Maníaco Vidal

julio 28, 2008

Entiendo que el personaje de Bruno Vidal pueda cansar. Un bufón fascista tirado a poeta llega a ser peligroso. Pero es el juego: que el convidado de piedra haga capotar la literatura chilena. Su opción fue salir de los formatos: sus dos libros, Arte Marcial (1991) y Libro de Guardia (2004), nunca se han vendido; él los regala. Por eso, en parte, la leyenda. Yo los recibí de sus manos hace cuatro años: quedé impresionado. Hacía tiempo no leía algo tan poderoso. Tan infame. Tan desorientador. Vidal es profesionalmente un provocador: “Me siento un poeta maldito, blasfemo y sacrílegro, pero absolutamente católico”, me dijo hace poco.

Su proyecto, es político: en Arte Marcial, el mejor de sus libros, deambula por la miseria de los 80. En una década apaleada por la dictadura, Vidal deambula por la decadencia. Putas, milicos, torturadores, obreros, resistencia, política, virgenes y poesía de vanguardia; todo escrito desde una compasión muy cruel. Vidal sabe: “No besaras a los enemigos”, dice por ahí. Páginas antes ya había anunciado su lema: “Un poeta maldito / no se corta la venas / se baña con la sangre / de los caídos”. Pura subversión. Escenificación del terror, la culpa y la demencia patriota.

Libro de Guardia es más violento: es la puesta en escena de la tortura. Pero nada de lamentos: es un torturador quien nos relata sus miserias cotidianas, su cobardía y su poder de muerte. “Al 95% le perdonamos la vida / No era tipos intrísicamente perversos / Por cierto tuvimos el deber patriótico / de dejar en claro que las cosas / habían cambiado”. Es un libro agotador de 145 páginas. Insistente, majadero, huele a sudor, sangre y pólvora, pero también a colonia rasca, colillas de cigarro húmedas y aliento en descomposición. Según Vidal, al extremar su toma de partido por los torturadores rasos, cruza las barreras: “Al tener una empatía tan radical con el victimario, he sentido la señal de agradecimiento de la gente que precicamente perdió su vida en manos de los esbirros, los verdugos. Ellos son los más agradecidos”.

Vidal es Diego Maquieira, Juan Luís Martínez y Rodrigo Lira, pero maldito. No maldito a la manera de Rimbaud, es un hijo de puta. Presenta un show de la demencia, sin olvidar la entretención: “Cuando venga el sacerdote a darme la extrema unción, sé que va a venir temblando. Va a ser un sacerdote joven que va a decir ‘Dios mío, cómo le voy a dar la extrema uncion a este poeta maldito’. Entonces yo, con la profundidad de mi mirada, le voy a decir: ¡Hombre por Dios! Tenga fe en este hombre que se está muriendo’. Cuando le diga esta frase, la cruz que lleva en la solapa se le va a caer. Y cuando la recoja, le voy a dar una patada en el culo”.

Pero puede aburrir. Su personaje cansa; es fácil saber sus intenciones. Es fácil saber que en el afán de provocar, cruzará cualquier límite. Ocupará el rol del bufón fascista, por ejemplo. Será el esbirro. El problema es que las fronteras se pueden dinamitar una sola vez. Vidal, en todo caso, se da cuenta de la recepción del público. “Soy un poeta que llama la atención provechosamente. Con muchos ingredientes de histeria, pro también con un gran excedente de interpretación de la cultura”, dice. Igual, flotando en el ego inconmensurable del actor que se perdió en el personaje, se define así: “Soy un divo, más allá de que mis poemas puedan ser de mejor o peor calidad. Inolvidablemente divo. Cultivo mi yo. Un yo totalmente precario, que se desenvuelve en fuego cruzado. Con pulsiones que son muy exacerbadas. Estoy capturando la realidad de forma maníaca, eufórica, obsesiva, esquizoide. Me sobra sensibilidad”.

Lo mejor es leerlo. Los libros de Vidal no se pueden comprar en ninguna parte, pero algunos de sus poemas se pueden leer en la página que le dedica Letras.s5.com

La foto es de Luis Sergio.

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