La Betty

enero 12, 2012

La primera vez que entrevisté a Germán Marín me dijo que después de su próxima novela “bajaría la cortina”. Esa novela era La Ola Muerta (2005) y el viejo, al contrario de cerrar el negocio, entró en un aceleradísimo ritmo de escritura y publicación que hoy, a sus 77 años, lo tiene lanzando prácticamente dos títulos por año. El último fue la antología de cuentos Últimos Resplandores de una Tarde Precaria. El próximo se llama El Guarén, es una novela, la publicará Fondo de Cultura Económica en 2012 y al final de esta entrevista adelanta su historia.  Publicamos esta nota en La Tercera en octubre de 2010, a propósito de esa novela sobre la inolvidable Betty Catrileo. (La foto de Carla McKay)

“Escribir sobre el hampa es encontrarse con el país real”

Deliberadamente alejado de las polémicas literarias, Marín publica su segundo libro de este año, la novela Dejar hacer. El autor de El palacio de la risa narra la historia de Betty Catrileo, una joven que intenta salir de los bajos fondos santiaguinos.

A mediados de los 50, Germán Marín (1934) pasó un año vagando por Santiago sin un peso. Fue un castigo. Después de que lo echaran de la Escuela Militar por mala conducta, su padre lo condenó a un año de ocio: podía hacer lo que quería, pero debía desayunar, almorzar y cenar en casa con la familia. De trabajar, ni hablar.
Contra todo pronóstico, fueron meses provechosos: por las mañanas, Marín se sumergía en la lectura en la Biblioteca Nacional y en las tardes se refugiaba en el salón de pool Manila, en la galería España. No jugaba, menos iba a apostar. Espiaba al hampa de medio pelo santiaguino. Observaba hipnotizado las reglas secretas de un universo para él inaccesible.
A su modo, logró entrar. Desde casi dos décadas viene paseándose por los bajos fondos como pocos narradores chilenos vivos. Hecha de malos recuerdos, traumas familiares y rencores políticos, la obra de Marín está plagada de criminales de medio pelo. Hoy hay otra: Betty Catrileo. Tuvo una pequeña aparición en La ola muerta y ahora es la protagonista y alma de su nueva novela, Dejar hacer.
En 145 páginas, Marín entrega una de sus novelas más compactas y acotadas: después de una temporada en la cárcel por un delito menor, Betty, una veinteañera de origen mapuche, da rienda suelta en Santiago a todas sus ambiciones materiales. La traición será su arma favorita. Como siempre, Marín transita por zonas de doble filo: Betty es trepadora y peligrosa, pero querible en su definitiva soledad.
“En Betty el bien y el mal se confunden en la argamasa humana”, describe Marín, por escrito, al responder un cuestionario de La Tercera. En vivo, encendiendo cigarro tras cigarro, parece el de siempre, aunque hay matices: “Hoy estoy gastando mis municiones de forma distinta. Las gasto en literatura. No quiero desgastarme en polémicas, incluso por razones de salud”, asegura mientras abre la segunda cajetilla de Kent del día. Todavía no son las dos de la tarde.
Militar en la realidad
No hace mucho, poco antes de publicar La ola muerta, Marín insistía en que era su último libro. “Después de este bajo la cortina”, repetía. Eran los días en que explotaba su fama de polemista maldito: sentado en algún café del Parque Forestal, el entonces editor de Random House-Mondadori disparaba contra Volodia Teitelboim, Isabel Allende o Gonzalo Contreras. Todo eso está suspendido.
Hoy apenas va al café de la esquina de su departamento, en Providencia.
Hace dos años dejó la editorial, después de que desoyeran varias de sus recomendaciones (libros de Alvaro Bisama y Marcelo Mellado, entre otros) y, con poco ánimo bélico, dispara sólo a la bandada: “En Chile hay mucha novela de clase alta. No me cae bien”. Sobre ese premio que no hace mucho le quitaba el sueño… ya pasó: “Me olvido para siempre del Premio Nacional de Literatura. Nunca más. Respiré aliviado cuando ganó la Allende”, dice.
