José Hamad de caza por Chile

noviembre 18, 2015

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Me dicen que José Hamat lo ha leído todo. Y quizás es cierto. Aprendiz orgulloso de Constantino Bértolo en editorial Destino, también fue editor del sello 451. Hace cinco años es uno de los pocos scouts literarios del mercado hispano; es decir: es un explorador a la caza de nuevos talentos. Busca escritores, jóvenes y no tanto, que puedan cruzar las barreras del español para ser publicados en otras lenguas. Junto a su socia Camila Enrich, le presta sus servicios a las editoriales Rizzoli (Italia) Wereldbibliotheek (Holanda), Cappelen Damm (Noruega) y el Grupo Editorial Record (en Brasil). Cada cierto tiempo, les entrega un listado de escritores y libros que le vendría bien publicar. En su primera visita a Chile vino invitado por la Feria Internacional del Libro de Santiago para participar en el Salón de Derechos, donde también estuvieron editores de Alemania, Colombia, México y Argentina, además de la agente Andrea Montejo. Según me contó, los organizadores del encuentro –con el agente Adrián Puentes a la cabeza- fueron capaces de mostrarle en pocos días cómo operaba la industria editorial local. Quedó gratamente impresionado. Lo entrevisté en la casa de Hueders y parte de esa conversación apareció el domingo pasado en Revista de Libros. Acá va la versión completa.

-Esta es tu primera vez en la Feria del Libro de Santiago. ¿Qué te ha parecido?

-Más que hablarte de la feria, me interesa más el ecosistema editorial chileno. Me ha llamado mucho la atención, con respecto a otros mercados, como el colombiano o el mexicano. Este es de menor en tamaño, pero muchísimo más dinámico y eso es lo que me ha interesado.

– ¿A qué te refieres con dinámico?

-Es un sistema editorial en que, por supuesto, los grandes grupos son importantes, pero no mandan y reinan por completo. Hay editoriales pequeñas que son relevantes y eso no ocurre en otros lados. Hay un número enorme de editoriales pequeñas que hacen cosas relevantes. En México hay dos o tres relevantes, en Colombia hay dos quizás, más pequeñas. En Argentina el paisaje es más diverso, y se parece a lo que está pasando acá. Hay un movimiento muy fuerte de independientes que está generando una constelación literaria muy rica y muy variada. No es como en Colombia, por ejemplo, en que para ficción está Alfaguara y ya, y para no ficción está Planeta y ya, y nada más. Acá, es distinto. Me atrevería a decir que en el ecosistema general en Chile las editoriales pequeñas juegan un papel mucho más importante que en España, por ejemplo. Es verdad que en España hay independientes que ya están establecidas, como Periférica, Libros del Asteroide, Impedimenta, Sexto Piso, pero todo el grupo que viene después, más pequeño, no tiene la fuerza que tienen editoriales como Alquimia, Cuneta, Hueders –que en realidad es mediana-, Libros del Laurel, Montacerdos o La Pollera. De editoriales muy chicas están saliendo autores relevantes como Paulina Flores, Romina Reyes… no están saliendo en Seix Barral, no están saliendo en Literatura Random House.

-Y así como ves un sistema editorial valioso, ¿te parece valiosa la literatura que se produce en Chile?

-Absolutamente. Llevo leyendo cosas chilenas desde hace algunos años y me parece que es súper rica la literatura chilena. Tienen una serie de autores en torno a los cuarenta, pero también menores, mucho más ricos que lo que se puede encontrar en muchos países de habla hispana, por supuesto más que en España. Yo vengo siguiendo la obra de Alejandro Zambra, Diego Zúñiga, Nona Fernández, Lina Meruane…seguro me dejo a muchos, pero vengo leyendo a autores ya más establecidos y al llegar acá me ha permitido ver que hay más nombres. Veo muchísimos autores. Me llevo listas y listas de autores que hay que leer. Y creo que tiene que ver con esa riqueza de las editoriales independientes pequeñas que permite que gente esté publicando desde joven, a veces de desde demasiado joven…

-¿Qué tiene de bueno publicar joven?

