Leí El Tercer Reich, la novela inédita de Roberto Bolaño que el 4 de febrero publica Anagrama. Lo supe a las pocas páginas: no la sacaron de la basura. Yo pensaba eso, como todos. Imaginaba a Carolina López, la viuda, y Andrew Wylie, el agente maquiavélico, armando una novela con los papeles descartados de Bolaño. Imaginaba un borrador insulso. No es así. Además de haber sido íntegramente terminada y corregida por el autor, El Tercer Reich es una buena novela. Sobre todo, inquietante. Para mi, mejor que Amberes,  e incluso que La Pista de Hielo (que nunca me gustó). No es una apostilla como Amuleto, ni un encargo como Una Novelita Lumpen. No está, por supuesto, a la altura de Estrella Distante.

Supongo que tiene fallas. Quién sabe si Bolaño las hubiera corregido.  Se alarga más de la cuenta y, en algún momento, uno intuye que el final será ligeramente decepcionante. Ligeramente. Tiene otras cosas irresistibles: el descenso al infierno de Udo Berger en la Costa Brava, Frau Else, el magnetismo del misterioso Quemado, el retrato del comidillo en torno al gremio de los juegos de guerra y el inesperado encuentro con lo absurdo. En la suma, El Tercer Reich gana. No descolla, pero gana. Por lo demás, tiene algo que todo fans de Bolaño quiere, venera y atesora: es una novela nueva de Bolaño.

Escribí una nota para La Tercera que aparece hoy 23 de enero. Aquí está:

Bolaño sigue en batalla

A veces pasaba 10 ó 12 horas frente a un tablero. Jugaba a la guerra. Tiraba los dados, movía las piezas y ensayaba estrategias para reescribir la historia. Comandaba pequeños batallones de papel que echaba a pelear, por ejemplo, por la Europa de los 40,  en mapas de cartón. Se ponía en el papel de los Aliados, otras se vestía del Eje, y desplegaba nuevos escenarios bélicos para la II Guerra Mundial. O para la Guerra Civil Española. O para la Guerra de Secesión de EEUU. Roberto Bolaño jugaba solo, con algunos amigos en Blanes o por correspondencia. Dicen que estuvo obsesionado. “Si no hubiera sido escritor, habría sido general”, bromeó alguna vez. Dicen que a mediados de los 80, enviciado con los wargames que coleccionaba, pasó varios meses sin escribir ni una palabra. Difícil creerlo.

Cuesta imaginar a un Bolaño capaz de detener el caudal literario en que vivía. Al menos, apuraría un poema mientras esperaba su turno en el juego o planeaba un contraataque. Hizo otra cosa: escribió una novela sobre su obsesión. Corre la segunda mitad de los 80, es un anónimo escritor escondido en Blanes, un pueblo frente al Mediterráneo, que apuesta por concursos literarios y en verano lleva la tienda de bisutería de su madre. Lo mantiene su mujer, Carolina López. Como siempre, su vida se abre paso en su literatura. Los juegos de guerra pasan a ser la ocupación profesional de Udo Berger, el protagonista de El Tercer Reich, novela que terminó en 1989 y guardó en un cajón, mecanografiada. Antes de morir, alcanzó a pasar al computador 60 páginas. Pocos sabían que existía.

Se supo en la Feria del Libro de Francfurt 2008: había otro libro de Bolaño. El secreto del mal, la colección de relatos ensamblada por Ignacio Echevarría, y el volumen de poesía La universidad desconocida, esos dos libros publicados póstumamente (ambos en 2007), en realidad no habían agotado la cantera del autor de Los detectives salvajes, como alguna vez se dijo. La sorpresa, no tan inesperada en verdad, fue la carta con la que debutó el poderoso agente Andrew Wylie en la representación de la obra de Bolaño, marcando definitivamente el estallido planetario del escritor. El libro que se transó en la feria alemana era El Tercer Reich.

La novela se publica en España el 4 de febrero. En marzo estará en Chile. En poco más de 350 páginas recoge el diario del joven alemán de 25 años, Udo Berger, durante sus vacaciones en la Costa Brava española junto a su novia, Ingeborg. “Sin pecar de exagerado creo que estoy en el mejor momento de mi vida”, anota a poco andar Udo, que pretende aprovechar el viento del Mediterráneo para terminar un ensayo en que expondrá una “variante inimaginable” para ganar el juego Tercer Reich, sobre la II Guerra Mundial. Aún no sabe que ahí, en el Hotel Del Mar, ingresará a una pesadilla. Absolutamente lineal, como pocas novelas de Bolaño, El Tercer Reich narra la inquietante difuminación de los límites entre un juego de guerra y la vida real.

Jugar a la guerra
A inicios de los 80 se veían prácticamente todos los días. Daban vueltas por Barcelona, tomaban café con leche, leían los inéditos del otro, fracasaron al intentar escribir un guión juntos, pero lo consiguieron con una novela, Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce. Cuando Bolaño se mudó a Blanes dejó de ver tan seguido a Antoni García Porta, pero mantuvieron cierto contacto. Entre cartas y llamadas telefónicas, Bolaño empezó a insistir en algo: pedía juegos de guerra. Entonces, García Porta seguía instrucciones y entraba a tiendas, preguntando por wargames como Auge y Caída del Tercer Reich o World in Flames, ambos sobre la II Guerra Mundial.

