Couve puertas adentro

enero 7, 2014

couve

Antes de leer a Adolfo Couve, lo vi en la tele. Fue en una entrevista que le hizo Cristián Warnken, en el tiempo en que La Belleza de Pensar forjó su reputación en ARTV. Yo seguía a Warnken con alguna religiosidad y tengo bien grabado en la memoria las veces en que llevó a Jorge Teillier, Armando Uribe o  Diego Maquieira. Sobre todo recuerdo a Couve, un hombre de apariencia frágil, mirada esquiva y una intensidad agotadora: sufría buscando algo parecido a la perfección. Eso me pareció a mí, que miraba el televisor hipnotizado por ese hombre de gorra que vivía en Cartagena,  pintaba o escribía, admiraba a los clásicos y únicamente a los clásicos. Tiempo después se suicidó, se ahorcó la madrugada del 10 de marzo de 1998.

Poco después de su muerte creo que haber leído Cuando Pienso en mi Falta de Cabeza. Después leí desordenadamente Picadero, La Lección de Pintura y La Comedia del Arte. Nunca me interesaron demasiado. Creo que su escritura me pareció cerebral o anémica. Yo debo haber estado buscando sangre y en la controladísima prosa de Couve no la encontré. Salvo esa imagen de Couve en la televisión bordeando el éxtasis al pensar en la belleza como un camino a la verdad, nunca me interesó mucho. O sí, lo que a todos le interesaba: su rareza.

En 2008 viajé a Buenos Aires y en una conversación con el editor de Seix Barral Alberto Díaz, hablamos de Carlitos. Yo algo sabía de él, algo confuso: Carlos Ormeño era, a la vez, el empleado y el amante de Couve. Era, además, un secreto a voces en la vida del escritor que nadie podía o quería explicar bien. Díaz me contó que tras la muerte de Couve, Carlitos llegó a Buenos Aires con una buena cantidad de dinero, arrendó un departamento y rápidamente entró en el circuito gay porteño.  Me contó que trató de aconsejarlo, que se alejara de los chupasangres, que cuidara su dinero, etc. Me contó que hubo altibajos.

En esos días The Clinic publicó una entrevista a Carlos Ormeño y contó la historia entre ambos. Siendo niño, seis o siete años, Carlos fue acogido por Couve quien lo llevó a vivir con él a Cartagena como si fuera su hijo. Lo cuidó como a uno hasta que en algún momento se enamoraron y se convirtieron en amantes. Cuando el escritor se suicidó, Carlitos tenía 25 años y estaba con él. Nunca se separaron. La historia tiene muchos grises, algunos especialmente oscuros y es difícil de creer que por ahí no pasara algo de abuso. Parece sacada directamente de algún libro de José Donoso. A la larga pasará lo inevitable: la intensa y desesperada vida de Couve puertas adentro nos parecerá mucho más interesante y literaria que sus textos corregidos hasta la perfección. Quizás ya está pasando.

A propósito de los 15 años de la muerte de Couve y la edición de sus Obras Completas vía Tajamar, en agosto pasado conversé con Carlos Ormeño. Publicamos esto en La Tercera. (la foto viene de acá http://www.letras.s5.com/couve26.htm)

Los últimos días de Adolfo Couve

A 15 años de la muerte del artista, se lanzan sus obras completas. Carlos Ormeño, hijo adoptivo y compañero, relata su intensa vida literaria y cómo la depresión lo llevó al suicidio.

Ese año no quiso volver a dar clases. Tras décadas como profesor de pintura en la Universidad de Chile, Adolfo Couve dijo al teléfono que no regresaría a la escuela. No podía. Había sido un verano duro. El peor de todos. La depresión que siempre lo acechó, en esas vacaciones lo arrinconó como nunca. Después de muchas reescrituras, había terminado la novela Cuando pienso en mi falta de cabeza y estaba seguro que era su réquiem. También estaba seguro que sería olvidado. La noche del 10 de marzo de 1998 se enteró de que había un plan familiar para internarlo. Horas después se suicidó. “Yo me muero por el arte”, había dicho poco antes.

Bicho raro entre los artistas chilenos, Couve fue un dogmático escritor realista y un influyente pintor seducido por la mancha. Fue también un intenso obsesionado con la belleza que, agotado del ruido de la ciudad, se instaló en Cartagena a mediados de los 70. Apenas se asomaba por Santiago para dar clases. Separado, padre de una hija, el autor de La lección de pintura vivió acosado por una depresión que a fines de los 90 no le dejó salida. Lentamente, se aisló del mundo. En sus últimos días, su única compañía era su perro, el Moro, y por supuesto, Carlos Ormeño. “No te olvides, Carlitos -le dijo antes de quitarse la vida-, yo muero por el arte”.

Parte de la vida íntima de Couve y fuente de leyendas, Carlos vivió junto al artista desde los 10 años y lo acompañó hasta el momento de su muerte. Fue su hijo, también fue su amante. “Con Adolfo tuvimos una relación muy especial. Yo era la única persona en quien confiaba. Con el tiempo se creó una dependencia terrible que nos llevó a aislarnos del mundo”, dice Carlos a La Tercera, a 15 años de la partida del escritor.

En las próximas semanas, Editorial Tajamar publicará una nueva versión de sus obras completas, que incluirá sus textos sobre arte (editados en 2005 por la UDP) y sus 11 concisas novelas publicadas entre 1965 y 1998: el testimonio de una rigurosa apuesta estética que a ratos, como cree el argentino César Aira, rozó la perfección.

Un réquiem
Hoy de 40 años, Ormeño cuenta que Couve prácticamente lo crió. “Yo andaba por la calle, porque era un niño pobre, no tenía nada”, recuerda. El autor lo vio desde su departamento en Miraflores, en el centro de Santiago, y luego se hicieron amigos. Al poco tiempo, lo llevó a vivir con él, a su casa en Cartagena, con permiso de su madre. Su padre había muerto tras el gobierno militar. “Fui su hijo adoptivo de mentira. El siempre me pedía que fuera su hijo legal, pero yo no quise cambiarme el apellido de mi papá. Ese fue un dolor grande para Adolfo”, dice Carlos, que desde chico leyó novelas de Balzac o Capote que le pasaba Couve.

Primero con profesores particulares (“Adolfo no quería que me separara de su lado, creía que me podía pasar algo”) y luego en el colegio, Carlos Ormeño terminó su educación y estudió Arte en la U. de Chile, con Couve entre sus profesores. En ese tránsito, la relación cambió. “Sí, tuvimos una relación de pareja. Más que eso: él era un todo para mí. Era mi papá, mi amigo, mi maestro, mi pareja. Yo también para él era todo”, dice. “Pero quiero dejar en claro que no hubo abuso, no hubo pederastia. Yo quise estar con él. Nadie me obligó, me podría haber ido”, agrega.

Carlos Ormeño jamás se fue. Llevaba las riendas de la casa de Cartagena y seguía a diario la rutina impuesta por Couve: levantarse a las nueve de la mañana, desayunar, salir a caminar con el Moro, almorzar, dormir una siesta. Luego, cada uno a su taller. Adentro, Couve daba una batalla por la perfección. No con la pintura: la había dejado y retomado, le salía tan fácil que, según Carlos, “la odiaba”. La escritura le fascinaba por su dificultad. “Vivía su escritura a concho, se enfermaba. Pasaba toda la noche, siete, ocho horas escribiendo y cuando no le gustaba lo quemaba: “Esto no vale nada”. Tenía que llegar a un punto de perfección. Síntesis, síntesis”, dice Ormeño.