Por lo demás, hoy está muy lejos de “bajar la cortina”. Al revés, está escribiendo más que nunca: mientras llegaba a la calle el volumen Compases al amanecer, la novela Dejar hacer entraba en la factoría de Alfaguara y, paralelamente, Marín se hundía en el pasado escribiendo un libro de perfiles y recuerdos titulado Rock around the clock, a publicarse el 2011 (finalmente se llamó Antes de que yo muera). Incluso, ya tiene otra novela en perspectiva. Todo bajo un lema: “Milito con la realidad, con todo aquello que juega con nosotros”.
A Betty Catrileo la realidad le pega sus golpes. Pero ella se defiende. Desde la calle pasa a trabajar con ladrones de autos, luego administra una fuente de soda en Matucana y termina apoderándose de ella, consigue una vida de ocio en Providencia e intenta una vida conyugal de clase alta en El Golf. En la ruta, muerde las manos de todos quienes le dan de comer. Nunca, pese a sus intentos, puede salir de las redes criminales.
¿Es circunstancial el origen mapuche de Betty?
Lejos de cualquiera reivindicación de su raza, ella aparece asimilada al contexto de Santiago, disuelta en una mala vida. Escrita esta novela mucho antes de la huelga de hambre de los comuneros mapuches, el hecho me ha servido para evaluar su imaginario. A pesar de los avatares de Betty, en ella pervive hasta el final un aliento que la salva de la derrota. Ese temple es tal vez la expresión de un subconsciente conservado durante mucho tiempo cuando mi padre, hijo de un dueño de fundo próximo a Carahue, en Temuco, me relatara sus experiencias de la adolescencia ante los naturales del lugar.
¿Cuál es su relación con el hampa santiaguino actual?
Creo que éste es la cabeza de una tormenta que azola a Chile y, en dicho sentido, asumir el hampa en la ficción es encontrarse con el país real. Prefiero ese ámbito social, descarnado como una piedra, que los espacios de las novelas de amor, urdidas a menudo en las letras chilenas.
No es primera vez que explora los bajos fondos, y varias veces ha escrito sobre personajes de intenciones oscuras. ¿Qué le interesa de ellos?
Tal vez he cometido la parcialidad de fijar la mirada en exceso en aquello que se llama bajos fondos, ya que en sus antípodas sociales podemos encontrar en igual número los atentados que se perpetran contra la sociedad. Me interesa de esos “personajes de intenciones oscuras” la impunidad moral que los abriga en sus hechos.
Además de Betty, rescató a Miguel Sessa en La segunda mano, mientras que en Compases al amanecer retomó a varios personajes. ¿Siente que ha formado un universo?
Lejos de construir un universo, pues sólo lo pudo hacer Balzac, fuera de esas relaciones existen otras más. En cualquier caso, a la par de esos vínculos, existe en el conjunto algo que asocia a esas obras, sobre todo en un país cada vez más iletrado, una vocación sostenida. Escribir hoy en Chile es casi una excentricidad, semejante al oficio de los organilleros de esquina y de los pescadores de perlas.
Tras un par de libros con historias acotadas a momentos y personajes específicos, ¿volverá a embarcarse en transatlánticos como Historia de una absolución familiar?
Cada vez navego menos en esos barcos de gran calado, pero no desecho la idea de ingresar como grumete a un submarino bajo la noción, parodiando mi apellido, de escribir desde abajo, aguas adentro. Al margen de esto, quizá podría intentar, se me ocurre, la novela acerca de un hotel barato, en el centro viejo de Santiago, graneado por un abanico de huéspedes distintos, conformado por ex reinas de belleza, ex pugilistas, ex fotógrafos de plaza. Dejémoslo anotado.