En 2000, consultado por cuál era su mayor extravagancia, Bolaño confesó: “Mi gran colección de wargames de mesa y mi pequeña colección de wargames de computador”.

En el peak de su obsesión, Bolaño llegaba a la casa de García Porta, aunque no siempre iba a verlo a él. “En realidad, se quedaba horas y horas jugando con mi hijo”, recuerda el español. El hijo, Joel, hoy de 33 años, lo confirma: “Cuando pasaba por casa nos íbamos al computador”, cuenta. “El siempre quería ganar, daba igual que yo fuera un niño o un adolescente. Ganar era importantísimo para él. Los juegos eran una pequeña obsesión”, añade.

Antes que los juegos, su obsesión era la II Guerra Mundial. Bruno Montané, que aparece como Felipe Müller en Los detectives salvajes, cuenta que a él no le pedía tableros sino libros: novelas de guerra y biografías de generales, como el mariscal soviético Georgi Zhúkov, clave en la contención del avance Nazi. “A Roberto le interesaban los juegos de estrategia como un reflejo de la historia. O de la posibilidad de la historia. Y por su interés en la II Guerra, que la veía como una historia humana del horror. El entendió esos juegos como estructuras narrativas”, dice Montané.

Venganza
Para Udo, en El Tercer Reich, los juegos de guerra son una forma de vida. O podrían serlo. Campeón de Alemania, en las vacaciones practica para enfrentarse al norteamericano Rex Douglas en Francia y escribe su variación sobre El Tercer Reich. Si todo va bien, podrá dejar su trabajo en Stuttgart y ganarse la vida escribiendo para revistas especializadas en wargames. No todo irá bien.

En el hotel Del Mar, donde pasó varios veranos junto a su familia en la niñez, Udo se reencontrará con Frau Else, dueña del lugar. Y se enamora de ella. Paralelamente, Udo e Ingeborg conocen a otra pareja alemana, Hanna y Charly. A través de ellos, llegarán a el Lobo y el Cordero, dos buscavidas españoles, oscuros, que los conducirán por la noche salvaje de la Costa Brava. Y les presentarán a el Quemado.

En adelante, el perfume fresco de las primeras páginas de El Tercer Reich lentamente se transformará en un olor nauseabundo, denso y perturbador. Udo va y viene entre Ingeborg, los nuevos amigos, los juegos de guerra. El Quemado terminará por robarle su atención. Fisicoculturista aficionado, se gana la vida arrendando pequeños botecitos de paseo en la playa. Todas las noches los ordena para construir un refugio, donde duerme. Su nombre se debe a que “gran parte de su cuerpo está horriblemente quemado”.

Latinoamericano y lector de poesía, el Quemado podría ser un exiliado torturado. “Los verdaderos soldados nazis que andan sueltos por el mundo”, habrían sido quienes lo quemaron. El, un neófito de los juegos de guerra, será el contrincante perfecto para Udo en una partida del Tercer Reich. El Quemado mueve a los Aliados, el alemán al Eje. Entonces, la vida de Udo entra en jaque. El Quemado quiere venganza.

Un pantano
Como la mejor novela policial, pero sin asesino, El Tercer Reich encierra un misterio que obliga a pasar las páginas tan rápido como en Estrella distante. Aunque a ratos el tono parece el de La pista de hielo. Todas las manías de Bolaño están ahí: secretos, la posibilidad del horror, la aventura, el eco del fracaso político latinoamericano, la II Guerra Mundial y, a cambio de los escritores, hay una mirada por dentro al gremio de los jugadores de wargames. Sin embargo, Bolaño tuvo sus dudas.

“No te metas en los juegos, es un rollo pantanoso. Te metes y no sabes como salir”, le advirtió a García Porta. En una carta de 1986 le cuenta a Montané que está escriendo una novela llamada Estrategia mediterránea (la estrategia en que trabaja Udo) y “le da muchos dolores de cabeza”.  De hecho, la consideró muy larga para presentarla a concursos literarios. La guardó. En ese sentido, prefería La pista de hielo, de 1986.

Montané agrega algo más: “Roberto comentó a gente amiga que era un proyecto fallido”. Acaso por eso Bolaño prefirió desempolvar Amberes, escrita en 1980, en lugar del El Tercer Reich. García Porta duda: “Desde el año 99 pensamos en reeditar Consejos... (2006) y lo fuimos dilatando porque él quería guardarla: ‘El día que yo no pueda escribir por mi enfermedad, entonces iré sacando todo este material que tengo’. El preveía que pasaría alguna temporada sin escribir, aun en el caso de que el trasplante de hígado fuera muy bien. Al menos, le pagaría lo mínimo para ir subsistiendo. Quizás pensaba igual con esta novela”.