Después de La comedia del arte (1995), una novela sobre el callejón sin salida de la pintura tradicional en clave de sátira, Couve continuó con una segunda parte, Cuando pienso en mi falta de cabeza. Fue una guerra de corrección, que terminó en un manuscrito de menos de 50 páginas. Paralelamente, la depresión lo arrinconaba. “Esa fue la novela que lo mató”, dice Carlos. “Era su epílogo. El mismo lo decía: “Mi réquiem es esta novela””, agrega.

En esos días, la paranoia de Couve se disparó: creía que su comida estaba envenenada y Carlos Ormeño debía probarla antes que él. Casi no dormía. No se medicaba, apenas llamaba por teléfono a un primo psiquiatra. No tenía dudas del valor de su obra literaria, pero sospechaba que lo olvidarían: “Nunca más se van a acordar de mí, a la gente como nosotros nos olvidan fácilmente”, le dijo a Carlos, que explica su temor así: “Después de su muerte se iba a saber que era homosexual, aunque siempre se supo, pero nunca se dijo. Para él eso era terrible. Odiaba ser homosexual”.

Alrededor de dos semanas después de terminar Cuando pienso…, Couve se colgó en el baño de su casa, al amanecer. “Ya no hay nada de mí acá”, le había dicho a Carlos, quien había conseguido más de una vez detener sus intentos de suicidio. Cuenta que después de la muerte de Couve le entregó a la familia del escritor todo lo que éste le dejó y se fue a vivir a Buenos Aires.

Estuvo allá casi 10 años. Hoy vive en Santiago y trabaja para el Parque del Recuerdo, escribe y reescribe una novela y no es raro que le lleguen propuestas para contar su historia con Couve: le dijo que no a Raúl Ruiz. Le dijo que sí a la fotógrafa Paz Errázuriz y a la periodista Claudia Donoso, a quienes considera familia, y juntos hicieron un video que retrata su regreso a Cartagena. Carlos también cree que el olvido está cayendo sobre Couve: “Aunque es lindo que se olviden de él, porque así queda para mí nomás”, dice.

No conozco a Nicanor Parra. Nunca viajé a Las Cruces a verlo, jamás me colé en algunas de esas visitas apatotadas que cada tanto le hacen sus amigos. Nadie me lo ha presentado. Si esta mañana voy a verlo, es por trabajo.  En seis días más, su nieto Cristóbal –el Tololo- recogerá por él el Premio Cervantes, en Madrid.  Desde que se supo que el premio era suyo, en diciembre de 2011, Parra no ha dicho ninguna palabra sobre el tema.  De entrevistas ni hablar. Mi misión es que me diga las primeras palabras. Mi misión es entrevistarlo.  Sé que es una misión suicida, pero es el trance inevitable de cualquier periodista  cultural de estos días. No seré el primero ni el último al que Parra le cierre la puerta en la cara.

Llevo indicaciones parciales: ninguna dirección, un paquete de higos secos de regalo –me dicen que le gustan- y la expresa recomendación de que jamás confiese que soy periodista.  Tengo un plan muy precario, apenas sé como empieza. Pretendo que Parra se interese en una foto en que aparece él y Rodrigo Lira en primer plano. Data de 1981 y aunque manejo bien la historia de la imagen, quiero su versión. Mi interés es genuino, es totalmente cierto que quiero y hasta necesito saber qué recuerda Parra de Lira, pero ya está dicho: voy a entrevistarlo por el Cervantes.  No sé, ni me imagino cómo, pero espero que después de hablar de Lira pasemos a hablar de premio.

Una vez en Las Cruces, llego rápidamente hasta su casa. Afuera está su clásico Volkswagen escarabajo, al que alguien –¿un mecánico?- le revisa el motor. Aun no son las 11:30; me han dicho que es buena hora para golpear su puerta.  “Está descansando, vuelva más tarde, como a las tres”, me dice su empleada, que evidentemente no tiene ningún interés en ayudarme. Por el contrario: en su guardiana. Dejo el auto estacionado y mientras los perros me persiguen por las solitarias calles del balneario, lo intuyo: voy a fracasar. Volveré a Santiago sin palabras de Parra. Cometo el error de visitar el Centro Cultural Nicanor Parra, tan precario que la certeza de mi fracaso se vuelve ansiedad y algo parecido a la tristeza.

Paso frente a la casa de Parra tres o cuatro veces. No lo veo. Me subo al auto y doy otras vueltas por cualquier parte y de pronto diviso el escarabajo moviéndose. Arriba no va Parra, sino ese hombre que puede ser el mecánico. Cuando nos cruzamos, él detiene el auto, baja la ventana y me dice que el caballero ya despertó.  “Vamos”, agrega, y lo sigo ya no tan triste. Voy nervioso. No soy un fan tan duro de Parra, algo me molesta la canonización en vida de la que ha sido víctima y considero una exageración ridícula y esnob que haya sido elevado a la categoría de maestro espiritual –sí, allá lo han llevado-, pero  en este momento hay pocas cosas que desee más que ser, por un rato, otro de sus fieles. Quiero que Parra me hable de frente y me convenza de que no sólo es el más grande poeta de la lengua, sino también que a sus 97 años es un oráculo taoísta perdido en el fin del mundo que resiste con indiferencia al avance salvaje de los tiempos.  Estoy dispuesto a creerlo.

Legamos a la casa, el mecánico no encuentra a la empleada y me dice que entre. La puerta está abierta. Entro, lo llamo –“¿Don Nicanor?”-, me dice que pase.  No sabe quién soy, no quiere saberlo. Mi plan no funciona, Lira no le interesa. Está ocupado, dice. Le repito mi nombre. Sospecha que es el de un periodista. No lo confieso. Me despide. Gracias. Hasta luego. Insisto en algo, no sé en qué. El sospecha. Vuelve a decir que mi nombre es el de un periodista y lo acepto. Ok, soy yo. Me enrostra un viejo artículo que escribí de él –en septiembre de 2010, una encuesta que lo ubicó como el poeta chileno más influyente- y me da las gracias. Su tono cambia. Luego seguimos hablando. Del Quijote y Cervantes, sobre todo.  El habla, yo escucho, trato de fijar cada palabra en mi cabeza. En algún momento, en sus idas y vueltas, en una mención a las viejas de Chillán, mientras buscamos un diccionario de Shakespeare en el segundo piso o cuando habla de Juan Luis Martínez o de Enrique Lihn, cuando dice un par de frases en mapudungun, en algún momento de las dos horas que estoy con él me hipnotiza. O algo así. Ya está. Soy un fiel. Le creo todo. Dudo, por supuesto, pero sobre todo le creo. Creo que Nicanor Parra habla desde la torcedura central e invisible del lenguaje y que desde ahí llega hasta otro lugar, una zona literaria, pero que a la vez es mucho más que literatura.

“Esta es una conversación de amigos”, me dice Parra cuando me estoy despidiendo, aunque es evidente que sabe qué estoy haciendo ahí: me dicta dos textos, poemas, que su nieto leerá en la ceremonia de entrega del Cervantes. Uno de ellos, el mejor, Tololo preferirá obviarlo. Este:

Libro más aburrido que El Quijote no hay
Para tonteras basta con la Biblia
Hay que leer de atrás para adelante
De lo contrario no sucede mucho
Sentenciaba con los brazos abiertos en cruz
El inconmensurable Eduardo Molina Ventura
Más conocido como el Chico Molina
Pues no era muy alto de estatura
Metro 50 a todo reventar
“Cual más cual menos todos son libros de caballerías
Al fuego con ellos incluidos la Biblia y El Quijote”
Nada de qué admirarse, digo yo
La decadencia empezó con Homero.

