La ambición de Gumucio

mayo 11, 2009

gumucio

“¿Te gustó?”, me pregunta de entrada Rafael Gumucio. Pasó hace dos semanas. Llegué al mediodía a su oficina en la Universidad Diego Portales a entrevistarlo por La Deuda, su última novela. “¿Te gustó?”, me insiste. No contesto, doy indirectas. Pasamos a lo que piensan los otros: Patricia Espinosa barrió el piso con el libro. A Juan Manuel Vial y a Pedro Gandolfo tampoco les gustó. Rodrigo Pinto diría, pocos días después, que Gumucio perdió su ironía y desparpajo. ¿Qué habría escrito Camilo Marks? No entramos en conjeturas. Hablamos de la ética de la novela del siglo XIX, del ensayista que lleva adentro, de Chile, de Flaubert, de la literatura posmoderna, de la responsabilidad de la crítica… Es primera vez que hablo con Gumucio. He conversado por teléfono con él, pero no lo conozco. Tenía 16 años cuando lo vi por primera vez en Gato por Liebre. Era raro verlo en la tele. Era raro que alguien con esa pésima dicción estuviera en la tele. Le creí. Estaba de su parte. Apoyaba su incorrección noventera. Prefería sus opiniones literarias a la de Faridé Zerán en el Show de los Libros. Seguí Plan Z desde el primer capítulo.

En vivo, me pasa lo más imbécil: confundo al Gumucio real con el personaje. En su oficina, en medio de la entrevista, lo veo mirando la pantalla del computador, esperando que caiga un mail en la bandeja de entrada -¿qué espera?- y me lo imagino una escena de Aplaplac. Cuando apago la grabadora, tengo que decir algo. No miento y le digo que creo que le costó escribir más de un capítulo de la novela. No digo que me aburrió. No sólo porque no quiero que se sienta mal -por lo demás, qué vale mi opinión-, también porque no quisiera haberme aburrido: quisiera que Gumucio hubiese exhibido  su más ácido sentido de la observación y que La Deuda fuese retrato de la miserias de la socidad chilena de los 90 sin concesiones. Quisiera que La Deuda mostrara pliegues desconocidos de la clasea media y especialmente de la generación que después de pelear contra Pinochet se achanchó en productoras, consultoras y la administración del Estado. Quisiera que La Deuda fuera la prueba de que Gumucio está cada vez más cerca de ser un novelista clave de la literatura chilena. Nada. Mis deseos no se cumplen. 

La entrevista finalmente apareció con este título: Rafael Gumucio: “Mi novela es valiente” (el 26 de abril en La Tercera; no sé cómo llevarlos hasta allá). Puede ser cierto. Es ambiciosa, tiene una estructura clásica cada vez más en desuso y se impone la meta de decir ideas cuerdas sobre la culpa y la sociedad chilena. Pero falla varias veces: anudar la trama -del contador de las estrellas hasta el Mop-Gate- le obliga dar vueltas inverosímiles. Sorprende menos que una buena columna de Gumucio en The Clinic. Y explica demasiado cosas que ya sabemos. A La Deuda le faltan las preguntas sin responder que abundan en El Fotógrafo de Dios, la nueva novela de Marcelo Simonetti, y algo, que sea un poco, de la obsesión por lo excéntrico de Alvaro Bisama en Música Marciana. Acaso Simonetti y Bisama son esos escritores que están cada vez más cerca de acompañar a Alejandro Zambra entre los postulantes a ser un “novelista clave de la literatura chilena”. Seguiré leyendo. Acqua Alta, de Pablo Torche, estará en pocos días en las librerías. Ya tengo mi ejemplar y he demorado en empezar. Pero lo que me tiene más intrigado es Diagonales, la primera novela del sorprendente y jovencísimo Maorí Pérez. Cuarto Propio la pondrá en librerías a fines de mayo.

Historia, ficción, leyenda

septiembre 6, 2008

Cuatro novelas chilenas vienen en camino. Están escritas. Una debe estar entrando a imprenta. Se empiezan a publicar a mediados de septiembre. Ninguno de los autores es lo que se llama un consagrado. Al menos un libro será bueno. Dos servirán para muchos artículos de prensa; de los otros también se escribirá. Los cuatro hacen al misma apuesta: la realidad es el mejor arranque para la ficción.

Los Nenes, de Patricio Fernández. Se escucha la polvadera. La segunda novela del fundador de The Clinic la publica Anagrama, lo que para algunos significa calidad. No es tan así, pero a quién no le viene bien que Jorge Herralde le tienda una mano. Más importante que eso es la trama: Germán Marín bautizó como “los nenes” a su círculo literario. Su pandilla. Sus protegidos. Sus guardaespaldas. Según él, ahí están -o estaban- el propio Fernández, Matías Rivas, Roberto Merino, Andrés Claro, Rafael Gumucio, Francisco Mouat y Alejandro Zambra. Con los nombres levemente cambiados, Los Nenes se trata de ese grupo. Y especialmente de Marín, que aparentemente se desdobla en dos personajes: Carlos Iribarren y Gastón Miranda. Por lo que sé, a un par de los retratados nos les hizo mucha gracia. En librerías la tercera semana de septiembre.

Synco, de Jorge Baradit. El crédito local de la ciencia ficción se mete en la historia chilena usando el estilo tradicional del género: ucronía. El autor de Ygradrasil y Trinidad, deforma la historia real de Synco, un proyecto ideado por Fernando Flores durante la Unidad Popular. El plan era grande: un sistema tecnológico que permitiera mantener conectado a Chile. ¿Un antecedente de internet? Algo así. Por supuesto, el proyecto no funcionó. Y el golpe del 73 lo congeló para siempre. En la ficción de Baradit, Synco tuvo éxito y Chile se transformó en un país, ya no socialista, sino tecnologizado. Un ejemplo de vanguardia. No hubo golpe. Allende sigue en la presidencia en 1978, Altamirano es un carismático lider de la disidencia y Pinochet -quien fuera un “héroe del pueblo”- está a punto de salir de su vida tranquila y retirada de la contingencia. Vía Ediciones B. En librerías a fines de octubre.

El Fotógrafo de Dios, de Marcelo Simonetti. Esto es verdad: el único fotógrafo chileno que ha pertenecido a las filas de la poderosa y legendaria agencia Magnum hoy vive como un ermitaño en el Valle del Limarí. Fue uno de los protegidos de Cartier Bresson, retrató a la mafia siciliana, fotografió Valparaíso de la mano de Neruda y en los 70 dejó la cámara. Hoy muy pocos saben de él, excepto su familia. Se llama Sergio Larraín y es algo así como el Salinger chileno. Simonetti no se resistió a la historia. El autor de La Traición de Borges relata la búsqueda de un fotógrafo chileno perdido, no exactamente  Larraín, pero similar a él. La leyenda, en la ficción es que pudo fotografíar a Dios. Vía Norma. En librerías la primera semana de octubre.

Vida en Marte, de Alvaro Bisama. Entiendo que no se trata del título definitivo, pero ese fue el nombre que usó el autor de Caja Negra al participar en el Premio Herralde de Novela. Quedó seleccionado en la lista larga. El juego es ficcionar la historia de un pintor chileno perteneciente a las vanguardias famoso en el mundo entero, que trajó muchos hijos al mundo. Sí, Matta. Esa es la partida. Bisama no se queda sólo en los datos reales, inventa una serie de historias alternativas a partir de los hijos del pintor. Asumo que estarán las dosis pop de siempre. Vía Emecé. En librerías a fines de octubre.