Hablando con Wolff

marzo 23, 2010

Cuando Gonzalo Garcés presentó en la Casa de Central de la UC a Richard Ford el año pasado, dijo que probablemente era el escritor más amable del planeta. Aunque exageraba, yo le creí. Yo estuve de acuerdo: las veces que lo entrevisté no sólo se comportó como un humano cualquiera -a veces a los escritores le da por creer que no lo son-, también fue ridículamente simpático y cercano. En mi fantasía llegué a creer que podía ser amigo de Ford. Qué fan. Pero no es sólo él, es toda la pandilla que alguna vez Bill Bufford en Granta bautizó como “realismo sucio” (también exagero). Hace casi un mes entrevisté a Tobias Wolff y resultó ser tan amable como Ford. “This was fun”, me dijo al final de la conversación, pese a que yo me había atorado con el inglés en varias preguntas (las que sospecho obvias). No tengo dudas, el tercero del grupo también debe haber sido entrañable.

Dejo aquí la entrevista que le hice a Wolff para La Tercera a propósito de Aquí empieza nuestra historia. Salió con el título de “Sueño con escribir el cuento perfecto” el sábado 22 de enero. En esta versión vienen un par de preguntas más que no entraron en la edición impresa.

Son las 8.30 de la mañana en Palo Alto, California, cuando Tobias Wolff (1945) contesta el teléfono. Lleva un rato despierto. Mientras esperaba la llamada desde Chile, trabajaba en una novela de la cual no habla por “pura superstición”. El tono bajo y cálido de su voz va bien con esa pose calmada en la que suele ser fotografiado, pero no siempre podría ser la de sus solitarios personajes. No. Al teléfono, Wolff no parece un hombre en problemas o a punto de vivir una experiencia reveladora. Tuvo una infancia complicada, peleó en la Guerra de Vietnam, pero hoy ríe sin mucha provocación, cuenta anécdotas y, dado el momento, da rienda suelta a una sabiduría literaria forjada por una vida dedicada al oficio. Wolff es un trabajador. Hace años está buscando el cuento perfecto.
Si en alguna parte están esos relatos perfectos es en Aquí empieza nuestra historia. Desde ya, un volumen ineludible en la bibliografía de Wolff y en la reciente literatura de EEUU. El libro cubre 30 años de trabajo: a 21 cuentos ya publicados, se suman 10 inéditos. “Son los mejores cuentos que he escrito”, dice. No es sólo una selección: Wolff revisó cada texto, palabra por palabra, y quitó todo lo que sobraba.
Compañero de generación y amigo de Richard Ford y Raymond Carver (el trío perfecto del “realismo sucio”), desde mediados de los 70 Wolff viene abriéndose paso en la noble tradición americana de Cheever, Fitzgerald, Hemingway y otros. Profesor de la Universidad de Standford, su vida está en sus libros: su nómade y compleja niñez con su madre está en La vida de este chico (1989), sus años en Vietnan en En el ejército del faraón (1994) y, En Vieja escuela (2003), relató sus últimos años escolares y el descubrimiento de la literatura. Siempre exploró vidas de americanos anónimos, que no por ser anónimos carecen de épica. O drama.
Ahí están los amigos que se confiesan en el cuento Cazadores en la nieve, el cabo perdedor que sueña con Vietnam en La alegría del soldado, esa profesora que cree poder redimir una vida sin riesgos en un discurso en En el jardín de los mártires americanos y el adolescente mitómano de El mentiroso. Hay más en Aquí empieza nuestra historia. Mucho más.

¿Qué cambios hiciste en los viejos cuentos?

Si veía una palabra que de alguna manera no era la correcta, buscaba la correcta. Muchas veces, cortaba. Siempre he estado interesado en ver hasta donde puedo llevar lo implícito, en vez de los declarado. Hemingway dijo que un cuento debía ser como un iceberg, con el 90 por ciento bajo el agua. Esa imagen me ha inspirado mucho. Si hay algo que no es realmente necesario, si yo como lector puede entender algo sin que me lo digan, lo corto del texto. No cambio los finales de los cuentos, tampoco la narrativa o los nombres de los personajes, buscó que el lenguaje sea lo más expresivo posible.