Parra me pregunta cuándo voy a volver al menos dos veces y yo le digo que cualquier día, pronto, cuando él quiera. (Volveré un par de meses después, pero me irá mal: me saludará en el antejardín, cerrará la boca y entrará a su casa con la excusa de buscar un lápiz para no salir más). Salgo de la casa de Parra nervioso. Me convertí, momentáneamente, en uno de sus fieles. Entendí, momentáneamente, el culto a Parra. También lo otro: cumplí la misión. Me llevo sus palabras y algo parecido, pero sólo parecido, a una entrevista: no hice casi ninguna pregunta formal, no encendí la grabadora, no tomé notas. Pero recuerdo todo. Avanzo por la carretera repitiendo en voz alta sus frases, buscando un lugar donde sentarme, fumarme un cigarro y anotar todo. No lo encuentro. No lo encuentro. Terminó en Cartagena, al borde de playa. Mientras escribo dos o tres borrachos me piden una moneda, un cigarro, algo. Se los doy todo.

(eso sucedió el 17 de abril de 2011. Abajo lo que publicamos en  La Tercera, cuatro días después)

“Nunca entendimos El Quijote”

“Adelante, adelante”, se escucha desde del interior. La puerta está abierta, como siempre. Adentro, en un salón de ventanales con vista al mar un hombre que bordea los 100 años, envuelto en varios chalecos, camisas y camisetas, está sentado de espaldas a la enceguecedora luz del sol de mediodía en Las Cruces. Podría ser un oráculo. Antes de mirar quién ha entrado a su casa, Nicanor Parra termina de escribir un cheque que manipula muy cerca de sus ojos. Está solo. Se levanta, mira desconfiado. Lo acechan los turistas culturales. No acepta periodistas. Lanza un par de golpes al estilo de un boxeador. Dice estar ocupado, y mira la puerta de salida: “Ya, ya, compadre, tengo que trabajar en mi discurso”.

Habla del discurso del Premio Miguel de Cervantes, un texto al que Parra le ha dado vueltas durante los últimos tres o cuatro meses. Y ahí, dispersas en el living de su casa, están las pruebas: libros sobre Cervantes, estudios sobre las novelas de caballerías, Biblias, un diccionario etimológico y dos ediciones de El Quijote de la Mancha, una de ellas facsimilar, se amontonan en la mesa de centro y en otros esquineros. “Así se trabaja en Las Cruces”, dice, mientras pasa las hojas de un cuaderno lleno de anotaciones hechas con un lápiz Bic azul. Adentro hay mil ideas, mil chispazos, mil caminos. Una cosa Parra la sabe bien: “Los latinoamericanos nunca entendimos El Quijote”.

En ese momento, el nieto de Nicanor está abordando un avión hacia España: Cristóbal Ugarte, el “Tololo”, fue la persona que el poeta escogió para que recogiera por él el Cervantes. Parra, que apenas se mueve de su casa en la playa, decidió no cruzar el Atlántico. “Es peligroso, los aviones se caen”, dice, evitando lo obvio: sus 97 años. En su caso, lo obvio no lo es tanto: además de una leve sordera y problemas a la vista que soluciona con una lupa, el hombre que hace 58 años creó la antipoesía lleva con una prestancia sorprendente su siglo en este mundo. No es sólo su agilidad para subir escaleras, también son los tonos terrosos perfectamente combinados de su ropa y la camisa de franela que lleva con el estilo de un veinteañero grunge.

Lo otro es su cabeza. En las casi dos horas que el martes pasado estuvo con La Tercera, Parra guió una conversación que se movió entre los sofistas y Shakespeare, el imperialismo español y el británico, la Biblia y Enrique Lihn, el terremoto de 1939 de Chillán, la prensa, el principio de incertidumbre, etc., etc.
Estallidos de una mente inquieta, atenta al aquí y el ahora: “Dicen que inventé la farándula. Prefiero lo que me dijo Cecilia Vicuña: que inventé los twitter”, cuenta. “Los twitter son los Artefactos del siglo XXI. Qué más que ?La izquierda y la derecha jamás serán vencidas?”, lanza.
¿Cree en ese artefacto, don Nicanor?
Yo no creo en nada.

Primera página
“Ese sí que es tema”, dice Parra cuando en la conversación se cruza la idea de que los españoles no han entendido la revolución de su antipoesía. “Venimos de lados diferentes. Los españoles no nos entienden a los latinoamericanos y nosotros no entendemos El Quijote. Y yo sé por qué: la Inquisición prohibió la circulación de las novelas de caballerías y desde ahí fue de donde Cervantes sacó casi todo. Nos perdimos eso”, dice, aún adentro de la investigación que lleva sobre el clásico.
Lector de Shakespeare y Whitman, amigo de los poetas Beat norteamericanos, Parra estaba en la Universidad de Oxford cuando escribió el grueso de Poemas y antipoemas (1954), su fatal estocada a la lírica.

No fue hace mucho, dice, que volvió a El Quijote. “No podía ser que no lo manejara. Pero me quedé en una página y no he podido salir de ahí. No se puede salir de aquí”, dice, y muestra la portada de la edición facsimilar de la novela de Cervantes. Acerca más el libro y apunta al escudo principal: “Post tenebras spero lucem”, una frase en latín vulgar que puede traducirse como “Después de la tinieblas espero la luz”.

Versículo del libro de Job de la Biblia, alguna vez Parra llegó a suponer que era la clave para leer el Quijote. Fue más lejos, cruzó variables, significados etimológicos y supuso que donde en ese castellano antiguo decía Xote de la Mancha, había una mención al pájaro jote, que a su vez reflejaba a la figura del halcón ilustrado en el escudo. Leyó sobre la cetrería, que es el arte de cazar aves rapaces. Supuso que entre el significado azteca de jote -cojo- había una ligazón con el manco de Lepanto, que era Cervantes. Dio vueltas laberínticas para chocar con lo indesmentible: “Esta página no tiene nada que ver con el contenido del libro. Es de la imprenta. Y no se puede salir de ahí”, dice.

Si Parra está tomando el pelo, que lo haga: el camino de la explicación implica recorrer su casa, ver su ya icónica chaqueta de mezclilla nevada colgada de una silla de su pieza, curiosear entre los ejemplares de su Enciclopedia Británica y sus viejos libros de Shakespeare, echar un vistazo a sus copias Biblia en español e inglés, escucharlo hablar en mapudungun, enterarse que el poeta Juan Luis Martínez le robó una copia de la Antología de la poesía chilena nueva, de Teitelboim y Anguita (“La recuperé”) y que una tarde, en la misma mesa de centro que hoy está en Las Cruces, Lihn dio un golpe y le preguntó, ya cansado de estar atrás de Parra en la poesía chilena: “¿Cuándo me vas a dejar pasar, hueón?”.

El discurso
“Podríamos comer humitas”, le dice Colombina a su papá, que no lo escucha: está jugando con Julieta, su nieta de casi dos años. Tortuguita, la llama Parra. Colombina viene del aeropuerto de Santiago, donde dejó al “Tololo”, su hijo mayor, arriba del avión a España. Ella se fue al día siguiente. Partió a una ceremonia con la realeza en medio del escándalo de la caza de elefantes del rey Juan Carlos en Africa. “Uff. Elefantes”, dice Parra. “Está en peligro el Rey. Eso dicen en Twitter, que el Rey cae”.

Al “Tololo” le preocupaba otra cosa: el texto que le pasó su abuelo para que leyera al recoger el Cervantes. “¿Cómo voy a leer esto?”, le dijo a su mamá antes de subir al avión. No es un discurso clásico, está más cerca de los discursos de sobremesa ideados por Parra y en realidad se trata de un solo antipoema. Un mix de viejas ideas que resume sus obsesiones y afila su incorrección. De memoria, Nicanor dice las primera frases: “Libro más aburrido que el Quijote no hay / Para tonteras tengo con la Biblia”.