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Marín, el medium

octubre 19, 2009

german marin

“Le agradecería en suma, durante nuestras conversaciones vespertinas, que siempre tuviera encima de la mesita de caoba, junto a las siete velas encendidas, la pistola Colt 7.65 mm que me une a la vida, pero acerca de esto, si le parece, hablaremos del rezo que abre la sesión y, tras el final, agradecer de mi parte la ofrenda con el platillo de alimentos que usted, madre medium, tiene siempre frente a mi puesto”.

Desde ultratumba, convertido en un atado de huesos amarillos, habla Miguel Sessa. Le dicta su vida a su madre, una medium capaz de comunicarse con su hijo muerto. Según Germán Marín algo de eso sucedió (o sucede aún): su tía, la madre de su primo Miguel, encerrada en su casa recibe el dictado de su hijo desde el más allá. Quizás es un síntoma de locura, pero a Marín le sirvió para montar su última novela, La Segunda Mano: la historia de su primo, un niño cruel y joven playboy que seducido por el fascismo y temeroso del avance popular del socialismo, se suma al movimiento de extrema derecha Patria y Libertad para desestabilizar el gobierno de Salvador Allende. Eso sí es cierto: Miguel Sessa fue el brazo de derecho de Roberto Thieme y jefe de operaciones de Patria y Libertad. Estuvo involucrado en la muerte de un trabajador del Canal 5 de Concepción, preparó el secuestro de un avión comercial para generar caos y murió en una clínica clandestina de PL desangrado tras un accidente carretero a pocos días del Golpe de 1973. En la vereda del frente, Marín era un maoista conocido por su apoyo a la Unidad Popular. A veces se reunía con Miguel para caminar por Vitacura (leer el invernal cuento Mi Primo Miguel) y conversar sobre el destino del país. Se habían críado juntos. Fueron, alguna vez, levemente amigos. Eran familia.

Morosa, espesa, ácida y de un intenso humor negro, La Segunda Mano es la clásica novela de Marín: un merodeo nauseabundo por los escombros en torno al 11 de septiembre. Aquí no llega a narrar el golpe, pero sigue pulso a pulso el giro que llevó a Miguel a tomar un arma y a comprometerse en la caída de la UP para torcer la historia. Sigue la ruta negra que desencadenará el bombardeo. Lo mueve su familia, el dinero, la seguridad de la superioridad. Inevitablemente cariñoso con su madre, Marín dota a su primo de un tono solemne y grave, elegante e hipnótico. Pero es obvio: es un hijo de puta. Es también un eco del pasado. Un fantasma desdichado. Un alma en pena. Un zombie imposible de matar que sigue viniendo directamente desde la pólvora encendida de agosto de 1973. Imagino a Marín, auto inducido con algo de maldad, dejarse llevar en la mezcla de realidad y ficción mientras escribía, como siempre a lapiz, La Segunda Mano. Lo imagino poseído por la incorrección de dotar a un pequeño demonio (“asesino sádico”) de temores rastreros y alma ambigua. Imagino a Marín escribiendo a lo medium sobre las sombras que lo marcaron para siempre a él y, por buenas décadas, a todo Chile.

Algunos creen que con Mi Primo Miguel bastaba, el cuento de Conversación para Solitarios donde por primera vez aparece retratrado Miguel Sessa. En realidad es un preámbulo: ahí Sessa y su familia están perfilados, ya se siente la tensión desesperante que se apoderaba de Santiago las semanas previas al golpe, pero no está el alma en pena. Y la novela es eso: una insoportable resaca que trae de vuelta una noche de terror. Nada la espanta. Menos la muerte.

Dicen que en la aplastante trilogía Historia de una Absolución Familiar Marín llegó a su tope (¿o fue en la trilogía de Un Animal Mudo Levanta la Vista?) . Puede ser. Puede ser que La Segunda Mano sea una nota al pie, un apostilla, pero quizás justamente por eso -por que Marín acota el plano y no se desvía del dictado desde el más allá-, esta es una novela más accesible, más inolvidable y terrorífica. Y, sí, es una novela increíble. Lo raro es que fuera de Chile Marín sea prácticamente un desconocido. Alguien debería echar a correr sus libros por las universidades neoyorquinas.

Nene Fernández

octubre 2, 2008

Olvidaremos a Los Nenes. La olvidaremos porque la última novela de Patricio Fernández no importa casi nada. Tenía todo para ser el acontecimiento literario de la temporada, sino del año: publicada por la poderosa Anagrama, se mete en las fiestas del círculo de amigos -la patota, la pandilla, los guardaespaldas- de Germán Marín, acaso el mejor narrador chileno vivo (Y también el más desconocido). Dos rumores se acumulaban hace meses: todo lo que cuenta Fernández es real y, por eso mismo, varios involucrados se enojaron (Aclaremos: nadie le quitó el saludo). Después de publicada, se levantó otro ruido: Los Nenes estaba inflada.

Por la novela circulan -muchos bajo otros nombres- Rafael Gumucio, Matías Rivas, Roberto Merino, Eugenio Tellez, Patricio Dittborn, Waldo Rojas, Ricardo Lagos Weber, Max Marambio y el propio Fernández, entre otros. Uno más, otros menos, todos están metidos en una vida irresponsable y facilísima, donde el mayor problema es la infección al pene que sufre -y le encanta sufrir- a Gumucio. El resto es una larga chimuchina aderezada con alcohol, algo de marihuana, almuerzos en el Lomit’s y chupe de locos. Y está la historia de Marín.

