Un cigarro con Paul Auster

mayo 20, 2014

auster

Estallan pequeñas reproducciones de la estatua de libertad. Son acciones políticas. Ella y él se conocen en la cocina, cuando la fiesta desborda la casa. Alguien está muerto. Un escritor recibe el encargo se revisar los papeles de su amigo aspirante a escritor. Hay coincidencias. Hay una intriga sin resolución. Eso es lo que recuerdo de la novela Leviatán, de Paul Auster. Puras imágenes aisladas. Sinceramente, no puedo decir de qué se trataba sin revisar la contratapa. Y aunque eso forzosamente debiera ser una mala señal de mi memoria, sobre todo debe indicar la mediocridad de la novela. Quizás no. No sé. No me importa. A la menor provocación, digo que Leviatan es la mejor novela de Auster.

Leí a Auster a fines de los 90, cuando todavía se podía leer sin que nadie te dijera que se había echado a perder. O que se estaba repitiendo. En mi memoria literaria, los falsos detectives de La Trilogía de Nueva York ocupan un lugar de privilegio: imaginé que en ellos se palpaba la metafísica del solitario que busca para no encontrar nada. Hasta que sus libros efectivamente empezaron a desbarrancarse, Auster fue un gran autor para almas adolescentes ansiosas de tribulación y sofisticación. Más que eso, que suena tan frívolo, fue un muy ingenioso contador de historias, sorpresivo y a veces conmovedor. Hoy no me interesa mucho lo que hace, pero en mi memoria sigue siendo un escritor relevante. Aunque no recuerde sus libros.

No, relevante es muy poco. A fines de los 90, para mí Auster era casi un héroe. Hasta sus pésimas películas me gustaron. Entonces, cuando hace un par de semanas llegué al hotel Hyatt para entrevistarlo no era raro que estuviera un poco nervioso. Pero Auster estuvo a las alturas de mis expectativas de fan e hizo todo lo necesario para que yo me relejara: sencillo y amable, me pidió que conversáramos en la terraza y, tal como yo había fantaseado, sacó sus cigarros y me invitó uno. Eran pequeños puros, marca de Davidoff. “No debes aspirar el humo”, me instruyó, sospechando que yo era un novato. O, mejor, como si momentáneamente hubiera tomado la personalidad de ese vendedor de tabaco en su película Smoke, que interpreta Harvey Keitel. Como sea, así fue como cumplí un sueño de juventud: compartir un cigarro con Paul Auster.

Acá está la entrevista que publicamos en el diario, el 22 de abril.

“Escribir es como una enfermedad, el mundo real no es suficiente”

Toma una taza de té al desayuno mientras lee The New York Times y luego, alrededor de las nueve de la mañana, Paul Auster (1947) se sienta al escritorio. Sólo se levanta para almorzar algo liviano y más o menos a las cuatro de la tarde, deja de escribir. Siempre a mano, novelas enteras. Todos los días lo mismo. Varias  veces en su vida, especialmente durante los 70, el autor de La música del azar imaginó que no iba a poder convertirse en escritor. Hoy es al revés: “Es una compulsión”, dice. “Es una enfermedad”, agrega.

Pero Auster se ve sano. De camisa celeste, Levis negros y lentes oscuros, sale a la terraza del Hotel Hyatt y enciende un pequeño puro. “Quiero dejarlos”, dice, y saca un cigarrillo electrónico que parece un lápiz. El  escritor estadounidense autor de La trilogía de Nueva York, Leviatán, La  invención de la soledad y tantos otros libros, llegó el domingo a Santiago junto a su esposa, la también escritora Siri Hustvedt, para participar mañana en el seminario La Ciudad y las Palabras, del doctorado de Arquitectura de la Universidad Católica. Sostendrá un diálogo con su amigo, el Nobel sudafricano J. M. Coetzee.

Fue Samuel Beckett quien los unió. A cargo de una edición de las obras completas del irlandés, Auster le pidió a Coetzee un texto cómo prólogo. Luego se conocieron en persona, congeniaron, siguieron enviándose cartas. Una evolución natural de ello fue Aquí y ahora (2012), volumen que recoge su correspondencia. “Fue un proyecto muy absorbente. Estuvimos tres años escribiéndonos, hablando sobre muchos temas. Yo mismo pegaba la estampilla en el sobre y lo enviaba a Australia. Algunas veces, John enviaba fax. Dejamos mucho material fuera”, cuenta Auster que ayer visitó la librería Metales Pesados junto Coetzee y su mujer.

Marcado por Beckett, Auster admite sólo clásicos entre sus influencias: Poe, Melville, Hawthorne, Tolstoi, Dostoiesvky, Dickens, Joyce, Kafka, Celine. Dice que también leyó a Neruda  y Borges en su juventud. Una noche, con 22 años, no pudo dejar Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez: “No pude parar. Me impactó muchísimo”, dice sobre el libro. “De alguna manera García Márquez es el escritor más querido del mundo. En todas partes la gente lo amaba. Es uno de esos raros casos en que un gran escritor logra popularidad. García Márquez es una especie Dickens de nuestros tiempos”.