Imposible recibir una respuesta directa de Parra . Preguntarle cómo le sienta el Premio Cervantes, es exponerse a quebrar una “conversación de amigos”. Lanza otros golpes de boxeador y se va a su cuaderno con un chispazo que cruza premio, entrevista y ganador. Anota:
“¿Se considera acreedor al Premio Cervantes?
Sí, claro
¿Por qué?
X un libro que estoy x escribir”

Trabajé un poco más de tres años en la Biblioteca de Providencia. Además de ir por los libros que los escolares necesitaban para hacer las tareas y aburrirme hasta la hipnosis en la salita de fotocopias, aproveché de leer. Terminaban los 90 y cualquier libro con el sello de Anagrama para mí era imprescindible. Así llegué a Tabucchi. O no, debo haber llegado antes: leí La Cabeza Perdida de Damasceno Monteiro para la universidad. En la biblioteca lo retomé y creo que por un par de  meses me hice adicto a la elegancia y sencillez de sus maravillosas novelas breves y cuentos. Requiem, Pequeños Equívocos sin Importancia, El juego del Revés, La línea del Horizonte, Dama de Porto Pim, El Angel Negro y sobre todo Nocturno Hindú me metieron en una atmósfera paralela, transparentemente misteriosa y de una trascendencia política que no perdía ni una pizca de su seriedad cuando jugueteaba con el humor. En algún momento le perdí el rastro. Cuando volví a él –quizás en Se está haciendo cada vez más tarde-, preferí volver a Nocturno Hindú. Nunca leí Sostiene Pereira, solo vi la película con Mastroianni en una función en el Normandie y creo que me bastó. Su último libro de cuentos, El Tiempo Envejece Deprisa (2010), no está entre lo mejor de su obra, pero aún ahí está su calidez de siempre, honda y ligera. A propósito de ese libro entrevisté a Tabucchi. Lo llamé por teléfono muy temprano, como a las siete de la mañana y él, muy amable y cercano, habló conmigo en español un par de minutos hasta que me dijo que se expresaba mejor en italiano y siguió respondiendo mis preguntas en italiano. Italiano que yo no sé hablar. Y entiendo poco.

Salió una entrevista que publicamos el 17 de abril de 2010 en La Tercera. Pese a lo crespuscular de casi todas sus respuestas, yo no supe entender que le quedaba poco. Yo –qué avispado- insistí en que a sus 67 tenía para rato. Reproduzco aquí la entrevista, ahora que Antonio Tabucchi acaba de morir.

“Quise mostrar el desorden que se produjo al caer el Muro de Berlín”
Tiene 67 años, pero al teléfono Tabucchi suena como si estuviera al final de su vida. El paso del tiempo lo obsesiona. Hoy se siente cercano al viejo Pereira, su célebre personaje. Su nuevo libro relata un choque de épocas: los cuentos de El tiempo envejece deprisa retratan el desconcierto de los países de la Europa comunista al caer la Unión Soviética.

A mediados de los 90, Antonio Tabucchi alcanzó la fama internacional gracias a un viejo con el que jamás habría compartido el asiento de un tren. “Pereira era un anciano gordo con problemas al corazón, muy católico e infeliz. Era alguien muy lejano a mí”, dice el escritor italiano. Pero el reloj corre y Tabucchi se pilla cada vez con más insistencia pensando en el protagonista de su novela Sostiene Pereira. “Si hoy me encontrara a Pereira no dudaría en subirme al tren con él, conversaríamos mucho. El tiempo nos ha hecho amigos”, dice.
Desde París, Tabucchi va y viene entre el italiano y el español al teléfono. Recuerda que la ex Presidenta Michelle Bachelet lo invitó a Chile, pero no pudo venir. Difícil que alguna vez venga por acá: “Los problemas en mi espalda ya sólo me permiten viajar con la imaginación”, dice. Suena como si estuviera en los descuentos. Al final de una vida. Insiste: “Aún tengo la casa de mi infancia en la Toscana, pero allá no tengo a nadie, murieron todos. Por eso voy muy poco: allá sólo encuentro fantasmas”.
Pero el autor de Nocturno hindú está lejos de la muerte: sólo tiene 67 años. Sucede que el tiempo lo obsesiona. “Los fisiólogos dicen que el 80% de nuestro cuerpo está hecho de agua, pero se olvidan de decir que el resto está hecho de tiempo. Somos agua y tiempo”, dice. No por casualidad, ese es justamente el tema de su último libro: El tiempo envejece deprisa.
El peso del pasado
Figura ineludible en la narrativa italiana contemporánea, Tabucchi sigue afilando su perfil de intelectual público comprometido: el presidente del Senado italiano, Renato Schifani, lo demandó por 1,3 millón de euros por un artículo en que el escritor defendía un libro que lo conectaba con la mafia. Tabucchi, opositor a Silvio Berlusconi, le baja el perfil al tema: “Schifani tiene problemas con mucha gente: con toda Italia”, dice.
De vuelta a la literatura: los nueve cuentos de El tiempo envejece deprisa son historias de personajes que deben lidiar con episodios del pasado. O deciden hacerlo: después de una década preso, un general húngaro que resistió la invasión soviética visita al general ruso que lo metió en la cárcel.
La mayoría de los cuentos tratan de personajes que vivieron en la Europa comunista. ¿Qué le atrae del tema?
Era una parte de Occidente que estaba en la nevera. De un martes para miércoles, esos países salieron del congelador y se encontraron en nuestro calendario. Vivían en otro tiempo. Como este libro está dedicado al tiempo, me interesó mostrar cómo es que un tiempo entra en otro tiempo. Mostrar el desorden temporal que se produjo después que cayó el Muro de Berlín.
¿Es un libro nostálgico?
Pensamos que la nostalgia es el sentimiento de añorar las cosas buenas que se perdieron. En mi libro aparece la nostalgia de las peores cosas. En el cuento Los muertos a la mesa, un personaje de la policía política de la Alemania comunista que ha pasado su vida espiando a Bertol Brecht manifiesta una curiosa nostalgia: echa de menos el Muro de Berlín.
¿Qué le atrae de ese tipo de añoranzas?
Estos personajes son reales. Al final del libro agradezco a quienes me contaron varias de sus historias. Pero también hay ficción. Narrar una historia es modificarla.
¿Conoció al espía de Brecht?
No. Después de la caída del Muro de Berlín pude ver las fichas de algunas personas que guardaba la policía política. Un día leí la vida de un espía que había sido espiado sin saberlo. De ahí salió ese cuento. A Brecht lo agregué yo. Pero son historias reales.
¿Cómo recuerda el tiempo en que escribió su primer libro, Piazza de Italia (1975)?
Era una Italia muy bella. Había una elegancia natural. Incluso, cuando una persona analfabeta abría la boca salía un italiano bello y elegante. Eso se ha perdido. El idioma en Italia se ha corrompido. Es vulgar. El italiano actual ya no me pertenece. Creo que las palabras se han enfermado. La literatura tiene el deber de defender las palabras de esa enfermedad.
¿Y un deber político?
Puede tenerlo, no es obligatorio. En literatura nada es obligatorio.