¿Estás satisfecho ahora con estos cuentos?

(Ríe) Bueno, ese es el problema.  Es un sueño. Todos estos cuentos ha sido re escritos muchas veces a lo largo de los años. Los he revisado muchas veces. Antes de que fueran publicados en revistas, luego cuando entraron a un libro y después cuando aparecen en una edición de bolsillo. No puedo parar, es una locura. No puedo poner un punto final… Pero he hecho algunas lecturas de estos cuentos y no he visto mucho que cambiar. Quizás estoy viejo.

¿Estás buscando el cuento perfecto?

Si, exactamente. Es muy difícil escribir la novela perfecta, pero con la poesía y los cuentos uno piensa que quizás sí puede hacerlo. Quizás sí puedo hacer algo perfecto en este mundo. Es muy difícil hacerlo con todo lo demás: con la familia, con tu trabajo… Es un poco iluso, pero es un gran sueño.

Después de leer tus cuentos, ¿diste con aquello con algo que te hiciera decir este es un cuento de Tobias Wolff?

Los peces no saben que viven en el agua. Un escritor no está conciente del agua en qué está nadando. Y la verdad es que si empezara pensar en mi como cierto tipo de escritor – Tobias Wolff escribe así y así- sería me ruina. Quiero tener una sensación de libertad cuando escribo. Se lo dejo a mis lectores, que a veces ven cosas que yo no.

Críticos y lectores ven en tus cuentos personajes solitarios y en problemas que sufren en silencio. ¿Qué te atren de ellos?

Pareciera que me describes a todos los que conozco, jajaja…. La mayoría luchamos y pasamos nuestras penas en silencio porque no queremos ser una carga para el resto. Hay pocas personas con quienes nos sentimos cómodos compartiendo nuestra vida interior. La verdad es que creo que todos tenemos vidas solitarias. Pero no estoy totalmente de acuerdo con esa descripción. Quizás es correcta, pero yo nunca he pensado en escribir cuentos sobre personajes solitarios que sufren en silencio

¿Cómo recuerdas tu amistad con Carver y Ford?

Conocí a Ray hace como 35 años, aquí en Standford. Todavía bebía en esos tiempos y no estaba en muy buena forma. Nos volvimos muy amigos a fines de los 70 con Richard y Ray, cuando todos enseñábamos en Vermont. Todavía somos muy amigos con Richard y echamos mucho de menos a Ray. El era maravilloso. Muy amable, cálido, divertido, excéntrico. Si ibas a su casa después de las 8 siempre estaba en pijama, le encantaba el chocolate.. se convirtió en su nueva droga. No le gustaba compartirla. Era muy divertido. Sus historias no lo muestran como una persona divertida, pero cuando él leía sus cuentos la gente se reía como loca.

¿Leíste Begginers, el libro de Carver donde están los cuentos sin los cortes de Gordon Lish de De qué hablamos de amor?

No me gusta Begginner. Me gusta Catedral y Si me necesitas llámame, que el mismo editó. El puso las versiones de los cuentos que el quería en el libro. No apruebo volver a atrás y publicar esos cuentos que él nunca publicó. No quisiera que me hicieran lo mismo. Está bien si dices aquí hay algunos viejos manuscritos de los cuentos, y quizás puede que sean interesantes para académicos, pero no son las versiones que Raymond Carver quería publicados.

¿Te hizo sentido el término realismo sucio?

Ese fue un término que Bill Bufford inventó casi como una broma. O como una excusa para poner a un puñado de escritores que le gustaban en la portada de la revista Granta. Estaba Richard Ford, yo, por supuesto Ray.. Todos cuando lo vimos no reímos. “Oh, ahora somos realistas sucios”… También he sido llamado minimalista, neo realista…

¿Te molestan las etiquetas?

