. a Africa, a toda mecha”, escribió Roberto Bolaño en mi copia de Los Detectives Salvajes. Es una dedicatoria, que también incluye mi nombre. Firmó el libro en 1999, cuando estuvo de la Feria del Libro de Santiago. Me habría encantado estar ahí, pero fueron dos amigos quienes, con mi ejemplar del libro en sus manos, le pidieron que me dedicara la novela. Lindo gesto. Nunca conocí a Bolaño y estuve lejísimos de entrevistarlo: estaba en mis primeros meses trabajando en El Mostrador.cl cuando murió. Algunos años después, especialmente desde que llegué a La Tercera, empecé a escribir de él con insistencia. De su triunfo en EE.UU., de sus libros póstumos, de su efecto en la literatura chilena, de sus amigos, de sus mujeres, de sus admiradores, etc., etc., etc. Casi siempre lo he disfrutado. Sólo uno de sus libros, La Pista de Hielo, no me gusta. Tengo mis dudas con Amberes, Una Novelita Lumpen, Los Sinsabores del Verdadero Policía y algunos cuentos. Del resto soy incondicional.
Cuando el año pasado se cumplieron 10 años de su muerte, sumé varios artículos míos para armar un perfil de Bolaño que publicaron en la estupenda 60Watts. Acá va de nuevo.
 

TENÍA EL PELO LARGO, llevaba un morral lleno de hojas con poemas, casi siempre estaba fumando. Había vuelto corriendo a Chile para vivir la Unidad Popular, pero cuando llegó la Junta Militar estaba en La Moneda. Ya leía a Nicanor Parra. Creía que la poesía debía volver a las barricadas. Corría 1975, tenía 22 años y era uno de los cabecillas de un grupo de poetas incendiarios que atacaban al orden cultural mexicano. Los infrarrealistas. Era el único que no bebía alcohol ni fumaba marihuana. Observaba y escribía. “Aprendía del silencio de las madrugadas”, dice uno de los que estaba ahí, Bruno Montané. Otro, el más joven de la pandilla, Juan Esteban Harrington, lo recuerda recatado: “Roberto Bolaño era el menos salvaje de todos”.

Encendida la mecha del Infrarrealismo, lo abandonó. Se instaló en España en 1977 y atravesó los 80 escribiendo cientos de poemas, cuentos y novelas en completo anonimato. No volvió a México. Allá, su mejor amigo, el poeta Mario Santiago, mantuvo vivo el Infrarrealismo hasta quemarse. En 1998, con 45 años, Bolaño convirtió en leyenda a sus primeros cómplices literarios en la novela Los Detectives Salvajes. Ganadora de los premios Herralde y el Rómulo Gallegos, tuvo el fervor de la crítica y de los escritores hispanos, hasta situarlo como el tótem de su generación. En Chile, ya se sabe, puso todo en suspenso: cada novela escrita en los 90 fue releída ante la sombra del nuevo invitado a la fiesta.

Cinco años después murió: la madrugada del lunes 15 de julio, Bolaño falleció en un hospital de Barcelona, después más de una década enfermo. Estaba segundo en la lista de espera de un hígado. Para nadie fue una sorpresa que se iba el más desequilibrante narrador hispano de fin de siglo. Autor de libros prácticamente perfectos como Estrella Distante, Llamadas Telefónicas o La literatura nazi en América, o bestias incombustibles como 2666, Bolaño hizo de su obra un trampolín para una levantar una guerra que ganó: haciendo alianzas antojadizas, jugando al niño terrible y fanfarroneando de haberlo leído todo y mejor que todos, reorganizó el mapa de la literatura en español. Por lo menos puso sangre en la mesa. Era un soldado de mil batallas perdidas herido de muerte.

La acción había empezado en Ciudad de México, a mediados de los 70, cuando de la mano de los infras entrenó el papel del kamikaze. Como se sabe, Los Detectives Salvajes es una ficción hecha de puras verdades. Los Infrarrealistas son en la novela los Realviceralistas, Bolaño es Arturo Belano, Santiago es Ulises Lima, Octavio Paz es Octavio Paz, etc., etc. Piel Divina, Felipe Müller, las hermanas Font, Pancho Rodríguez, Laura Jáuregui, Catalina O’Hara, incluso Cesárea Tinajero están inspirados en personas con nombre y apellido. “La novela es tan cercana a la realidad, que los que estuvimos ahí nos reconocemos. Pero todo está tergiversado”, dice Harrington, que insiste en aclarar uno de los tantos mitos: “Yo no soy Juan García Madero”.

Creado en 1975, por Bolaño y Santiago, el Infrarrealismo bebía de todas las vanguardias posibles y se enfrentaba al imperio de Paz en la poesía mexicana. El nombre era una cita a Roberto Matta, que alguna vez había usado el término cuando abandonó el surrealismo: fue un único infrarrealista solitario. “Déjenlo todo, nuevamente. Láncese a los caminos”, pedían los infras en su primer manifiesto, fechado en 1976 y escrito por Bolaño. Eran marginales y temidos. Unos aguafiestas profesionales, que irrumpían en recitales de poesía y lanzamientos de libros, se reían de los anfitriones, se devoraban su comida y se tomaban su vino. El núcleo duro de la pandilla eran 10, quizás 12. Los frecuentaban otros tantos.