Marín aparece desdoblado en los personajes de Gastón Miranda y Carlos Iribarren. Ambos son escritores y viejos queribles aunque insoportables, pero que parecen vivir en mundos paralelos. El primero es el de la patota. El segundo, un hombre mayor que viaja a Buenos Aires para reecontrarse con su primera esposa. Es un encuentro clandestino que el narrador decide espiar con el único gran objetivo de escribirlo. Iribarren seguirá la corriente: atontado por su reencuentro -que se alarga por meses-, le relatará detalles escabrosos de éste a Fernández. (Todavía no entiendo por qué Iribarren y Miranda no son el mismo.)

Básicamente, ahí está Los Nenes. 176 páginas que posan de carnavalescas y que, a mi entender, falla: es de una soberbia aburridísima. ¿Por qué debiera importarnos las escenas cotidianas del grupo de amigos de Fernández? Asumo que Jorge Herralde, cabeza de Anagrama, supuso que las aventuras del creador de The Clinic no eran poca cosa. Sobre todo si se trataban de sus noches con la escena literaria chilena, a las que estaban invitados un columnista políticamente incorrecto como Gumucio, el editor del sello que rescata la mejor poesía chilena -Rivas, de ediciones UDP-, el director de Random House Mondadori en Chile -Dittborn-, un pintor de cierto renombre como Tellez y el viejo Marín. Era para confundirse.

Pero Los Nenes no es sobre la escena literaria chilena. La escena, si es que existe, es más amplia y -a favor de Fernández- mucho más fome. Y aunque los protagonistas de la novela tienen su cuento, Fernández no es capaz de demostrarlo. Se corta las manos tontamente al decir que en su patota cualquier atisbo de seriedad está literalmente prohibido y termina anotando una seguidilla de anécdotas de tono irónico donde se mofa de todos sus amigos, menos de él. Lo mejor del libro, porque tampoco es una mierda, es el retrato que hace Fernández de Marín: un mamut infantil insidioso e insoportable, pero que el escritor trata con cariño. Ahí está lo único que hace que Los Nenes importe algo: el retrato de Marín. Un imagen más humana, más cómica, más real y menos literaria que la que Marín podría hacer de si mismo.

Pese a ello, mi duda es por qué Fernández creyó que él podía escribir sobre la vida de Marín mejor que el mismo Marín. Toda la obra del viejo es una crónica sobre su vida y aunque algunos le pese, o les aburra -porque sí, su estilo aburre-, está muy bien escrita. De hecho, la repuesta de Marín a Los Nenes no han sido entrevistas, sino un relato. Se llama Literatura 1, apareció en la nuevísima y recomendable revista Hueders y en menos de una página narra cómo fue que él le contó “asutillos confidenciales” a un joven periodista y éste escribió una novela con el material: “Hay gente en el mundo con más sagacidad”, escribe en la última línea.

Marín tiene lista una segunda parte, que según él, cuenta más o menos esto: “Un escritor que le ha ido muy bien, su novela ha tenido gran éxito, pero bueno, todos los éxitos finalmente se agotan, se secan los laureles. Pasa el tiempo, pasa un año, dos, hasta que le empiezan a decir, bueno y tu próximo libro cuándo. Entra ahí a escribir un nuevo libro sin saquear a nadie, ya no puede estar urgeteando en la vida de los demás y se ve ante el fracaso de escribir. Es la historia de un fracaso”.

Ahora, aclarémoslo de nuevo: nadie le ha quitado el saludo a nadie. Los cuentitos de Marín funcionan bien como respuestas, pero justamente por eso meten el ruido que necesita Fernández para Los Nenes. Sus “balas zigzageantes” son una buena campaña de marketing. Todo queda en familia. La pandilla cierra filas. Marín cuida a sus nenes. Demora el olvido. Trata que esto parezca algo más que una anécdota.

Había otra solución, una mucho mejor y que probablemente jamás habría aceptado Fernández: Los Nenes debió circular exclusivamente entre los amigos, transformarse en un texto clandestino, secreto y despiadado sobre la patota de intelectuales progres enemigos de la seriedad que se enfiestan con Fernández. Un texto mítico que cuenta las infidelidades de Marín y cierta borrachera delirante de Max Marambio. Debió correr fotocopiado. Fernández solo habría aceptado su autoría en privado y borracho. Publicamente lo negaría con una sonrisa irónica. Pero Los Nenes perdió toda su dinamita cuando llegó a librerías, envuelto en las tan respetables portadas plomas de la colección hispanoamericana de Anagrama. Una lástima. Pudo haber sido historia.