Sumo preguntas de dos entrevistas  a César Aira. Una de 2008 y otra de 2010. Hace como cuatro meses hablé de nuevo con él: En busca del loro atrofiado, de Roberto Merino,  le había parecido “extraordinario” y estaba preparando un texto para libro con los diarios de Marcelo Matthey que lanzará Mansalva en Argentina. Ustedes ya saben quién es Aira, los dos mil libros que ha publicado, su tono rarísimo, etc. (La foto es de Ediciones Uranio)

¿Qué le atrae de los “sabios locos” que aparecen en novelas como Váramo y Embalse?
Los “sabios locos” son una buena metáfora del escritor, porque su objetivo último nunca es menos que “dominar el mundo”. Y el escritor, aun en su modestia y bajo perfil, aun en su insignificancia social, también se propone una dominación del mundo, de la realidad, de su vida, por la vía de la representación. La lengua ya es un instrumento de control y dominio, y el escritor es un profesional de la lengua.
¿Es todavía posible ser vanguardista, como lo planteó en el ensayo La nueva escritura (1998)?
La vanguardia no está afectada por la palabra “todavía”. Como todas las cosas fugaces y efímeras, tiene su modo particular y muy eficaz de durar. Porque toda vanguardia, por pocos que sean los que la acepten y aprecien, crea su propia academia, y debe volver a ser vanguardia, contra sí misma. El que ha decidido, en el despertar de su vocación, crear sus propios valores y no respetar los valores en curso será vanguardista siempre.
Usted ha rastreado a muchos escritores raros. ¿Piensa que es hora de actualizar su Diccionario latinoamericano de autores?
Mi diccionario fue una empresa juvenil, que necesitó toda la energía de la juventud. Hoy no podría hacerlo. Hubo algunas intenciones de reeditarlo actualizado, pero no creo que valga la pena. En cuanto a la búsqueda de raros, tiene sus límites. Ahora me interesa más rastrear las grandes rarezas que hay en las obras de Shakespeare, Proust, Borges…
Suele nombrar a Adolfo Couve entre sus autores favoritos. ¿Por qué aprecia tanto a Couve y qué otros escritores chilenos le interesan?
De Couve, al que descubrí hace muchos años, me atrajo la elegancia, la atmósfera. Muchos otros chilenos me interesan. Tengo una debilidad especial por Braulio Arenas. No entiendo por qué no reeditan Los esclavos de sus pasiones, que es una joya rara.
¿Cambió la práctica de no leer a sus contemporáneos? ¿Ya leyó a Bolaño?
Leo lo que quiero, sin prestar atención a las fechas. Los libros saben esperar. Es lo bueno que tienen. Y sí, leí al fin una novela de Bolaño, y no me pareció gran cosa. Debe de ser buenísimo, si todos lo dicen, pero no es mi taza de té.
¿Qué piensas de la literatura argentina actual?
No soy optimista ni entusiasta con lo que leo de la actual literatura argentina. La leo poco, para no terminar de perder las esperanzas.
¿Engaña deliberadamente al lector?
No creo que el verbo que corresponde sea “engañar”. En todo caso sería “sorprender”, lo que es parte integral y esencial del contrato entre autor y lector. Y en mi caso, también es “sorprenderme” a mí mismo. En esa novela, el marido realmente había decapitado a sus suegros. Pero sobre la marcha se me ocurrió darle una vuelta de tuerca.
El divorcio es quizá una de las novelas que mejor refleja su fascinación por las escenas. ¿Cree que el encadenamiento arbitrario de episodios constituye una novela? O mejor: ¿Qué es para usted una novela?
No pretendo engañar a nadie. Lo que yo escribo no son novelas. Son artefactos literarios, poesía escrita como ejercicio de prosa, descripción de aparatos de lógicas irracionales. No sé qué son, pero estoy seguro de que no son novelas. Las novelas ya se escribieron todas en el siglo XIX, y no le veo sentido al trabajo que se toman tantos escritores en seguir escribiéndolas. Las novelas que se escriben hoy son pastiches de un género del pasado.
¿Por qué no se ha animado a publicar un libro en que se reúnan sus ensayos, como si lo ha hecho en Brasil, por ejemplo?
No me gusta escribir ensayos y no le doy ninguna importancia a los que he escrito. Lo he hecho siempre por distintos compromisos, nunca por iniciativa propia. Quizás me obligué a escribirlos para probar, o probarme, algo. Un amigo inteligente me decía hace poco que el ensayo es la piedra de toque para ver si un escritor es realmente bueno. Tiene razón. En la ficción o la poesía hay muchos recursos para disimular la falta de talento o de inteligencia (¡si lo sabré yo!).
¿Pretende trabajar en algún ensayo como el que le dedicó a Alejandra Pizarnik?
El mes pasado, después de leer una conferencia en Madrid, que me dio un trabajo infernal, me prometí dedicarme exclusivamente a mis relatos. Al día siguiente me pidieron un artículo sobre Raymond Roussel. Qué tramposo es el destino. Me había pasado la vida esperando que me pidieran que escriba sobre Roussel, y bastó que me prometiera no escribir más ensayos, para que me lo pidieran. En fin. Lo escribí, y ahora estoy pensando en ampliarlo a libro. Pero va a ser el último. Mi testamento.
Usted se formó en los 70 al alero de Osvaldo Lamborghini. ¿Le enseñó algo la radicalidad de la escritura y estilo de vida de Lamborghini?
Mi amistad con Osvaldo fue un aprendizaje. Sigue muy presente en mí, no sólo por el cariño sino por el ejemplo de perfección y de intensidad. Es un privilegio tener internalizada una figura así; es una marca de exigencia, una línea muy alta que por lealtad uno se obliga a no desmerecer.
¿Cómo ha sido la literatura argentina sin la presencia de Fogwill?
Fogwill fue un amigo, un hombre inteligente, un caballero. Y un escritor y lector encendido. Nuestro Leon Bloy. Al lado de sus apasionamientos literarios, todos parecíamos unos indiferentes y unos cínicos. Ahora estamos empezando a notar la luz y la temperatura que irradiaba.

“Estoy en blanco”

enero 12, 2012

“Raúl Zurita es el Ayatola Jomeini de la poesía chilena”, dijo Enrique Lihn en una entrevista –inédita- de 1980. En esos oscurísimos momentos de la dictadura, Zurita iba de líder mesiánico  autodestructivo de la vanguardia artística. Había publicado Purgatorio (1979) y, de inmediato, se había consagrado con esa voz autobiográfica, política, paisajística y -de nuevo- mesiánica. Muchos lo odiaban. Lihn, entre otros. Treinta años después, Zurita sigue hablando de lo mismo. Probablemente mejor: su enorme libro Zurita apareció el 2011 y para mí es de lo mejor que se editó por esos lados. Publicamos una nota en junio del año pasado. Acá está.

 “Lo que tenía que hacer ya lo hice. Estoy en blanco”

Corría el año 2002 y Berlín no era un lugar acogedor. Ningún lugar en el mundo lo habría sido para Raúl Zurita (61) en ese momento. Una “angustia infinita” lo tenía inmovilizado. El poeta estaba recién separado y una sensación de vacío lo había perseguido hasta Alemania, donde estaba por una beca. Funcionaba por órdenes: “Hazte un té”, se decía; luego se ordenaba tomárselo. Se le cruzó la idea del suicido y la desechó. Salió a la calle, se sumó por inercia a una manifestación contra George Bush, algo le pasó, volvió al departamento, se sentó al computador y se ordenó teclear: empezó el libro que siempre quiso escribir. Quizás sea el último.
No es tan sencillo. No puede serlo. Le tomó una década en escribirlo y tiene más de 700 páginas. Se llama simplemente Zurita y la próxima semana será publicado por la editorial de la Universidad Diego Portales. Ya conocemos parte del volumen: desde 2006, Zurita publica adelantos de este libro. El conjunto, sin embargo, es bastante más que la suma.
Pocos libros en la poesía chilena llegan a este nivel de ambición: en Zurita las heridas políticas de Chile se me zclan con la cicatrices del propio poeta para crear un lamento brutal y apabullante que resuena en todo el paisaje chileno. El centro del relato -porque Zurita, pese a sus zigzagueos temporales, es un relato- es el golpe del 11 de septiembre de 1973.
Tanta ambición no es gratuita. A casi un año de terminarlo, Zurita sigue en un estado de inesperado placer: no tiene ningún proyecto literario en el horizonte. Y no está mal. “Estoy en blanco”, cuenta.