Iban de fiesta en fiesta. Nunca a una organizada por la pintora Carla Rippey, que en Los Detectives Salvajes aparece retratada en el personaje de Catalina O’Hara, una artista famosa por sus veladas salvajes. “Es posible que los infras salgan más interesantes y románticos en el libro que en la vida”, dice. “Roberto tenía un don para volver cualquier cosa interesante, tomaba muchas notas y sabía volver mítica la realidad. Creo que, en un principio, hizo el libro como una broma privada entre él y Mario”, agrega Rippey.

Muchos creen que el chileno Harrington, hoy un productor audiovisual con domicilio en la comuna de Ñuñoa, inspiró a García Madero, el poeta de 17 años que narra gran parte de la novela. “Yo era el más chico del grupo”, reconoce. Un día aparecieron por su casa Bolaño y Bruno Montané (Müller en el libro). Por su padre, se habían enterado que escribía. “Léete unos poemas, me dijeron. Roberto fumaba, Bruno miraba a cualquier parte. Leí varios. Ya, agarra tus cosas y mañana te pasas por la Casa del Lago (centro cultural de la Unam), me dijeron al terminar. Ya está. Así entré a los Infrarrealistas”, cuenta.

Harrington, que metía a todos al Impala negro de su padre, se sumó a la rutina de la banda. Se veían todas las semanas en cualquier café barato. A veces, todos los días. “Bolaño siempre iba a expulsar a alguien. Después era readmitido”, cuenta. Y aclara: “En la novela inventa a un personaje que él nunca fue. Nunca fue el aventurero. Roberto era híper inteligente, pero también era desagradable. Además, era mojigato. Bebía cero, no fumaba mota. No hacía nada. Observaba y escribía”.

“Su ‘droga’ era estar días sin dormir, escribir y leer; aprender del silencio de las madrugadas”, dice Montané, que fue su amigo desde los 70 hasta que murió. “Era genial, lúcido y complejo. Recuerdo a Roberto como un tipo entrañable, con mucho humor, cariñoso, pero también podía ser muy depresivo y, dicho en mexicano, podía tener episodios en que mandaba a todo el mundo a la chingada”, agrega.

Lisa Johnson la mandó a la chingada varias veces. Ella también a él. “Fue el gran amor de Roberto”, dice Harrington. Retratada en el personaje de Laura Jáuregui en Los Detectives Salvajes, rondó el grupo de los infras y fue la pareja de Bolaño. Incluso, la llevó a vivir a su casa; no funcionó. En 1979, cuando se publicó la antología Muchachos desnudos bajo el arcoíris de fuego, Bolaño incluyó un rabioso poema sobre ella: “Generación de los párpados eléctricos”. Puro despecho. Así empieza: “Ese halo de luz naranja pudo haber sido una gran poeta / esa muchacha que estudia el último semestre de Biología y cena / en el Maxim’s del subdesarrollo y fornica a la medianoche / en un edificio de cristal y vomita en la madrugada con sudores / pudo haber sido una gran poeta”.

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En 1977, Bolaño viajó con Santiago a Europa y, según él, en una estación de trenes de Francia dieron por muerto al Infrarrealismo. El chileno lo contó así en una entrevista a Carmen Boullosa: “En algún momento hubo mucha gente, no sólo poetas, sino pintores y sobre todo vagos y ociosos, que se consideraron a sí mismos como infrarrealistas, pero en realidad el grupo lo integrábamos sólo dos personas: Mario Santiago y yo. Ambos nos vinimos a Europa en 1977. Después de algunas aventuras desastrosas, una noche en la estación de trenes de Port-Vendres, en el Rosellón, muy cerca de Perpignan y de la estación de trenes de Perpignan, decidimos que el grupo como tal se había acabado”.

Desde España, donde Bolaño fijó residencia para siempre, le escribió decenas de cartas a Mario, que éste rara vez contestó. Mientras el autor de 2666 trabajó sin cansancio para levantar una carrera literaria, Santiago puso en práctica ese famoso verso que Bolaño le atribuyó: “Si he de vivir, que sea sin timón y en el delirio”.

Una huella: las cartas perdidas

Primero se lo propuso a Gonzalo Millán, después a Waldo Rojas. Terminaba 1993 y Bolaño, que todavía era un escritor anónimo, les pidió a los poetas que escribieran juntos, los tres, una “enciclopedia abreviada de la literatura nazi en América”. Imaginaba una serie de biografías de autores fascistas, con bibliografías, leyendas, ritos, etc., cubriendo de 1933 a 2009. Pura ficción: “Algo en el espíritu de “Tlon Uqbar Orbis Tertuis”: las imágenes de nosotros mismos en los espejos cóncavos o convexos, pero espejos al fin y al cabo”, le decía a Rojas en una carta, donde añadía su sospecha de que ambos se negarían.

Dos años después, Bolaño le anunció a Rojas que siguió solo con su idea y en enero de 1996 saldrá a la calle el libro La literatura nazi en América. “Me la publica Seix Barral, lo que me pone bastante nervioso”, anota en la carta, una más de una correspondencia de 15 años que mantuvo con el poeta exiliado en París. Parte de ella fue publicada en un número especial de la revista Multitud, hoy disponible online (http://issuu.com/revistamultitud/docs/de_blanes_a_paris). El intercambio empezó a inicios de los 80, cuando el futuro autor de 2666 era un poeta de pasado agitado que intentaba una carrera en Barcelona y buscaba a tiempo completo cómplices literarios. Tenía a su lado a Bruno Montané, con quien montó una serie de revistas efímeras, la más importante Berthe Trépat. Pero Bolaño iba más lejos y enviaba señales por el mundo golpeando las puertas del circuito chileno.

