duchamp¿Qué fue hacer Marcel Duchamp a Buenos Aires en 1918? ¿Por qué se le ocurrió Argentina? Según anota Calvin Tomas en su imbatible biografía sobre el artista francés (Duchamp, Anagrama 1999), la razón “no se ha aclarado nunca”. Supuestamente los aires de guerra que aún se sentían en el planeta -especialmente en Europa y Estados Unidos- lo agobiaban. Era la segunda vez que le pasaba. En los inicios de la Primera Guerra Mundial trasladó su domicilio de París a Nueva York, donde se tranformaría en el centro de la bohemia artística de vanguardia. Cuando comenzaron a “reinar las reestricciones” como efecto del conflicto bélico, Duchamp se subió en un barco a vapor y se bajó en la ciudad más cosmopolita que encontró en el fin del mundo. Nadie se enteró de su llegada. Tampoco nadie supo que ocho meses después dejaba para siempre Buenos Aires el artista más importante del siglo XX. Habría sido dificil: Duchamp cambió una guerra mundial por una intelectual y simbólica en la que participó anónimamente, casi en secreto: jugó al ajedrez. Obsesivamente. Hasta el borde la locura.

A 90 años de que Duchamp dejara Buenos Aires, regresa. La Fundación Proa inaugura sedes renovadas con una exposición que incluye 123 piezas del francés. No sólo se trata de una gran muestra, también es la primera en Latinoamérica dedicada a Duchamp. Hay fotografías, documentos, películas y por supuesto obras: desde pinturas como Desnudo descendiendo una escalera hasta El Gran Vidrio -o La novia puesta al desnudo por sus solteros, incluso-, pasando por el decisivo Urinario y la simplísima Rueda de Bicicleta, entre otros varios ready-made. Supongo que debe ser increíble.

El inicio de la relación Duchamp / Buenos Aires arranca en junio de 1918. Una carta de ese mes documenta lo que parece ser la primera mención del artista sobre la capital argentina. Le escribe a su amigo Jean Crotti que en la casa del coleccionista Walter Arensberg -algo así como su mecenas- están cansados y le anuncia su próximo destino. En agosto sube al barco Crofton Hall. Serán 27 días en los que sólo podrá fumar en las noches en un cuarto “muy caluroso y mal ventilado, por culpa de los submarinos”. Igual será un “viaje delicioso”, en palabras de Duchamp. “El barco avanza lento y agradable”, agrega. Al llegar a la capital argentina, arrienda dos departamentos ubicados en el centro, a una pocas cuadras del Obelisco: uno en la calle Sarmiento 1507 y el otro en Alsina 1743. En el primero vivía con su pareja del momento Yvonne Chastel y en el segundo estaba su estudio de trabajo (en todo caso, produjo muy poco).

Ya instalado, quiso “despertar a esos rostros oscuros y adormecidos” que se encontraba día a día en las calles. Se le ocurrió algo que habría sido revolucionario: organizar una exposición cubista. Pero fracasó. Contactó a sus amigos en Nueva York y en París, les pidió cuadros, revistas, catálogos… nada. “Buenos aires no existe”, anota Duchamp en una carta dirigida a Ettie Stettheimer fechada a fines de 1918. “No es nada más que una gran población provinciana con gente muy rica sin pizca de gusto, que todo lo compra en Europa, hasta las piedras de sus casas. No hay nada hecho aquí… Hasta he encontrado un dentrífico francés del que me había olvidado por completo en Nueva York”.

Aunque Duchamp contara que el aire provinciano de Buenos Aires le permitirá encontrar “placer en el trabajo”, solo produce tres obras: el experimento óptico Estereoscopia a Mano; algo que comenzó como un estudio para el Gran Vidrio, pero terminó siendo una pieza paralela llamada Para mirar (desde el otro lado del vidrio) con un ojo de cera durante casi una hora; y un ready made, un regalo de boda por el matrimonio de su hermana Suzanne con su amigo Jean Crotti, que envió a París, titulado Ready-Made Desdichado. El resto del tiempo de esos ocho meses en las que, quién sabe, quizás se topó con Borges, Duchamp los pasó jugando ajedrez.

duchamp2Compró libros con partidas clásicas que estudiaba, se armó un tablero para jugar a distancia y se unió a un club de barrio de ajedrez. No era experto; se enfrentaba a los de segunda y tercera categoría y no siempre ganaba. Su universo giraba en torno a las piezas y el tablero: “Tengo la impresión de que estoy a punto de convertirme en un fanático del ajedrez. Todo cuando me rodea adopta la forma de un caballo o de la reina y el mundo exterior carece totalmente de interés para mi, salvo en su traducción como conquista o pérdida de posiciones”, le confiesa a Arensberg en una carta cercana a Navidad. Supongo que Buenos Aires fue para Duchamp un retiro solitario durante el que sopesó algo, no sé qué.

