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Me acuerdo perfectamente cuando Alejando Zambra lanzó Bonsái en 2006. Fue a fin de año. Yo trabajaba en el ya muerto Diario Siete y recibí de la manos de Jovana Skármeta una copia del libro en las oficinas de Fernández de Castro, en la calle Rosal. Fue el mismo Zambra quien le insistió a Jovana que me diera una, argumentando que había sido yo quien, en un muy digno breve, había publicado lo que por entonces era un notición: Zambra, el crítico literario de Las Ultimas Noticias, iba a lanzar su primera novela con la todo poderosa Anagrama. Nada más y nada menos que el sello de Roberto Bolaño. Como todos, leí Bonsái de un tirón en un par de horas y quedé ligeramente maravillado. O sorprendido. Yo no había leído tanto, pero eso –que a veces me sonaba a cierto fraseo bolañesco- jamás lo había leído. Un par de días después, Sergio Gómez, que trabajaba en el diario también, me pidió el libro y se demoró muchos menos en leerlo que yo y también mucho menos en formarse una opinión: lo odió. Incluso publicó una crítica en que lo hizo pebre.

No muchos días después, Bonsái desató una enorme -o quizás pequeña- controversia que sobrepasó las 96 páginas de Bonsái, para transformarse en una disputa por el campo narrativo en la que, por un lado, estaban Gómez y con especial intensidad Gonzalo Contreras, y por otro, Matías Rivas (que criticaba bajo el seudónimo de Mao Tse Tung en The Clinic) y Germán Marín. Fue en ese contexto que Marín habló de sus famosos “nenes”, discípulos de una pandilla literaria que más bien tácitamente se enfrentaba a la patota de la Nueva Narrativa y en la que, dijo el viejo, figuraban Rivas, Gumucio, Pato Fernández, Merino y el mismo Zambra. A estas alturas, por supuesto, Bonsái ya no figuraba en la discusión: la novela, en realidad, había sido el catalizador para una pelea generacional en la que se oponían estéticas y le daba la razón a Bolaño: los 90 debían desaparecer. Había que enterrar a esos escritores.

Es muy probable que eso fue exactamente lo que hizo Bonsái: lo dejó a todos obsoletos. O casi. Sin una palabra de más ni una de menos, evitando la retórica y rehuyendo la narración tradicional, en esa historia de escritores fracasados y amores rotos emergía una perpleja desolación capaz de abarcar a toda esa generación que se hizo joven y adulta en los 90, y de la que casi ninguno de los autores de la Nueva Narrativa pudo dar cuenta, preocupados en exceso de impostar una voz literaria. Quizás exagero. O me equivoco. Como sea, ahí en el 2006 el panorama literario chileno pasó a ser otro: se abrieron las ventanas.

Pasó algo más: Zambra echó a andar un proyecto que hoy lo tiene como, quizás, el autor más exitoso de su generación en toda Hispanoamérica. Traducido a varios idiomas, el año pasado aparecieron cuentos suyos las revistas The New Yorker, Harper’s y The Paris Review. En febrero, la editorial de la súper ondera McSweeney’s va a lanzar Mis Documentos, creo yo el libro que ilumina cuatro o cinco posibles caminos nuevos que Zambra podría recorrer en el futuro. Creo también que fui un poco injusto en el posteo pasado al hablar de Facsímil, su último libro: dije que ahí que, a pesar del formato “experimental”, se repetía temáticamente. Es bastante más que eso, en realidad. Facsímil le reclama al relato tradicional su autoridad, evidenciando las falencias intrínsecas a su naturaleza: por ejemplo, que únicamente puede ser un solo relato. Al contrario, Zambra avanza en múltiples direcciones, empieza, termina o retoma en cada página, imagina en cada entrada nuevas formas de contar. Es el esfuerzo más radical que ha hecho Zambra –esfuerzo exitoso, diría yo-, que antes siempre había intentado contar de formas que no fueran solo contar algo. Bonsái fue eso. La vida privada de los árboles, acaso ligeramente menospreciada, era la historia de una conjetura que, a la vez sucedía pero quizás no, y ya en la ultra exitosa Formas de volver a casa todo lo contado era puesto en duda por el paso del tiempo. De nuevo, estoy simplificando escandalosamente: la paleta de sutilezas que maneja Zambra hace que todas esas implicancias tan literarias de sus novelas sean invisibles para un lector que no quiera verlas.