Un volumen desconocido de correspondencia de Bolaño está desperdigado por el mundo completando el retrato de su largo camino a la leyenda. Le escribió a Carla Rippey por muchos años; a Mario Santiago también. A 15, 20, quizás cuantos más. Como a Waldo Rojas, el autor de también le escribió a chilenos como Enrique Lihn, la crítica Soledad Bianchi y contactó a Millán. Desde Barcelona, Girona o Blanes, Bolaño siempre supo su destino: “Mientras tanto, escribo. Tercamente. Amorosamente. No sé qué utilidad pueda tener esto, pero sigo haciéndolo. Te juro que a veces cuesta”, le escribió en 1980 a Bianchi, entonces parte del comité de redacción de la revista del exilio chileno, Araucaria.

Instalado en Barcelona desde 1977, Bolaño sobrevivió más de una década con trabajos mal pagados. Quienes lo frecuentaron en esos días, como Mauricio Electorat, lo recuerdan como un obsesivo enciclopédico, que lo leía todo y sabía cada paso de hasta del poeta más anónimo de Chile o México. También quería que supieran los suyos. En 1979, en sus primeros contactos, le pide a Lihn que le tienda una mano. El autor de La pieza oscura no sabe qué hacer con ese desconocido: “No puedo dar curso a ninguna de las peticiones porque no preparo antologías ni otorgo becas, como no sea por un milagro en que conozca el santo”, le responde.

Su carteo con Lihn empezó en 1979 y terminó en 1983. Como lo cuenta el mismo Bolaño en su relato “Encuentro con Lihn”, él escribió primero. Hoy al resguardo de la Fundación Getty, donde están los papeles del poeta, de las 20 misivas, 14 son de Bolaño. “Aquí en Girona ha llegado el invierno y la paranoia. Mi situación económica es desesperada”, anota el autor de Estrella distante en 1982. Y sigue: “De Chile no sé nada, nada. Completamente fuera de la literatura chilena, y horror, dentro de seis meses cumpliré 30 años. ¿Qué será de mí? ¿Es que seré un Braulio Anguita (sic) del año 2000? Dios no lo permita”.

Pero sí sabía de Chile. En la correspondencia de más de 15 años que mantuvo con Bianchi, Bolaño habla de los poetas de su generación, menciona revistas locales (La Bicicleta) y raras antologías de poesía joven (Poesía para el camino, 1977). Bianchi recogerá poemas suyos en la antología Entre la lluvia y el Arcoíris: algunos jóvenes poetas chilenos (1983). Antes los publicó en Araucaria en 1982; él nunca entendió bien qué era un poema del exilio. Se lo planteó así a Bianchi en una carta de 1979:

“¿En qué medida no están más exiliados ciertos artistas chilenos que viven y trabajan en Chile, con toda la represión cultural, política, económica, que muchos de los que están afuera? ¿o aquellos que murieron antes del golpe y que toda su vida, transcurrida mayormente en Chile, estuvo marcada por una entrada y salida, intermitente, de las zonas que podrían reconocerse objetivamente como el exilio? En el primer caso, Jorge Teillier y Floridor Pérez, que yo sepa, todavía andan por allá y escriben unos versos hermosos; en el segundo, estarían Violeta Parra y Pablo de Rokha, dos ‘almas errantes’ de quienes poco sabemos, aparte del tinglado floclórico y anecdótico montado sobre sus cadáveres”.

A la larga, sería amigo de Bianchi: en 1992 le envió una primera versión de su definitivo libro de poesía, La universidad desconocida. Ella aún lo guarda, junto otra decena de papeles, cartas y revistas del escritor. También se hizo amigo de Waldo Rojas, a quien en junio 1993 le escribe desde el Hospital del Valle Hebrón (donde morirá 10 años después). Le han hecho una endoscopía, examinando el interior de su vesícula y su colédoco “como un detective en busca de un serial killer”. Y agrega: “Mi doctora favorita dice que aún no moriré. Puedo escribir un par de novelas más”.

Siempre fiel a la poesía, desde inicios de los 80  Bolaño también escribe novelas: en 1984 le cuenta a Bianchi que trabaja en las novelas El Espíritu de la Ciencia Ficción (inédita), La Pista de Hielo y La Estrategia Mediterránea. Esta última fue publicada 2010, siete años después de su muerte, bajo el nombre de El Tercer Reich. Fue la primera novela póstuma editada sobre la cual Bolaño no dejó instrucción alguna. Estaba ahí entre sus papeles, no del todo lista. Fue su esposa, Carolina López, quien resolvió ponerla en la calle. Fue también la presentación en sociedad del agente que hoy lleva la obra de chileno, Andrew Wylie.

Juegos de guerra

A veces pasaba 10 ó 12 horas frente a un tablero. Jugaba a la guerra. Tiraba los dados, movía las piezas y ensayaba estrategias para reescribir la historia. Comandaba pequeños batallones de papel que echaba a pelear, por ejemplo, por la Europa de los 40,  en mapas de cartón. Se ponía en el papel de los Aliados, otras se vestía del Eje, y desplegaba nuevos escenarios bélicos para la Segunda Guerra Mundial. O para la Guerra Civil Española. O para la Guerra de Secesión de EEUU. Bolaño jugaba solo, con algunos amigos en Blanes o por correspondencia. Dicen que estuvo obsesionado. “Si no hubiera sido escritor, habría sido general”, bromeó alguna vez. Dicen que a mediados de los 80, enviciado con los wargames que coleccionaba, pasó varios meses sin escribir ni una palabra. Difícil creerlo.

