Cuando viejo no escucharás rock

noviembre 18, 2015

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“¿Te gustaría escribir de música para Revista Lecturas?”, me propuso en un mail Felipe Gana, uno de los cerebros del sitio. De inmediato le dije que sí, sin tener idea de qué escribir. Me demoré, pero lo hice. El plan era hablar de Wilco, de su último disco, pero terminé en otra cosa. Fue publicada en tres entregas en RL, con una certera edición de Felipe, y ahora la cuelgo acá de una tirada. Creo que allá se ve mejor porque está acompañada de una diversidad de temas interesantes: reseñas de dos súper debut –Nancy XX, de Bruno Lloret, Qué vergüenza, de Paulina Flores-, una nota de Matías Rivas sobre No Ficción, de Fuguet, y entre otras cosas, un ineludible texto de Fernando Balcells sobre Carlos Leppe. Como sea, acá lo mío.

 

El Coke vivía al frente de mi departamento y andaba todo el día con una guitarra. Tocaba bien. Decía que había aprendido escuchando los casetes de Silvio Rodríguez y, de hecho, las canciones del trovador cubano eran su repertorio estelar. Insistentemente estelar. Imagino que para no perder su don, en su pieza siempre sonaba. Y a donde él iba también. Aunque yo pasaba con él, nunca llegó a gustarme Silvio de verdad: me sabía sus canciones, recuerdo varias con cariño, pero nunca escuché sus discos. Qué lata. Pero el Coke también escuchaba otras cosas: los Beatles y Queen, a ambos estrictamente en vinilo. Y eso me gustaba más, sobre todo el Sgt. Pepper’s.

Hasta ahora no me había dado cuenta, pero le debo al Coke la idea de interesarme por la música. También fue él quien me mostró que Spinetta era muchísimo más que “Muchacha ojos de papel”, poniendo a un volumen apenas tolerable la canción “Como el viento voy a ver”, de Pescado Rabioso. Él operaba como coleccionista: en esos años en que los vinilos no le interesaban a nadie –a mediados de los noventa–, él los buscaba por San Diego o en el persa Bío Bío, y quién sabe qué otros lugares. No sólo andaba tras de discos, también perseguía equipos y parlantes que prometían lo imposible: el sonido perfecto. De segunda mano, por supuesto, y seguirlos nos llevó a casas atestadas de radios y máquinas de todos los años que alguien había comprado para luego vender como si se trataran de joyas –y de alguna forma lo eran– aunque muchas parecían chatarras. Nunca compró nada.

Años después, cuando yo me había independizado musicalmente de él, lo fui a ver. Ya no estaba al frente de mi departamento, sino en una casa en Maipú. Escuchamos sus discos y también los míos. Entre los que llevé estaba uno de Tortoise, una banda escandalosamente contemporánea para lo que suponía que eran los gustos de mi amigo. Lo llevé como un desafío. Era el Million now living will never die, ese que abre con “Djed”, de 20 minutos. Pero fue con el segundo track con el que enganchó: “Glass Museum”, una canción líquida, que parece seguir el cauce de un río que avanza tranquilamente para luego desembocar en rápidos tumultuosos. Hay guitarras, imagino que algún tipo de teclado, pero los sonidos protagónicos están hechos con percusión: batería, bongó y un luminoso vibráfono. “Es música que me podría gustar”, dijo.

La conversación continuó hasta que el Coke hizo una predicción: que cuando viejos –o quizás dijo adultos– ya no escucharíamos rock, sino que terminaríamos en la música clásica. O en el jazz, agregó. No le contesté nada, pero me pareció posible: mi papá me despertaba los domingos escuchando Bach o Mozart. O peor, Vivaldi. El futuro me pareció aburridísimo. Entonces decidí que yo de viejo iba a escuchar jazz. Y pronto me empecé a preparar. Seguí a Julio, otro amigo, y me metí en Coltrane y Ornette Coleman y me sentí cómodo. Pero algo pasó que me sacó del jazz. Me aburrió. Hace 17 años me aburrió y, en general, no ha vuelto a interesarme.