-No es que sea bueno el hecho de que sean tan jóvenes, sino que haya espacios para autores nuevos. Cada vez hay menos. Las editoriales literarias españolas más reconocibles, como Seix Barral, Tusquets, Literatura Random House, cada vez tienen menos espacio para publicar a gente nueva, ya sea por la crisis, por la reducción de número de títulos, y acaban apostándole a autores que ya tienen una trayectoria. Entonces, que haya una serie de editoriales acá más chicas que den más espacio a voces nuevas y jóvenes es importantísimo, porque eso va a permitir que esos autores –siempre que no se quemen por haber publicado demasiado rápido- se vayan formando como escritores no solamente en su casa, con sus escritos y lecturas, que es importantísimo, sino también en relación a un ecosistema: dando una nota al diario, recibiendo una reseña negativa. Publicar es bueno para un autor para crecer. No necesariamente desde el primer libro va a ser un autor excelente. Y esto es algo que pasa en muchos países de habla hispana. Creo que puede tener que ver con el hecho de que este sea un mercado pequeño. No sé si estoy diciendo una tontería, lo más probable que sí, es un pensamiento muy germinal: a mí siempre me ha llamado la atención que mercados muy chicos, como por ejemplo el escandinavo, hay un nivel literario muy alto. Estando aquí he pensado que, quizás, el hecho de saber de que puedes publicar y no te va a pasar nada, que no te va a cambiar la vida, que no vas a ganar mucho dinero, porque el mercado es chico, las ventas son pequeñas, es difícil salir de las fronteras… Eso les permite a los autores trabajar con una libertad que, a lo mejor, no tendrían si estuvieran pensando en el mercado.

-Como sucede en España.

-A lo mejor en España uno inevitablemente, desde que está escribiendo su primera novela, ya tiene el mercado en la cabeza. Porque triunfar o no triunfar supone una diferencia de vender 500 ejemplares a vender 50 mil. Acá no. Eso no va a ocurrir. La diferencia está entre vender 500 o 2.500. Entonces, digamos que el peso del mercado es menos fuerte. Ya te digo, es un pensamiento germinal, no sé si estoy diciendo una gran tontería. Pero me da la idea de que acá hay mayor libertad creativa porque el éxito en realidad es tan relativo, es tan difícil, salvo que tengas el deseo de convertirte en Zambra, dejando fuera a Bolaño…

-… Porque en realidad no es ni chileno.

-Es que no lo parece… Me ha llamado la atención que acá nadie menciona a Bolaño como chileno.

-Llegaste tarde. Hace tres años no se hacía otra cosa que hablar de Bolaño. Ahora nadie quiere hablar de él. Ahora es el turno de Zambra.

-Zambra tuvo un boom internacional relativamente reciente, en el último año en Estado Unidos, y ese eco se ha propagado. Yo que estoy en contacto con editores internacionales lo noto. No sé si eso puede hacer daño a los creadores jóvenes. De pronto, esa visión de un éxito posible, al alcance de la mano. Si veo que la sombra de Zambra empieza a ser alargada y empiezan a aparecer unas escrituras que le deben mucho.

-¿Cómo vez hoy a Zambra a nivel latinoamericano? ¿Qué tan importante es?

-Ya desde hace años eran un referente de una nueva generación latinoamericana, pero ahora mismo quizás es el máximo exponente. Las modas son siempre caprichosas, quizás hace tres años te habría dicho otro nombre y en tres años más te diga otro, pero desde luego Zambra ya está tiene reconocimiento internacional. En este momento, hoy, es el autor el autor latinoamericano de su generación, por encima de otros como Juan Gabriel Vásquez, Yuri Herrera.

-¿Qué otros autores chilenos, más jóvenes o no, crees que pueden ser leídos fuera de Chile y tener impacto?

-Diego Zúñiga para mi es uno de los narradores que más me interesan de su generación… Aunque hablar de generaciones es ridículo. Ya fue traducido al francés y al italiano. Ahora va a ser traducido en Estados Unidos, por Coffe House Press, una editorial independiente que tiene mucho peso: por ejemplo, colocó en el mercado estadounidense a Valeria Lusselli. Entonces, esta traducción puede significar que Zúñiga arranque como una figura internacional. Vamos a esperar, claro. Pero sí es un autor que empieza a convocar. Luego, creo que tiene que llegar el momento en que Lina Meruane de verdad tenga una carrera internacional. Es una autora un poco más compleja, pero es de un valor excepcional y debería estar traducida a muchas más lenguas de lo que está en este momento. Para mí Missing, de Alberto Fuguet, es uno de los mejores libros publicados en español de la última década; es una lástima que no haya tenido el recorrido internacional que se merece. Todo tiene que ver con muchos factores que deben ponerse en marcha: tener al agente adecuado, publicar en la editorial precisa, hacer un tipo de literatura que en ese momento esté funcionando, que sea lea bien en otras lenguas y rebote contra tradiciones de otras culturas, etc. No siempre pasa. A Zambra se le alinearon todos los planetas, a parte de ser un muy buen autor.

-¿Y autores comerciales chilenos existen para el mercado internacional?