Quizás le tomó el peso a la época y puso en escena otro juego duchampiano, otro ready-made: cuando el mundo se sacude de las heridas de la mayor guerra de la historia hasta el momento, él enfrenta una batalla racional, sin riesgos físicos y privada en una ciudad que reproduce -falsea- las ciudades europeas. Y, haciendo eco de la locura bélica, se permite hundir en esa obsesión inútil hasta ver el mundo como un tablero. Hizo una representación del mundo en una esquina desconocida del planeta.

Pero no me la creo. Eso de que “la mejor obra de Duchamp fue su vida” suena bien, muchas veces funciona, pero es literatura. Para Navidad de 1918 estaba solo en Buenos Aires. Yvonne Chastel se había aburrido del machismo argentino y de la obsesión de su pareja, y se había marchado a Francia. Duchamp tenía por entonces 31 años y ya prácticamente había dejado de pintar, aunque seguiría produciendo obras. Le quedaban algo más de 50 años de vida y nada de lo que produjera en los próximos años sería tan importante, tan revolucionario, como su obra pasada. Ni siquiera el enigmático Gran Vidrio. Tampoco la misteriosa instalación Étant Donnés.  Y probablemente él intuía el futuro: no se puede cambiar las reglas dos veces.

Imagino que el invunerable Duchamp se quebró. Se deprimió. Después de haber llegado a Argentina aburrido del mundo, allá no pudo montar su exposición del cubismo y, peor, se enteró de la muerte de su hermano en Francia a causa de una herida de guerra. Sin Chastel, las cosas deben haberse puesto oscuras en una ciudad desconocida. Tristes. Llegó a titular el regalo de matrimonio para su hermana Ready-Made desdichado… Para colmo perdía en el ajedrez con jugadores mediocres. El era un jugador mediocre.

Supongo que todo eso ayudó a que Duchamp se fuera a los ocho meses de Buenos Aires, en vez de que quedarse los “años” que anunció. No aguantó más tiempo la soledad. Volvió a la bohemia artística donde lo adulaban. El futuro, aunque repetitivo -hizo una maleta con miniaturas de sus obras-, sería interesante: se transformaría en un ícono indestructible. En palabras de Andre Breton, el hombre más inteligente del siglo XX. No sólo eso, el futuro sería feliz. Así se lo diría a Pierre Cabanne en 1966, pocos meses antes de que cumpliera 80 años.

– Cuando mira hacia atrás, ¿cuál es su primer motivo de satisfacción? (Esta es la primera pregunta del magnífico libro  Conversaciones con Marcel Duchamp, Anagrama 1972)

– En primer lugar, haber tenido suerte. Porque, en el fondo nunca he trabajado para vivir. Considero que trabajar para vivir es algo ligeramente estúpido desde el punto de vista económico. Espero que llegue un día es que se pueda vivir sin tener la obligación de trabajar. Gracias a mi suerte he podido pasar a través de las gotas. En un cierto momento comprendí que no debía cargarse la vida con demasiado peso, con demasiadas cosas por hacer, con aquello a lo que se llama una mujer, niños, una casa en el campo, un coche, etc. Y lo comprendí, felizmente, muy pronto. Eso me ha permitido vivir mucho tiempo como soltero mucho más facilmente que si hubiera tenido que enfrentarme con todas las dificultades normales de la vida. Nunca he tenido grandes desgracias ni tristezas. Tampoco he conocido el esfuerzo por producir, puesto que la pintura no ha sido para mí más que un vertedero, o una necesidad imperiosa de expresarme. Nunca he tenido esa especie de necesidad de dibujar por la mañana, por la tarde, todo el tiempo, de hacer croquis, etc. No puedo decirle más. No tengo remordimientos.

– ¿Y lo que más lamenta?

– No lamento nada, nada, de verdad. No me ha faltado nada. He tenido más suerte al final de mi vida que al principio.