No conozco a ningún escritor que le gusta escribir bajo una bandera, o escribir sobre una específica ideología política o estética. Chéjov alguna vez dijo: “Soy un artista libre y nada más”. Eso es lo que todos queremos. Ahora, si realmente lo somos, es otra pregunta. Probablemente no somos tan libres como creemos. Nadie lo es. Pero la ambición está ahí: operar de forma independiente y no pertenecer a ninguna escuela.

Pero creo que tú eres parte de una tradición de cuentistas en America

Probablemente. Hubo un tiempo, hace como 20 años, en que desde Latinoamérica vino un impulso para los escritores para intentar algo parecido a García Marquez, Julio Cortázar, una narrativa fragmentada o algo parecido al realismo mágico. Luego vino el posmodernismo, la idea de que la narración era simplemente una convención que debía ser quebrada y que la verdadera literatura debía tratar sobre literatura. Que la literatura estaba agotada. Ahí estaban autores como Donald Barthelme, que probablemente se habría resistido a la etiqueta de posmoderno. Yo pertenezco a otra tradición. No creo que los cuentos estén agotados. Creo en en el poder de los cuentos. La literatura puede decirnos cosas muy profundas y elocuentes sobre nuestras vidas.

¿A quiénes nombrarías en esa tradición? ¿John Cheever, Hemingway?

Si, absolutamente. Fitzgerald. Sherwood Anderson, Flanery O’Connors, Katheryne Anne Porter, Melville… es una larga tradición.

¿Realismo?

Si, pero… no un realismo plano. Si lees un cuento de Melville o Flanery O’Connors, por ejemplo, hay elementos grotescos, de exageración y fantasía que también son parte de la vida. Cuando uso el término realismo no quiera usarlo en un sentido limitado: Alguien se despierta en un departamento pequeño, va a un trabajo que odia, vuelve a casa y ve televisión toda la noche. No es eso lo que tengo en mente.

¿Por qué te decidiste sobre tu niñez en Vida de un Chico?

No quería escribirla. Había estado escribiendo algo así como ficción autobiográfica. Cambiaba algunos datos. Como lo hace Roberto Bolaño, él usa historias de su vida pero también inventa. Empecé a escribir algunas cosas sobre mi vida porque mi memoria podía fallar. No quería publicarlo. Tenía una fobia ante la posibilidad de que la gente supiera que el protagonista de mis libros era yo: prefería la máscara de la ficción. De pronto tomó vida propia, intenté convertirla en la una novela, pero no resultaba. Finalmente me dije: Ey, hombre, estás escribiendo una historia acerca de crecer. Escríbela. Me di por vencido. Lo pasé muy bien. Generalmente uno siente al escribir que está empujando una roca hacia la cima de un cerro, pero a veces esa como dejarse llevar por las olas. Ahora, nunca pensé que lo iba a hacer de nuevo.

Lo hiciste. Escribiste En el Ejército del Faraón

Sí, lo hice. Había escrito un cuento ambientada en Vietnam, pese a que me había prometido no escribir nunca sobre Vietman…

¿Por qué no?

Había tantos clichés sobre la guerra. Estaba cansado del tema. Por 20 años todos hablaban de la guerra. Pero a veces tienes dejar salir las cosas. Me gustaba el cuento sobre Vietnam que había escrito, pero también sabía que no estaba contando toda la historia. Entonces, me dije que escribiría una sola historia contándolo todo, tal como pasó. De nuevo pasó lo mismo. La fuerza de la historia recaía en contar hechos verdaderos, en vez recubrir de ficción algo autobiográfico. Ahí apareció En el Ejército del Faraón.

¿En términos personales tuvo algún beneficio escribir libros autobiográficos?

Creo que todo lo que te de una clara visión de lo que has sido en el pasado es probablemente beneficioso. Pero no escribí esos libros por razones terapéuticas. Lo hice porque soy un escritor.

¿Qué te parece la literatura que se está escribiendo hoy en EEUU?

Podría pasar todo el día nombrando a nuevos escritores que me gustan. Jonathan Franzen, Adam Johnson, George Saunders, Jefrey Eugenides, Michael Cunningham… Junot Díaz. Me sentí particularmente triste cuando David Foster Wallace murió. Era el mejor de los jóvenes escritores.