-Varios de mis clientes publican a Isabel Allende, pero Allende es un poco como Bolaño, que ya ni es chilena. Marcela Serrano tiene muchísimo éxito en Italia. De hecho, es un caso paradójico el de la literatura chilena en relación a otras literaturas. En general lo que se traduce internacionalmente del español de literatura comercial, no así literaria, es en un porcentaje altísimo, escrita en España. Y hay muy pocos autores latinoamericanos de literatura comercial, por muy exitosos que sean en sus países, a los que se traduce en Europa. Y sin embargo hay unos cuantos chilenos que están ahí. Como Marcela Serrano, Carla Guelfenbein, o Elizabeth Soubercaseux que también ha tenido sus traducciones en Alemania… Son varios. Y vamos a tratar de mencionar un autor mexicano o argentino que tenga ese un peso internacionalmente en literatura comercial. No hay.

-¿Crees que Francisco Ortega, que ha sido muy exitoso este año en Chile, sea un autor que viaje?

-Todavía está muy incipiente su éxito. Es demasiado pronto para decirlo. Cuando te hablo de autores que viajan estoy hablando de hechos consumados. ¿Ortega puede viajar? Creo que puede. ¿Va a viajar? No lo sé. Hay prejuicios y clichés editoriales en todo el mundo y uno de ellos es que la literatura comercial que se produce en América Latina no viaja. Y, por tanto, un editor de literatura comercial que esté buscando un thriller esotérico no busca en Chile, busca en España o Alemania. En cambio, un editor literario quizás sí mira a Chile, Argentina o México. Entonces, potencialmente Francisco Ortega puede viajar, pero no sé si lo hará. Es impredecible. Pero, digamos, tiene bastante menos posibilidades que si Logia hubiese estado escrita en España. En ese caso, casi seguro ya habría sido comprado y estaría en proceso de traducción. Por el contrario, sí hay un interés de los editores internacionales por los autores literarios de América Latina. Es sabida su tradición.

-Desde que trabajas como scout, ¿has notado el impacto del boom Bolaño en la mirada hacia América Latina?

Creo que Bolaño ha sido muy importante en que desde Estados Unidos se esté mirando hacia la literatura en español como algo potencialmente interesante, tanto a nivel literario como comercial. Y quizás, no sé si es una boutade o no, quizás Zambra no existiría sin Bolaño, no literariamente hablando sino editorialmente. Más allá de su obvio talento y su obra, sin Bolaño quizás no lo hubieran visto. Más que eso, quizás sin Bolaño yo no tendría este trabajo. Quizás el éxito de Carlos Ruiz Zafón a nivel comercial y Bolaño a nivel literario, han hecho que de nuevo la literatura en lengua española, después de unas décadas en que todo el era el boom o epígonos del boom, tenga una relevancia internacional a nivel de fenómeno. Y eso lo ha procurado ese doble efecto de Ruiz Zafón y Bolaño. Eso nos viene bien a todos, a todas las letras de habla hispana en relación a la compra de venta de derechos internacionales. Los scout en lengua española son post Bolaño. No existían antes.

– Así como existieron muchos epígonos del boom, ¿te encuentras con muchos epígonos de Bolaño?

Sí, sí, hace rato. Y es normal. Yo la otra vez hacía una broma entre editores y decía: “Qué bueno este Knausgard y la que se nos viene encima, ahora todo el mundo nos va a contar su puta vida”. Es normal. De pronto hay un éxito salvaje de algo, a veces merecido, otras no tanto. En su caso es merecido, me parece muy interesante lo que ha hecho. Es como el cuadro de Goya: “Los sueños de la ilustración producen monstruos”. Ahora es posible que no vaya tocar leer a muchos Knausgard. Si la escritura se empieza a desplazar hacia eso, pues no sé cuánto me apetece… Knausgard me parece estupendo, 200 imitadores no me apetece mucho.

-Muchos editores funcionan así: buscan el nuevo Knausgard, el nuevo Dan Brown.

-También muchos escritores. Pero sí, la industria lo alienta. Mira con Grey. ¿Qué produjo? Produjo que mucha gente que había estado escribiendo literatura erótica salió del armario, entre comillas, editorialmente y empezó a funcionar. Pero también mucha gente que no había escrito literatura erótica se puso a hacerlo. Así es la industria. Ahora lo que viene es el thriller doméstico. Me hace gracia hasta el nombre.

-¿Cuál es el thriller doméstico?

Son estos thriller íntimos, familiares, como Perdida, de Gillian Flyn, como La chica del tren, de Paula Hawkins. De pronto se dan dos o tres libros que tienen mucho éxito que se pueden meter en el mismo saco, son tonterías que hacemos la gente del libro. La industria. Bueno, pues luego lo etiquetamos así. Y casi cualquier cosa que parezca thriller doméstico lo vendemos así. Es lo que está de moda. En Frankfurt se estaba hablando de eso. Pero las modas son muy rápidas. Cada vez el consumidor es más rápido. El libro que va a vender 100 mil ejemplares lo ves venir, el que va vender 1 millón o 4, es un fenómeno que no prevés. Nadie podía prever que hubiera un libro erótico que la pegara. Tampoco a Knausgard.

-En esta feria, hemos visto que la literatura juvenil es muy fuerte. ¿Te parece que es un fenómeno ya instalado?

-Yo llevo oyendo hablar del Young Adult muchos años. En todo el mundo está generando ventas muy fuertes. Algunos de los grandes éxitos editoriales de los últimos años, y que se dan a conocer menos en suplementos culturales, son estas series juveniles como Los Juegos de Hambre, Divergente…. En Brasil es salvaje, en Italia la serie After vende muchísimo, John Green también. Lo que todo el mundo quiere es el Young Adult Crossover, ese libro juvenil que leen también los padres. Desde Harry Potter, El Niño del Pijama a Rayas. Creo que es un fenómeno que llegó para quedarse. Creo que también hay cierta infantilización de los adultos en la lectura y por es el crossover es tan apetecido.

-Maldita J.K. Rowling

-Seguro que viene de antes. Se nos olvida que Ray Bradbury en Farenheit 451 hablaba de que lo que ocurrió en esta distopía es que la literatura se fue alivianando, se volvió más infantil, hasta que luego lo que tuvimos eran poco menos que novelas gráficas y al final la literatura era cine pasado a papel. Y frente a eso la literatura pasó a ser problemática. Lo otro no era literatura, sino libros domesticados. Si él lo vio ya hace tantos años es porque es lo que ha estado pasando: una infantilización de la sociedad en general y que en el mercado editorial se está viendo desde antes que Harry Potter. Esa infantilización lo que genera es que no solo los jóvenes están comprando literatura juvenil, sino también adultos, y eso es lo que hace que las ventas sean tan altas.

-¿Cómo interpretas la llegada del agente Andrew Wylie a España?

Wilye no abre de momento oficina en España, sino que abre una nueva división especializada en lengua española. Tenía, si no me equivoco seis autores hispanos, Bolaño, Borges, Cabrera Infante, y vivos Muñoz Molina, Rey Rosa y Krauze, quizás estoy dejando a alguien fuera (a los herederos de Jorge Amado). Y ahora la incorporación de Cristóbal Pera –ex director de Penguin Random House- no es para abrir una oficina en España, sino en principio para operar desde Nueva York y Londres. Es muy importante: Wylie es una de las grandes agencias y todo el mundo tiene sus ojos puestos en lo que hagan. Por ejemplo, hace poco hubo un pequeño boom de autores africanos que escribían en lengua inglesa que pasó, no sólo, pero en gran parte por el impulso de Wylie. Con esta movida lo que está diciendo es: “Atención, la lengua española es importante”. Eso nos conviene a todos. Y, dependiente de cuán bien se mueva, va a generar más traducciones al inglés. Marca mucho la agenda de los editores de todo el mundo.

-¿Cuantos libros te llevas de Chile?

Primero tengo que ver cuántos me caben. Pero serán demasiados, unos 40 o 50.

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“¿Te gustaría escribir de música para Revista Lecturas?”, me propuso en un mail Felipe Gana, uno de los cerebros del sitio. De inmediato le dije que sí, sin tener idea de qué escribir. Me demoré, pero lo hice. El plan era hablar de Wilco, de su último disco, pero terminé en otra cosa. Fue publicada en tres entregas en RL, con una certera edición de Felipe, y ahora la cuelgo acá de una tirada. Creo que allá se ve mejor porque está acompañada de una diversidad de temas interesantes: reseñas de dos súper debut –Nancy XX, de Bruno Lloret, Qué vergüenza, de Paulina Flores-, una nota de Matías Rivas sobre No Ficción, de Fuguet, y entre otras cosas, un ineludible texto de Fernando Balcells sobre Carlos Leppe. Como sea, acá lo mío.

 

El Coke vivía al frente de mi departamento y andaba todo el día con una guitarra. Tocaba bien. Decía que había aprendido escuchando los casetes de Silvio Rodríguez y, de hecho, las canciones del trovador cubano eran su repertorio estelar. Insistentemente estelar. Imagino que para no perder su don, en su pieza siempre sonaba. Y a donde él iba también. Aunque yo pasaba con él, nunca llegó a gustarme Silvio de verdad: me sabía sus canciones, recuerdo varias con cariño, pero nunca escuché sus discos. Qué lata. Pero el Coke también escuchaba otras cosas: los Beatles y Queen, a ambos estrictamente en vinilo. Y eso me gustaba más, sobre todo el Sgt. Pepper’s.