Auster también ha sido querido.  Como pocos. Especialmente durante la década de los 90, en Europa y Latinoamérica, incluyendo a Chile, sus novelas eran considerados maravillosos objetos de culto por lectores que los transformaron en un fenómeno. Antes que Haruki Murakami, estuvo Auster. En esos años, también se convirtió en cineasta: Smoke (1995), Blue in the face (1995), Lulu on the bridge (1998), fueron algunas de las películas que dirigió, las dos primeras con Wayne Wang. En 2008 hizo The inner life of Martin Frost. “Probablemente no volveré a hacer otra película”, dice. Y recuerda: “A los 18 o 19 años pensé que podría ser un director de cine, y no un escritor. Lo que me detuvo fue que era muy tímido. Dejé esa ambición de lado”.

¿Qué escribió en esos años de timidez? ¿Algo que se publicara?

Escribí cerca de 200 páginas de algo que iba a ser una novela enorme. Nunca quedé satisfecho con el resultado. A los 21 lo dejé todo. Pensé que nunca iba a poder ser novelista y me quedé con la poesía. Pasó el tiempo. 10 años. Las cosas cambiaron. Mi padre murió y escribí mi primer libro en prosa, La invención de la soledad. “Quizás estoy listo para escribir ficción”, me dije. Entonces empecé La ciudad de cristal, robando mucho de esos manuscritos de joven.

¿Cómo recuerda los años de La trilogía de Nueva York?

Lo que más recuerdo es que estaba empezando con Siri. Nos conocimos en febrero de 1981, en unos meses empezamos a vivir juntos y luego inicié La ciudad de cristal. De alguna forma, es un homenaje a ella. ¿Qué habría pasado si no la hubiera conocido? Quizás sería alguien como Quinn (el protagonista). Hay algo más: un día recibí un llamado preguntando por la Agencia de Detectives Pinkerton. Número equivocado. Al otro día lo mismo. Luego me arrepentí: debí haber dicho que sí, que yo era el detective. Esperé al tercer llamado, pero nunca llegó. De esa situación sale la trilogía: historias sobre detectives que en realidad no lo son, crímenes sin muertos, etc. Sólo preguntas sin respuestas.

¿Qué pasó con la poesía?  

Escribí poesía hasta 1978 y luego choqué con una muralla. Nunca más pude escribir. Creí que estaba liquidado, que nunca más sería escritor. Luego empecé de nuevo, pero era prosa. No he escrito un solo poema desde esos días. Volví a escribir después de un ensayo de danza sin música que vi en Nueva York, lo cuento en Diario de invierno. Fue una repentina revelación, me liberó.

En ese libro también cuenta que a los 14 años un rayó cayó sobre un amigo que estaba a su lado y lo mató. 

Creo que probablemente es lo más importante que me ha pasado. Cambió lo que pensaba del mundo y me enseñó que cualquier cosa puede pasar. Y sólo tenía 14 años, una edad en que literalmente tu cerebro está  cambiando. Ya no tienes los pensamientos de un niño. Si algo tan monumental como eso pasa, obviamente tiene un impacto importante.

Revelaciones, giros del destino, el azar, todo eso está en sus libros. ¿También son parte de su vida?

Por eso escribí El cuaderno rojo: para mostrar con ejemplos de mi vida cuán extraña es la vida. Tendríamos que ser estúpidos y ciegos para decir que el azar no juega un rol en la vida. Para eso tenemos la palabra accidente. Si ahora mismo te caes y te quiebras la pierna podrías terminar conociendo a una enfermera, enamorarte de ella y casarte. También podrías quedar inválido y pasar tu vida odiando el mundo.  Mil cosas como estas pueden pasar todos los días. Hay consecuencias felices, otras terribles. Pero también tenemos la habilidad de razonar, tomar decisiones, tener metas y planes.  Estoy interesado en esa tensión.

Sus últimos libros son memorias, Diario de invierno e Informe del interior. ¿De dónde surge la necesidad de recordar?

Tenía la urgencia. Estoy más viejo. He notado que estoy pensando cada vez más sobre la infancia y quería tratar de explicármelo. Ahora estoy escribiendo una novela larga, lo más complejo que he escrito. Creo que demoraré unos dos o tres años más. Todos los días escribo hasta las cuatro de la tarde y en ese punto mi cerebro está frito, estoy tan cansado que apenas puedo moverme. Me cuenta tanto escribir apenas una página.

¿Siempre fue tan doloroso? 

Creo que todos los artistas, de una u otra forma, son personas dañadas. Y a veces el mundo  real no es suficiente. Tenemos que explorar un mundo inventado. Admiro a la gente que se contenta con las cosas como son, que viven en el presente y no tienen la carga que parecen tener los artistas. Es una compulsión, como una enfermedad. Si estás enfermo, seguramente debes tomar pastillas; ser escritor es algo parecido: debes lidiar con tu enfermedad sentándote todos los días a escribir

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: