Ford, el hipnotizador

julio 31, 2008

Frank Bascombe podría ser un tipo cualquiera. El norteamericano medio que nos cuenta -en las mejores 1300 páginas de Richard Ford– cuánto le costó llegar de los 35 a los 55 años. No le pasó nada tan especial: abandonó una carrera literaria, se le murió un hijo, fue periodista deportivo, tuvo dos hijos más, se separó, se hizo agente inmobiliario, se casó de nuevo, se recuperó de un cáncer a la próstata. Pasó de una crisis a otra sin ataques de histeria. Nada de dramas.

Bascombe nunca cede demasiado -o eso nos hace creer-, pero siempre lo persigue una sensación de haber hecho las cosas mal. O no tan bien. Un ruido constante, casi inaudible, se esconde en la normalidad de una vida tranquila en los suburbios de Estados Unidos: una ansiedad inexacta, tan transparente que desaparece a la vista, tiene a Bascombe nadando en una reflexión interminable sobre qué hizo, cómo lo hizo, por qué lo hizo y qué efectos tendrá en él y el resto, todo lo que ha hecho.

Aunque parezca, Bascombe no es sólo un insufrible autorreferente. También es un incotinente verbal que comenta todo a su alrededor: desde la historia inmobiliaria de Haddam -su pueblo-, hasta la escurridiza idea de ser estadounidense. Podría ser agotador, pero no lo es. Ford escribe tan bien que ni siquiera los traductores de Anagrama son capaces de dañar sus novelas.

Si es que hay una noticia, es que por primera vez en las librerías chilenas se pueden encontrar los tres libros de Ford sobre Bascombe: El Periodista Deportivo (1986), en edición de bolsillo, El Día de la Independencia (1995) y Acción de Gracias (2007). Dudo que hayan más de 40 o 50 copias dando vueltas por cada libro. Tampoco es para ponerse nerviosos, no se van a agotar este fin de semana. Es una trilogía difícil, no sólo por su abrumadora cantidad de páginas. Es cara, un robo: sólo Acción de Gracias cuesta 38 lucas. Y tiene una reputación que a fin de cuentas lo único que hace es ahuyentar: clásico instantáneo.

No tengo argumentos buenos contra niguna de esas “desventajas”. De todas maneras, estoy leyendo al mismo tiempo las tres novelas. Es un ejercicio destinado al fracaso y tonto: estoy rompiendo la linealidad temporal de la serie y no puedo asegurar que la vaya a terminar. Me da lo mismo. Son libros increíbles, tan claros y honestos. Ford es un hipnotizador, pero no quiere convencernos de nada. Echa andar la máquina cerebral de Bascombe como si se tratara de una plegaria atea -invencible, pero descreida- para contarnos una historia en la que mayoritariamente no pasará nada. Nada estridente al menos, pues sucede algo muy dificil de narrar: el lento acomodo de la piezas de la adultés.

Con lo poco que he leído -unas 500 páginas en total-, me doy cuenta de algo rápidamente obvio: Bascombe no es el americano medio. Es un personaje que no tiene por qué representar a nadie más que a él. Me lo dijo el mismo Ford hace tres meses en una entrevista que le hice por mail: “Frank es escéptico. Duda sobre qué es el bien. Y en cuanto al americano típico, no hay tal cosa. ¿Hay un chileno típico? No lo creo. En todo caso, soy un novelista. Me encargo no de lo típico o de generalidades, sino de los detalles de la vida, y de la importancia de esos detalles”.