Hasta ahora no me había dado cuenta, pero le debo al Coke la idea de interesarme por la música. También fue él quien me mostró que Spinetta era muchísimo más que “Muchacha ojos de papel”, poniendo a un volumen apenas tolerable la canción “Como el viento voy a ver”, de Pescado Rabioso. Él operaba como coleccionista: en esos años en que los vinilos no le interesaban a nadie –a mediados de los noventa–, él los buscaba por San Diego o en el persa Bío Bío, y quién sabe qué otros lugares. No sólo andaba tras de discos, también perseguía equipos y parlantes que prometían lo imposible: el sonido perfecto. De segunda mano, por supuesto, y seguirlos nos llevó a casas atestadas de radios y máquinas de todos los años que alguien había comprado para luego vender como si se trataran de joyas –y de alguna forma lo eran– aunque muchas parecían chatarras. Nunca compró nada.

Años después, cuando yo me había independizado musicalmente de él, lo fui a ver. Ya no estaba al frente de mi departamento, sino en una casa en Maipú. Escuchamos sus discos y también los míos. Entre los que llevé estaba uno de Tortoise, una banda escandalosamente contemporánea para lo que suponía que eran los gustos de mi amigo. Lo llevé como un desafío. Era el Million now living will never die, ese que abre con “Djed”, de 20 minutos. Pero fue con el segundo track con el que enganchó: “Glass Museum”, una canción líquida, que parece seguir el cauce de un río que avanza tranquilamente para luego desembocar en rápidos tumultuosos. Hay guitarras, imagino que algún tipo de teclado, pero los sonidos protagónicos están hechos con percusión: batería, bongó y un luminoso vibráfono. “Es música que me podría gustar”, dijo.

La conversación continuó hasta que el Coke hizo una predicción: que cuando viejos –o quizás dijo adultos– ya no escucharíamos rock, sino que terminaríamos en la música clásica. O en el jazz, agregó. No le contesté nada, pero me pareció posible: mi papá me despertaba los domingos escuchando Bach o Mozart. O peor, Vivaldi. El futuro me pareció aburridísimo. Entonces decidí que yo de viejo iba a escuchar jazz. Y pronto me empecé a preparar. Seguí a Julio, otro amigo, y me metí en Coltrane y Ornette Coleman y me sentí cómodo. Pero algo pasó que me sacó del jazz. Me aburrió. Hace 17 años me aburrió y, en general, no ha vuelto a interesarme.

Hace años no veo al Coke. Sé que sigue tocando guitarra por las fotos que sube a facebook. No sé si escucha a Silvio. No sé si le interesa la música clásica o el jazz. Es un poco mayor que yo, pero está lejos de ser viejo. Es un adulto, padre de dos hijos, creo. Igual que yo. No sé por qué, pero no es raro que me pregunte qué terminaré escuchando. Es una interrogante idiota porque, muy en el fondo, supone que seré otro. Otro que, de pronto, cambiará de gustos. Y una de las pocas cosas que he aprendido a mis 37 años es que no hay más opción que ser uno y siempre el mismo. Es una conclusión tan estúpida como la pregunta, pero a los 17 años, cuando el Coke formuló la predicción, era del todo posible imaginar que cuando adultos seríamos otros. Otros que obviamente jamás escucharían rock o algo parecido. Esos viejos rockeros no existían en nuestro imaginario. Sólo padres de vida calma que escuchaban a Mozart o Bach, o peor, a Vivaldi, que no les interesaban sus viejos vinilos de los Beatles, oían ya con absoluta indiferencia “Todos juntos” de Los Jaivas, entendían como pura nostalgia “Rock Around de Clock” y, sólo a veces, muy alejadamente, siempre con amigos, escuchaban Inti Illimani o Víctor Jara. Ese era mi papá, por cierto.