Puede ser. Alcanzó a pasar 60 páginas en el computador que compró en 1996. Tenía otra urgencia. Con la muerte pisándole los talones durante los 90, Bolaño se dedicó a escribir todos los libros que tenía en la cabeza. Los detectives salvajes, 2666, etc. Los juegos de guerra encontrarían un lugar en noches de insomnio frente al computador. El tablero, los dados, las fichas y los mapas están en El Tercer Reich como las pruebas del Bolaño que jugó en el pasado ensayando la literatura del futuro.

En la web de Anagrama se pueden leer las primeras páginas de la novela. Aquí.

En las últimas páginas de Los Detectives Salvajes, Arturo Belano asegura que Estados Unidos le cerrará sus fronteras por una única razón: ser chileno.  Me gusta creer que, vía su alter ego, Roberto Bolaño hablaba de sí mismo. Creía que los gringos no lo dejarían entrar. No puedo probarlo, pero tiendo a pensar que a Bolaño tampoco le gustaba mucho EEUU. Y por eso mismo, supongo que todo el alboroto que están haciendo los gringos con sus novelas lo tendrían un poco confudido. O atontado. Le olería mal. Le daría poca importancia -y un poco de risa- a que NYTimes incluyera a The Savage Detective entre los mejores cinco libros del 2007 o que New Yorker dedicara cinco páginas a escribir su historia y transformarla en leyenda. Ahora, tampoco se enojaría y, quién sabe, usaría sus nuevos contactos en suelo norteamericano para hacerse amigo de Don Delillo o Cormac McCarthy. O algo peor. No sé. Obviamente, todo sería muy distinto si Bolaño estuviera vivo. Su muerte precipitó la leyenda. E hizo que sus acciones se fueran a tope. Y que los gringos le abrieran sus puertas como si se tratara del nuevo García Márquez. O de un Murakami maldito.

La última noticia está sucediendo en la Feria de Libro de Frankfurt: entre los editores del mundo corre el manuscrito de una novela inédita de Bolaño, El Tercer Reich. Según lo que averiguó el corresponsal de El Periódico, habría sido escrita antes de 1996 y relataría el encuentro con el infierno de Udo Berger, un profesional de los juegos de estrategia y de guerra que se va a entrenar a la Costa Brava antes de un match con el campeón del mundo. Allá se topa con personajes terroríficos como El Lobo, El Cordero y El Quemado. Supuestamente, en el círculo cercano a Bolaño nadie sabía que existía este libro (mecanografiado y corregido a mano). Ni Jorge Herralde. Ni Ignacio Echevarría, quien editó sus libros póstumos (2666, Entre Paréntesis, El Secreto del Mal y La Universidad Desconocida). Tampoco tenían idea en la Agencia Carmen Balcells, quien hasta el 4 de noviembre maneja los derechos del escritor. Todo tiene una razón, hay un nuevo personaje en escena: Andrew Wylie, el más poderoso agente literario del planeta toma el control de la la obra de Bolaño. Y su primera jugada es echar a correr una novela inédita.

Dicen que Wylie -el Chacal, Darth Wader, como quieran llamarle- habría pagado la explosiva suma de 10 millones de dólares por manejar los derechos de Bolaño. No sé si es verdad (supongo que la cifra está inflada), pero podría ser: Bolaño está en alza. Los gringos no pueden más esperando la salida de 2666, fijada para el 11 noviembre. Y ahí está la noticia en realidad: este es el último capítulo de la larga teleserie en que Bolaño conquista el mundo. Pues, aunque inesperada, una novela inédita aparecería en cualquier momento entre los cerros de papeles que dejó el escritor, pero lo que no estaba tan claro era que el impacto que causa su obra en EEUU se traduciría en algo tan concreto como la aparición de Wylie. ¿Quién es Wylie? El hombre que representa en el mundo a Philip Roth, Jorge Luis Borges, William Shakespeare, Salman Rushdie, Andy Warhol, Martin Amis, Norman Mailer, Arthur Miller y Susan Sontag, entre otros. Es decir: el marihuanero poeta vanguardista del DF de los 70, ahora (muerto) es una celebridad literaria de peso mundial.

Otro nuevo actor en escena: una actriz, Carolina López. La esposa de Bolaño está asumiendo el papel de viuda. En toda regla. Hace un par de meses les quitó el permiso a un par de mexicanos para llevar al cine Los Detectives Salvajes (hizo bien, iban a hacer una pésima película), alejó a Echevarría (gran amigo de Bolaño) y fue ella quien tomó el teléfono y llamó a Wylie (con el manuscrito de El Tercer Reich como carnada). ¿Otra Kodama? Ojalá que no.

No sé si Bolaño está revolcándose en su tumba. Parece obvio que le hincharía las pelotas tanto negocio alrededor de su obra. Pero también es obvio que Wylie manejando las finanzas, le asegura un futuro tranquilo a los hijos de Bolaño, lo que él siempre quiso. Por lo demás, a quién le enojaría estar en ese exclusivo club en que se juntan Borges, Shakespeare y Warhol. Otra obviedad: esto no ha terminado.

Aquí dejo dos entrevistas con el Chacal (probablemente sacadas de una conferencia de prensa), en El País y en El Periódico. La sorprendente caricatura es de Lanzallamas y aparece en el dossier que le dedican a Bolaño.