Hace años no veo al Coke. Sé que sigue tocando guitarra por las fotos que sube a facebook. No sé si escucha a Silvio. No sé si le interesa la música clásica o el jazz. Es un poco mayor que yo, pero está lejos de ser viejo. Es un adulto, padre de dos hijos, creo. Igual que yo. No sé por qué, pero no es raro que me pregunte qué terminaré escuchando. Es una interrogante idiota porque, muy en el fondo, supone que seré otro. Otro que, de pronto, cambiará de gustos. Y una de las pocas cosas que he aprendido a mis 37 años es que no hay más opción que ser uno y siempre el mismo. Es una conclusión tan estúpida como la pregunta, pero a los 17 años, cuando el Coke formuló la predicción, era del todo posible imaginar que cuando adultos seríamos otros. Otros que obviamente jamás escucharían rock o algo parecido. Esos viejos rockeros no existían en nuestro imaginario. Sólo padres de vida calma que escuchaban a Mozart o Bach, o peor, a Vivaldi, que no les interesaban sus viejos vinilos de los Beatles, oían ya con absoluta indiferencia “Todos juntos” de Los Jaivas, entendían como pura nostalgia “Rock Around de Clock” y, sólo a veces, muy alejadamente, siempre con amigos, escuchaban Inti Illimani o Víctor Jara. Ese era mi papá, por cierto.

Uno igual cambia. Se convierte lentamente en otro. A los 14 años vi a Guns n’ Roses en el Nacional casi llorando de emoción, pero al día siguiente empecé a olvidarlos. A los 15 años creía que mi fanatismo por Mr. Bungle jamás iba pasar, pero pasó. Tuve sus discos y creo, imagino, que los perdí. Llegué preguntando por algo parecido a ellos a una disquería  de Nueva de Lyon que se llamaba Background y por recomendación del legendario –sí, legendario– Hugo Chávez me fui con el primer disco de unos muy desconocidos Marilyn Manson. Con el tiempo, Chávez cachó que yo podía oír mejores cosas y me vendió, a veces un poco a la fuerza, cd’s de Galaxy 500, Spacemen 3, Tortoise, Mouse on Mars, Flyng Saucer Attack, etc. También en ese momento creí que yo sería el más fiel fan del post rock y dejé de serlo. Imagino que fue por Velvet Underground. Todo es culpa de Lou Reed. Incluida la música que terminaré escuchando cuando sea viejo.

Pasó así: voy en la micro a la universidad, es temprano, antes de las ocho, y en mi personal estéreo suena Velvet Underground. Tengo 18 años. Es una copia de su primer álbum, el clásico de la portada del plátano y con algunas voces de Nico. Lo he estado escuchando insistentemente, hipnotizado por una suciedad que en ese momento no sé poner en palabras y, sospecho, a la espera de alguna revelación que, de pronto, llega mientras avanzo por Irarrázabal y escucho “Heroin”: mientras de fondo John Cale hace sonar dramáticamente su viola y Maureen Tucker se abstiene del desorden con un golpe monótono al bombo, adelante Reed conduce la canción desde la calma al descontrol en una sintonía casi perfecta entre su voz y la guitarra, iluminando la desorientación como un estado de éxtasis que, sin embargo, también es pura tristeza y vacío. La música me abstrae de la micro y me emociono genuinamente, porque aunque la canción habla del efecto de una droga, en realidad cristaliza un ánimo que yo he sentido alguna vez: que menos que trágico, el desconcierto es liberador.

Lo siguiente fue hacerme un fanático oficial de Velvet Underground, aunque no del todo sistemático. En esos años era difícil serlo: escuchar sus cuatro discos era fácil, pero lentamente me di cuenta de que eran la punta del iceberg: en los incontables demos, tomas alternativas y bootlegs latía un corpus de canciones inéditas y versiones raras que extendían los dominios del grupo mucho más allá ruido y el rock. Comprar esos discos de rarezas me era imposible, pero internet podía hacer algo y vía Soulseek fui encontrándome con algo que si bien a esa alturas estaba totalmente documentado, yo ni sospechaba: en el fondo, Reed era un compositor de canciones muy clásico, un eco del rock and roll de los cincuenta que se había desbocado. Antes que todo, estaba obsesionado con las melodías. Incluso, tenía ciertos toques folk muy en el estilo de Bob Dylan.