Cuesta imaginar a un Bolaño capaz de detener el caudal literario en que vivía. Al menos, apuraría un poema mientras esperaba su turno en el juego o planeaba un contraataque. Hizo otra cosa: escribió una novela sobre su obsesión. Corre la segunda mitad de los 80, es un escritor escondido en Blanes, un pueblo frente al Mediterráneo, que apuesta por concursos literarios y en verano lleva la tienda de bisutería de su madre. Lo mantiene su mujer, Carolina López. Como siempre, su vida se abre paso en su literatura. Los juegos de guerra pasan a ser la ocupación profesional de Udo Berger, el protagonista de El Tercer Reich, novela que terminó en 1989 y guardó en un cajón, mecanografiada. Antes de morir, alcanzó a pasar al computador 60 páginas. Pocos sabían que existía.

Se supo en la Feria del Libro de Francfurt 2008: había otro libro de Bolaño. El secreto del mal, la colección de relatos ensamblada por Ignacio Echevarría, y el volumen de poesía La universidad desconocida, esos dos libros publicados póstumamente (ambos en 2007), en realidad no habían agotado la cantera del autor de Los detectives salvajes, como alguna vez se dijo. La sorpresa, no tan inesperada en verdad, fue la carta con la que debutó el poderoso y temido agente Wylie en la representación de la obra de Bolaño, marcando definitivamente el estallido planetario del escritor. El libro que se transó en la feria alemana era El Tercer Reich.

La novela fue publicada el 4 de febrero en España. En poco más de 350 páginas recoge el diario del joven alemán de 25 años, Udo Berger, durante sus vacaciones en la Costa Brava española junto a su novia, Ingeborg. “Sin pecar de exagerado creo que estoy en el mejor momento de mi vida”, anota a poco andar Udo, que pretende aprovechar el viento del Mediterráneo para terminar un ensayo en que expondrá una “variante inimaginable” para ganar el juego Tercer Reich, sobre la Segunda Guerra Mundial. Aún no sabe que ahí, en el Hotel Del Mar, ingresará a una pesadilla. Absolutamente lineal, como pocas novelas de Bolaño, El Tercer Reich narra la inquietante difuminación de los límites entre un juego de guerra y la vida real.

A inicios de los 80, Bolaño y Antoni García Porta se veían prácticamente todos los días. Daban vueltas por Barcelona, tomaban café con leche, leían los inéditos del otro, fracasaron al intentar escribir un guión juntos, pero lo consiguieron con una novela, Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce. Cuando Bolaño se mudó a Blanes dejó de ver tan seguido a García Porta, pero mantuvieron cierto contacto. Entre cartas y llamadas telefónicas, Bolaño empezó a insistir en algo: pedía juegos de guerra. Entonces, García Porta seguía instrucciones y entraba a tiendas, preguntando por wargames como Auge y Caída del Tercer Reich o World in Flames, ambos sobre la Segunda Guerra Mundial.

En 2000, consultado por cuál era su mayor extravagancia, Bolaño confesó: “Mi gran colección de wargames de mesa y mi pequeña colección de wargames de computador”.

En el peak de su obsesión, Bolaño llegaba a la casa de García Porta, no siempre para verlo a él. “En realidad, se quedaba horas y horas jugando con mi hijo”, recuerda el español. El hijo, Joel, de 33 años, lo confirma: “Cuando pasaba por casa nos íbamos al computador”, cuenta. “Él siempre quería ganar, daba igual que yo fuera un niño o un adolescente. Ganar era importantísimo para él. Los juegos eran una pequeña obsesión”, añade.

Antes que los juegos, su obsesión era la Segunda Guerra Mundial. Bruno Montané cuenta que a él no le pedía tableros sino libros: novelas de guerra y biografías de generales, como el mariscal soviético Georgi Zhúkov, clave en la contención del avance Nazi. “A Roberto le interesaban los juegos de estrategia como un reflejo de la historia. O de la posibilidad de la historia. Y por su interés en la Segunda Guerra, que la veía como una historia humana del horror. El entendió esos juegos como estructuras narrativas”, dice Montané.

Para Udo, en El Tercer Reich, los juegos de guerra son una forma de vida. O podrían serlo. Campeón de Alemania, en las vacaciones practica para enfrentarse al norteamericano Rex Douglas en Francia y escribe su variación sobre El Tercer Reich. Si todo va bien, podrá dejar su trabajo en Stuttgart y ganarse la vida escribiendo para revistas especializadas en wargames. No todo irá bien. En el hotel Del Mar, donde pasó varios veranos junto a su familia en la niñez, Udo se reencontrará con Frau Else, dueña del lugar. Y se enamora de ella. Paralelamente, Udo e Ingeborg conocen a otra pareja alemana, Hanna y Charly. A través de ellos, llegarán al Lobo y el Cordero, dos buscavidas españoles, oscuros, que los conducirán por la noche salvaje de la Costa Brava. Y les presentarán a El Quemado.