Uno igual cambia. Se convierte lentamente en otro. A los 14 años vi a Guns n’ Roses en el Nacional casi llorando de emoción, pero al día siguiente empecé a olvidarlos. A los 15 años creía que mi fanatismo por Mr. Bungle jamás iba pasar, pero pasó. Tuve sus discos y creo, imagino, que los perdí. Llegué preguntando por algo parecido a ellos a una disquería  de Nueva de Lyon que se llamaba Background y por recomendación del legendario –sí, legendario– Hugo Chávez me fui con el primer disco de unos muy desconocidos Marilyn Manson. Con el tiempo, Chávez cachó que yo podía oír mejores cosas y me vendió, a veces un poco a la fuerza, cd’s de Galaxy 500, Spacemen 3, Tortoise, Mouse on Mars, Flyng Saucer Attack, etc. También en ese momento creí que yo sería el más fiel fan del post rock y dejé de serlo. Imagino que fue por Velvet Underground. Todo es culpa de Lou Reed. Incluida la música que terminaré escuchando cuando sea viejo.

Pasó así: voy en la micro a la universidad, es temprano, antes de las ocho, y en mi personal estéreo suena Velvet Underground. Tengo 18 años. Es una copia de su primer álbum, el clásico de la portada del plátano y con algunas voces de Nico. Lo he estado escuchando insistentemente, hipnotizado por una suciedad que en ese momento no sé poner en palabras y, sospecho, a la espera de alguna revelación que, de pronto, llega mientras avanzo por Irarrázabal y escucho “Heroin”: mientras de fondo John Cale hace sonar dramáticamente su viola y Maureen Tucker se abstiene del desorden con un golpe monótono al bombo, adelante Reed conduce la canción desde la calma al descontrol en una sintonía casi perfecta entre su voz y la guitarra, iluminando la desorientación como un estado de éxtasis que, sin embargo, también es pura tristeza y vacío. La música me abstrae de la micro y me emociono genuinamente, porque aunque la canción habla del efecto de una droga, en realidad cristaliza un ánimo que yo he sentido alguna vez: que menos que trágico, el desconcierto es liberador.

Lo siguiente fue hacerme un fanático oficial de Velvet Underground, aunque no del todo sistemático. En esos años era difícil serlo: escuchar sus cuatro discos era fácil, pero lentamente me di cuenta de que eran la punta del iceberg: en los incontables demos, tomas alternativas y bootlegs latía un corpus de canciones inéditas y versiones raras que extendían los dominios del grupo mucho más allá ruido y el rock. Comprar esos discos de rarezas me era imposible, pero internet podía hacer algo y vía Soulseek fui encontrándome con algo que si bien a esa alturas estaba totalmente documentado, yo ni sospechaba: en el fondo, Reed era un compositor de canciones muy clásico, un eco del rock and roll de los cincuenta que se había desbocado. Antes que todo, estaba obsesionado con las melodías. Incluso, tenía ciertos toques folk muy en el estilo de Bob Dylan.

Me fui enterando de eso por canciones como “Prominent Men”, “Sheltered Life” y una versión alternativa de “I found a reason” muy diferente a la que quedó en el Loaded. Son, fundamentalmente, temas de inspiración folk o country, que podrían haberle servido a Reed para lucirse en una fogata mientras recorría Estados Unidos como un vagabundo, un beat o un trovador al estilo de Woody Guthrie. Es decir, dejabas a Reed con su guitarra acústica y el hombre estaba salvado en cualquier parte. También en los bares del Greewich Villace de los sesenta, por supuesto. No mucho después, caí en cuenta que ese sonido en realidad era propiedad de Bob Dylan (a quien Reed por supuesto admiraba) y cuando te das cuenta de eso ya no puedes salir de Dylan. Yo entré a tientas en ese universo por los discos obvios, para terminar nuevamente en un par descartes: “Farewell Angelina” y “Moonshiner”.

Todavía puedo escuchar esas canciones siete veces seguidas. Sobre todo “Farewell Angelina” que en su total sencillez es un drama exuberante: mientras se apronta el estallido, el carnaval o la tormenta, él se despide de Angelina, se hace tarde, tiene que marcharse. (Si fuera más parca, esta canción sería perfecta para musicalizar la novela Buscanidos, de Matías Celedón). Si “Moonshiner” te pilla en un bajo anímico, cuídate: Dylan suena como un quejido, como un lamento cansado que se arrastra pastosamente sobre una guitarra delicada, insistente pero suave como una letanía, y todo resulta tan desalentador que emociona. En la interpretación de Dylan, ambos temas suspenden el tiempo y crean otro. Se trata de eso: un hombre con nada más que su voz y una guitarra crea una realidad paralela. Un lugar nuevo al que puedes ir, quedarte si quieres, cada vez que pones play.