Me fui enterando de eso por canciones como “Prominent Men”, “Sheltered Life” y una versión alternativa de “I found a reason” muy diferente a la que quedó en el Loaded. Son, fundamentalmente, temas de inspiración folk o country, que podrían haberle servido a Reed para lucirse en una fogata mientras recorría Estados Unidos como un vagabundo, un beat o un trovador al estilo de Woody Guthrie. Es decir, dejabas a Reed con su guitarra acústica y el hombre estaba salvado en cualquier parte. También en los bares del Greewich Villace de los sesenta, por supuesto. No mucho después, caí en cuenta que ese sonido en realidad era propiedad de Bob Dylan (a quien Reed por supuesto admiraba) y cuando te das cuenta de eso ya no puedes salir de Dylan. Yo entré a tientas en ese universo por los discos obvios, para terminar nuevamente en un par descartes: “Farewell Angelina” y “Moonshiner”.

Todavía puedo escuchar esas canciones siete veces seguidas. Sobre todo “Farewell Angelina” que en su total sencillez es un drama exuberante: mientras se apronta el estallido, el carnaval o la tormenta, él se despide de Angelina, se hace tarde, tiene que marcharse. (Si fuera más parca, esta canción sería perfecta para musicalizar la novela Buscanidos, de Matías Celedón). Si “Moonshiner” te pilla en un bajo anímico, cuídate: Dylan suena como un quejido, como un lamento cansado que se arrastra pastosamente sobre una guitarra delicada, insistente pero suave como una letanía, y todo resulta tan desalentador que emociona. En la interpretación de Dylan, ambos temas suspenden el tiempo y crean otro. Se trata de eso: un hombre con nada más que su voz y una guitarra crea una realidad paralela. Un lugar nuevo al que puedes ir, quedarte si quieres, cada vez que pones play.

Pero esas canciones del pasado no hicieron que predijera mi futuro. No sé cuándo, quizás en algún momento entre “Needle in the Hay”, de Elliot Smith, y “Halloween”, de Ryan Adams, o “Love is All”, de The Tallest Men on Earth, es decir puras canciones de los últimos 10 años, fue que llegué a caer en cuenta de qué era lo que yo iba a escuchar cuando viejo: a hombres tocando guitarra. Nada más que eso. Algo mucho más elemental y rudimentario que jazz o música clásica. Mucho menos sofisticado. Acaso lo más básico de la música popular contemporánea. Una manera de hacer las cosas que empezó mucho antes que los bluseros sureños de EE.UU. y todos los días se renueva en cualquier parte del mundo. Es, de hecho, un terreno inabarcable y también incombustible: vive tanto en Van Morrison como en Daniel Melero, en Bon Iver o Paul Simon, en Chinoy o Devendra Banhart, Johnny Cash o Matías Cena, o  Caetano Veloso o Johnny Flyn, etc. Se puede seguir. Aburrirse siguiendo. Mejor: se puede llegar a unas mujeres tan increíbles como Cat Power, Joan Baez, Valerie June o Patti Smith.

Seguir también es revelar mi ignorancia, por supuesto, porque esta historia de hombres –y mujeres– con guitarra está especialmente hecha de viejos cantautores secretos que lo inspiraron todo y a ellos yo, por suerte, aún no he llegado. Pero las novedades no me las pierdo. Si no lo saben, es bueno que se vayan enterando: después de demasiados álbumes navideños, cristianos y extraviados, Sufjan Stevens agarró la guitarra para salir del duelo por la muerte de su madre y en marzo lanzó Carrie & Lowell. Escucharlo una vez no es suficiente, recomiendo dos, incluso tres veces seguidas. Decirlo es quedarse corto: es triste, rabioso, tenso y no del todo resignado. Delicadísimo. Inquietante. En estos años en que los libros que más disfrutamos son confesionales, escuchar a Stevens hablando de su infancia,  sus padres o sus amores frustrados es perpetuar y extender una duda: ¿y si la ficción es accesoria?