Sin miedo
Hace tres años, Zurita dejó de fumar. Estaba a punto de volver al cigarrillo cuando Gustavo Cerati cayó en coma y se arrepintió. Su parkinson le preocupa menos. Se lo diagnosticaron hace diez años y hoy lo tiene prácticamente en un movimiento perpetuo. Entre otras cosas, no puede meterse a las manifestaciones callejeras, porque le cuesta moverse entre la gente.
“Paradójicamente, ha sido una recuperación del cuerpo: lo siento”, dice. “Viví en un mundo de poemas, de ideas, con un cierto desprecio muy platónico por la masa corporal y ahora el cuerpo se toma revancha: ahora no puedo, sino darme cuenta de mis manos, de mis piernas. Preferiría no tenerlo, pero está”, agrega.
¿Le teme?
– No. No le tengo ningún temor. A lo único que le temo es a la depresión. Es feroz.
Habla desde la experiencia. A mediados de los 70, después del golpe, arrastrando un matrimonio quebrado y los ecos de la tortura, Zurita peleaba con una depresión: lo que pudo escribir está en Purgatorio, su primer libro y el que es rescatado en parte en Zurita. Lo puso en el centro de la escuálida, pero influyente escena artística chilena de esos días, en que aparecían Juan Luis Martínez, Rodrigo Lira, Gonzalo Millán y Diego Maquieira.
A su lado, estaba el Cada, el coletivo político de arte que unía fuerzas con Lotty Rosenfeld, Juan Castillo y Diamela Eltit, su pareja en esos días. “Ese pajeo del arte en dictadura y bla bla bla”, escribe en Zurita.
También en 1979 difundió las fotos de una acción de arte (No puedo más) en que se masturbaba y se cortaba el rostro. Le costó su trabajo como vendedor de máquinas de escribir en Olivetti. Al año siguiente, vino otra performance: mientras sus versos eran escritos en el cielo por un avión de propulsión a chorro, Zurita se tiró ácido a los ojos para cegarse. Iba a ser una acción radical, pero no resultó. Hubo solo quemaduras en los párpados. “Fue feroz”, recuerda. “Toda una idea se me venía abajo. Todo se me derrumbó”, añade.
De vuelta a la depresión. Zurita salió escribiendo su segundo libro, Anteparaíso. “Podía tener millones de problemas, pero cuando me ponía a escribir todo se suspendía. Al escribir suspendes la vida y también la muerte. Me preguntas si tengo miedo, a lo mejor en la vida sí, pero cuando escribo no tengo miedo”, dice.

Un día, la existencia
Se asustó en Berlín. Pasó cuatro meses en un “estado límite”. Entonces escribió: “Tengo 52 años y he llegado hasta aquí porque mi vida está vacía”. Luego viene la memoria: en Zurita, el poeta va y viene sobre su niñez y sus padres, entra y sale de las salas de tortura, habla de sus parejas, de sus amigos, etc. No hay concesiones ni sentimentalismos: “Yo no escribo cosas / bonitas, ¿me entiendes?”, anota.
“Zurita es mi máximo intento de acortar la brecha entre vida y obra”, dice el escritor. Y amplia: “Si realmente logras tocar el fondo de ti mismo, sin autocompasión y sin falsa solidaridad, lo más probable es que estés tocando el fondo de todos los seres humanos. Todos somos más o menos similares en nuestros sueños, en nuestras pesadillas, en nuestra necesidad de amor, en nuestra perplejidad frente a la muerte. Si partes del dato de tu existencia, lo más probable es que toques el dato de la existencia de todos”.
Es así: el narrador de Zurita es un eco de la historia y del paisaje de Chile. Nada menos. Desbordante y apocalíptico, el volumen multiplica los conocidos niveles de dramatismo e intensidad del poeta. Recoge textos de varios de sus libros anteriores y junto con lo nuevo construye un relato que esquiva el poema tradicional y, a ratos, parece una novela experimental.
Con inspiración en las novelas Ulises y Finnegans wake, de James Joyce, Zurita también se centra en un día: desde la tarde del 10 septiembre, hasta la mañana del día siguiente. En torno al golpe de 1973, Zurita se permite ir y volver en el tiempo para capturar la profunda herida de la crisis política. Habla de un país “arrasado hace mil años”.
Al mismo tiempo que late la represión política, en Zurita también respiran las miserias privadas del autor, hay menciones a escritores como Roberto Bolaño, Germán Marín, Alvaro Bisama, José Angel Cuevas, citas a Bob Dylan, Pink Floyd y largos y participativos cameos de Beethoven, Miguel Angel y Akira Kurosawa, entre otros. De fondo los paisajes de Chile se vuelven personajes. La suma es un texto apocalíptico y que coquetea con la ciencia ficción.
“Relatar un día ha sido mi sueño literario desde los 20 años. Retratar una unidad de tiempo donde se diera toda la existencia”, dice Zurita. “Es lo que siempre quise hacer: algo que mezclara la poesía, con la novela, con la historia y con la biografía.
Mi intención fue que fuera tan preciso como un poema de tres líneas. Necesité 700 páginas”, agrega.
A veces, cuenta, mientras escribía, perdía el sentido del tiempo. “Fue fatigoso, pero también fue maravilloso”, dice. Y, con calma, cierra: “Ahora que está terminado es como sentir el desierto. Siento una extraña plenitud. No tengo nada que escribir. Siento que lo tenía que hacer ya lo hice. Está hecho. Las ganas de no escribir nada más son súper fuertes. Porque ahora estoy como en paz. Ya está bien. Estoy en blanco”

La Betty

enero 12, 2012

La primera vez que entrevisté a Germán Marín me dijo que después de su próxima novela “bajaría la cortina”. Esa novela era La Ola Muerta (2005) y el viejo, al contrario de cerrar el negocio, entró en un aceleradísimo ritmo de escritura y publicación que hoy, a sus 77 años, lo tiene lanzando prácticamente dos títulos por año. El último fue la antología de cuentos Últimos Resplandores de una Tarde Precaria. El próximo se llama El Guarén, es una novela, la publicará Fondo de Cultura Económica en 2012 y al final de esta entrevista adelanta su historia.  Publicamos esta nota en La Tercera en octubre de 2010, a propósito de esa novela sobre la inolvidable Betty Catrileo. (La foto de Carla McKay)

“Escribir sobre el hampa es encontrarse con el país real”

Deliberadamente alejado de las polémicas literarias, Marín publica su segundo libro de este año, la novela Dejar hacer. El autor de El palacio de la risa narra la historia de Betty Catrileo, una joven que intenta salir de los bajos fondos santiaguinos.