Pero esas canciones del pasado no hicieron que predijera mi futuro. No sé cuándo, quizás en algún momento entre “Needle in the Hay”, de Elliot Smith, y “Halloween”, de Ryan Adams, o “Love is All”, de The Tallest Men on Earth, es decir puras canciones de los últimos 10 años, fue que llegué a caer en cuenta de qué era lo que yo iba a escuchar cuando viejo: a hombres tocando guitarra. Nada más que eso. Algo mucho más elemental y rudimentario que jazz o música clásica. Mucho menos sofisticado. Acaso lo más básico de la música popular contemporánea. Una manera de hacer las cosas que empezó mucho antes que los bluseros sureños de EE.UU. y todos los días se renueva en cualquier parte del mundo. Es, de hecho, un terreno inabarcable y también incombustible: vive tanto en Van Morrison como en Daniel Melero, en Bon Iver o Paul Simon, en Chinoy o Devendra Banhart, Johnny Cash o Matías Cena, o  Caetano Veloso o Johnny Flyn, etc. Se puede seguir. Aburrirse siguiendo. Mejor: se puede llegar a unas mujeres tan increíbles como Cat Power, Joan Baez, Valerie June o Patti Smith.

Seguir también es revelar mi ignorancia, por supuesto, porque esta historia de hombres –y mujeres– con guitarra está especialmente hecha de viejos cantautores secretos que lo inspiraron todo y a ellos yo, por suerte, aún no he llegado. Pero las novedades no me las pierdo. Si no lo saben, es bueno que se vayan enterando: después de demasiados álbumes navideños, cristianos y extraviados, Sufjan Stevens agarró la guitarra para salir del duelo por la muerte de su madre y en marzo lanzó Carrie & Lowell. Escucharlo una vez no es suficiente, recomiendo dos, incluso tres veces seguidas. Decirlo es quedarse corto: es triste, rabioso, tenso y no del todo resignado. Delicadísimo. Inquietante. En estos años en que los libros que más disfrutamos son confesionales, escuchar a Stevens hablando de su infancia,  sus padres o sus amores frustrados es perpetuar y extender una duda: ¿y si la ficción es accesoria?

Otra duda: ¿Ryan Adams realmente necesita baterías, pianos, bajos, una banda? Más famoso que nunca por haber cubierto completo el disco 1989 de Taylor Swift, en abril publicó un disco muy largo –42 tracks– que registra un par de show en el Carnegie Hall. Sin accesorios, sólo él, su guitarra y una armónica. A veces usa un piano. Es extraordinario, pero también rarísimo. Adams tiene alma de comediante y entre canción y canción, se pega unos stand up larguísimos en los que habla de drogas, Terminator, Angry Birds, etc. Efectivamente es divertido, lo que contrasta radicalmente con la desolación y seriedad –esa voz grave– de sus canciones: si en los discos originales sonaban ásperas y adoloridas, acá son, casi todas, lamentos derrotados. Cuando no suena así, es de una cálida melancolía. Casi siempre, suena como alguien del que uno quiere ser amigo. Decirle, por ejemplo, que en “Trouble” hay un par de líneas que te quedaron dando vueltas. Esta, por ejemplo: “I see my brother, he’s waiting in line for his turn/ I’m not as humble, I know everything here is gonna burn”.

Habría que seguir con Adams. Decir, por ejemplo, que “Gimme Something Good” en esta versión despojada, en la que se oyen como se mueven sus dedos por las cuerdas de la guitarra, hace palidecer la pirotecnia rockera de la original. Y sobre sus covers a Swift, que están muy bien, aunque no tanto tampoco: las que mejor le quedaron, creo, son “Blank Space” y, contra todo pronóstico, “Shake it off”. Las convierte en otras. Les quita toda la arrogancia original –que funcionan tan bien en Switf– y les otorga sustancia al puñado de ritmos que eran.

Originalmente, pensaba escribir solo de Wilco,  específicamente de las múltiples facetas de Tweedy como guitarrista. Puesto a escribirlas, únicamente  soy capaz de pensar en su capacidad para salir del country con algo parecido a un pop alternativo, lo que evidentemente es muy poco. O muy obvio en relación a las sutilezas que maneja en, por ejemplo, Sukierae, disco que lanzó el año pasado con su hijo en la batería. De la clásica tonada americana de “Fake four coat”, pasa a una melodía luminosa como “Flowering” o la tensa y contenida “Diamond Ligth Part. 1”.  El tipo tiene, sobre todo, estilo y también sabe meter ruido: de Star Wars lo más sorprendente son esas guitarras densas y sucias, hechas de riff fugaces y centellantes que recuerdan al glam de T. Rex –a Marc Bolan– y David Bowie. En ese sonido están “Random Name Generator” y “The Joke Explained”, por ejemplo, y en algún terreno muy lejano del Wilco tradicional, acaso en el de Queen of the Stone Age, está “Pickled Gringer”, una canción a punto de estallar, ruda, para dejarse llevar manejando, acelerar y chocar.

