April Wheeler, heroína

enero 14, 2009

151“Siempre confié en que la gente no me imaginara muy solitaria”, dice April Wheeler bien avanzada la trama de Vía Revolucionaria, la demoledora y maravillosa novela de Richard Yates (1926-1992). Probablemente está borracha. En el bar Log Cabin la banda de Steve Kovick toca un jitterbug. Está triste, su vida ya se fue a la mierda. No hay vuelta atrás. La música ayuda un poco más a la nostalgia y recuerda sus años en el colegio. Era inocente, casi tonta, creía en un mundo de fantasía.

“Seguía con la idea de que en alguna parte existía un mundo de gente maravillosa, tan alejada de mí como los del último curso cuando yo iba en sexto; gente que lo sabía todo por instinto, que conseguía hacer lo que quería sin proponérselo siquiera, que no necesitaba sacar el mejor partido posible a un empleo aburrido porque jamás se le ocurría hacer nada si no era a la perfección. Gente dotada de heroísmo, gente hermosa e inteligente, serena y amable, y yo imaginaba que cuando los encontrara sabría de repente que mi sitio estaba entre ellos, que yo era uno de ellos, que mi destino siempre había sido formar parte de ese grupo y que todos lo demás había sido un error; y que ellos también lo sabrían. Yo sería como el patito feo entre los cisnes”, confiesa.

El problema de April -quizás el más definitivo en el momento en Yates comienza a contarnos su historia- fue creer que Frank Weelher, el hombre que le dio su apellido de casada, era una de esas personas maravillosas. Y que la pudo haber reconocido como a una de su tipo. Error: Frank puede que sea un pusilánime.  A los 30 años sigue siendo un adolescente asustadizo, que todos los días actúa de adulto. Alguna vez tuvo potencial para ir contra la corriente, creyó ser “una especie de Jean Paul Sartre ardiente y nicótico” y todos estaban seguros que si se lo proponía, habría podido lograr lo que quisiera. Pasó otra cosa: se casó con April, se compró una casa en los suburbios de Conneticutt, tuvieron dos hijos, entró a trabajar al empleo más aburrido inmaginable y dejó que su vida entrara en una rutina desesperante. En su vida no pasa nada interesante. Nada. Por extención, en la de April tampoco.

Ella es ama de casa. Pero después de actuar en una desastroza obra de teatro de la comunidad en la que ella tiene el papel protagónico, April se ilumina: su vida es la que siempre odiaron. Odia su vida. Y Frank debería odiarla también. Entonces toma las riendas y decide arriesgarse. Dejar todo, llevarse a su familia, y buscar a esa gente maravillosa que los reconocerán como uno de los suyos. Pero ya es tarde.

Vi hace hace dos días la película que San Mendes que hizo con Vía Revolucionaria (se estrena el 29 de enero en Chile con el insoportable nombre de Sólo un Sueño). Es buena. En parte porque toma una opción: la protagonista es April. En la novela también lo es, pero Yates narra la historia montado en la cabeza de Frank Wheeler y uno como lector intenta ponerse en su papel. Mendes hace otra cosa: a Frank le da el rostro infantil de Leonardo Dicaprio, quien durante todo el metraje luce como si estuviera actuando que es un hombre hecho y derecho. April, por el contrario, es interpretada por la impresionante Kate Winslet, quien le imprime al personaje una rabiosa desesperanza, la de una mujer que está absolutamente segura que de no cambiar de vida, perderá definitivamente todas las oportunidades. Como Dicaprio, se hace más evidente que Frank está cagado de miedo. La película no está mal.  Nada de mal.

En la novela, en realidad April apenas está improvisando mientras se ahoga. Y Frank de verdad es un hombre inteligente: sabe que en el plan de su esposa -en el que él tendrá tiempo para saber qué es lo que quiere hacer con su vida mientras viven en París- está lleno de fallas. No existe ese mundo maravilloso. Frank sabe, lo intuye, el frustrante y castrador estilo de vida que llevan es un callejón sin salida. Para volver atrás, hay que ser valiente, muy valiente. El no lo es. Y porque es imposible no verse reflejado, en algún nivel, en el temeroso y pusilanime de Frank, es que la novela de Yates es tan demoledora. Seguro, sucede en un suburbio de Estados Unidos de los 50, pero en cualquier parte del mundo y época -¿o será solo después del siglo XX?- cualquier joven de 20 años llega a creer que lo que viene por delante puede ser maravilloso. Pero probablemente no lo sea. Suena cursi, pero la manera en que Yates lo pone en Vía Revolucionaria lo hace sonar trágico y deprimente. Insoportable.

01Yates, en todo caso, se arriesgó. Salió todo mal. Con Vía Revolucionaria, su primera novela, logró ser aclamado por la crítica, palabras de respeto de John Cheever, quedar finalista al National Book Award, pero no tuvo muy buenas ventas. Tampoco, dice el lugar común, pudo superar esa primera y magnífica novela. En cambio, escribió otros nueve libros mientras intentaba controlar una vida que hacía agua por todos lados: se separó dos veces, arrastró un alcoholismo y terminó solo, dedicando todo lo que tenía a escribir. Murió prácticamente como un anónimo, atado a un tanque de oxigeno de un enfisema pulmonar por fumar tanto. Recién después de su muerte, en 1992, lentamente su obra llegó a situarse a la altura Cheever, su melacólico compañero en la exploración de los suburbios.

A propósito de la película de Mendes, Alfaguara reedita Vía Revolucionaria y otra de sus novelas, una perdida en español, Las Hermanas Grimes (quiero leerla ya). Todavía puede estar entre los saldos la edición de Emecé de los cuentos Once tipos de soledad. Dejó tres entrevistas a Yates: una de 1989 de Los Angeles Times, otra de 1992 de The Independent y una más antigua, fechada en invierno de 1972.