A mediados de los 50, Germán Marín (1934) pasó un año vagando por Santiago sin un peso. Fue un castigo. Después de que lo echaran de la Escuela Militar por mala conducta, su padre lo condenó a un año de ocio: podía hacer lo que quería, pero debía desayunar, almorzar y cenar en casa con la familia. De trabajar, ni hablar.
Contra todo pronóstico, fueron meses provechosos: por las mañanas, Marín se sumergía en la lectura en la Biblioteca Nacional y en las tardes se refugiaba en el salón de pool Manila, en la galería España. No jugaba, menos iba a apostar. Espiaba al hampa de medio pelo santiaguino. Observaba hipnotizado las reglas secretas de un universo para él inaccesible.
A su modo, logró entrar. Desde casi dos décadas viene paseándose por los bajos fondos como pocos narradores chilenos vivos. Hecha de malos recuerdos, traumas familiares y rencores políticos, la obra de Marín está plagada de criminales de medio pelo. Hoy hay otra: Betty Catrileo. Tuvo una pequeña aparición en La ola muerta y ahora es la protagonista y alma de su nueva novela, Dejar hacer.
En 145 páginas, Marín entrega una de sus novelas más compactas y acotadas: después de una temporada en la cárcel por un delito menor, Betty, una veinteañera de origen mapuche, da rienda suelta en Santiago a todas sus ambiciones materiales. La traición será su arma favorita. Como siempre, Marín transita por zonas de doble filo: Betty es trepadora y peligrosa, pero querible en su definitiva soledad.
“En Betty el bien y el mal se confunden en la argamasa humana”, describe Marín, por escrito, al responder un cuestionario de La Tercera. En vivo, encendiendo cigarro tras cigarro, parece el de siempre, aunque hay matices: “Hoy estoy gastando mis municiones de forma distinta. Las gasto en literatura. No quiero desgastarme en polémicas, incluso por razones de salud”, asegura mientras abre la segunda cajetilla de Kent del día. Todavía no son las dos de la tarde.
Militar en la realidad
No hace mucho, poco antes de publicar La ola muerta, Marín insistía en que era su último libro. “Después de este bajo la cortina”, repetía. Eran los días en que explotaba su fama de polemista maldito: sentado en algún café del Parque Forestal, el entonces editor de Random House-Mondadori disparaba contra Volodia Teitelboim, Isabel Allende o Gonzalo Contreras. Todo eso está suspendido.
Hoy apenas va al café de la esquina de su departamento, en Providencia.
Hace dos años dejó la editorial, después de que desoyeran varias de sus recomendaciones (libros de Alvaro Bisama y Marcelo Mellado, entre otros) y, con poco ánimo bélico, dispara sólo a la bandada: “En Chile hay mucha novela de clase alta. No me cae bien”. Sobre ese premio que no hace mucho le quitaba el sueño… ya pasó: “Me olvido para siempre del Premio Nacional de Literatura. Nunca más. Respiré aliviado cuando ganó la Allende”, dice.
Por lo demás, hoy está muy lejos de “bajar la cortina”. Al revés, está escribiendo más que nunca: mientras llegaba a la calle el volumen Compases al amanecer, la novela Dejar hacer entraba en la factoría de Alfaguara y, paralelamente, Marín se hundía en el pasado escribiendo un libro de perfiles y recuerdos titulado Rock around the clock, a publicarse el 2011 (finalmente se llamó Antes de que yo muera). Incluso, ya tiene otra novela en perspectiva. Todo bajo un lema: “Milito con la realidad, con todo aquello que juega con nosotros”.
A Betty Catrileo la realidad le pega sus golpes. Pero ella se defiende. Desde la calle pasa a trabajar con ladrones de autos, luego administra una fuente de soda en Matucana y termina apoderándose de ella, consigue una vida de ocio en Providencia e intenta una vida conyugal de clase alta en El Golf. En la ruta, muerde las manos de todos quienes le dan de comer. Nunca, pese a sus intentos, puede salir de las redes criminales.
¿Es circunstancial el origen mapuche de Betty?
Lejos de cualquiera reivindicación de su raza, ella aparece asimilada al contexto de Santiago, disuelta en una mala vida. Escrita esta novela mucho antes de la huelga de hambre de los comuneros mapuches, el hecho me ha servido para evaluar su imaginario. A pesar de los avatares de Betty, en ella pervive hasta el final un aliento que la salva de la derrota. Ese temple es tal vez la expresión de un subconsciente conservado durante mucho tiempo cuando mi padre, hijo de un dueño de fundo próximo a Carahue, en Temuco, me relatara sus experiencias de la adolescencia ante los naturales del lugar.
¿Cuál es su relación con el hampa santiaguino actual?
Creo que éste es la cabeza de una tormenta que azola a Chile y, en dicho sentido, asumir el hampa en la ficción es encontrarse con el país real. Prefiero ese ámbito social, descarnado como una piedra, que los espacios de las novelas de amor, urdidas a menudo en las letras chilenas.
No es primera vez que explora los bajos fondos, y varias veces ha escrito sobre personajes de intenciones oscuras. ¿Qué le interesa de ellos?
Tal vez he cometido la parcialidad de fijar la mirada en exceso en aquello que se llama bajos fondos, ya que en sus antípodas sociales podemos encontrar en igual número los atentados que se perpetran contra la sociedad. Me interesa de esos “personajes de intenciones oscuras” la impunidad moral que los abriga en sus hechos.
Además de Betty, rescató a Miguel Sessa en La segunda mano, mientras que en Compases al amanecer retomó a varios personajes. ¿Siente que ha formado un universo?
Lejos de construir un universo, pues sólo lo pudo hacer Balzac, fuera de esas relaciones existen otras más. En cualquier caso, a la par de esos vínculos, existe en el conjunto algo que asocia a esas obras, sobre todo en un país cada vez más iletrado, una vocación sostenida. Escribir hoy en Chile es casi una excentricidad, semejante al oficio de los organilleros de esquina y de los pescadores de perlas.
Tras un par de libros con historias acotadas a momentos y personajes específicos, ¿volverá a embarcarse en transatlánticos como Historia de una absolución familiar?
Cada vez navego menos en esos barcos de gran calado, pero no desecho la idea de ingresar como grumete a un submarino bajo la noción, parodiando mi apellido, de escribir desde abajo, aguas adentro. Al margen de esto, quizá podría intentar, se me ocurre, la novela acerca de un hotel barato, en el centro viejo de Santiago, graneado por un abanico de huéspedes distintos, conformado por ex reinas de belleza, ex pugilistas, ex fotógrafos de plaza. Dejémoslo anotado.

Leí por primera vez a Raymond Carver en la calle. Mientras esperaba a un amigo en Providencia, me metí en una copia prestada de ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? No me acuerdo porqué cuento empecé, pero el primero que se fijó en mi memoria fue La esposa del estudiante. Quedé impactado. Carver me tiró de golpe al suelo. Casi literalmente. Lo releí de inmediato buscando qué había pasado. Una mujer insomne recorre su casa en la oscuridad y al final, sin aviso, se arrodilla ante su cama y llorando le pide a Dios que ayude a su familia. La impresión -o el miedo a decepcionarme quizá- me impidió a seguir con el paso obvio: leer compulsivamente todo Carver. Hasta hoy no creo haber leído todo Carver. Y estoy seguro que desde esa vez, hace 14 años, no he vuelto a leer La esposa del estudiante. Sé esto: un par de noches, dando vueltas a oscuras por mi departamento en la madrugada, me imaginé repitiendo el gesto dramático de la esposa del cuento y pidiendo ayuda a Dios de rodillas. Y yo no necesitaba nada desesperadamente ni creía en Dios.
Mucho después supe del editor Gordon Lish y su tijera. Justo antes de que se publicara Beginners en inglés, la versión sin cortes de De qué hablamos cuando hablamos de amor, entrevisté a Tess Gallagher, viuda de Carver, y publicamos esta nota sobre el caso  en agosto del 2009 en La Tercera.  Luego Anagrama publicó el libro en español (una delicia) y Periférica a Lish: Perú es tan inquietante, que supongo que termina fallando. Pero inquieta y desconcierta como pocas novelas de los últimos años.

Carver y el editor fantasma
En 1981, Raymond Carver se consagró como un maestro del cuento contemporáneo con su libro De qué hablamos cuando hablamos de amor. Ahí estaba su estilo gélido y minimalista. Pero Carver tuvo ayuda: Gordon Lish, su editor, modificó radicalmente los relatos, cortándolos casi en un 50%. Ahora, la colección Library of America lanza el 20 de agosto sus cuentos completos y publica por primera vez Beginners, el controvertido libro en su versión original.