Otra duda: ¿Ryan Adams realmente necesita baterías, pianos, bajos, una banda? Más famoso que nunca por haber cubierto completo el disco 1989 de Taylor Swift, en abril publicó un disco muy largo –42 tracks– que registra un par de show en el Carnegie Hall. Sin accesorios, sólo él, su guitarra y una armónica. A veces usa un piano. Es extraordinario, pero también rarísimo. Adams tiene alma de comediante y entre canción y canción, se pega unos stand up larguísimos en los que habla de drogas, Terminator, Angry Birds, etc. Efectivamente es divertido, lo que contrasta radicalmente con la desolación y seriedad –esa voz grave– de sus canciones: si en los discos originales sonaban ásperas y adoloridas, acá son, casi todas, lamentos derrotados. Cuando no suena así, es de una cálida melancolía. Casi siempre, suena como alguien del que uno quiere ser amigo. Decirle, por ejemplo, que en “Trouble” hay un par de líneas que te quedaron dando vueltas. Esta, por ejemplo: “I see my brother, he’s waiting in line for his turn/ I’m not as humble, I know everything here is gonna burn”.

Habría que seguir con Adams. Decir, por ejemplo, que “Gimme Something Good” en esta versión despojada, en la que se oyen como se mueven sus dedos por las cuerdas de la guitarra, hace palidecer la pirotecnia rockera de la original. Y sobre sus covers a Swift, que están muy bien, aunque no tanto tampoco: las que mejor le quedaron, creo, son “Blank Space” y, contra todo pronóstico, “Shake it off”. Las convierte en otras. Les quita toda la arrogancia original –que funcionan tan bien en Switf– y les otorga sustancia al puñado de ritmos que eran.

Originalmente, pensaba escribir solo de Wilco,  específicamente de las múltiples facetas de Tweedy como guitarrista. Puesto a escribirlas, únicamente  soy capaz de pensar en su capacidad para salir del country con algo parecido a un pop alternativo, lo que evidentemente es muy poco. O muy obvio en relación a las sutilezas que maneja en, por ejemplo, Sukierae, disco que lanzó el año pasado con su hijo en la batería. De la clásica tonada americana de “Fake four coat”, pasa a una melodía luminosa como “Flowering” o la tensa y contenida “Diamond Ligth Part. 1”.  El tipo tiene, sobre todo, estilo y también sabe meter ruido: de Star Wars lo más sorprendente son esas guitarras densas y sucias, hechas de riff fugaces y centellantes que recuerdan al glam de T. Rex –a Marc Bolan– y David Bowie. En ese sonido están “Random Name Generator” y “The Joke Explained”, por ejemplo, y en algún terreno muy lejano del Wilco tradicional, acaso en el de Queen of the Stone Age, está “Pickled Gringer”, una canción a punto de estallar, ruda, para dejarse llevar manejando, acelerar y chocar.

Autor de inolvidables canciones sencillas, como “Jesus, Etc”, Tweedy se despacha en Sukierae una para atesorar: “Low Key”. Es una definición: “Desde joven he sido un refugiado, siempre muy nervioso, siempre bajo perfil”, canta Tweedy, confesando que cuando pareciera que las cosas no le importan, sólo se está haciendo el cool. De ahí a “I am an outlaw”, de Kurt Vile hay apenas un paso. Esa canción: fresca, brillante, rítmicamente irresistible, más rockera que funk, hecha de pura actitud. Una actitud que uno pensaba que Vile no tenía. O yo creía eso. Lo imaginaba como un chascón volado, sí, ya, un outsider, pero calladito, de abrigo, otoñal. De ese error –que lo es con todas sus letras– me sacó su nuevo disco, b’lieve i’m going down, en que Vile hace de la modulación y la desafinación un ejercicio de onda. De la vieja escuela de esos cantantes que pareciera que no les gusta cantar. Casi apáticos, sobre todo desafiante. Más deudor del shoegazer que de Springsteen, moralmente hablando. Casi punk.