Lo que jamás es invisible es la manera en que ha ido construyendo la tonalidad de una generación: una generación a que le ha costado tanto reclamar su lugar en la historia que, a veces, simplemente se queda a un lado. En Formas de volver a casa el narrador crece en un mundo –en los 80 chilenos de Pinochet- en el que no puede ser protagonista, sus padres lo son con toda responsabilidad, y ni siquiera en los 90, cuando crece, puede reclamar su lugar porque ese mundo nuevo que debería ser suyo es el eco de otro pasado, que no puede reinventar. Hacerse cargo de la época en que vivimos, protagonizarla, es un tema central en Facsímil. Salir mal de ese trámite existencial también. Algo de todo eso está en los relatos Mis documentos, que para mi vale su peso en oro por dos cuentos: Hacer Memoria y Vida de Familia.

Escribo todo esto sólo para dejar acá la entrevista que le hice a Zambra a propósito de Facsímil. Salió el 30 de noviembre de 2014 en Artes y Letras, de El Mercurio, donde trabajo desde el año pasado.

(La foto entiendo que es de Hueders)

Alejandro Zambra: “Más que educados, fuimos entrenados”

No es exactamente una novela; tampoco un volumen de cuentos ni de poemas. Pero es ficción. El autor de Bonsái lanza Facsímil , un inesperado título que sigue la estructura de la Prueba de Aptitud Académica Verbal. En 90 ejercicios, que el lector puede responder, Zambra explora los efectos de la formación que tuvo su generación, incluido un paso decisivo por el Instituto Nacional.

La sala era un caos. Papeles arrugados convertidos en proyectiles iban y venían en todas las direcciones. Una guerra. Adelante, Alejandro Zambra fracasaba como profesor a los 23 años. De pronto los papeles se detuvieron. No se trataba de un repunte de la clase, sino del preámbulo para el arrojo final: silenciosamente los niños habían llenado una caja con papeles, los que en un preciso gesto fueron lanzados por una alumna hacia el techo, donde un ventilador en marcha los distribuyó por todos los rincones. Tres impactaron al profesor. Entonces, Zambra desistió. Abrió el libro de clases y escribió dos páginas de una anotación positiva general. Duró uno o dos meses en ese colegio de Curicó, donde casi todo salió mal. Salvo una cosa: la clase de preuniversitario. Zambra era un experto en la Prueba de Aptitud Académica (PAA).

Sigue siéndolo. Quizás ahora mucho más que cuando, a fines de los 90, entrenaba a escolares a dar una buena PAA, el antiguo examen para entrar a la universidad, en el Instituto Cpech. “Era bueno. Mis alumnos subían su puntaje rápidamente”, recuerda el autor de Formas de volver a casa (2010), que llegó a conocer por dentro los mecanismos de ese tipo de pruebas cuando trabajó elaborando preguntas para el Simce. Es una técnica específica que Zambra aprendió a manejar en años de muchas, demasiadas, pruebas de selección múltiple que rindió en su paso por el Instituto Nacional y que hace unos seis meses volvió a poner en práctica. Eso sí, esta vez para convertirla en su completo opuesto: en literatura.
Ocupando exactamente la estructura de la PAA Verbal de 1993, la que él rindió, Zambra escribió el libro Facsímil . Publicado por Hueders y desde mañana en librerías, es tan inesperado como suena: son 90 preguntas, divididas en cinco ítemes: Términos excluidos, Plan de redacción, Uso de ilativos, Eliminación de oraciones y Compresión de lectura, en las que paulatinamente se despliega la característica voz del autor de Bonsái . Como lo dice el subtítulo, es un libro de ejercicios que le pide al lector que decida las posibilidades y el tono del relato -si es que esto efectivamente es un relato-, a veces incluso desautorizando la narración y al autor. Zambra nunca fue tan irónico.
“Es como si la persona que escribe la prueba se hubiera vuelto loca”, le dijo un amigo, después de leer Facsímil . Puede ser: de la pesada gravedad de la prueba original, acá sólo queda el desconcierto. Cada ejercicio, incluida su respuesta, es potencialmente un poema o un relato, que no sólo en el formato apelan a la tan contingente discusión sobre la educación, sino que también en su dinámica interna hablan de una generación -la que levantó la cabeza en los 90- que arrastra los lastres de una formación que no les sirvió para entender su tiempo. Así, los escolares que aparecen en el primer texto de Comprensión de lectura, en el segundo pueden ser esos jóvenes que se casan y se anulan y se vuelven a casar y a divorciarse, que en el tercero son padres que bordean los 40 -Zambra tiene 39- que les piden disculpas a sus hijos.
Aunque profundamente chileno, Facsímil ya tiene contratadas ediciones para Argentina, a través de la editorial Eterna Cadencia, y México y España vía Sexto Piso. Difícil imaginar como leerán el libro afuera, donde no existe la PAA. En la tradición local es posible ubicarlo cerca, pero no tanto, de La nueva novela , de Juan Luis Martínez, o algunos textos de Nicanor Parra. Sin embargo, no es un volumen poético. Es ficción y narrativa. “Es un libro más raro que otros no más”, prefiere señalar el autor. Y agrega: “No quiero decir que es un libro experimental, del mismo modo que no quise bautizarlo como novela ni como poesía ni como nada. Los géneros literarios son camisas incómodas que te pones y un libro es la historia de esa incomodidad. Y la Prueba Verbal era como un género literario, quizás el primero cuyos mecanismos comprendí”.