Autor de inolvidables canciones sencillas, como “Jesus, Etc”, Tweedy se despacha en Sukierae una para atesorar: “Low Key”. Es una definición: “Desde joven he sido un refugiado, siempre muy nervioso, siempre bajo perfil”, canta Tweedy, confesando que cuando pareciera que las cosas no le importan, sólo se está haciendo el cool. De ahí a “I am an outlaw”, de Kurt Vile hay apenas un paso. Esa canción: fresca, brillante, rítmicamente irresistible, más rockera que funk, hecha de pura actitud. Una actitud que uno pensaba que Vile no tenía. O yo creía eso. Lo imaginaba como un chascón volado, sí, ya, un outsider, pero calladito, de abrigo, otoñal. De ese error –que lo es con todas sus letras– me sacó su nuevo disco, b’lieve i’m going down, en que Vile hace de la modulación y la desafinación un ejercicio de onda. De la vieja escuela de esos cantantes que pareciera que no les gusta cantar. Casi apáticos, sobre todo desafiante. Más deudor del shoegazer que de Springsteen, moralmente hablando. Casi punk.

Podría haber salido de mi error escuchando de nuevo Smog ring for my halo, el disco de 2011 de Vile, porque ahí ya estaba esa veta desafiante. En todo caso, b’lieve i’m going down no es solo eso: es un disco que flota apoyado en una guitarra que opera como una caja de ritmos y que, asistido por teclados y baterías, produce estructuras que se repiten hipnóticamente. Todo se mueve como una vibra que sube y baja, y cuando se hunde cae abismalmente y entrega canciones como “Wheelhouse”. Sospecho que es la canción clave del disco. Su corazón. El relato del “i’m going down”, que es mucho más que la historia de un achaque o una pena. En realidad, es algo mucho más misterioso, más denso: el devenir del outsider en un explorador rastreando la calma, el silencio, un lugar sagrado.

Canta Kurt Vile en “Wheelhouse”: “Hay un desierto abajo en el centro de la Tierra / Una escalera oculta en la casa en que resides / Un poco de algo en esa despensa / Medicina, es una situación de medicina. / Algunos se inclinarán cien veces al día o más / para encontrar un camino, para bajar al templo un día / Encuentra el templo / disfruta su gloria / Luego revuélcate en la alfombra peluda / duerme profundamente por primera vez en tanto tiempo / respira hondo ahí adentro” (la traducción es mía, no es muy buena).

En eso he estado en esto días. De Sufjan Stevens a Ryan Adams, de Jeff Tweedy a Kurt Vile. También he estado pegado en dos canciones perfectas de Matías Cena, “Al menos para mí” y “Cinematografía Clásica”. Es posible que se me pase. Todo se pasa. He vuelto a pensar en el Coke, he vuelto a verlo en la plaza de  nuestros departamentos con su guitarra, tocando a Silvio. Una y otra vez hasta que yo, y todos nosotros, terminábamos cantando con él. No puedo negar que me gusta “Playa Girón”. Tampoco una sospecha: que si yo no termino escuchando jazz o música clásica, pero sí a un puñado de cantautores con guitarra, es por Silvio Rodríguez. Es por el Coke. Pero la voy a negar, porque estoy seguro que partió antes. Ese posible futuro estaba cifrado en la guitarra de mi papá  y las veces que él la tomaba para cantar canciones de Víctor Jara. Estaba cifrado en su voz grave hecha a pulso por los cigarros que ya no fuma.

Ese futuro lo oí cuando chico en un caset que pillé en la casa. Lo había grabado mi papá en el living con un equipo muy elemental. Sonaban varias canciones. Una de ellas era “Plegaria a un labrador” y estaba llena de errores: no sólo partía diferente, en otro tono, sino que justo en el momento en que la canción agarra su primer vuelo, a mi papá le salía  un gallito y repetía en el acto ese “Líbranos de aquel que nos domina…”. Pese todo, a mi me emocionaba. Pero la que más me gustaba era su versión de “Cuando amanece el día”, de Ángel Parra, que cantaba con el aplomo de haber sido un veinteañero comunista en los años de la Unidad Popular. Él, como Parra, había estado en el mitín de las 6 en el centro, donde todo el pueblo gritaba defendiendo lo que se había conquistado. El había visto al hombre levantarse, crecer y se agigantarse. Creía en el hombre. Por años pensé que esa canción era suya. No me importó que no lo fuera. Por lo demás, en ese caset sí había una que él había compuesto. Una canción íntima y poderosa de la cual no me acuerdo nada. Peor, sospecho que el caset está perdido.