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Salió el domingo en La Tercera. Un artículo a propósito de la nueva novela de Marcelo Simonetti, El Fotógrafo de Dios. Aparece en los primeros días de abril vía Norma y el legendario y misterioso Sergio Larraín tiene un papel protagónico. No la he leído aún, pero apuesto a que está buena. La nota, en todo caso, está más bien dedicada a Larraín. La foto de arriba es Petites filles, sacada por Larraín a mediados de los 50 en Valparaíso, justamente en el lugar donde años después viviría Simonetti. La imagen es propiedad de Magnum.

El fotógrafo que decidió ser un mito
Sergio Larraín impresionó a Cortázar y Cartier-Bresson. Pero cuando estaba en el apogeo de su carrera, dejó la fotografía y se retiró del mundo. Ahora vive en Ovalle, no da entrevistas y el escritorMarcelo Simonetti publica una novela que reconstruye su vida y, sobre todo, su misterio.

Bordea los 80 años. De vez en cuando se le puede ver en la plaza de Ovalle. Un hombre de baja estatura, delgado y canoso, que suele llevar cruzado un bolso artesanal. Hace clases de yoga en el pueblo de Tulahuén, donde vive prácticamente como un ermitaño. A veces, reparte gratuitamente folletos con poemas y  extos espirituales. No llevan su nombre. En la zona no saben quién es. Antes era fotógrafo, pero hace por lo menos 20 años colgó la cámara para siempre. Recorrió el mundo, inspiró a Julio Cortázar, trabajó con Pablo Neruda, impresionó a Henri Cartier-Bresson y ha sido el único chileno en las filas de la agencia Magnum. Pero Sergio Larraín se aburrió del mundo.

Sucedió en los 70, cuando estaba en la cima de su carrera. Prácticamente de un día para otro, Larraín dejó una vida glamorosa, con sede en Europa, y se radicó  n las montañas del Norte Chico. Algunos dicen que huyó de una sentencia dictada por la mafia siciliana. Otros, que simplemente se retiró a una vida espiritual. No da entrevistas ni les habla a los periodistas. En parte, por eso, el reportero y escritor Marcelo Simonetti no quiso ir a buscarlo. Su plan era aparecer en sus clases de yoga y volver a Santiago con una confesión. Pero cuando supo que le había cerrado las puertas a The New York Times, El País y toda la prensa  chilena, desistió. Se decidió por otra cosa: una novela.

Se llama El fotógrafo de Dios y llegará a librerías a inicios de abril, al alero de editorial Norma. Es la segunda novela de Simonetti, quien en 2005 ganó el premio Casa de América por La traición de Borges. Ahí contaba la historia de un chileno anónimo que se hace pasar por el autor de El Aleph para salir al mundo, casi  exactamente lo contrario a lo que relata en esta nueva novela: la búsqueda de un hombre que le dio la espalda al mundo para entrar en el anonimato. Larraín es el faro del libro.

En la obra de Simonetti, un fotógrafo de poca monta busca a su padre. Lo único que tiene de él es una foto sacada por Larraín. Manuel Ritjman se une a un empresario de segunda que quiere encontrar al mismo hombre, supuestamente el que retrató a Dios. Juntos lo buscan. De contrabando, Simonetti cuenta quién fue Sergio Larraín. O quien habría sido: “Más que el personaje de carne y hueso, me interesa el mito que se ha construido en torno a él. Ni siquiera quise ir a buscarlo. Temía que todo lo que había elaborado en mi cabeza respecto a él pudiera venirse abajo por las correcciones que pudiera hacerme el propio Larraín”, dice el escritor y columinsta de La Tercera.

Figura y leyenda. En realidad, de Larraín hay poco, más que mitos. Pero lo que hay es sustancial. Iba a meterse entre Neruda, Arrau, Matta. Hijo del reputado arquitecto Sergio Larraín García- Moreno, fundador del Museo de Arte Precolombino, nació en 1931 y a los 18 años salió de Chile. Estudió un par de años Ingeniería Forestal en la Universidad de California, pero una cámara Leica IIIC le robaba el tiempo. Viajó por Europa, Egipto y Oriente Medio, regresó a  hile para instalarse en Valparaíso e inició algo de la vida espiritual que más tarde lo tragaría. Leía, tomaba fotos.

Con una corresposalía para la revista brasileña O Cruzeiro inició su profesionalización en la fotografía. En los 50 retrató a los niños pobres de Santiago, a pedido el Hogar de Cristo y la Fundación Mi Casa. La serie fue su ticket al mundo: en 1956, el Museo Moderno de Nueva York (MoMa) le compró varios de esos trabajos. Poco después, Larraín viajaba a Inglaterra, becado por el British Council. Sus fotos de Londres impresionaron a Cartier-Bresson, quien lo sumó a la agencia Magnum. Al poco tiempo, sus retratos estaban en revistas como Paris-Match y Life. Paralelamente, Neruda le pide las fotos para un libro dedicado a su casa de Isla Negra.

En las babas del diablo. Larraín sigue disparando en los cerros de Valparaíso. Una tarde de 1956 se instala en el Pasaje Bavestrello y espera hasta que ve a dos niñas que bajan la escalera. El resultado fue bautizado como Petites filles y según el mismo fotógrafo diría después, es “la primera fotografía mágica nunca antes presentada”. Quizás: mientras Simonetti investigaba, la imagen lo atrapó. No era sólo su poesía, en e descanso de la escalera está la casa en que él mismo vivió hasta la adolescencia.

Fue Armando Uribe el que confirmó un viejo rumor: estando en París en los 60, el “Queco” Larraín tomó una fotografía enfocando a un costado de la Iglesia Notre-Dame. Sólo al revelar la imagen, Larraín se dio cuenta que había registrado, en palabras de Uribe, “un acto de malas costumbres”. Del acierto supo el  autor de Rayuela, quien lo ocupó para escribir el cuento Las babas del diablo (1964). Dos años después, Antonioni convirtió el cuento en la película Blow up.

Cuando se estrenó la cinta, Larraín se alejaba del mundo. En 1968 tomó contacto con Oscar Ichazo, líder del movimiento esotérico Arica, y aparentemente inició su retiro. La otra teoría, la leyenda, es más atractiva: la culpa es de la mafia siciliana. Enviado por Magnum, Larraín retrató a la organización criminal italiana y, quizás, lo hizo demasiado bien. O, como aventura Simonetti, “traspasó una línea peligrosa”. Corre el rumor de que el capo siciliano Giuseppe Genco
Russo lo condenó a muerte. Y Larraín escapó. Cambió de vida.

En los 70 Larraín sale definitivamente de escena. Cuando lo encontró la prensa, dijo que no daría entrevistas hasta que el gobierno chileno se preocupara del medioambiente. Alguna vez apareció en un congreso de fotografía en La Serena; no habló de su obra. Simonetti tampoco quiso escucharlo hablar. Le bastó el gesto: “Lo que me atrae es cómo un personaje toma una decisión tan radical de borrar todo lo que ha hecho en su vida. Esa valentía para dejar la casa, el dinero y la pasión por la fotografía”, asegura. Y adelanta que en El fotógrafo de Dios aventura una explicación. Desde ya: no será confirmada.