Hacer las cosas mal
“Pensaba en un libro así hace años, pero creo que el origen más directo fue una reunión de compañeros de curso que tuvimos el año pasado”, cuenta Zambra, hablando casi del primer chispazo de Facsímil : en medio de la oleada de recuerdos que tuvo ese grupo de institutanos sin uniforme hacía 20 años, apareció la idea de la PAA y el escritor nunca más pudo sacarla de su cabeza. El tema ya está en el relato “Instituto Nacional”, de Mis documentos (2013), pero la prueba como hito, de pronto, cristalizó en su memoria sus días en el colegio y el inicio de la década de los 90, ambos temas que imaginaba para alguna novela. Trató de escribir sobre la PAA, pero no pudo.
“Se me ocurrió hacer esto directamente como una prueba, fundamentalmente pensando en los términos excluidos, que se parecen un poco a cierta poesía concreta. También está el caso de Juan Luis Martínez. Pero no quería hacer exactamente eso. Ahí se me ocurrió ponerme esta camisa de fuerza en que forma y fondo son indivisibles”, explica Zambra. “Este es un libro sobre la educación y eso se traduce en algunas imágenes que lo atraviesan: la idea de que más que ser educados fuimos entrenados, que no se nos pedía un pensamiento propio sino reproducir uno ajeno, que estudiar era también negarse uno mismo. Todo eso está en la prueba”, agrega.
Como en la verdadera prueba verbal, Facsímil se inicia pidiéndole al lector distinguir cuál palabra no tiene relación con, por ejemplo, el concepto “educar”: enseñar, mostrar, domesticar, programar. O, en plena alteración del sentido de la PAA, ante el concepto “silencio” Zambra propone cinco veces la misma opción: silencio. En las secciones que siguen se van formando pequeñas y no tan pequeñas narraciones, al final directamente relatos, en los que laten los clásicos temas de Zambra: la infancia, los ecos de los 80, la soledad, las crisis amorosas, los hijos, los padres, las posibilidades defraudadas de una generación, etc. De todos esos temas, sin embargo, el lector puede disentir en los ejercicios.

-¿Por qué llegaste a desconfiar de tal manera del relato tradicional que terminaste escribiendo un libro como “Facsímil”?
-Siempre estuvo eso. Pero creo que cuando empecé a escribir, cuando chico, esa desconfianza se expresaba como fuga. Todos empezamos escribiendo poemas medio surrealistas y eso tiene mucho que ver con el deseo de ir más allá de uno mismo. Y ese camino explota acá, esa desconfianza es una tensión que siempre te acompaña. Me gusta mucho esa frase que Derrida dice en alguna parte: “Nunca he sabido contar una historia”. Yo creo que esa frase la tiraba con Bonsái . A la altura de La vida privada de los árboles (2007) era “quiero contar una historia”. En Formas de volver a casa (2011) y de algún modo también en Mis documentos, era “no sé si tengo derecho a contar esta historia pero es mi historia, no es peor ni mejor que otras”. Y en este libro es “no quiero contar la historia como me enseñaron a contarla”. Eso es un tema de Facsímil . También es un libro, en un sentido, contra la literatura.
-¿Un lector puede responder las preguntas de “Facsímil”?
-Sí, claro. Todos los libros formulan preguntas, Facsímil solamente hace eso más explícito. Pero este es un libro contra la ilusión de una respuesta única, de una respuesta correcta y autoritaria. En muchos ejercicios no hay una respuesta correcta, o la que hay, la que nos parece correcta, es profundamente subjetiva o ideológica. A veces esa certeza demuestra nuestra incapacidad de mirar a los demás.