Me mencionaste a Roberto Bolaño, ¿te interesa?

Me gusta mucho. Mis hijos (dos de ellos, uno de 30 y 31) leen español fluidamente y me dijeron: Papá, tienes que leer a Bolaño. Es un gran fenómeno. Acá todo el mundo ligado a la literatura lo respeta.

¿Por qué te decidiste sobre tu niñez en La vida de un chico?

No quería escribirla. Había estado escribiendo algo así como ficción autobiográfica. Cambiaba algunos datos. Como lo hace Roberto Bolaño, el usa historias de vida pero también inventa. Empecé a escribir algunas cosas sobre mi vida porque mi memoria podía fallar. No quería publicarlo. Tenía una fobia ante la posibilidad de que la gente supiera que el protagionista de mis libros era yo: prefería la máscara de la ficción. De pronto tomó vida propia, intenté convertirla en la una novela, pero no resultaba. Finalmente me dije: Ey, hombre, estás escribiendo una historia acerca de crecer. Escríbela. Me di por vencido. Lo pasé muy bien. Generalmente uno siente al escribir que está empujando una roca hacia la cima de un cerro, pero a veces esa como dejarse llevar por las olas. Ahora, nunca pensé que lo iba a hacer de nuevo.

Lo hiciste. Escribiste En el ejército del faraón

Sí, lo hice. Había escrito un cuento ambientada en Vietnam, pese a que me había prometido no escribir nunca sobre Vietman…

¿Por qué no?

Había tantos clichés sobre la guerra. Estaba casado del tema. Por 20 años todos hablaban de la guerra. Pero a veces tienes dejar salir las cosas. Me gustaba el cuento sobre Vietnam que había escrito, pero también sabía que no estaba contando toda la historia. Entonces, me dije que escribiría una sola historia contándolo todo, tal como pasó. De nuevo pasó lo mismo. La fuerza de la historia recaía en contar hechos verdaderos, en vez recubrir de ficción algo autobiográfico. Ahí apareció En el ejército del faraón.

¿En términos personales tuvo algún beneficio escribir libros autobiográficos?

Creo que todo lo que te de una clara visión de lo que has sido en el pasado es probablemente beneficioso. Pero no escribí esos libros por razones terapeuticas. Lo hice porque soy un escritor.

¿Qué te parece la literatura que se está escribiendo en EEUU?

Podría pasar todo el día nombrando a nuevos escritores que me gustan. Me sentí particularmente triste cuando David Foster Wallace murió. Era el mejor de los jóvenes escritores. Jonathan Franzen, Adam Johnson, George Saunders, Jefrey Eugenides, Michael Cunningham… Junot Díaz.

Me mencionaste a Roberto Bolaño, ¿te interesa?

Me gusta mucho. Mis hijos (dos de ellos, uno de 30 y 31) leen leen español fluidamente y me dijeron: Papá, tu tienes que leer a Bolaño. Es un gran fenómeno aca todo el mundo ligado a la literatura, lo respeta.

Carver vs Lish

abril 7, 2009

raymondSupe de la existencia de Gordon Lish recién hace dos años. Supe que hizo sufrir a Raymond Carver. Pero también que lo hizo famoso. La historia es conocida: arrancan los 80 y Carver, que todavía no puede soltar la botella, le entrega a editorial Knopf un volumen de cuentos titulado Beginners. El manuscrito lo toma Lish, toda una estrella de la edición en la narrativa gringa. Fue editor de ficción de la revista Esquire y por su tijera han pasado textos de Don Delillo y Richard Ford, entre muchos otros. Llegaron a decirle Captain Ficcion. Gordon empieza a leer y decide que a los cuentos de Carver le vendrían bien un par de cortes. A fines de los 90, se reveló cuánto cortó Lish: casi el 40 por ciento de los originales y cambió el final de 12 cuentos. Eran 13. Además decidió rebautizar el libro poniéndole: De qué hablamos cuando hablamos de amor.