A mediados de 1983, Raymond Carver recibió una llamada de su editor, Gordon Lish. No fue la última vez que hablaron, pero la amistad y complicidad que habían mantenido por más de 15 años terminó de quebrarse para siempre en esa conversación. Lish, conocido en los 80 como “Captain Fiction” por su decisivo impacto en la escena literaria estadounidense, estaba enojado. Leyó un par de veces la entrevista que Carver recién había dado a la revista The Paris Review buscando su nombre, pero no lo encontró. Llamaba para quejarse. Carver lo estaba ignorando. No le estaba dando el crédito que, según él, merecía. Pedía demasiado, de nuevo sobrepasaba los límites. Entonces el escritor se armó de valor y le cortó.
Sí, Lish se excedía, pero algo de crédito tenía. Más del que Carver jamás quiso. En 1980, el editor recibió los cuentos que darían forma al libro De qué hablamos cuando hablamos de amor y, por lo que podemos suponer, creyó que a su amigo le faltaba sangre fría. Se puso a trabajar, tacho párrafos, eliminó páginas, sacó personajes y cambió los finales de 12 de los 17 cuentos.
Prácticamente lo reescribió. El volumen de 200 páginas se transformó en un libro de poco más de 100. Y aunque el escritor le rogó que no lo hiciera, publicó igual el libro. De pasó, le otorgó a Raymond Carver el estilo implacable, gélido y minimalista que lo convertiría en uno de los cuentistas más relevantes de la literatura norteamericana contemporánea.
De qué hablamos… (1981) fue la consagración para Carver, pero también fue un secreto que lo atormentó en momentos en que aún se recuperaba de su alcoholismo. Nunca habló públicamente del tema. Recién en 1998 un artículo del New York Times contó la radical edición a la que Lish sometió el libro y expuso al verdadero Carver.
El paso final para la desmitificación sucederá el próximo 20 de agosto, cuando la canónica colección Library of América publique Collected stories, los relatos completos del autor de Catedral, que por primera vez pondrán a disposición de los lectores la versión original del libro. Llevará el título que Carver escogió: Beginners.
“He estado por lo menos desde hace 12 años tratando de que Beginners se uniera al resto de su trabajo. Para mí realmente es un triunfo”, dice Tess Gallagher, poeta y viuda del escritor, desde Port Angeles, EEUU. Pareja de Carver desde 1978 y hasta su muerte, tuvo que lidiar con varios detractores del rescate. Su voz suena tranquila.
En las sombras, revela, tuvo un apoyo irrestricto: “Haruki Murakami siempre estuvo tras bambalinas. De hecho, traducirá el libro al japonés”.
Por Dios santo
En la primavera de 1981, Carver recibió una segunda versión editada por Lish de Beginners. Se alarmó. La primera tenía cambios, pero nada que el escritor no pudiera soportar después de 10 años trabajando con Lish. Se habían conocido en 1968 en California y Lish le tendió una mano: publicó sus cuentos en la revista Esquire, le editó el libro Quieres hacer el favor de callarte por favor en (1976), y terminó por convertirlo en un escritor profesional. Siempre opinaba sobre los cuentos. Siempre. “Ray estaba de acuerdo con sus correcciones”, recuerda la primera esposa del escritor Maryann Burk, en el libro Así fueron las cosas.
Pero con la segunda edición de Beginners Carver no estuvo de acuerdo: los cambios del editor eran “brillantes”, pero el libro ya no era de él. Pasó toda la noche comparando las versiones y al día siguiente, “confundido, cansado, paranoico y asustado”, escribe el propio Carver en una carta, le pide a Lish que detenga la producción del libro. El ruego data del 8 de junio de 1980: “Por favor, Gordon, por Dios santo ayúdame en esto y trata de entenderme. Si tengo algo de reputación y credibilidad, te lo debo a ti. Si seguimos adelante con esto, no será bueno para mí. El libro no será, como debe ser, motivo de celebración, sino que tendré que explicarlo y defenderme. Si no lo detengo, preveo un terrible futuro. Todos los demonios con los que he lidiado día y noche volverán y se apoderarán de mí”.
Según cuenta Gallagher, cuando Carver escribió los cuentos de De qué hablamos…, “vivía un momento milagroso. Sentía que volvía a tener la capacidad para concentrarse en escribir. Estaba tan agradecido de haber regresado sano a la vida”.
Maldito minimalismo
Para el novelista Alessandro Baricco, esa gratitud está en los cuentos. A fines de los 90, el italiano revisó en la Lilly Library de la Universidad de Bloomington los papeles de Lish. Ahí estaba Beginners, lleno de tachaduras y anotaciones. Quedó impresionado: Lish, dice Baricco, borró todos los visos de humanidad de Carver y, “cuando era necesario, añadía aún más hielo”.
“Carver -escribió el autor de Seda- no estaba capacitado para mantener aquella mirada impasible sobre el mundo que sus cuentos ostentan. Más bien, en cierto modo tenía el antídoto contra aquella mirada. La esbozaba, quizás hasta la haya inventado, pero después, entre líneas y sobre todo en los finales, la cuestionaba, la apagaba. Como si tuviera miedo”.
Carver terminó cediendo. Aparentemente, el editor convenció a su amigo por teléfono. “Estoy feliz con el libro y su inminente publicación”, le dice el escritor a Lish en una carta fechada seis días después de haber pedido detener el volumen. Editorial Knopf lanzó De qué hablamos… en 1981 y rápidamente se esparció una idea: Carver era minimalista. En la entrevista a The Paris Review, el escritor lo negaría: “Hay algo sobre el minimalismo ligado a una falta de visión y ejecución literaria que no me gusta”.
Sin embargo, Carver jamás habló de Lish. Pidió a Knopf que nunca más tocara sus libros y comenzó a decir que él mantenía control total de sus textos. Era un mecanismo de defensa. “Necesitó mucho valor para aceptar que un libro que no había sido escrito totalmente por él lo hizo famoso”, cuenta Gallagher.
A Lish le indignaba. Empezó a contar entre sus amigos su nivel de responsabilidad en De qué hablamos… Pensó en hacerlo público. Don DeLillo, a quien había editado, le aconsejó lo contrario: “Incluso si la gente se enterara por el propio Carver de que tú eres responsable de lo mejor de su trabajo, lo olvidarían de inmediato”, le escribe a Lish el autor de Ruido de fondo. Y concluye: “Por ahora, guarda bien tus archivos”.
Años después, a inicios de los 90, Gallagher volvió a hablar con Lish: “‘Ray me abandonó’, me dijo. Sentía que había hecho todo por Ray y él lo había descartado”, recuerda. No volvieron a verse. Ella se abocó a publicar Beginners; buscaba la verdad: “Es muy importante que se sepa qué tipo de escritor realmente era Ray. Era cálido, cariñoso. Tenemos que borrarnos la idea de que era un escritor que iba directo al hueso. No me interesa cambiar la historia, sólo quiero contar lo que me parece correcto”, dice.
Lish apenas ha dicho esto: “Hablar del tema sólo haría que mi participación fuera despreciada”.
Antes de morir, en 1988, a los 50 años, Carver publicó algunos de los cuentos originales de Beginners en revistas. Pero no habló del asunto. “¿Quién necesita problemas?”, le diría a Tobias Wolff. Ya había tenido suficientes: se casó a los 20 años y pasó casi dos décadas mudándose de casa en casa con su familia, viviendo al borde de la pobreza y macerando un alcoholismo que casi lo mató. Cuando logró vivir de la literatura, tuvo que romper con Lish y volver a escribir sin ayuda de nadie. No pudo denunciar a Gordon. Aún debía cumplir el plan que se fijó a los 17 años: “Voy a ser escritor. Un escritor como Ernest Hemingway. Voy a ser un escritor tan grande que enloqueceré al mundo”.