En adelante, el perfume fresco de las primeras páginas de El Tercer Reich lentamente se transformará en un olor nauseabundo, denso y perturbador. Udo va y viene entre Ingeborg, los nuevos amigos, los juegos de guerra. El Quemado terminará por robarle su atención. Fisicoculturista aficionado, se gana la vida arrendando pequeños botecitos de paseo en la playa. Todas las noches los ordena para construir un refugio, donde duerme. Su nombre se debe a que “gran parte de su cuerpo está horriblemente quemado”.Latinoamericano y lector de poesía, El Quemado podría ser un exiliado torturado. Quiere venganza.

Como la mejor novela policial, pero sin asesino, El Tercer Reich encierra un misterio que obliga a pasar las páginas tan rápido como en Estrella Distante. A ratos, sin embargo, el tono sólo se parece el de La Pista de Hielo. Todas las manías de Bolaño están ahí: la aventura, los secretos, la posibilidad del horror, el eco del fracaso político latinoamericano, la Segunda Guerra Mundial. A cambio de los escritores, el gremio de los jugadores de wargames. Sin embargo, Bolaño tuvo sus dudas.

“No te metas en los juegos, es un rollo pantanoso. Te metes y no sabes como salir”, le advirtió a García Porta. En una carta de 1986 le cuenta a Montané que está escribiendo una novela llamada Estrategia Mediterránea (la estrategia en que trabaja Udo) y “le da muchos dolores de cabeza”.  De hecho, la consideró muy larga para presentarla a concursos literarios. La guardó. En ese sentido, prefería La Pista de Hielo, de 1986, que sí echó al ruedo de los certámenes.

Montané agrega algo más: “Roberto comentó a gente amiga que era un proyecto fallido”. Acaso por eso Bolaño prefirió desempolvar Amberes, escrita en 1980, en lugar de El Tercer Reich. García Porta duda: “Desde el año 99 pensamos en reeditar Consejos… (2006) y lo fuimos dilatando porque él quería guardarla: ‘El día que yo no pueda escribir por mi enfermedad, entonces iré sacando todo este material que tengo’. Él preveía que pasaría alguna temporada sin escribir, aún en el caso de que el trasplante de hígado fuera muy bien. Al menos, le pagaría lo mínimo para ir subsistiendo. Quizás pensaba igual con esta novela”.

Puede ser. Alcanzó a pasar 60 páginas en el computador que compró en 1996. Tenía otra urgencia. Con la muerte pisándole los talones durante los 90, Bolaño se dedicó a escribir todos los libros que tenía en la cabeza. Los detectives salvajes, 2666, etc. Los juegos de guerra encontrarían un lugar en noches de insomnio frente al computador. El tablero, los dados, las fichas y los mapas están en El Tercer Reich como las pruebas del Bolaño que jugó en el pasado ensayando la literatura del futuro.

Una novela endemoniada

La Estrategia Mediterránea -o El Tercer Reich– no fue el único proyecto que Bolaño dejó en suspenso. Menos avanzada que ella, llevó muy lejos Los Sinsabores del Verdadero Policía, un proyecto de muchos, seguramente un cajón de sastre, quizás un camino sin salida que encontrará un escape en 2666. La novela se publicó en 2011, nuevamente por decisión de López, que encontró su manuscrito en hojas impresas del computador en cuatro carpetas. Los textos habían sido corregidos a mano.

Más que una narración lineal, Los sinsabores del verdadero policía opera caleidoscópidamente reflejando zonas de Estrella distante, Llamadas teléfónicas, Los detectives salvajes y 2666. Su título aparece a lo largo de 15 años en documentos del escritor. En 1984 Bolaño golpeó la puerta de la reconocida agencia literaria de Carmen Balcells. Se negaron a representarlo. La carta en que le decían que no, fechada en junio de ese año, añade que “hemos tomado buena nota de sus cuatro proyectos: Diorama, Los sinsabores del verdadero policía, El espíritu de la ficción y Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce”.

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Después de 1984, es Bolaño quien vuelve a mencionar el libro en una nota personal de 1990: es el primero de una lista de cinco “proyectos literarios”. Después son mencionados El enemigo público número 1,  Mi amigo del romero (que luego pasaría a ser Estrella distante), La argentinita y, de nuevo, El espíritu de la ciencia ficción. Por esos días, Bolaño ya estaba instalado en Blanes y sólo se dedicaba a escribir. Había intentado ganarse la vida como guardia de un camping, vendiendo bisutería en la calle y, por apenas dos días, como mayordomo. Era su mujer quien lo mantenía, aunque a veces ganaba dinero en algún concurso literario.

En 1993 publicó los poemas de Los perros románticos, y su primera novela, La pista de hielo. Aún era un latinoamericano pobre sin permiso de trabajo -aunque sí de residencia- en España. En 1995, Bolaño le escribe a su amiga Carla Rippey. Le informa de sus planes y vuelve a mencionar Los sinsabores… También menciona una palabra clave de 2666: Santa Teresa.

“Escritura, literatura, qué hacer, qué hacer. Desde 1977 estoy escribiendo un libro de poesía titulado La Uuniversidad Desconocida, tiene más de 500 páginas. Cada semana sufre una mutación. Mi computadora me ha prohibido terminantemente que lo meta en el disco duro. Novela: desde hace años trabajo en una que se titula Los sinsabores… y que es MI NOVELA. El protagonista es un viudo de 50 años, hija de 17, que se va a vivir a Santa Teresa, ciudad cerca a la frontera de los USA. 800 mil páginas. Un enredo demencial que no hay quién lo entienda. El resto, trabajos para ganar dinero sin vender mi alma al diablo”.