A Carver no le gustó nada el trabajo de Lish. “Por favor detén la publicación del libro”, le escribió el escritor a su editor al borde de la desesperación. “Si llega a publicarse de la forma en que ha sido corregido, quizás nunca más pueda escribir un cuento”, agregaba. Lish no hizo caso. El libro apareció en 1981 y lanzó a la fama a un gélido y minimalista Carver. Algo muy distante al verdadero estilo de Raymond por esos años. Ejemplos: en Diles a las Mujeres que Salimos, Lish reemplazó las seis páginas finales por un párrafo de seis líneas. El cambio fue más dramático en Todavía una Cosa, donde el editor cambió radicalmente el sentido del final: donde Carver pone un “Te amo” para cerrar el cuento, Lish opta porque el protagonista quede con la mente en blanco.  Alessando Barico, que revisó los originales de Carver, cuenta detalles en un artículo sorprendente que se puede leer aquí.

En vida, el escritor nunca se refirió al tema Lish. En cambio, su última esposa ha transformado el tema en una bandera de lucha. Tess Gallagher estuvo con Carver desde 1979 hasta 1988, cuando murió a los 50 años. Lo acompañó en su mejor época: prácticamente sobrio y famoso. (Los años más duros  del escritor -alcoholizado y pobre- los cuenta su primera mujer Maryann Burk en el libro Así Fueron las Cosas). Gallagher se ha preocupado de la difusión de Carver y desde hace un par de años intenta que se publique el original de Beginners. Y lo consiguió. La semana pasada, Anagrama adelantó que el 2010 lo lanzará en español. Ya veremos si Lish tenía razón.

Dejó aquí tres preguntas hechas a Gallagher en octubre del 2007, en las que habla de los cortes de Lish.

– ¿Es cierto que Carver nunca estuvo de acuerdo con que su obra fuera calificada de minimalista? – Es verdad. Una y otra vez tenía que hacer frente a esa reducción de su trabajo. El nunca lo aceptó, porque sabía que esa impresión se había formado equivocadamente a partir de un solo libro: De qué... Ese libro tuvo una muy severa edición. Ray fue forzado a aceptalo, incluso cuando solicitó que el libro no se publicara en esa forma. Sus deseos no prevalecieron. El libro fue publicado. La consencuencia fue que ganó más respeto como estilista, que, como es tradicional, por el trabajo sobre las acciones y deseos de sus personajes a los cuales él estaba íntimamente ligado. Esta confusión sobre su trabajo lo molestó y preocupó mucho.

¿Qué representaba para Carver el libro De qué…? – Pienso que Ray sentía que era un libro con que tenía que vivir. Naturalmente disfrutó del éxito que le trajo. Pero le costó caro. Porque era tan distinto al libro que él había entregado a su editor en Knopf, creo que se sentía en una posición precaria. Durante un tiempo su única esperanza era seguir adelante y escribir y publicar una obra que restaurara su reputación como un escritor generoso con sus creaciones. No irónico, ni aspero. El no sacrificaba las historias y motivaciones íntimas de sus personajes por el estilo.

– ¿Por qué cree que es necesario publicar los cuentos de De qué… sin los cortes de Lish? – Lish no solo afectó los finales de esos cuentos, sacó maravilloso pasajes del desarrollo de la trama. A veces, con sus cortes la historia se mueve de forma más coherente hacia su conclusión, más elegante. Otra veces, al sacar los textos, Lish torcía la historia hacia una zona que se alejaba de lo que Ray creía que era importante mostrar sobre los personajes y situaciones. Los cuentos de Beginners son mucho más representativos de la escritura de Ray en ese periodo, mucho más que lo que está en De qué… Se demuestran dos cosas: 1- Ray no era minimalista. 2. Sus impulsos en la ficción son mucho más más expansivos de lo que se puede notar en De qué… Por último, incluso para un editor que se excede en sus atribuciones, Lish puede ser visto como alguien que hizo una contribución contra la voluntad de Ray y su interés en mantener control sobre su producción astística. Pero Ray sentía que ese logro de Lish había sido una violación. Nunca lo pudo decir mientras estuvo vivo. Ahora parece un buen momento para decirlo. Beginners nos permite ver con claridad qué tipo de escritor fue: por seguro, no minimalista