castellanos

El jueves 20 de agosto, en el Culto Bar del barrio Lastarria, fue el lanzamiento de Cuaderno de Tokio, de Horacio Castellanos Moya, que publica Hueders.  El escritor estuvo ahí y, entre otras cosas, se declaró un desesperado permanente y un ocasional buscador del asco. Si leen el libro entenderán mejor. Rafael Gumucio y yo presentamos el libro. Yo leí esto:

Tengo una idea errada de Horacio Castellanos Moya y no puedo cambiarla. No es sobre él como escritor, sino como persona. Siempre que escucho o leo su nombre lo asoció directamente con un guerrillero. No alcanzo a imaginarlo con un fusil o vestido de camuflaje en la selva centroamericana, solo pienso en la palabra guerrillero. O en que fue un guerrillero. Sé que estoy equivocado, que en realidad, Castellanos Moya alcanzó a irse de El Salvador antes de que fuera imposible abstraerse de la violencia de su país, a mediados de los 70, y que, según él mismo contó, llevó a que algunos de sus amigos se convirtieran en algo parecido a guerrilleros: ellos sí tomaron las armas, él se dedicó a la literatura. Como sea, cuando Alvaro Matus, editor de Hueders, me contó que iban a publicar Cuaderno de Tokio me volvió a pasar: el libro de un ex guerrillero que se pierde en un país extraño, pensé. Pero pensé en algo más. En una escena muy concreta que yo mismo presencié: fue en noviembre del año pasado, en el restaurante La Peluquería Francesa, donde se celebró una cena en honor a Castellanos Moya por el premio Manuel Rojas. La organizaba el Consejo de la Cultura y ahí estaba la ex ministra Claudia Barattini, además de la hija de Manuel Rojas, entre otras personas. Era una comida oficial, con burócratas de pasado izquierdista, en la que se exaltó la capacidad de Castellanos Moya de narrar la violencia. En ese momento me invadió la idea, muy obvia por lo demás, de que Castellanos Moya no tenía nada que ver con eso. Ni con los premios ni el éxito, mucho menos con cenas oficiales ofrecidas por ministros de Cultura por mucho que fueran distendidas reuniones en restaurantes bohemios. Me pareció que Castellanos Moya era, o mejor, representaba, todo lo opuesto a eso.

Como sea, con esas dos imágenes, la del guerrillero y de este antistablishemet celebrado por el sistema, empecé a leer Cuaderno de Tokio y ambas, que no son exactamente opuestas, empezaron a difuminarse. “Has venido a esta ciudad a observar tu locura, a comprenderla, si la suerte está de tu lado. Si no lo está, sólo quedará la locura”, escribe en las primeras páginas, después de pocos días en Tokio cuando, cuando, creo, ya sospecha que no hay mucho más que hacer en esa ciudad que dejarse extraviar. Pero pelea. Rabia con los laberintos urbanos, el idioma imposible, la humedad, la hemorroide imperante, la ausencia total de coquetería de las mujeres, las aglomeraciones, la tecnología, etc. “Un viajero que llega a su nuevo destino con la ilusión de encontrar la sabiduría y sólo encuentra la muerte”, anota y unas páginas más allá se conmina a entender que ha perdido su “lucidez”. Cerca del final del libro, cuando ya le falta poco para dejar Tokio, dice: “¿Cuándo podrás deshacerte de este tipo que no para de quejarse, que a la menor oportunidad expresa su lamento porque los hechos son como son?”.

He leído otros libros brutales e inclementes, pero acá no hay descanso. Si no fuera porque los cuervos del inicio de cuaderno hacia el final dan paso a las mujeres y un par de anotaciones luminosas sobre un monasterio, leer Cuaderno de Tokio sería únicamente exponerse al descenso existencial de un hombre que a los 50 años tiene enraizado en el corazón la “venganza”.
No hay otra forma de leer este libro –quizás todos los libros- que interrogándolo. La pregunta, me parece, no es de qué o por qué se está lamentando Castellanos Moya, sino para qué. “Necesito recuperar el asco, el asco hacia mi mismo y hacia lo que me rodea”, dice y por un momento me parece que de eso se trata Cuaderno de Tokio: de llevar las cosas al límite. Pero no por una razón personal –o también -, sino sobre todo literaria. “La literatura como oficio de hombres desesperados en la cuenta”, escribe. Cuenta que está metido en una novela en la que no puede avanzar. Anota en el libro, acá y allá: “No quiero escribir”. “¿Y a qué horas volverás a la ficción?” “Fogonazos de creatividad. Fogonazos de vida. Solo fogonazos”. “¿Cómo recuperar la autenticidad perdida?”. “¿Nunca te cansarás de repetirte?”

Corre el año 2009 y Horacio Castellanos Moya está en Japón pasando por una crisis. No le creo al apunte 243: “Algo está pasando en mi vida que se me escapa”. O quizás es verdad, en ese momento no lo sabía. Más tarde, en el apunte 309, va a poder formular una pregunta que comprende eso que le pasa: “¿Habrá una misión, algo por hacer?”. No sé qué pasó, si encontró una misión o algo parecido, pero apuesto por algo: no se sale de un libro como Cuaderno de Tokio si que algo pase. Sin que algo se remueva. Mirarse al espejo de esa forma trae consecuencias. Literariamente hablando, ser así de duro, sospecho que en el caso de Castellanos Moya, solo tiene dos caminos: ser otro o no ser nadie. Lo pongo en estos términos así de dramáticos porque el libro es así. Es un drama terrible que hipnotiza y, no tan lejos del comienzo, nos lleva a leer en voz alta, como si fueran palabras que nos pertenecen, que hablan de nosotros, frases como estás: “El enemigo está adentro, instalado, al mando, con el control total. Lo poco que queda de ti no sabe hacia donde hacerse”.

Ya no creo que Castellanos Moya sea un guerrillero. Aunque no habla absolutamente nada de ese pasada posible, Cuaderno en Tokio me sacó de mi error: su escritura es tan seca y afilada, tan desesperantemente real, que de las caricaturas, especialmente de las falsas, sólo se puede prescindir. Que el establishment le da asco, eso me parece posible: quizás este libro halla sido escrito justamente porque de alguna forma, Castellanos Moya creyó que estaba ahí, en el centro de la fiesta, iluminado por todos los focos, y no tuvo otra opción que obligarse a escapar.