Entre los papeles del escritor, también fue hallado una listado de los personajes que van a figurar en Los sinsabores… Son más de los que finalmente aparecerán en el libro. Es un documento impreso desde el PC, que luego tuvo dos anotaciones manuscritas de Bolaño. “El policía es el lector que busca en vano ordenar esta endemoniada novela”. Y también: “El verdadero policía busca la invisibilidad”.

Para el crítico Ignacio Echevarría, no se trata de una novela. El editor de 2666 y Entre Paréntesis (también de las Obras Completas de Parra), alejado del círculo de López, cree se trata de un texto fallido: “Los sinsabores del verdadero policía es un título que Roberto manejó durante muchos años. Como ocurría con otros títulos, eran frases con las que él se encaprichaba y que iban asociadas a una pequeña idea, pero que podían tener muchos contenidos. “Los sinsabores del verdadero policía” es uno de los más viejos y bajo el cual, tengo entendido, hizo varios intentos de escribir una novela. Sólo puedo decir con toda seguridad que no es un texto acabado, que no es una novela como El Tercer Reich. Es un texto en marcha inacabado”, dice.

Como sabemos, no todos fueron proyectos inconclusos. En 1995, le envíó a Waldo Rojas el manuscrito de Estrella Distante y de vuelta recibió elogios que lo dejaron “anonadado”. La novela surge del capítulo final de La literatura nazi en América. Carlos Wieder –antes llamado Carlos Ramírez Hoffman-  es el portador del horror de la dictadura. Al mismo tiempo, es un asesino y un artista patriota. Un poeta del cielo, un héroe de la Junta Militar. Como La Pista de Hielo, también toma la forma del policial. Fue publicada en 1996 e inició la relación de Bolaño con Anagrama. El editor del sello Jorge Herralde cuenta así el origen:

“Recibimos un manuscrito de Bolaño titulado La literatura nazi en América en verano de 1995. Lo enviaba para concursar al Premio Herralde de Novela de dicho año. Lo leí y me pareció muy interesante, pero antes de que se reuniera el jurado del premio (que se fallaba, como siempre, el primer lunes de noviembre) recibimos una carta suya retirándolo del premio, ya que lo había enviado a otra editorial y le habían pasado una oferta. Naturalmente me sorprendió ya que, independientemente del premio, me hubiera gustado publicarlo. Le escribí y le dije que lo lamentaba, pero que si venía a Barcelona me gustaría conocerlo. Me contestó y muy pronto pasó por Anagrama y nos conocimos. Estuvimos horas charlando, me dijo que se sentía un autor de Anagrama, ya que admiraba a muchos autores del catálogo, desde Perec y Nabokov hasta Pitol, Piglia, Marías, Vila-Matas y tantos otros, entre ellos a J. Rodolfo Wilcock, autor de La sinagoga de los iconoclastas, una de las inspiraciones de La literatura nazi en América. Poco después me envió Estrella distante, una novela breve que me pareció una obra maestra y así empezó nuestra relación. En 1996 aparecieron La literatura nazi en América en Seix Barral, donde la había detectado un lector tan excelente como Pere Gimferrer, y unos meses después Estrella distante en Anagrama”.

Al año siguiente, publicó el libro de cuentos Llamadas telefónicas. Además del inolvidable “Sensini” (donde Bolaño descubrió que el argentino Antonio Di Benedetto sobrevivió en los 80 ganando concursos literarios de poca monta en España), el libro trae el relato “Detectives”. Una historia real y decisiva para la leyenda de su biografía: dos miembros de la Policía de Investigaciones recuerdan en una conversación cuando intervinieron para liberar a un viejo compañero de colegio, Arturo Belano, detenido pocos días después del 11 de septiembre de 1973. El hecho es estrictamente cierto: al regresar desde México a Chile para participar en la UP, Bolaño se encontró a las puertas del Golpe Militar. Fue detenido por sospecha en la estación de buses de Los Angeles. En el calabozo fue divisado por dos amigos de infancia convertidos en policías, quienes lo salvaron de las garras de la dictadura.

Como en los 80, a inicios de los 90 Bolaño quiere cómplices y lectores. Cuando muere Juan Luis Martínez, en 1993, le escribe una sentida carta a Waldo Rojas. “Su muerte me dejó helado”, dice. En 1997, en otra carta a Rojas, pasa revista a lo que él sabe de literatura chilena de fin de siglo: lo ha “conmovido” la reciente muerte de José Donoso, ha leído “cosas buenas, otras malas” de la Nueva Narrativa Chilena, quiere leer a Pedro Lemebel (“haber pertenecido a las Yeguas de la Apocalipsis recubre a cualquiera con un manto irreparable de tristeza, estrellas, desolación, desafío, etc.”), cree que el Premio Nacional de Literatura para Miguel Arteche es una broma, asegura que el panorama de la poesía chilena es “desolador”. Le adelanta a Rojas que está escribiendo una “novela río”, probablemente Los Detectives Salvajes. Sospecha que lo “sacará de pobre”.