Podría haber salido de mi error escuchando de nuevo Smog ring for my halo, el disco de 2011 de Vile, porque ahí ya estaba esa veta desafiante. En todo caso, b’lieve i’m going down no es solo eso: es un disco que flota apoyado en una guitarra que opera como una caja de ritmos y que, asistido por teclados y baterías, produce estructuras que se repiten hipnóticamente. Todo se mueve como una vibra que sube y baja, y cuando se hunde cae abismalmente y entrega canciones como “Wheelhouse”. Sospecho que es la canción clave del disco. Su corazón. El relato del “i’m going down”, que es mucho más que la historia de un achaque o una pena. En realidad, es algo mucho más misterioso, más denso: el devenir del outsider en un explorador rastreando la calma, el silencio, un lugar sagrado.

Canta Kurt Vile en “Wheelhouse”: “Hay un desierto abajo en el centro de la Tierra / Una escalera oculta en la casa en que resides / Un poco de algo en esa despensa / Medicina, es una situación de medicina. / Algunos se inclinarán cien veces al día o más / para encontrar un camino, para bajar al templo un día / Encuentra el templo / disfruta su gloria / Luego revuélcate en la alfombra peluda / duerme profundamente por primera vez en tanto tiempo / respira hondo ahí adentro” (la traducción es mía, no es muy buena).

En eso he estado en esto días. De Sufjan Stevens a Ryan Adams, de Jeff Tweedy a Kurt Vile. También he estado pegado en dos canciones perfectas de Matías Cena, “Al menos para mí” y “Cinematografía Clásica”. Es posible que se me pase. Todo se pasa. He vuelto a pensar en el Coke, he vuelto a verlo en la plaza de  nuestros departamentos con su guitarra, tocando a Silvio. Una y otra vez hasta que yo, y todos nosotros, terminábamos cantando con él. No puedo negar que me gusta “Playa Girón”. Tampoco una sospecha: que si yo no termino escuchando jazz o música clásica, pero sí a un puñado de cantautores con guitarra, es por Silvio Rodríguez. Es por el Coke. Pero la voy a negar, porque estoy seguro que partió antes. Ese posible futuro estaba cifrado en la guitarra de mi papá  y las veces que él la tomaba para cantar canciones de Víctor Jara. Estaba cifrado en su voz grave hecha a pulso por los cigarros que ya no fuma.

Ese futuro lo oí cuando chico en un caset que pillé en la casa. Lo había grabado mi papá en el living con un equipo muy elemental. Sonaban varias canciones. Una de ellas era “Plegaria a un labrador” y estaba llena de errores: no sólo partía diferente, en otro tono, sino que justo en el momento en que la canción agarra su primer vuelo, a mi papá le salía  un gallito y repetía en el acto ese “Líbranos de aquel que nos domina…”. Pese todo, a mi me emocionaba. Pero la que más me gustaba era su versión de “Cuando amanece el día”, de Ángel Parra, que cantaba con el aplomo de haber sido un veinteañero comunista en los años de la Unidad Popular. Él, como Parra, había estado en el mitín de las 6 en el centro, donde todo el pueblo gritaba defendiendo lo que se había conquistado. El había visto al hombre levantarse, crecer y se agigantarse. Creía en el hombre. Por años pensé que esa canción era suya. No me importó que no lo fuera. Por lo demás, en ese caset sí había una que él había compuesto. Una canción íntima y poderosa de la cual no me acuerdo nada. Peor, sospecho que el caset está perdido.

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One Response to “Cuando viejo no escucharás rock”

  1. scoddou Says:

    Qué bueno que volviste al blog, Roberto. Buena crónica. Yo llegué a la literatura vía el rock. Traduciendo canciones de Lou Reed y buceando en las influencias literarias de los Pogues. Algo de eso lo cuento en las Liner Notes de lyrics. Con respecto a la música clásica, Beethoven, Schumann, Lizst, Wagner son rockeros. Mozart y Vivaldi no. Y Bach, bueno, Bach es Dios. Otis Redding es Dios. Van Morrison es Dios. Dylan es Homero (el rapsoda) y Joe Strummer un adelantado profeta.
    Un abrazo!


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