-En ese sentido, acá le entregas todas las posibilidades al lector para decidir qué tipo de historia está leyendo. Como dices, ninguna respuesta es correcta, pero tampoco incorrecta.
-En el fondo está la idea de desautorizar al narrador, de hacerlo menos autoritario. El autor es siempre autoridad, es el que puede contar la historia, el que pololea con la ilusión de la última palabra. En Formas de volver a casa eso era muy explícito. Facsímil extrema esa línea. El narrador simplemente no tiene el poder. Y eso se hace muy evidente en la sección de plan de redacción (en la que el lector debe decidir el orden de un relato), pero también en el ítem de la eliminación de oraciones y en los términos excluidos. ¿Qué nos enseñaban? A excluir una palabra. A que en el lenguaje hay palabras que no están relacionadas con las otras. A ordenar el discurso de una manera fija, a organizar el pensamiento de una forma válida, pero única. Y a eliminar oraciones; o sea, a censurar. A distinguir lo pertinente de lo impertinente. Y, claro, eso también es la negación del estilo y la literatura.

-¿Con cuánto cariño recuerdas el colegio? En ” Facsímil” esos años de entrenamiento en el Instituto Nacional también parecen entrañables.
-No sé muy bien qué pienso del colegio. Sé que el Instituto Nacional cambió mi vida por completo y eso, en abstracto, no es bueno. El colegio no debería cambiarte tanto. No puedo imaginarme mi vida sin la experiencia de ese colegio. Ahora, el Instituto tenía muchos lados muy buenos, una diversidad social real, por ejemplo. Era todo lo contrario a una burbuja. Pero claro, tienes 12 años y descubres que la vida es una mierda. Se supone que era un colegio para niños mateos y ordenados, pero eso cambia muy rápido. Aprendimos a sobrevivir y por esto también a mentir, a copiar, a fingir, a ser violentos e indolentes. Era un colegio para ser ingeniero, en el peor de los casos abogado, y si yo me desvíe del camino fue porque apareció la literatura.

-¿Te sigue molestando que tus libros sean vistos como “novelas generacionales”?
-Siempre he tenido esa resistencia. En el fondo, es una resistencia a las imágenes generalizantes y las novelas afirmativas; eso llevado a un plano generacional produce imágenes paralizantes. “Ya, los jóvenes son así y asá”. Me carga eso: está lleno de libros que, en vez de movilizar, paralizan la representación de los jóvenes, de los viejos, de los adultos, de los hombres, de las mujeres. Creo, por ejemplo, que todos los 90 están por ser narrados, y eso que Facsímil es totalmente de los 90. Escribir una novela para demostrar que los jóvenes de los 90 no estaban ni ahí me parece matar a esa generación. Lo que hay que hacer es darle realidad a ese tiempo. Movilidad. Porque no fue así. Esa fue la etiqueta que le colgaron a nuestra generación que, claro, escuchábamos a Radiohead, estábamos tristes, pero en muchas universidades había resistencia, se estaba hablando de causas que no lograban volverse masivas, estaba todo intervenido y manipulado, era una dictadura que terminó mucho después, recién cuando murió Pinochet. Creo que la de los noventa es una generación difícil de entender y me parece nocivo decir que no hizo nada. Me parece mejor hablar de una generación que hizo las cosas mal. Pero estábamos vivos e intentábamos entender el mundo. Descubrir la poesía, indagar en el lenguaje, fue olvidar el “plan de redacción”, desprogramarnos. Recuperar la voz.

-Siguiendo la imagen de tus libros, sobre todo de “Facsímil”, ¿tan fracasada y solitaria te parece que terminó tu generación?
-Ahora te diría que sí, pero eso es más como yo me siento: fracasado y solitario. Pero hay casos y casos. Hay un diálogo entre las generaciones que no ha sido pleno. No quiero creer que estamos muertos. Eso también es muy cómodo, sentir que ya pasó tu momento. Yo escribo para sentirme vivo, entonces yo no daría nunca ninguna imagen final de esa generación. Si escribo es porque creo que no estoy muerto.