El 10 de enero de 1998, Mario Santiago murió atropellado en Ciudad de México. Llevaba algunos días lejos de todos. Una vida “sin timón y en el delirio” en esos años también fue una vida alcoholizada. Santiago, el verdadero salvaje de todo este cuento, escribía compulsivamente en hojas sueltas, servilletas, boletas, etc. Recién en 1995 publicó su primer libro, Beso Eterno: era un largo poema de 26 páginas en las que homenajeaba a  Miles Davis, William Burroughs, André Breton y George Bataille. Salieron 200 copias. “Mi vida ha sido un búmeran lanzado al esternón donde reside el sabor hirviente del caldo de la tribu”, se leía. Mario Santiago Papasquiero –nacido como José Alfredo Zendejas, en 1953-  murió un día antes de que Bolaño terminara de corregir Los Detectives Salvajes.

Alabada mil veces acá, allá y más allá, Los detectives salvajes fue leída por Enrique Vila-Matas como una “grieta que abre brechas por las que habrán de circular las nuevas corrientes literarias del próximo milenio”. Tras su publicación, Bolaño pasó paulatinamente a un primer plano y con las luces enfocándolo reivindicó la aventura como materia literaria, nos convenció de que ser escritor podía ser peligroso, exigió volver a la poesía, etc., etc.  Antojadizo y arriesgado, fue explícito para nombrar a sus aliados aunque algunos lo negaran: César Aira, Javier Marías, Javier Cercas, Rodrigo Rey Rosa, Horacio Castellanos Moya, Rodrigo Fresán, Daniel Sada, Ricardo Piglia. Cuando vino a Chile, vino a pelear: a Isabel Allende, a Donoso, a Diamela Eltit, a todos les disparó. Dejó sin respiración a la Nueve Narrativa. Fue un balde de agua fría que lo congeló todo.  Cuando llegó el descongelamiento, todo era diferente.

El año en que perdió la batalla

“Sospecho que en 1980 nadie, en Chile y la mitad oeste de Argentina, escribía como yo”, anotaba Roberto Bolaño el 9 de julio de 2002, en un mail para un amigo chileno. Hablaba de Amberes, una novela oscura y experimental que publicaría pocos meses después. La rescataba para ganar tiempo. Tenía algo más importante entre manos: 2666. Bolaño llevaba más de un año trabajando casi exclusivamente en esa novela gigantesca que cerraría su obra. Escribía contra el tiempo. Según sus cálculos, pronto saldría de circulación por varios meses, cuando lo sometieran a un trasplante de hígado. Antes de entrar al quirófano, quería dejar lo más cerca del final el relato sobre los asesinatos en Ciudad Juárez. Casi lo logró. Antes llegó la muerte: un año después Bolaño falleció.

Después de 12 días sedado en la UTI del Hospital Valle de Hebron, de Barcelona, el autor de Los detectives salvajes murió la madrugada del martes 15 de julio de 2003. Aún eral lunes 14 en Chile. Gigante en vida, después de muerte su leyenda cruzó fronteras. En EE.UU. prácticamente desató una fiebre: el mix de biografía y obra tiraron de rodillas a los gringos. En parte, su estatus quedó fijado en su último año: alabado por la crítica británica y francesa, en su agenda se acumulaban las invitaciones para ferias de Europa y Latinoamérica; sus pares -Jorge Volpi, Fresán, Iván Thays y otros- lo iban a proclamar su tótem en un encuentro en Sevilla. Un año público agitado que, en privado, fue mucho más intenso: a la escritura casi febril de 2666 se sumó el quiebre definitivo de su matrimonio y, sobre todo, el avance sin pausa de la enfermedad.

“El otro día, sin ir más lejos, me desmayé en el tren”, le contó en un mail a su amigo Andrés Braithwaite (editor de Bolaño por sí Mismo), hacia fines de agosto de 2002. Es la cuenta regresiva de su hígado. Enfermo desde inicios de los 90, no fue sino hasta enero de 2002 que Bolaño decidió por fin apuntarse en la lista de espera por un trasplante. En tanto, cuidó las comidas y escribió, escribió y escribió. “2666 es una novela tan bestial, que puede acabar con mi salud, que ya es de por sí delicada”, había dicho en 2001 a la revista Qué Leer .

Probablemente después de publicar Los detectives salvajes (1998) empezó a organizar el material de 2666, pero no fue sino hasta abril de 2001 que comenzó a escribirla. Antes ya se había contactado con el periodista mexicano Sergio González Rodríguez, quien le entregaba datos técnicos de los crímenes en Ciudad Juárez. Lo único que desvió su atención fueron los libros Una novelita lumpen Amuleto.

Hubo más cosas: le pidió a Braithwaite que le enviara Umbral, de Juan Emar, y todos los “incunables de Lihn” que encuentre. No puede evitarlo y, al teléfono desde Blanes, salta a la polémica por el Premio Nacional de Literatura chileno: “Isabel Allende es una escribidora”, dice, pero la prefiere a ella que a Volodia Teitelboim, quien lo ganará.

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Paralelamente, desde Francia, donde se publican Estrella distanteNocturno de ChileAmuleto, llegan las primeras sinopsis de su asalto al mundo: “Asombroso”, lo llama Le Monde, mientras Libération y Les Inrockuptibles lo toman por el heredero de Borges y Cortázar. No le importa demasiado: “Parece que mis libros están siendo bien entendidos, por lo menos en Francia, Alemania e Italia, donde me han comprado toda mi obra y va a ir apareciendo completa en los próximos años. Pero, para serte franco, la recepción me da lo mismo. Con sólo publicarlos ya me doy por satisfecho”, le escribe a Braithwaite.
Por esos días, en el verano europeo, Bolaño se queda por las noches con cada vez más frecuencia en su estudio, en la Calle del Loro. No es sólo por la escritura de 2666. La relación con su esposa, Carolina López, está fría. Llevaban un par de años con problemas, pero seguían viviendo juntos. El escritor ya está con Carmen Pérez de Vega, a quien presenta como su “novia”. Bolaño conoció a Pérez de Vega en 1997, en un viaje en tren desde Pamplona a Barcelona y, lentamente, se transformó en una pareja estable. En cualquier caso, nunca se separó oficialmente de su mujer, madre de sus dos hijos: Lautaro y Alexandra. Pero se fue de casa. Primero buscó algo en Barcelona; no encontró nada. Se le cruza la idea de comprar una casa en el campo. Finalmente, es López quien halla lo que busca: un piso en la rambla Joaquím Royra, en Blanes, al que se mudará en febrero de 2003. Solo.

“¡Colédoco maldito!”, solía decir, refiriéndose al conducto de su hígado que cada tres semanas lo obligaba a exámenes y exámenes. En octubre publica Amberes y desiste de venir a la Feria del Libro de Santiago. En diciembre recibe en su casa a su lazarillo en Ciudad Juárez, González Rodríguez. Apenas hablan de 2666, recuerdan el D.F. de los 70. El mexicano, de hecho, le lleva un café de La Habana, la cafetería mexicana favorita del escritor. Es tarde: Bolaño ya no toma café. No puede.

En febrero de 2003, poco después de sufrir una hemorragia, Bolaño cruza la frontera y viaja a Londres para lanzar By night in Chile. Es su primera traducción al inglés. De vuelta a España lo esperan exámenes. Le dice a Braithwaite que el trasplante viene en camino: “Mi cuerpo es utilizado, día sí, día no, como conejillo de Indias. El trasplante se avecina, digamos, como una crecida del Bío-Bío. Por ahora sólo se escucha el rum rum, pero dentro de poco mejor no te cuento. Menos mal que sé nadar”, anota.

Poco después, otra hemorragia lo tumba. Toma una decisión radical: suspende la escritura de 2666. “No estoy para hacer el trabajo que exige. Son más de mil páginas que tengo que corregir, es un trabajo como de minero del siglo XIX, como en Subsole. Procuro ahora hacer un trabajo más reposado. Voy a corregir la novela sólo después de la operación”, dice.

Aunque su enfermedad corría como un rumor, sólo el 18 de abril la hace pública en una entrevista que le concede al crítico Rodrigo Pinto. Cuenta del trasplante, del cansancio, los desmayos. No cuenta que pasó la Semana Santa en vela: en un accidente carretero podía estar su hígado. Diez días después cumple 50 años y en esa fiesta no está su esposa, sí Pérez de Vega. Justo antes, en una comida se reencuentra con Enrique Vila-Matas, con quien llevaba tres años distanciado. La cena los acerca. Algunas semanas después, intentará lo mismo con Javier Cercas.

En mayo de 2003, le pidió a Carla Rippey el teléfono de Lisa Johnson. Quería ubicarla. Quería hablar con su amor de juventud. Ella prefirió no recibir llamadas del pasado.

El hígado acorrala a Bolaño. Aparecen náuseas. Junio lo pasa entrando y saliendo del hospital, preparándose para el trasplante: está tercero en la lista. Su tipo de sangre, B negativo, es escaso. “Es un tipo de sangre que tienen los que han escrito Los detectives salvajes”, bromea. En Chile, cuenta Marcial Cortés Monroy, un grupo de amigos intenta lo imposible: buscar un órgano para el escritor. Las gestiones llegan hasta el ministro de Salud de la época, Pedro García. Imposible. Viajar está descartado.

Pero viaja: el 25 de junio llega a Sevilla para asistir al I Encuentro de Escritores Latinoamericanos. Le quedan 20 días de vida, pero entre Fresán, Volpi, Thays, Santiago Gamboa y otros, se mueve sin pausa y con el humor de ser el protagonista. “Un imprescindible”, fue llamado Bolaño en la cita por todos los presentes, recuerda Thays, que en el día final lo vio pálido y con la mirada perdida.

“Yo soy de los que creen que el ser humano está condenado de antemano a la derrota, a la derrota sin apelaciones, pero que hay que salir y dar la pelea y darla, además, de la mejor forma posible, de cara y limpiamente, sin pedir cuartel (porque además no te lo darán) e intentar caer como un valiente, y que eso es nuestra victoria”, dijo en una entrevista a El Mercurio, que concedió por esos días.

El lunes 30 de junio llegó a las oficinas de Anagrama. Estuvo varias horas, habló con todo el personal, incluida Teresa Ariño, revisora de sus manuscritos. Al final se sentó con Herralde y, de improviso, le entregó un disquete con un volumen de cuentos, titulado El gaucho insufrible. Ahí aparece la conferencia “Literatura + Enfermedad = Enfermedad”, un ensayo testimonial sobre la insuficiencia hepática que padecía. Había armado el libro en pocas semanas, pero no había olvidado 2666: ese día le comunicó a Herralde que sería una pentalogía, cinco novelas independientes. Sólo la última –“La parte de las Muertos”- aún no estaba del todo concluida.

Horas después, ya vuelta en Blanes, Bolaño sufrió una nueva hemorragia. Una grave. El 1 de julio fue hospitalizado en el Hospital Valle de Hebrón. Ingresó directamente a la UTI. Al tercer día cayó en una nebulosa de sedantes de la que no regresó.

 

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